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Publicado por Visitante el 27/5/2015 (1200 lecturas)

Una experiencia inolvidable, más que un aprendizaje.

Paloma Marín
Universidad de Valencia - España

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Paloma Marín Escobar, estudiante de intercambio
 
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Colonia San Vicente Ferrer - Campus Universidad de Valencia.
 
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Viaje a Ceuta 

Su exquisita narrativa da cuenta de una experiencia que vale la pena tomar.
 Estará durante un semestre en la Universidad de Valencia.
 Recibió beca de alojamiento en la  Colonia San Vicente Ferrer de Godella, de la Comunidad de Religiosos Terciarios Capuchinos.


Paloma Marín Escobar, estudiante de Filosofía de la Funlam tomó el gran reto de realizar un intercambio estudiantil en la Madre Patria. Así narra de su propio puño y letra, y con ese halo especial que sella esta fascinante aventura:

"Escribir en primera persona siempre me ha parecido una osadía, tanto porque carezco de virtuosidad para este tipo de escritura como por la implicación personal que de suyo comporta; empero, lo que hoy me mueve a escribir no tiene otra forma de ser contado.

Me veo en la necesidad de regresar unos meses, justo a los primeros días de noviembre del 2014; recibí en mi correo electrónico un mensaje de Francedith Betancur, la jefa de la Oficina de Cooperación Institucional y Relaciones Internacionales (OCRI), ella, que en los meses siguientes se convertiría en un apoyo fundamental, me daba la enhorabuena con una carta de aceptación para realizar un semestre de intercambio académico en la Universidad de Valencia y, unos días después, la carta con la beca que me otorgaba alojamiento en la Colonia San Vicente Ferrer de Godella, uno de los centros que tiene a su cargo la Fundación Amigó. Aún faltaban unos meses para darme cuenta que mi llegada a España no iba a ser fácil, que me arrancaría lágrimas pero luego sin darme cuenta me devolvería esperanza y alegría.

A esa espera la acompañaron las palabras de Frandedith que me decían que las cosas de la vida son inexplicables y lo que ocurre tiene causas igual de misteriosas, ella me disculpará por la mala paráfrasis, su apoyo, comprensión y paciencia fueron fundamentales; las de mis asesores de trabajo de grado y maestros, David Zuluaga y Andrés Castrillón; las de Marcela Cadavid, David Yarce, Nixon Muñoz, Leidy Ríos, Víctor Jaramillo y mis amigas, compañeras entrañables.

El momento

El 5 de noviembre recibo la noticia de la aceptación, pasarían casi cuatro meses y entre ellos una espera que pugnaba por arrebatarme la esperanza, la negación del visado, la falta de recursos, la escritura del trabajo de grado, todas juntas retando a la fortaleza, y me permito decir que no la mía, sino la de todos los que de un modo u otro acompañaban mi espera, mi angustia, mi tristeza, mis ilusiones, sobretodo una persona, que vale más que todo el tesoro de las Indias que le robaron los piratas ingleses a los españoles; tampoco puedo dejar de mencionar a las personas de mi facultad, mis profesores, mis compañeros, no es mera formalidad, creo que fue esencial su acompañamiento y debo agradecerlo siempre. Aquí acaba un preámbulo que no cabe en estas líneas, tan intenso y difícil como bello.

La travesía Medellín-Madrid

Todo inicia en el fin, o como dice Fito "todo empieza cerca del final"; la despedida anunciada del 04 de marzo con arribo al viejo continente el 05, apenas despertando el sol en el cielo. Se anunciaba el origen de algo nuevo, desconocido, sus abrazos, los que repartí aquí y allá siguen resonando en mi cabeza como el "Adieu" que fue lo último que escribí al abordar un avión inmenso como mis ilusiones. Surcando las nubes en el océano etéreo, cielo azul y plateado, escuché, paradójicamente, The Endless River de Pink Floyd, el cielo sobre el océano atlántico, del cual no se veía el fin, se confundía a lo lejos con el mar, y una tenue línea de luz los dividía con sutileza. Las casi diez horas de vuelo se llevaron los cuatro meses de angustia; se desplegó ante mis ojos el primer trozo de continente, Portugal. Más adelante, Salamanca, Valladolid, Madrid, llegué. Ahora el tren de Madrid, sus calles, su gente, sus olores, todo venía como ráfagas incomprensibles, percepciones inmediatas que no podía ordenar en un solo juicio, en una sola comprensión; la historia de un lugar y del otro, la bomba que estalló aquí, las funciones de teatro allí, el museo del Prado, la librería Nacional, ediciones Hiperión, todo se ofrece a mi vista, norte y centro, periferia y ciudad, todo lo cuentan las vocecillas fuertes e incomprensibles que van andando a mi paso. Comida nueva, frío bajo cero, todo en un día que inició con el arribo de un avión al Barajas. El inicio de mis días en España, mi vida actual dividida por un océano pero unificada en mis ilusiones renovadas.

Estancia en la Colonia

Mi llegada a Godella sucedió de noche, esa misma noche uno de los Frailes de la Colonia se puso enfermo, al día siguiente falleció, un hecho lamentable, pues no lo conocí en vida, su habitación estaba en el mismo corredor de la mía y no lo vi, desconcertante y aterrador hecho me conmovió por lo implacable de la muerte y lo efímero de la vida. El padre José Miguel, director del centro fue quién me dio la bienvenida al lugar, en medio de su duelo por la pérdida del padre Julio que vivió aquí más de dos décadas; esto no fue, sin embargo, motivo para que la delicadeza en el trato y la amabilidad de todos se volcaran hacia la nueva estudiante que los visitaba. Mi habitación, mi estancia está en la comunidad, con los Frailes, pero puedo ver cómo funciona el centro, su trabajo es muy serio, riguroso y no hay mucho que se deje al libre arbitrio; trabajan con personas, con menores y eso exige cuidado, dedicación y personal capacitado; el centro de menores está ubicado en un pueblo, Godella, a unos minutos de Valencia, en dirección opuesta a la costa, al interior de la península. Tengo un lugar muy confortable, privado, silencioso y propicio para el estudio; la Colonia es muy tranquila como su gente, desde los chicos hasta el equipo de trabajo que la hace funcionar y los Frailes.

Todas las semanas acudo a la secretaría para colaborar con el equipo técnico del centro, es una experiencia muy enriquecedora, porque conozco de primera mano lo que hacen y puedo sentir que estoy siendo parte de un todo que opera en favor del bienestar de cada uno de los chicos y su particular historia. Las personas con las que comparto durante esas horas de trabajo simbólico son muy graciosas, me abren espacio en su vida común con completa naturalidad y me regalan sin saberlo o proponérselo, un poco de cultura; se muestran curiosas e interesadas en mi vida y en mi proceso de adaptación. No es fácil ser extranjera, el peregrinaje exige que los sentidos siempre estén alerta, exige memoria y olvido, olvido de los prejuicios; demanda capacidad de apertura y diálogo; soy de las colombianas tímidas, es lo que le digo a las personas que están aquí, responden entre risas Vicky la secretaria y Carmina la médica del centro, eso no parece ser obstáculo para merecer su amabilidad. Cuento con el tiempo suficiente para dedicarlo a mis estudios, para crear según mis expectativas, una cotidianidad agradable. En mi memoria se quedarán grabados los chascarrillos del padre Javier; el trato delicado y afable del padre Andrés; la capacidad del padre José Miguel para llevar a cuestas la responsabilidad del centro y simultáneamente ser atento con todo el mundo; la alegría del padre Leopoldo, que no habla mucho, canta lo que quiere decir, y sus pajaritos bajo mi ventana.

La Universidad de Valencia

Al día siguiente de mi arribo a Valencia me presenté a la universidad, el trámite de la matrícula fue tan rápido que el mismo día pude asistir a mi primera clase. Mi formación en la Luis Amigó ha sido en el programa de Filosofía, a puertas de finalizar mis estudios, la Universidad de Valencia me acoge como estudiante del grado en Educación Social; cuando inició todo el proceso de selección de cursos en Valencia, estaba muy ilusionada con la idea de recibir clases en Filosofía, en la facultad se encuentra un profesor cuya obra ha sido dedicada a interpretar y traducir al pensador y poeta sobre el que versa mi trabajo de grado, Friedrich Hölderlin, el docente se llama Anacleto Ferrer, y nada me hacía más ilusión que conocerlo personalmente, asistir a sus clases y aprender de su conocimiento ya no por los libros y traducciones que ha elaborado sino de primera mano, accediendo a su dinámica y discurso.

Debo decir que nada es más gratificante para mí como estudiante que estar sentada delante de profesores que abren ante mis ojos un mundo de sabiduría extraordinario; los tengo en Medellín pero quería conocer a los de Valencia. Las cosas no pudieron darse porque tras una negación de visado y la necesidad de aplicar de nuevo, a mi llegada a España encontraría los cursos de mi carrera muy avanzados y la experiencia se hubiera tornado perturbadora; empero, lo que sucedió, tenía que ser así, los estudiantes de Educación Social iniciaban clases la misma semana de mi llegada, ni me imaginaba yo la cantidad de aprendizaje que tendría con los cursos que allí he visto. En la Universidad he conocido aspectos de la educación sumamente valiosos, cada clase, cada interacción tiene un fruto que sé, ha calado en mi forma de ser y me ha abierto nuevas perspectivas de conocimiento y creación. Es inevitable hacer comparaciones y puedo concluir que efectivamente hay instrumentos educativos que en Colombia todavía no se han potenciado lo suficiente; pero también y más importante aún, que la formación que he recibido puede igualarse en calidad y compromiso del profesorado. En Valencia he valorado lo afortunada que he sido con la educación, con cada maestro que me ha guiado y enseñado, y no menos, por mis compañeros, que en capacidades tienen de sobra talante internacional.

Y como todo paraje de un destino dulce, finalmente pude asistir como invitada a clases en Filosofía, conferencias, seminarios, lanzamientos de libros, festivales de cine, ferias del libro; todo está allí a disposición de quien quiera aprovechar; conocí al autor y pensador que mencioné antes y como estudiante fiel, no me perdí una sola de sus intervenciones, es uno de los tesoros más grandes que me llevo de vuelta, y depende de mí enteramente hacer uso de las herramientas que cada docente con el que me topé, generosamente entregó en sus clases; también de lo que aprendí de mis compañeros; de los vendedores de libros que tienden en una alfombra sus ilusiones, a las afueras de la universidad y que también tienen mucho por enseñar. Concluyo que todo depende del educando; tengo el arraigado y tradicional pensamiento de que cada persona necesita un guía, o varios, maestros y maestras; que tiene que ser discípulo si aspira ser maestro, y seguiré citando hasta que se me olvide la tríada que me ha enseñado uno de mis maestros, todo depende de la Constancia, la Disciplina y la Perseverancia; no hay otra forma de seguir las huellas del camino formativo que se nos ofrece.

Lo que viene y va

Todo en la vida es transitorio, pero en la mente, como en un equipaje de viaje, se llevan de un lugar a otro todas las experiencias acumuladas, todos los méritos, los fracasos y la esperanza. Lo que inició con un fin, con una despedida, está a punto de terminar, y en ese equipaje que deambula al son que camino, en mi mente me llevo las imágenes que aquí desgasté con la ilusión de mi mirada. Me llevo los paisajes, el humor de los españoles, sus preocupaciones por la crisis, a los estudiantes, a los profesores y sus enseñanzas, me los llevo transformados en mi propio crecimiento. Los viajes inolvidables, las ciudades que he recorrido, todo se irá conmigo de vuelta al origen, a lo que allí en mi Colombia quedó suspendido, en espera, pero que alimentó cada paso que di, cada sonrisa que brotó de mis labios. Uno en la vida viene y va, las cosas vienen y van, las personas vienen y van, esta experiencia vino y se va, pero como todo lo anterior, ya no estará el suelo español, ya no estarán los mares de las costas, Ceuta y su mágica belleza, Sevilla y su calor, Málaga y su sobriedad, el Peñón de Gibraltar, Murcia, Granada, y todo lo que no mencioné, se va su presencia pero lo más significativo pervive en el recuerdo; el mar que quita y da memoria del poeta Hölderlin es el recuerdo y lo que se pueda fundar con él; el ímpetu de seguir dando pasos adelante, porque eso es el progreso, esa es la esencia de la idea formativa, no es más que dar pasos hacia adelante.

Esta travesía más allá de todo lo palpable, empuja a quién la experimenta, a vivir puramente, a deshacerse de las pretensiones, a quedarse perplejo ante la grandeza del mundo, ser espectador, estar abiertos sin más a lo que se despliega. También ayuda a fortalecer los vínculos que se han tejido, a querer más lo que se hace, valorar lo que se tiene y soñar con lo que se puede conseguir; la proyección hacia lo que vendrá será sin duda más amplia, más comprensiva. Me quedo sin duda con el mayor aprendizaje, que siempre aquello que no se ha aprendido es mayor, es más profundo que lo que ya se sabe como conocido, que el conocimiento que se tiene es menor comparado con el que el mundo entero tiene para ofrecer, esa es mi mayor satisfacción porque no tengo duda de que puedo seguir andando, el camino nunca se cierra, cuando el horizonte parece avizorarse allá adelante, al paso que dé le seguirán dos más de aquel que se desplaza, eso es lo más valioso de ser estudiante, de tener estas posibilidades, de saber que aún quedan más y que el trayecto puede ser tan largo y fructífero como uno quiera, con parajes inolvidables"...