Gestión Humana
La sonrisa que acompañó tres décadas de historia universitaria

- Marta Betancur Estrada se despide de la Secretaría de Rectoría tras más de 30 años de servicio, dejando una huella de calidez, memoria institucional y vocación silenciosa
Durante más de tres décadas, la antesala de la Rectoría tuvo un rostro amable y una voz serena. Allí, entre agendas, actas, llamadas y decisiones trascendentales, Marta Betancur Estrada se convirtió en testigo y puente de la historia reciente de la Universidad.
Su nombre está ligado a la memoria institucional. En su gestión acompañó el paso de los cinco rectores que ha tenido la Universidad, siendo soporte discreto y eficaz en cada transición. Conocía los ritmos de la administración, los tiempos de la prudencia y la importancia de una palabra oportuna. Fue, para muchas personas, la primera puerta de entrada y la mejor carta de presentación.

Con algunos miembros del Comité Rectoral
Quienes trabajaron a su lado destacan su amabilidad constante, su espíritu servicial y un extraordinario don de gentes. Marta no solo organizaba agendas; armonizaba ambientes. No solo coordinaba reuniones; generaba confianza. Su carisma la hizo visible entre propios y extraños. Siempre dispuesta, siempre sonriente, convirtió la Secretaría de Rectoría en un espacio de acogida.
El rol que desempeñó va más allá de las funciones formales. Durante años custodió documentos, preparó actas, coordinó sesiones del Comité Rectoral, acompañó ceremonias institucionales y cuidó cada detalle de los actos protocolarios. Supo anticiparse a las necesidades, recordar fechas clave, enlazar llamadas decisivas y mantener la discreción que exige el manejo de información sensible. En la práctica, fue una memoria viva y un punto de equilibrio en medio de jornadas exigentes.

Acompañada de la Comunidad de Religiosos Terciarios Capuchinos
En su despedida estuvieron integrantes del Comité Rectoral, padres de la Comunidad de Religiosos Terciarios Capuchinos y miembros de su familia, quienes reconocieron públicamente su compromiso y entrega. Fue un encuentro cargado de gratitud y anécdotas.
Entre risas, Marta evocó sus primeros años apoyando las ceremonias de grados. Cuenta que, convencida de que cada acto merecía un atuendo distinto, decidió que debía estrenar vestido en cada ceremonia. Aquella época, recuerda con humor, implicaba ahorrar con disciplina para estar a la altura de un momento que consideraba solemne y único para cada promoción. Esa anécdota resume su sentido del detalle y el respeto profundo por la vida universitaria.

Algunos miembros de su familia
Su familia —su esposo e hijas— ha sido un pilar fundamental en su camino. Con orgullo y ternura habla también de su madre, quien pronto cumplirá 90 años y a quien admira profundamente por haberle inculcado valores de trabajo, rectitud y coherencia. En esa herencia ética encuentra la raíz de su vocación de servicio.
Ahora, al iniciar su jubilación, Marta proyecta una etapa distinta: disfrutar del tiempo en familia, compartir más con su madre y recorrer juntas los pueblos de Antioquia. Nuevos paisajes reemplazarán los pasillos administrativos, pero su huella permanecerá en cada historia que ayudó a tejer.
Las instituciones se construyen con grandes decisiones, pero también con presencias constantes. La de Marta Betancur Estrada fue una de ellas: silenciosa, firme y luminosa. Su legado no se archiva; permanece en la memoria agradecida de una comunidad que la vio servir con humanidad y excelencia.
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