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Publicado por Webmaster el 24/1/2014 (835 lecturas)

Panamá, Destino Académico de Estudiante Amigoniana

Laura Vanegas
Universidad Santa María la Antigua - Panamá
Laura intercambio panama

 

Laura Victoria Vanegas Castro, estudiante de Comunicación Social cruza las fronteras.

La Universidad Santa María la Antigua de Panamá es el lugar que acoge a nuestra estudiante amigoniana.

Con las dudas y el miedo normal de salir de casa y dejar por un tiempo su terruño y la protección de su hogar, Laura, es la primera estudiante de la Funlam que decide realizar un intercambio académico en Panamá.

Con la vena periodística a flor de piel, nos envía el siguiente relato de su experiencia en el vecino país.

EL SEUDO DEL MIEDO

De repente tuve un sueño, pero no con esa sensación de muerte y los ojos cerrados, sino que obtuve un deseo para perseguir, algo que anhelar y buscar. Recuerdo que tenía los ojos bien abiertos, los sentidos bien puestos y pensé: “un intercambio.” Ahora eso quería. Desde segundo semestre. De ahí comencé a dedicarme con más ganas a mis estudios y obviamente al resultado de la nota final, para poder irme luego de tener más de la mitad de los créditos de mi carrera. El sueño me perseguía donde iba, me retumba los oídos. Fue como un hechizo del alma, una búsqueda constante y ardua para ver el placer de ese íntimo deseo. 

Sin embargo, algún monstruo nauseabundo, de esos que nos persiguen en las pesadillas, apareció a mi mente. ¿Dónde viviría? ¿Cómo me mantendría? ¿Sera posible? Esa tragedia que inunda de desilusión. Entonces, se fue entorpeciendo el camino, cada vez se veía más gris e intocable. Pero mi adorable abuela, gran filosofa en la arte de dar amor, me acaricio las fuerzas. Sus palabras de aliento se convirtieron en una unificadle melodía producida por ángeles. La poesía que salía de sus labios abrazó mi intensión hasta volverse de nuevo en esa gran idea que era inseparable a mí. Quería más que nunca irme, quería experimentar otras formas de ver el mundo y compartirlo, y mi destino sería Panamá. 

Fue así, como me llene de energía para ir al sexto piso de la fortaleza intelectual. Donde la corsaria de la caballería, la tejedora de hechos oníricos más allá del firmamento, la doncella de nombre tipo francés me ayudo con todo lo que podría ser real para mi destino. Había varias trampas, puesto que el lugar al que mi sueño me quería llevar, estaba desprovisto de contacto con mi puente Universitario. Sin embargo, la inalcanzable France lo hizo posible por mí en muy corto tiempo, parece que sus ganas de ayudar a vernos cumplir nuestros anhelos no tienen fronteras para ella.

De esta manera, me vi empacando las maletas. Un par de jeans, muchas camisas, varias faldas, unos tantos vestidos, fueron llenando mi viaje. Y comencé a despertar, ¿tanto tiempo lejos de mi casa? Sentía que había hecho algo profético, tan pequeño para el mundo, pero tan grande para mí. Seguí guardando en ese cuadro finito lo que pudiese recordarme mi hogar. Lleve algunas fotos, promesas de volver y algún miedo de amor. Esa noche no pude dormir, solo logre soñar.

Cuando abrí mi mente y pude desperté del sueño para volverlo realidad, me vi en una silla de un avión. Las turbinas iban prendiéndose y el ave de metal estaba cogiendo impulso: Oh gran paisaje, montañas verdes como coliflor, maravillo cielo con nubes de algodón, extenso mar azul con barcos de cartón. Al final del recorrido, una pequeña gran ciudad con miles de edificios, mi destino. Recuerdo que hacía frío, bastante, cuando ¡puf! Ese calor insoportable, esa ola de sol cayó sobre mi cuerpo helado y ese acento extraño, esa forma de hablar tan particular, era irreconocible en mis oídos. Solo tuve miedo, ¿ahora qué? Pensé.

Solo fue un par de días para irme acostumbrando. Y ahora cuando me dicen en el taxi: ¿por dónde? Yo le respondo: recto, hasta el final. O cuando me dicen en la tienda: Son veintitrés con veinte, saco unos billetes verdes. O cuando tengo rabia digo: ¡chucha! O cuando pido algo para almorzar digo: una carne gisaa, con porotos y arroz blanco. Y luego preguntan: ¿para toma? Les digo: una chicha de maracuyá.

Empecé a ver el mundo diferente, increíblemente nos piensas mucho en Panamá. Cada vez que hablo con alguien me dice: ¿de dónde tú ere`? ¿Colombia? Y siguen con su conversación: nosotros nos separamos de ustedes en 1903, pero ahora hay más colombianos que panameños. Y terminan: ¿por qué cree usted que hay tanto colombiano acá? Y lo único que respondo es: la facilidad para llegar y el dólar.

Se ven bellísimas las tableñas con sus polleras y los chitrianos con sus sombreros pintados. Además es muy rica la ‘ropa vieja’ o como nosotros le decimos: carne desmechada. Bollos, camarones, pescado, almejas, patitas de puerco, chicha, chuleta, todo está bueno ¡pa’ proba`! Lo más curioso de Panamá, son sus tiendas o como ellos le dicen: el chino. Todos estos establecimientos lo administran descendientes Vietnamitas, chinos y japoneses. Es sencillo. Si te pierdes acá solo pregunta: ¿Dónde hay un chino cerca? Y ya está.

Y ¿cómo dejar pasar el canal? Bellísimo lugar. Es increíble que pasen semejantes navíos de tal magnitud por ese estrecho. Barcos enormes, que solo con mirarlos dan miedo. La sensación que ofrece ese momento cuando las esclusas se abren, los pequeños cargueros los orientan y el gigante comienza a pasar. Es sorprendente como sacan el agua para que el barco descienda hasta veinticinco (25) metros. Por eso un aplauso a Panamá.

Hay mucho que visitar como Miraflores el mirador del segundo paso del canal, la ciudad del saber, el puerto Portobelo donde los españoles tenía el principal centro de comercio, la cinta costera, la isla Taboga, el recorrido del Coswell hasta Isla Flamenco e Isla Perico, el Albrook (gran centro comercial), el casco antiguo, pueblo viejo, las ruinas de Panamá vieja la cual fue quedaba por el pirata Morgan, las hermosas Islas del Archipiélago de Bocas del Toro, entre tantos más que queda por contar. Tiempo falto para ir a visitar.

Indudablemente, lo que más me genera admiración es su respeto por los indígenas. Hay cuatro (4) grandes comarcas en las cuales viven los descendientes de las etnias, los Ngobe-Buglé, Los Kuna Yala y los Emberá-Wounaan. Todos tienen su gran pedazo de tierra, todos tiene su lugar.

Ahora sé que el miedo es mentira, que nos engaña ese monstruo de la cobardía para dejar de perseguir nuestro sueño. Tanto aprendí, tanto conocí. Tengo una experiencia de vida gratificante. Además cómo saber cuál es el bien y cuál es el mal si nos da susto la libertad. Hay que volar, extender las alas lejos y poder observar. Porque para poder llamarnos colombianos, hay que saber la historia que dejamos marcada en este país. Alguna vez fuimos una sola nación y aún nuestra historia se teje unida. Porque mi sueño se volvió realidad cuando por fin me encontré acá, cuando volé recto hasta el final y entendí porque me siento orgullosa de mi casa.

Porque el hombre que vive preso a las actividades rutinarias, el cual deja atrás el riesgo y la aventura es aquel que poco sabrá lo que pasa, allá, afuera, en el mundo. De vemos buscar la razón del éxtasis con la única oportunidad que tenemos de vivir, es decisión nuestra si le otorgamos a la esperanza o a la desilusión, al dolor y al miedo, al anhelo de amar y a los sueños fallidos, nuestro deseo intrinco y netamente virtuoso de ser felices.

Es que no hay nada en el mundo tan sencillo, como para ser omitido. Ni hay nada tan difícil, como para ser imposible. Solo falta con soñar para poder volar. Porque la vida es tan corta o tan larga como quieras, solo tú decides cuan distante es el camino y si en el vas a dejar piedras para que te entorpezca. Mi deseo fue conocer Panamá y lo logre, ahora siguen muchos más porque le quite ese seudo al miedo de romper fronteras y perseguir lo que anhelo.