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Noticias 2026
Reflexión Miércoles de Ceniza

- La ceniza y la condición humana: del rito penitencial a la solidaridad concreta
Comenzamos el tiempo de Cuaresma con el Miércoles de Ceniza, cuyo gesto central —la imposición de la ceniza— suscita preguntas que trascienden la mera práctica ritual: ¿qué sentido otorgamos hoy a este signo?, ¿qué implica recibirlo?, ¿a qué compromiso convoca en el contexto de una comunidad universitaria
Como espacio de pensamiento crítico y de diálogo interdisciplinar, la universidad está llamada a interrogar también sus propias tradiciones simbólicas. En este caso, una primera clave hermenéutica surge del relato del Génesis (3,19), cuyas palabras acompañan el rito: “Recuerda que eres polvo y al polvo volverás”. La ceniza remite así a nuestro origen común y a nuestra pertenencia constitutiva a la tierra que habitamos. No se trata únicamente de un recordatorio de la finitud, sino de la toma de conciencia de una condición compartida: somos seres vinculados, interdependientes, situados en un mismo horizonte de existencia.
En esta línea, Edgar Morin (1999) subraya que “somos resultado y parte del cosmos, de la naturaleza y de la vida; sin embargo, a causa de nuestra cultura, racionalidad y conciencia reflexiva, nos hemos vuelto extraños a ese mismo cosmos que nos es íntimo” (p. 25). El conocimiento científico y la autoconciencia, que nos permiten comprender el mundo físico, pueden también distanciarnos de él. Desde esta perspectiva, el rito de la ceniza no se restringe a una confesión religiosa particular: convoca a creyentes y no creyentes, en cuanto todos compartimos la misma condición humana, vulnerable y finita.
Una segunda reflexión puede anclarse en el mismo libro del Génesis, en el relato de la tentación, cuando emerge la promesa: “serán como dioses” (Gn 3,5). Este pasaje pone de relieve una de las tentaciones más persistentes de la humanidad: la aspiración a la autosuficiencia absoluta, la negación de los propios límites y el desconocimiento de la fragilidad constitutiva que define nuestra condición. La ceniza, en contraste, desenmascara esa ilusión de omnipotencia y nos reconcilia con la verdad de nuestra imperfección.
A este respecto, Joan-Carles Mèlich, en Ética de la compasión (2010), afirma: “Los seres humanos no podemos eludir el dolor de vivir porque somos desertores […]; no acabamos de saber cuál es nuestra definitiva ubicación en el cosmos y desconocemos a priori qué decisiones debemos tomar” (p. 40). Esta reflexión sitúa la vulnerabilidad no como un déficit, sino como un rasgo estructural de la existencia humana.
De ello se derivan consecuencias éticas significativas. En primer lugar, la ceniza puede comprenderse como un llamado a renunciar a toda pretensión de superioridad. No somos dioses; somos seres en proceso, marcados por límites, errores y contradicciones. Reconocer esta verdad no nos degrada; por el contrario, nos humaniza.
En segundo lugar, el signo de la ceniza se proyecta hacia una ética de la humildad y de la compasión. Diversos textos del Nuevo Testamento exhortan a las primeras comunidades a cultivar estas actitudes: “Actuad con toda humildad, mansedumbre y paciencia, soportándoos unos a otros con amor” (Ef 4,1-2); “Revestíos de entrañas de misericordia […] perdonándoos mutuamente” (Col 3,12-13). En una sociedad donde la compasión corre el riesgo de diluirse en la lógica de la competencia y el rendimiento, estas exhortaciones adquieren renovada vigencia.
El tiempo de Cuaresma, inaugurado por el Miércoles de Ceniza, puede comprenderse entonces como una invitación a reorientar la mirada hacia Jesús de Nazaret —más allá de una adscripción confesional estricta— como referente ético de humanidad, apertura y solidaridad. Su vida y su praxis ofrecen un horizonte desde el cual repensar nuestras relaciones, prioridades y compromisos.
En este sentido, junto al reconocimiento de nuestra condición terrenal, la Cuaresma se configura también como un tiempo privilegiado para la solidaridad concreta, especialmente con los más necesitados. No basta con pensar la solidaridad como categoría teórica o valor abstracto; es preciso traducirla en prácticas, decisiones y gestos verificables. Por ello, desde la Pastoral Social Universitaria se desarrollará la campaña:
“La solidaridad no se piensa, se vive: el amor es el verdadero rostro de Dios”.
Como recuerda el Padre Vives Aguilella en Identidad Amigoniana en Acción, evocando la espiritualidad de Luis Amigó, “el amor es el único mérito para ascender en el escalafón del Reino de los cielos” (p. 17). Celebrar el Año Jubilar Franciscano nos invita, además, a redescubrir nuestras raíces franciscano-amigonianas, centradas en la reconciliación con el universo creado y en la opción compasiva por quienes más sufren, como expresión concreta del amor que humaniza.
Esta campaña se concreta en gestos solidarios verificables: la donación de alimentos no perecederos, ropa nueva o aportes económicos destinados a quienes más lo necesitan. Que este tiempo sea, para toda la comunidad universitaria, ocasión de reflexión lúcida y, sobre todo, de compromiso efectivo con la dignidad compartida que nos une.