Bendito sueño

Cuando ganar se convirtió en un acto común, Luis Alfonso sintió que estaba listo para cosas más grandes, para mayores retos y para levantar trofeos más pesados. «Los otros jugadores buenos se quedaron en el camino y yo me sentía el mejor», dice cuando le pregunto por sus condiciones como futbolista mientras crecía. Sin embargo, nunca abandonó la escuela, como sí lo hicieron muchos de sus compañeros de partidos y entrenamientos.

Julián Alexis Restrepo

Q’hubo mijo! Espéreme ahí un momentico que ya voy.

Así me recibió Luis Alfonso ‘Bendito’ Fajardo, Ya lo reconocía físicamente, es cierto que en el barrio aún lo llaman ´El Niño`, obedeciendo acaso a su cara de treintañero a sus 53 años y a los 1,66 metros de estatura. Es de semblante alegre, tranquilo, libre de moverse como quiere en su barrio. Todos allí dicen que el barrio es de él y él es del barrio, por todo lo que les dio y el apoyo anímico que recibió en los momentos duros.

Tuve que aceptar la espera, al fin y al cabo había llegado más temprano de lo acordado,

En una modesta, pero colonial casa del Barrio Cristóbal, adornada con barrotes marrones y una gran puerta color beige que tenía justo al frente de una camioneta negra de lujo, nació, creció y obtuvo sus primeros triunfos el Bendito, el Campeón de Copa Libertadores de América hace 27 años y mundialista hace 26. Su padre, Luis Fajardo, único habitante de la casa tras el fallecimiento de su esposa, Luz Posada, hace cuatro años, me recibió en la puerta mientras su hijo volvía. Durante la espera, devoraba a bocanadas un cigarrillo Marlboro sin mediar palabra alguna.

— ¿Llegué un poco temprano, no?— dije, intentando romper el hielo con don Luis, pero se mostraba impasible ante mi presencia. Terminó su cigarro y envió a su nieto Tomás para que llamara al Bendito. Al parecer se quería librar de mí.

El personaje estaba a unas cuantas casas de la colonial construcción, realizaba una visita de paso a uno de sus amigos más viejos del barrio. Mientras llegaba, por fin logré sacarle un par de palabras a su padre y entablamos una breve conversación.

—Y… ¿qué vas a hacer?

—Un perfil a su hijo.

—Ah, ya. Pero le han hecho un montón.

—Sí, pero nunca está de más recordar.

Al cabo de un par de minutos, llega ‘Bendito’ Fajardo. Viene con la camiseta del equipo que actualmente representa como dirigente, Leones F.C. Pasamos a la sala de la casa. Al fondo se ve el pasillo que atraviesa la edificación. En la sala hay un mueble grande color verde donde nos sentamos. Cerca, lo primero que se divisa son algunas de las camisetas que Bendito usó durante sus más de 10 años como futbolista profesional exhibidas cronológicamente: la del DIM, Once Caldas, Nacional, la Selección Colombia y Huila.

Debajo de las camisetas está un televisor LG donde se puede ver la trasmisión del partido Equidad-Jaguares, válido por el torneo local. Don Luis está atento, no termina de fumarse un cigarro para prender el otro, y Bendito hace lo mismo, no quita los ojos del juego. Por la situación, también comencé a fijarme en el partido, necesitaba romper un poco la barrera del desconocimiento. Claramente se respira fútbol en la casa, se habla solo en ese idioma.

Bendito se para a la cocina y vuelve con dos cervezas.

— ¿Vos sos mayor de edad, cierto?

—Sí, señor. Que la estatura no lo engañe, jajajaja.

Faltaban cinco minutos para que terminara el primer tiempo del partido. El Bendito estaba más interesado en el juego y en discutir con su papá que en la entrevista, pero me incluyó en el debate. Ya lo había pensado hacer, pero el gremio de ex futbolistas poco y nada respeta las opiniones de alguien que a lo sumo jugó una vez el Pony Fútbol. Dice que en Equidad juega Santiago Tréllez, hijo de su amigo y también ex futbolista Jhon Jairo Tréllez. Ya me dejaba ver una pequeña radiografía del futbol: las amistades.

Al fin terminó la primera parte del partido. Don Luis se fue a su habitación para seguir viéndolo y no interrumpir la entrevista. Le dice al Bendito que en la nevera hay más cerveza. Por mi parte solo le había dado un sorbo a la mía. Cuándo lo miré, él ya había terminado la suya. “Comencemos entonces”, me dijo.

El comienzo del sueño

Luis Alfonso Fajardo Posada nació el 18 de Junio de 1963 en el Hospital General, producto del matrimonio entre Luz María Posada, estilista, y Luis Fajardo, obrero. Pasó toda su infancia en el Barrio Cristóbal de la comuna 12, ubicada al occidente de Medellín. En la casa que está entre la carrera 88 y la calle 38 vivían con sus dos abuelos, trece tíos y doce primos; todos acomodados en ocho habitaciones. Se criaron en la época previa a la ola de violencia que afectó al país y la ciudad de manera fuerte, siendo este uno de los barrios que primero fue tocado por la droga y la desigualdad social.

A pesar de todos los problemas, el Bendito rescata que los momentos felices con sus padres nunca faltaron. Cada domingo iban de paseo al estadio a ver fútbol o estar en piscina. Con sus amigos también pasó momentos de felicidad. En semana, al salir de la jornada académica en la escuela Cristóbal Colón, volvían a sus casas para cambiarse y salir a jugar entre ellos o a medirse en “desafíos” contra los de las calles vecinas. Era una forma de liberación, luchar por los sueños y enfrentar la adversidad con un balón.

En la escuela, dice que le iba bien, sabía alternar su pasión por el fútbol con el estudio. Tanto, que salió del colegio con una beca que entregaba el Municipio para hacer el bachillerato en uno de los mejores colegios que había para la época (el Concejo de Medellín), y a los 13 años ya se mostraba como “un distinto” en el equipo de la Fábrica de Licores de Antioquia que participó, en el año 1976, del torneo Baby Fútbol que se organizaba en el Coliseo Iván De Bedout.

Cuando ganar se convirtió en un acto común, Luis Alfonso sintió que estaba listo para cosas más grandes, para mayores retos y para levantar trofeos más pesados. «Los otros jugadores buenos se quedaron en el camino y yo me sentía el mejor», dice cuando le pregunto por sus condiciones como futbolista mientras crecía. Sin embargo, nunca abandonó la escuela, como sí lo hicieron muchos de sus compañeros de partidos y entrenamientos.

Además de ver luchar a sus padres contra las dificultades económicas, el Bendito tuvo que convivir con las drogas y el delito que ya se apoderaban del barrio por aquellos años. Pese a que nunca estuvo en ese mundo, años después tuvo que ver cómo amigos igual o más talentosos que él se perdieron en ese mundo y no salieron sino para la cárcel o un cementerio.

En la esquina de la cuadra hay un establecimiento abandonado, sin ventanas, con el musgo apoderándose de los juros y claros síntomas de ser un lugar para actividades ilícitas que contrastan con el orden y prolijidad del barrio ahora. Es la casa donde funcionaba el bar ‘Chapinero’ que estuvo hasta los 90’s en el barrio. Era el lugar donde se perdían los jóvenes de la zona, con el tráfico de licor adulterado, prostitución, drogas y muerte.

Al terminar sus estudios secundarios, el Bendito decidió alternar el fútbol con la academia. Mientras comenzaba a estudiar Administración de Empresas en la Universidad de Medellín, con una beca que se ganó del Municipio, llegaba de la mano de Aturo Villegas y Alirio Álvarez a las divisiones menores del Deportivo Independiente Medellín tras ser goleador de un torneo nacional juvenil con la selección Antioquia en 1985.

A partir de ese momento comenzó a tomar más en serio su carrera futbolística. Todos los días, a las 6 a. m., salía a correr por el barrio antes de ir a entrenar. Al llegar del entrenamiento dormía tres horas, luego salía a clases en la universidad, en la noche se dedicaba a leer o a hacer trabajos y a las 10:30 p. m. ya estaba dormido. Así todos los días, la disciplina, la buena alimentación y los cuidados guiaron su crecimiento. Era una obligación para él mantenerse en forma, por su contextura fisiológica tiende a subir de peso demasiado rápido y eso se lo recalcaban sobre todo al comenzar a entrenar con el primer equipo del DIM en 1986, dirigido por Julio Comesaña. “No me dejaban desayunar ni una fruta de más”, recuerda con jocosidad.

A Bendito nunca le gustaron las fiestas en su época como futbolista, dice. Era consciente de que el alcohol conducía a la perdición.

En el DIM pasó dos años de quietud, no alcanzó a debutar y tuvo que buscar nuevos horizontes a raíz de los malos manejos en el club,  que además repercutieron en la partida de jugadores como René Higuita, Alexis García, Leonel Álvarez, etc., a otros clubes donde posteriormente serian considerado ídolos. Para octubre de 1987 recibió la llamada de Francisco Maturana pidiéndole que lo acompañara en su nuevo proyecto con Once Caldas de Manizales y, tras varios días pensándolo, el Bendito decidió suspender sus estudios e ir en búsqueda de cumplir su sueño y el de su padre de verlo jugando fútbol profesional.

Participó en dos torneos con el Once Caldas, a mediados de 1988 ya comenzaba a dejar destellos de su talento marcándole goles a Nacional, Cali y Junior. El fútbol por fin le sonreía y él no dejó pasar la oportunidad que se le presentó un año después de ir a Atlético Nacional de la mano otra vez de Francisco Maturana y varios ex compañeros de las divisiones menores del DIM. Volvía a su ciudad, su barrio y podía continuar sus estudios.

El sueño llevado al dominio del continente

¿Cómo fue llegar a Nacional y no volver al DIM?

No fue difícil, yo comencé en el Medellín pero toda mi familia ha sido futbolera y de Nacional. Fue el segundo sueño cumplido a esa altura.

¿Cómo combinaba ahora la rigurosidad del entrenamiento profesional y el jugar cada ocho días con la academia?

Pacho (Maturana) siempre me ayudó, él sabía que le cumplía si me esperaba un poco. Igual, yo tenía claro que si en algún momento me tocaba escoger no iba a dejar de un lado el esfuerzo hecho por entrar a la universidad.

¿Cómo fue el primer día en Nacional?

El 3 de enero de 1989, antes de comenzar el entrenamiento, Pacho nos sentó a todos y nos preguntó qué expectativa teníamos frente a la Copa Libertadores que íbamos a disputar. Al ver que todos respondían con signos de expectativa y ansias de sumar experiencia, se enojó y dijo que se iba a ir porque él había ido a ganar la Libertadores y si nosotros no nos convencíamos de eso no tenía nada que hacer allí.

Y, ¿qué pasó después de esa charla?

Todos en el equipo nos prometimos empujar hacia el mismo lado, jugar como él quería pero sobre todo divertirnos dentro del campo. Al final eso nos resultó.

¿Cómo era la convivencia con jugadores como Leonel, Alexis, René, Andrés, Jimmy Arango, Trellez, etc.?

Todos éramos líderes. En la convivencia interna yo te puedo hablar de Jimmy Arango que fue con quien más compartía en las concentraciones, pero en general, todos éramos jugadores y personas muy buenas. Nunca hubo una pelea fuera de la cancha.

Para 1989 Nacional tenía un objetivo claro: ganar la Copa Libertadores. El camino de los ‘puros criollos’ comenzó con Millonarios –el “coco” del equipo para el momento-, Emelec y Deportivo Quito de Ecuador. Pasaron segundos en el grupo detrás de Millonarios. En la segunda fase enfrentaron a Racing; 2-0 ganaron acá y 2-1 perdieron allá. En la siguiente jugaban ante Millos, 1-0 ganaron acá y 1-1 empataron en Bogotá con gol de Tréllez al final. “La llave con Millonarios fue el punto de inflexión, nos dimos cuenta que íbamos a ganar la Copa”, dice el Bendito. En la semifinal se enfrentan a Danubio de Uruguay; 0-0 allá y 6-1 ganaron acá.

En la final jugaron ante Olimpia de Paraguay, rival de recorrido y experiencia. En territorio guaraní cayeron 2-0, pero esto terminó por retar la gallardía del equipo. Pero apareció otro inconveniente, para el partido de vuelta que cerraría la serie el Presidente de la Confederación Sudamericana de Fútbol (CONMEBOL), Nicolás Leoz, no permitió que el partido se jugara en Medellín sino en Bogotá, por supuestos motivos de capacidad y seguridad.

¿Qué significó para ustedes el cambio de sede?

Nos motivó, sabíamos que nos querían poner la mayor cantidad de trabas posibles para que Olimpia ganara. Así que lo asumimos con hombría.

El partido se jugó finalmente en el Campin, Nacional ganó 2-0 y el partido se definió por penales. Sin embargo, el Bendito fue sustituido minutos antes del final, por lo cual vivió desde el banco la llamada ‘noche de René’.

Y eso sucedió, la noche del 31 de Mayo de 1989 quedó en la memoria del país, la ciudad, el barrio y el Bendito, así el chico venció al grande y se adueñó de su lugar.

De regreso a Medellín la fiesta se desató, el equipo fue recibido en un carro de bomberos y dio la vuelta por la ciudad. El destino volvía a jugar a favor de todos, el lugar más golpeado por la violencia del narcotráfico era epicentro del país, el continente y el mundo, pero esta vez no por una bomba sino por once varones que alzaron la gloria en una noche ajena a la suya. Entre ellos estaba el Bendito, el orgullo de todos en el barrio.

¿Qué significó ganar la Copa Libertadores de América?

Un sueño cumplido… Todavía a veces sueño con ese día y los que vinieron después. Fue el momento más lindo de mi vida.

Y… ¿de dónde vino el apodo ‘Bendito’?

Llegó del relator y periodista local Múnera Eastman quien vivía por acá cerca. Como mi familia rezaba mucho, me decían Bendito. Pero según él cada vez que entraba, ocurría un milagro y el equipo ganaba. Luego la gente lo adoptó y me hice más reconocido por el sobrenombre”.

La cúspide

Con la gloria continental llegó la fama, el Bendito comenzó a ser llamado por agencias publicitarias para que fuera la imagen de refrescos y guayos. No desaprovechó su oportunidad. La  dureza con la que su padre tuvo que trabajar para mantener a su familia durante su niñez y sus estudios en Administración le enseñaron el valor de saber manejar sus ingresos. Por eso, hoy por hoy, no pasa apuros como la mayoría de futbolistas tras el retiro.

Ese mismo año Nacional jugó directamente la Copa Intercontinental en Tokyo, Japón, ante el mejor Milán de la historia. Cayeron 1-0. No fue una sorpresa, aún ese equipo es recordado por las más de 26 fechas invictos y múltiples títulos logrados. Aunque el Bendito no jugó en aquel partido, guarda con celo la camiseta N°10 de Carlo Ancelotti.

Haber ganado la Copa Libertadores y su momento de lucidez deportiva con Nacional le bastaron para participar con la Selección Colombia dirigida por Francisco Maturana, en toda la eliminatoria suramericana rumbo al Mundial de Italia 1990, con el objetivo de volver a un mundial luego de 28 años.

Colombia fue tercera en el grupo que compartía con Ecuador, Bolivia y Paraguay. El seleccionado tuvo que jugar el repechaje con Israel por un cupo al máximo torneo de selecciones mundial. Para estos partidos cruciales, Luis Alfonso no pudo estar debido a una molestia en la rodilla que lo venia aquejando. Se quedó en Medellín haciéndose los exámenes de rigor. Luego de varias semanas y ya con la selección clasificada al mundial, el Bendito recibió una difícil notica; sufría una rotura parcial del ligamento cruzado de su rodilla derecha.  Podría  llegar justo al mundial si optaba por hacer terapia, o no llegar si se operaba.

¿Qué sensación tuvo?

Yo no me quería perder el Mundial, pero Hernán Luna, médico de Nacional, me dijo que podíamos hacer terapia y llegaba bien. Aunque en la selección me recomendaban la operación.

Y, ¿qué decidió?

Yo a los tres días de saber los resultados ya tenía programada la cirugía, pero mi mamá se atravesó en la puerta y no me dejó salir. Me dijo que yo me iba a recuperar con terapias y punto.

¿Sí se recuperó totalmente?

Claro, imagínate sino con mi mamá ahí pendiente siempre. Terminé haciendo fútbol un mes antes del mundial.

¿Qué representó su mamá en aquel momento y después cuando jugó el mundial?

Uff –contuvo la respiración-, por ella lo logré. La medicina muchas veces se equivoca pero el sentido ese que tienen las mamás, no.

En el mundial Colombia jugó ante Emiratos Árabes, Yugoslavia y Alemania, pero el partido con este último es el más recordado de aquella selección por la remontada y dominio ante el que a la postre sería Campeón. ¿Fue su mejor partido?

No sé si el mejor, pero está entre los tres mejores. Ese día todo el equipo jugó bien, nos divertimos, pero no supimos contrarrestar la jerarquía de ellos.

¿Qué pasó en ese Mundial, por qué no llegamos más lejos?

Se dieron muchas cosas, la presión de la prensa, el peso de hacer las cosas bien volviendo a un mundial y los errores jugando. No lo supimos manejar.

¿Cómo fue la llegada a Colombia tras el Mundial?

A pesar de la desazón, nos recibieron cómo héroes. Habíamos hecho historia avanzando, pero todos seguíamos con la sensación de que éramos más.

Y en el barrio, ¿cómo fue el recibimiento?

Una fiesta total. Vinieron amigos de la infancia, varios compañeros del equipo, tocó Fruko y su orquesta. Todo fue alegría… y pensar que dos días antes habían matado a un tipo por intentar atracar a una señora.

La vida del Bendito ha estado rodeada de esa simbología, el fútbol cómo opción de cambio y desconexión ante la cruda realidad del país y la ciudad de aquel entonces. No había nada más qué hacer, el deporte era la señal divina de poder salir de las dificultades.

Ese año, el Bendito se graduó como Administrador de empresas. Era su mejor momento, lo querían equipos como Cali y Palmeiras de Brasil, pero el amor por Nacional y el hecho de que la experiencia de otros compañeros por fuera no fue la mejor, le permitieron quedarse donde estaba y ser feliz. Al siguiente campeonato en 1991, Nacional se coronó campeón por quinta vez en el país, con el Bendito como figura en el partido final ante el América de Cali, en el Atanasio.

Nacional llegaba segundo, si ganaba era campeón, ¿pensó en lo que pasaba si perdían?

Teníamos que ganar, pero sabíamos que América era un equipo muy difícil. Además, yo no podía jugar por lesión y resulté entrando al final.

¿Cómo es eso de que al final jugó, si estaba lesionado?

Una semana antes, contra Santa Fe, me lesioné el tobillo. Nada grave, pero me perdía ese partido contra el América. Como yo sabía que no llegaba, le pedí al DT del equipo, Bolillo Gómez que me dejara ir a la casa. Él me dejó, pero por la noche cuando estaba en mi casa con unos amigos llegó y me dijo que me fuera con él, que no era capaz de dormir si no me tenía en el hotel. Así fuera infiltrado, tenía que jugar.

El día del partido el Bendito jugó infiltrado. Cuando iba empatado 1-1 y faltaban 15’ minutos, el médico de Nacional lo infiltró y entró. Sabía que no podía fallar, pero eso no fue impedimento para que, en el minuto 88, sacara un milagro de la aurora e hiciera el 2-1 que le daba el título a su equipo.

Fue una de tantas epopeyas de Nacional. Volvían a hacer historia

Sí, y volver a ser campeones del torneo local era algo que nos faltaba a pesar de la Libertadores obtenida.

Un año después del título, Nacional repitió una campaña formidable de la mano de Hernán Darío ‘Bolillo’ Gómez como director técnico, pero solo alcanzó para el subcampeonato.

¿Cómo fue ese último partido ante Junior?

Teníamos que ganar y lo hicimos, pero el Cali le tenía que ganar a América y solo empataron. Por eso no fuimos campeones ese año.

Para 1993 la lesión de rodilla que tuvo el Bendito antes del Mundial de Italia 90 comenzaba a pasar factura. Sufrió varias recaídas, estuvo a punto de ir al quirófano, pero siempre se negó y eso, como él dice, fue lo que terminó por recortarle años de carrera. Su nivel bajó, pasó de disfrutar las mieles del triunfo y las amistades de la fama a ver la otra cara de la moneda en el fútbol: el abandono.  Fue cedido seis meses al Atlético Huila dónde no le pagaron ni una quincena. Volvió a Nacional para 1994 y prácticamente no jugó a excepción de cuando iban jugadores convocados a la selección. El declive era inminente y el retiro una sentencia.

Durante ese año vivió uno de los momentos más difíciles de su carrera, la muerte violenta de Andrés Escobar tras el Mundial de USA 1994.

¿Cómo te tomó la muerte de Andrés?

Huy, hermano, mal, muy mal. Estaba acá en la casa durmiendo, como solía hacerlo en vacaciones, cuando sonó el teléfono y mi mamá contestó… le dijeron: “Se murió Andrés, dígale al Bendito que no salga que está todo muy peligroso”. Fue un momento difícil, eso era Colombia como sociedad en ese momento y ahora le tocaba al fútbol. No sabía cómo reaccionar.

El Bendito no fue capaz de ir a la morgue a identificar el cadáver de su amigo, aunque sí estuvo con la familia de Andrés durante el sepelio y los días posteriores. Aún le cuesta hablar del amigo que se fue por culpa de una sandez, porque “en Colombia no estamos dispuestos a vivir en sociedad”, dice.

Tras ese trago amargo, en 1995 el Bendito volvió al DIM. Allí jugó seis meses y se retiró otro seis. “No me quería ir todavía, por eso volví seis meses después”, dice. Finalmente jugó los primeros seis meses de 1996 con el club donde surgió y tomó la decisión de retirarse. Ya la rodilla no tenía prácticamente nada de cartílago a raíz del esfuerzo que hizo jugando con la molestia en el ligamento, más de dos años. Los socios con los que pretendía fundar una escuela de fútbol se desparecieron con la inversión suya. No quería saber más del mundo futbolístico, comenzó a ser más reconocido por lo que fue en el 89 y no por lo que era en ese momento.

Aunque no tuvo partido de despedida ni grandes homenajes, en el barrio todos se conglomeraron para agradecerle el haber puesto a un pequeño sector de la comuna 12 en el mapa de la ciudad y del país, por ser el lugar dónde surgió uno de los grandes talentos que ha tenido el fútbol colombiano en su historia.

El retiro, la otra cara del futbolista

Luego del retiro, el Bendito se dedicó por completo a actividades extradeportivas, pero esporádicamente jugaba partidos con los amigos del barrio. Fue gerente de una entidad bancaria por ocho años. En 2004 lo llamaron del Deportivo Pereira ofreciéndole el puesto de Presidente, con el objetivo de que los ayudara a ascender y curar económicamente al club. Aceptó y ese mismo año logró ascender a uno de los equipos tradicionales del país de nuevo a la primera categoría.

Con el éxito en el Pereira, el Bendito volvió a la escena del fútbol colombiano. De nuevo lo llamaban para hacerle notas, ser imagen de una marca o apadrinar una fundación con su imagen, lo cual no le molestaba. Dos años más tarde recaló en Rionegro F.C, equipo también de la segunda división colombiana. Allí también logró ser campeón dos años después de su llegada, pero el equipo no ascendió.

Siguió trabajando por el objetivo de ascender, pero el 5 de diciembre de 2008 fue apresado por la Fiscalía colombiana a causa de una investigación que se adelantaba por transferencia de dinero indebida en la venta del jugador Luis Carlos Arias de Rionegro F.C., al DIM, ese mismo año. Aunque en su momento el Bendito fue señalado por la sociedad como uno de los tantos casos de ex futbolistas que buscan ganar dinero fácil ilícitamente, no se comprobó responsabilidad alguna en las irregularidades y salió libre 20 días después.

Para Luis Alonso la justicia se equivocó con él, hirió a su familia y dañó su imagen. Pero la sociedad también lo señaló, le dio la espalda y le pagó mal. Sin embargo, los golpes que la vida le asestaría apenas comenzaban. En 2010 murió su madre a causa de una enfermedad coronaria. Un año después, uno de sus dos hijos, el mayor, murió en un accidente automovilístico en la vía que de Medellín conduce a Santa Fe de Antioquia.

“Por un momento pensé que el Bendito que todos conocíamos se había ido con esas dos muertes. No comía, no dormía, iba a los entrenamientos pero no hablaba con nadie. Hasta que habló con su papa y ese día volvió el semblante de antes”, dice Juan Jaramillo, amigo de Luis Alfonso.

¿Qué fue lo que pasó después de la muerte de su madre y su hijo? ¿Qué cambio en usted?

Todo. Perder la fama en el fútbol el día después de mi retiro no me importó, porque al fin y al cabo tenía a mis amigos, los verdaderos, y a mi familia al lado. Pero la muerte de esas dos personas para mí fue un golpe 200% más duro que el de Andrés. Pensé en retirarme de la vida o irme del país y no volver.

¿Qué lo hizo cambiar de opinión?

Mi papá, el viejo me agarró un día y me dijo que yo no podía dejar a un lado todo el esfuerzo que hice por vivir como vivía y por disfrutar del fútbol cómo lo hacía. Me pidió que lo dejara ir conmigo a un entrenamiento de Rionegro, pero camino a la cancha me hizo parar al lado de la carretera y mirar el amanecer. Me dijo que detallara el sol, porque él siempre sale aunque antes caiga  un diluvio.

Ahora, el Bendito sigue trabajando por ascender a su club, aunque ahora no se llama Rionegro sino Leones F.C. Le da un valor distinto al fútbol en su vida, disfruta con su hijo, su esposa y los que lo rodean cada vez que puede, pues ahora como dirigente requiere disponer de más tiempo que como futbolista. Pero además, le apuesta a dejar huella en algún lugar de la sociedad arrebatándole jóvenes a la violencia como alguna vez lo hicieron la pelota, Aturo Villegas y Alirio Álvarez con él.

Con un convenio le está dando la posibilidad, a jóvenes talentos de la comuna 12 y el Barrio Cristóbal, de ingresar a las divisiones menores del club que preside. Asimismo, tiene convenios con clubes profesionales que le ceden jugadores al club para que terminen su formación futbolística y puedan dar el salto como profesionales.

El homenaje a los soñadores del 89’

Hace poco, el 27 de Julio, el fútbol le devolvió un poco de lo que le dio en forma de homenaje. El día de la final de la Copa Libertadores en la cual Atlético Nacional, el club donde pasó sus mejores años y que quiere como a ningún otro, le hizo un reconcomiendo a los campeones de la misma competición hace 27 años (1989) durante la previa al partido que posteriormente lo coronó como campeón por segunda ocasión.

¿Cómo fue estar en el Atanasio, ya no cómo futbolista sino cómo ídolo, y recibir un homenaje así?

Una sensación única. Yo siempre he dicho que me quedó faltando el partido del retiro, pero ni en Medellín ni en Nacional las cosas se dieron para hacerlo. Sin embargo, aparte del cariño que la gente me da todos los días, ese momento me recordó por que alguna vez quise ser futbolista.

¿Por qué?

Porque se cumplen los sueños. Y la vida es eso, sueños.

Y tiene razón el Bendito, sin los sueños que tenia quizá nunca hubiera sido lo que fue, conseguido lo que consiguió y disfrutado lo que disfrutó a pesar de las dificultades que atravesó en su niñez y adolescencia. Ese es el personaje, no el futbolista. Sin importar nada todavía camina por el barrio, saluda, se toma una cerveza con quien lo convida y, sobre todo, se preocupa por no dejar que la juventud caiga en los errores que en su momento le quitaron muchos amigos.