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Medellin, Mayo de 2006 <> Fundación Universitaria Luis Amigó <> Facultad de Comunicación Social <> Octava edición
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Fotografía: Juan Felipe Longas

 

:.: Vocaciones sacerdotales :.:
Por Diana Patricia Nieto Gallego

Contrario a lo que muchos piensan, las vocaciones sacerdotales no han disminuido en Colombia. Al contrario, los seminarios del país se encuentran llenos y algunos ampliaron sus plantas físicas por el renacer de las vocaciones.

La Diócesis Sonsón Rionegro se distingue por la proliferación de candidatos en sus seminarios que, en quince años y en sus seis seminarios, tuvo un promedio de 250 nuevos seminaristas, y una ordenación continua de entre 30 y 40 sacerdotes por año y de sus 400 sacerdotes, 200 realizan su labor pastoral fuera de ella. Sin embargo, no en todas las diócesis hay auge vocaciones. En Cali, por ejemplo, sí se ha presentado una disminución. Colombia, según datos publicados por la revista Semana, cuenta con 118 seminarios, 49 diocesanos y 69 de diferentes órdenes religiosas, en los que actualmente hay un promedio de 6.000 estudiantes en distintos procesos de formación.

Estudios y pastoral
Quienes se convertirán en sacerdotes recorren un trayecto de ocho años de estudio, con experiencia pastoral o de misión en otros seminarios, el cual, en últimas, lleva a la ordenación al 40% de los seminaristas. La estadística, sin embargo, deberá crecer si se tiene en cuenta que en Colombia hay alrededor de 9.000 sacerdotes, algunos de ellos ya a punto de jubilarse, lo que muestra la necesidad de seguir cultivando las vocaciones sacerdotales. El padre Juan Manuel Toro, director Académico del Seminario Nuestra Señora de Marinilla, dice que sí se nota un incremento en las vocaciones, “pero hay que seguir trabajando, puesto que a los jóvenes del Siglo XXI se les dificulta aceptar el llamado de Dios porque, cultural y socialmente, se encuentran afectados para responder adecuadamente a una vocación”. Agrega que no falta vocación: “el problema radica en la capacidad de respuesta que hay en el corazón del hombre. Si culturalmente hay una predisposición negativa al sacrificio y a la entrega de la propia vida, lógicamente tendrán que disminuir las vocaciones en términos concretos y efectivos”. Toro atribuye esa “presión” a problemas que nacen en la familia, “a través de hogares que han tenido uno o dos hijos, familias donde los padres permanecen muy poco tiempo con sus hijos, en los valores que van siendo plantados en la conciencia y que, muchas veces, provienen de los medios de comunicación, de la misma cultura”.

En la fe
El sacerdote llama la atención sobre la importancia de diferenciar la “vocación al Ministerio Sacerdotal” respecto de otras opciones de vida. “No se puede cavilar como algo que se realiza en una institución y se alcanza después de unos años de estudio. Nunca se puede perder de vista que es un asunto de fe, es un regalo de la gracia de Dios. Por eso, el requisito fundamental para una vocación es la madurez en la fe de un pueblo cristiano”. Además, las prácticas de religiosidad popular atentan contra las vocaciones. “Se ha perdido en muchos sectores de la población ese carácter divino, trascendental de la religión como un instrumento y una forma de vivir nuestra relación con un Dios personal que nos ama”, agrega el padre Juan Manuel Toro.

Cuatro seminarios
Por su parte, Luis Humberto Restrepo, párroco de Santo Cura de Ars, en Belén Los Alpes, dijo que en este momento la Arquidiócesis de Medellín, “vocacionalmente está muy bien”. Cuenta con cuatro seminarios: el Conciliar, con cerca de 180 alumnos; Misionero San José, con 20 seminaristas; Juan Pablo II, con 15 seminaristas que ya son profesionales en otras áreas; y, por último, el seminario Catecúmeno, que es internacional porque sus sacerdotes pueden ser enviados a trabajar en cualquier parte del mundo. El padre Restrepo destaca que la Arquidiócesis de Medellín está “exportando sacerdotes” por todo el mundo y que, citando al vicario General de la Arquidiócesis, Alfonso Vásquez, existen numerosas solicitudes pidiendo sacerdotes para cubrir la demanda de otros países en los que persiste una marcada disminución de seminaristas y, por ende, de sacerdotes. Por ejemplo, en estos momentos hay siete sacerdotes de la Arquidiócesis trabajando en Cuba, unos 22 repartidos entre Estados Unidos, Italia, Chile y Francia, además, de tres preparados para salir a trabajar a España. No solo en España faltan sacerdotes. Un informe del Comité de Obispos de Estados Unidos sobre Asuntos Hispanos, afirma que entre 1999 y 2005, había 2.005 sacerdotes hispanos en Estados Unidos. Del mismo modo, que hay un sacerdote hispano por cada 9.925 católicos hispanos, comparado con un sacerdote por 1.230 católicos para la población católica de en general de ese país.

Contraste
Pero, mientras los seminarios mantienen sus expectativas colmadas, los templos no lo reflejan. En este sentido, se expresa Juan Fernando Zapata, seminarista en Marinilla. “En el momento de la Eucaristía, los templos se llenan con viejitos, mientras los jóvenes están en las discotecas. De esta manera, los muchachos no van a sentir el llamado que les hace Dios, porque no están compenetrados con lo que se vive en la fe”, explica este aspirante. “Juanfer”, como lo llaman sus compañeros, reconoce que el llamado a la vocación “consta de una actitud de entrega, sacrificio, compromiso, la cual el joven light no está dispuesto a aceptar, solo por querer vivir momentos de placer en sus rumbas, fiestas y parches, como le llaman ahora”. Sebastián López, también seminarista en Marinilla opina que “en este tiempo sólo se busca lo que es bueno para lo sentidos, ya no se busca a Dios como felicidad eterna, si no la felicidad del momento”.

Vocación divina
Además del exigente trabajo académico y de formación sacerdotal, de los años que se requiere y de la especialización en el trabajo, los seminaristas pasan por las mismas afugias de cualquier ser humano, porque a esa condición no se renuncia. Cuando Juan Pablo Montenegro, un estudiante de tecnología ambiental, escuchó el llamado de Dios, se percató de que su destino sería seguirlo como misionero, pero esperó. Antes hizo algunos estudios técnicos, hizo voluntariado en su parroquia y, después de pensarlo y reflexionarlo, decidió atender el llamado de Dios. Habló con los misioneros Combonianos quienes lo aceptaron. Su familia lo apoyó incondicionalmente, excepto algunos compañeros de estudio, quienes lo admiraban por su inteligencia y calidad humana. Sin embargo, su seguridad unos años más tarde, se vio quebrantada. Pablo, en el ciclo de su preparación llamado “propedéutico”, o de postulantado, se enamoró de una joven. Esta circunstancia puede terminar con la carrera del estudiante que se prepara para el Seminario pero, en el caso de Juan Pablo se le permitió seguir en la comunidad. El llamado de Dios fue más fuerte que el afecto por Bibiana. “Te amo y te amaré. Lejos de ti he de estar, he ganado o he perdido, no lo he comprendido aún. El camino vocacional me exige una elección…” escribió, poco tiempo después, Pablo para despedirse de su encuentro con esa experiencia afectiva. No son pocos los esfuerzos personales, la entrega y la generosidad de la que hacen gala los seminaristas que acuden al llamado de la vocación al Ministerio Sacerdotal. Pero, por el momento, el trabajo de ganar hombres para la pastoral, está asegurado.
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