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Medellin, Mayo de 2006 <> Fundación Universitaria Luis Amigó <> Facultad de Comunicación Social <> Octava edición
:.: La colifata :.:
Fotografía: www.lacolifata.org

 

:.: La colifata :.:
Por Octavio Gómez Velásquez
En: Conferencia II Seminario de Comunicación Comunitaria y Alternativa. Universidad EAFIT, 2006

Apuntes para comenzar una reivindicación de lo que tenemos que decir

Una hipótesis, para que intentemos convertir en realidad: la paradoja de las comunicaciones en el Siglo XXI es que, mientras más grande, agresiva, poderosa en términos financieros, más ambiciosa sea la tecnología aplicada por los grupos mediáticos internacionales, mayores serán las oportunidades de comunicación de las formas locales, populares y alternativas.
Para que eso se logre, quienes estamos en el mundo de las comunicaciones y de la educación, en uno o en ambos, deberemos empezar por reconocer dónde y cómo seremos eficientes. Y lo primero para reconocer eso es saber en qué no tendremos que competir con la oferta mediática que viaja por el satélite ni la que se basa en complejas, costosas y alejadas plataformas tecnológicas.
Reitero: hoy –y en adelante- más que nunca tenemos la oportunidad de hacer parte, importante, fundamental, de desatar procesos de comunicación, educación y participación social a partir de los conceptos de comunicación y educación.
Pero, para eso, tenemos que cambiar algunos paradigmas que todavía, tanto a educadores, comunicadores y comunicólogos nos pesan en la conciencia, en las creencias o en las prácticas.
Para tratar de ilustrar estas afirmaciones, voy a contar dos historias, que viví o que me han referido algunos quienes las han visto.

1. La Colifata.
En diciembre de 2001, los únicos que pudieron prever la crisis financiera en Argentina fueron quienes la causaron, es decir, un grupo de banqueros y otro de políticos.
A los demás, millones de personas, nadie les notificó que un día cualquiera iban a amanecer pobres. Así entró la mayoría de esas personas al tercer mundo, por la puerta de la peor crisis financiera que hubieran imaginado. Ese día, en especial amplios sectores de la clase media argentina, se sintieron, por primera vez latinoamericanos, no mucho mejores que los bolivianos, que los peruanos o que los colombianos. Era la misma sensación que, en 1976, habían vivido los argentinos que se fueron a la cama en la democracia y se levantaron en plena dictadura. Lo que pasa es que, para diciembre de 2001, la dictadura ya no era militar. Era, tal vez, una peor por violenta y cruel: la pobreza.
Uno de esos nuevos pobres era un estudiante de trabajo social de la Universidad de Buenos Aires quien, por esos días, comenzaba sus prácticas profesionales.
Le había tocado en suerte ir a un hospital siquiátrico –aquí los llamamos todavía como hace cien años, manicomio- y su trabajo consistía en sacar a los internos a tomar el sol y a desarrollar unas mínimas actividades lúdicas que les mejoraran la precaria condición cotidiana de la mayoría de enfermos.
El prácticamente de marras estimó que, para documentar su trabajo, debería grabarlo en cintas de casete. El aparato, tan útil en estas tierras para tomar declaraciones de políticos, accionó un mecanismo que algunos pacientes tenían dormido: una innata vocación por hablar. El practicante apenas tenía tiempo de grabar las referencias técnicas del trabajo cuando ya dos de los pacientes habían tomado el mando de la situación y, en pocos días, habían entrevistado a todo el personal del siquiátrico: médicos, enfermeras, auxiliares, administradores, pacientes y hasta los pocos visitantes que recibían semanalmente.
El practicante le contó esa historia a un conocido suyo, a la sazón trabajador gratuito de una emisora barrial de las muchas que emiten por cuadras en la capital argentina. Este le propuso que llevara las cintas grabadas por los internos para que fueran radiadas, una vez por semana, por el populoso barrio de Barracas.
El espacio con las entrevistas empezó a salir al aire las mañanas de los sábados en un país, en una ciudad cuyos habitantes, por esos días sólo pedían “que se vayan todos”, en referencia al enorme descrédito que lograron los políticos al robarse, entero, uno de los países más prósperos del hemisferio.
El programa, al contrario de lo que se podría creer, llamó la atención de la gente. Quienes atestiguaron el fenómeno dicen que una de las claves del éxito inicial fue la racionalidad encerrada en las conversaciones de los locos, la lucidez traída a la actualidad por esos que la medicina siquiátrica consideraba incapaces o alterados, la esperanza de sus palabras en el encierro y, en pocas semanas, el programa ya era retransmitido por otras radios barriales.
Un par de meses después alguien, otro de otra radio, llegó al hospital siquiátrico. Llevaba un viejo equipo transmisor. Decía que el programa debería ser una franja de programación y que los nuevos periodistas deberían acompañar más tiempo a los confundidos oyentes de la racionalidad de afuera.
Los responsables del hospital aceptaron, a condición de que existiera una supervisión médica sobre el trabajo de sus paciente y lo que siguió fue bautizar a la nueva emisora cuya potencia apenas pasaba los confines del recinto hospitalario.
El nombre lo aportó un loco boliviano que tenía más de 30 años de confinamiento. Debería llamarse radio La Colifata. Colifato es una expresión del argot llamado “lunfardo”, ese que hablaban los barriobajeros del viejo Buenos Aires, que era de la delincuencia y que algunos nostálgicos conocimos en Medellín por cuenta de los tangos agresivos y peleadores de Alberto Echagüe o desgarrados de Edmundo Rivero.
Colifato es el nombre que le daban, cariñosamente, a los loquitos. No podía llamarse de otra manera la radio de los loquitos del siquiátrico bonaerense.
La Colifata salió al aire bajo la dirección del practicante de Trabajo Social. Hicieron un mínimo noticiero, con noticias de verdad, emitieron –gracias a la solidaridad de los vecinos- música para ser presentado por los colifatos. Las entrevistas se extendieron por fuera de los muros del hospital y uno de los programas, dedicado a recordar la música más argentina de todas, el tango, se convirtió en la estrella de la programación. Lo dirigía un paciente que apenas hablaba con los demás. Resultó que en su vida de cordura había sido un cantante aficionado que conocía de memoria grandes pedazos de la historia del género y en la vida de aquella locura en forma de emisora llegó a su punto culminante un día cuando llamó, por teléfono, para entrevistarlo en directo para sus oyentes, al poeta Horacio “el loco” Ferrer, el compositor de uno de los tangos más famosos en la historia del género: “Balada para un loco”.
La Colifata consiguió, como todo lo demás, un viejo automóvil. Los locos salieron, entonces, a recorrer ese enorme país de pampas, vacas y viñedos, encabezando una colecta para conseguir comida, ropa vieja, libros usados, cuadernos, que fueron repartidos entre las familias que, por obra de la crisis económica, habían quedado en la miseria que, en realidad, era y son miles.
Allá, hoy, están los colifatos. Diciendo sus ilusiones, todos los días, un rato en la mañana y otro en la tarde, con el mismo transmisor viejo, con el mismo automóvil viejo. Ahora los retransmiten otras ondas barriales en ese caos de 25 millones de personas que es Buenos Aires.
La historia, aun joven, completamente local de la radio La Colifata, me plantea varias cuestiones y por eso no quise ahorrar detalles –aunque sé muchos más- alrededor de los años de la crisis, de los nuevos periodistas y de los logros que se pueden alcanzar si las comunidades de base, como nos llamaron los viejos teólogos de la liberación, pensamos en lo que podemos hacer.

2. El parcero Miguel
Hace poco más de dos semanas, un funcionario de la Secretaría de Educación Departamental, a quien no conocía, me invitó a participar en un espacio de televisión regional para hablar del día del idioma, de los usos del lenguaje, del reggaeton y de una vieja crónica que publiqué, creo, hace 15 años en el diario El Colombiano.
Se trataba la historia esa de un breve y mal compuesto relato de lo que contenía El Quijote de La Mancha, publicado, también, a propósito de otro día del idioma. Lo escribí pensando en hacer un divertimento, una lectura distinta en medio de los reportes en profundidad que los periódicos publican los domingos y el divertimento consistía en relatar, en poco más de 70 líneas, la épica, la humanidad, la solidaridad, la tristeza, la alegría, la derrota, la muerte y la vida contenida en el relato de Miguel de Cervantes, pero empleaba los términos –algunos, los publicables, claro- de una naciente jerga barrial: el parlache. Por eso, el titular anunciaba algo de la intención del juego.
A un amigo, el caricaturista Esteban París, le pedí la ilustración que hiciera juego con la intención del juego y él, mucho más claro que yo, logró una divertida ilustración de un quijote de barrio, de la comuna, parecido a gente como la nuestra.
Bien: al lunes siguiente a aquella publicación se produjo una aún más divertida polémica entre los lectores del diario leer de los antioqueños. Algunos, los más serios, reprocharon mi falta de respeto con ese texto fundamental de la lengua castellana.
Decían que mi falta de respeto apenas era superada por mi ignorancia –cosa que era cierta, a pesar de que a esas alturas de mi vida ya había leído al menos unas cinco veces El Quijote-, que esas cosas no las podía permitir un medio tan serio como serio es el principal diario antioqueño, que debería pedir disculpas públicas por la susodicha afrenta, que los libros son sagrados, que si así trataba al clásico de la literatura hispana, cómo trataría a mi mamá y hasta un llamado de atención, muy prudente, recibí de uno de mis jefes de entonces.
Pero, como toda polémica tiene otra u otras aristas, lo mejor estuvo del lado de muchos profesores de español: muchos llamaron o me hicieron saber a través de otros colegas suyos que la mala escrita versión en parlache, breve y poco sustanciosa, les había dejado la puerta abierta a sus estudiantes –y no a los profesores- para querer buscar la versión íntegra, clásica de El Quijote.
La cosa era que pintaba a un Quijote, no en la desértica Mancha, en la meseta española, si no en los vericuetos que llamamos barrios. Decía las cosas como las decían los adolescentes de entonces, describía a doña Dulcinea en términos de su parcera y así hasta la última línea de aquella galera que la gente premió con el cariño de su recuerdo.
El funcionario que me invitó, hace un par de semanas a la televisión regional, resultó ser uno de esos profesores de español que, crónica en mano, les abrió a sus estudiantes la maravilla de ese relato y que ellos, más contentos que obligados, pasaron por el umbral de las mejores páginas escritas en español.
Sin saberlo, sin intentarlo, sin quererlo, les propuse a los profes de español que se valieran de los argumentos de la vida cotidiana para que entraran al mundo del arte, esta vez sí, acompañados de los muchachos.
El mal relato, digo, salió en un medio de comunicación tradicional, grande, demasiado institucional como para permitirse esas ventoleras con frecuencia. Lo que digo es que la crónica funcionó como una alternativa, fue una opción en aquel momento. Sin saber, repito, sin querer, hice mi primera incursión en el territorio híbrido de la comunicación y la educación, entendidas ambas como áreas específicas de la investigación.

3. Educación y comunicación.
En la Facultad de Comunicación de la Fundación Universitaria Luis Amigó se viene planteando, hace ya más de siete años, un debate muy serio, muy profundo sobre las zonas grises que comparten la educación y la comunicación, se habla de hibridaciones para determinar esas zonas grises donde la investigación en ambas áreas trabajan juntas, donde pueden compartir premisas y donde se puedan desarrollar diseños metodológicos comunes.
Cuando me refiero a zonas grises hablo de aquellos lugares donde cada una cumple las funciones de la otra: del hecho incontrovertible de que todo acto de comunicación educa en algún sentido, y al hecho de que todo acto educativo es, en esencia, un acto de comunicación.
La tarea ahora se centra en el hecho de convertir esos “actos” en procesos sistemáticos –perdóneseme si no digo sistémico- de comunicación y educación o, dependiendo del lugar de la epistemología que ocupemos, de educación y comunicación.
Uno de los resultados maravillosos que ha ido entregando ese debate, esa reflexión, es que, para muchos el encuentro de educación y comunicación no necesariamente pasa por lo que conocemos como educación formal o por los lugares tradicionalmente usados para ese fin. Es decir, no necesariamente está en el aula tradicional.
El segundo de los resultados maravillosos es que los procesos comunicacionales, en especial los que se producen en los medios de información colectiva, no son enemigos de los procesos educativos –nótese que por respeto al trabajo del educador, no uso la palabra pedagogía, por cuyo uso entramos en territorios mucho muy riesgosos para el tránsito de este simple comunicador-.

4. Lo que tendremos que buscar
Que a los niños, por ejemplo, los medios de comunicación los tratan como si fueran discapacitados mentales, es cierto, tanto para divertirlos como para enseñarles.
Que para muchas instancias de la educación formal, los medios de comunicación, en especial los audiovisuales, son la encarnación de Satanás, redivivo después de que la Iglesia decretara su defunción, también es cierto.
Digo, que son ciertas ambas posturas, aunque ambas partan de hipótesis equivocadas: los niños no son discapacitados mentales. Los medios de comunicación, en especial los audiovisuales, no son el enemigo malo ni atacan la mentalidad de los más indefensos.
Para los más jóvenes, y tengo que comenzar por los niños, los medios de comunicación son una parte natural del panorama. Nacieron con eso, viven con eso, reconocen con mayor facilidad los adelantos tecnológicos y los asumen tan rápido que a los mayores nos queda la opción del rechazo para no sentirnos en desventaja.
Con este merodeo creo que puedo llegar hasta donde quiero. Estamos entrando en un proceso que pocos se esperaban. La práctica de algún modelo comunicacional –tal vez educativo, también- conduzca a la repetición del esquema aprendido, pero las cosas vienen dando vueltas demasiado rápido como para asumir que lo sabido y practicado es suficiente.
Los colifatos me dieron esa lección: no bastan los medios, a los que tanto adoramos los comunicadores durante tanto tiempo. Cuando digo medios, me refiero a esos artilugios tecnológicos que terminamos por considerar más grandes que el problema por comunicar.
Ahora, junto a la Internet y sus opciones informativas, de intercambio de pareceres, deseos y posibilidades, están los medios que ya conocíamos. Tenemos la palabra, esa que deberemos armar de sentido, dotarla de una capacidad explosiva tan grande e impactante que sirva para que alguien, en algún lugar, ojalá dentro de nuestros confines, encuentre una respuesta o, mejor aún, una pregunta.
Sin embargo, para lograrlo, los que estamos a este lado del proceso comunicacional, los que habitualmente estuvimos como emisores en situaciones, tendremos que reaprender el oficio de perceptores en situación, para darle un nuevo sentido a nuestros públicos –si es que ahora sobrevivirá un concepto como el que teníamos de público o audiencia-.
Ese camino con destino al re-aprendizaje del proceso comunicacional, va a superar la importancia de los medios, nos va a devolver la delantera sobre la tecnología que –últimamente- se convirtió en un asunto más importante que lo que decimos.
Ya no se trata de que el árbol no nos deje ver el bosque. A veces, la cámara, el artefacto, no nos deja ver ni al árbol ni al bosque. Eso, fácilmente, lo podemos comprobar con las historias, anécdotas de aquí y de allá, de los colifatos y del viejo parcero Miguel. Ahora, tenemos que volver a salir a buscar la utopía para todos, los locos, los parceros, Miguel y nosotros.

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