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Medellin, Mayo de 2006 <> Fundación Universitaria Luis Amigó <> Facultad de Comunicación Social <> Octava edición
:.: Parlache :.:
Fotografía: Juan Felipe Longas

 

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Por Omaira Alejandra Bustamante Restrepo

El parlache es una victoria de los parceros, ganada en el cruce de la vida, a veces soñada con cachiruza, enfarrada muchas otras y en ocasiones lograda al precio de una piyama de madera

Los muchachos del barrio 12 de Octubre abren sus alas cuando llegan al parche. Es al contrario de las aves, que las abren cuando se van. Sus vuelos se producen en la noche medellinense, en uno de los barrios que ha padecido con mayor intensidad el conflicto, una zona pobre, donde los adolescentes se quejan de tener pocas oportunidades
Por eso o para eso es que no hablan en español –castellano- sino en parlache. Es la herencia que les dejó la ciudad en los años 80 Medellín, cuando no sólo se convirtió en la plaza del narcotráfico, también se transformó en la ciudad de los jóvenes que, por dinero o temor, se agruparon en bandas ilegales.

Legado de violencia
De ahí que, desde entonces, las generaciones de jóvenes recibieron la herencia de violencia y rencor, reflejada en muchos vocablos particulares que desde entonces utilizan, los cuales hacen parte de su identidad, con los que buscan hablar de sus vivencias.
Para el semiólogo Víctor Villa, docente de la Fundación Universitaria Luis Amigó, los jóvenes han sido históricamente un “grupo génito”, innovador, que trata de construir por medio del lenguaje su propio estilo y perfil, lo que incluye la ropa que usan y la música que escuchan
Esos “grupos génitos” no aprendieron español ni sus integrantes se llaman “jóvenes”, “adolescentes” o “muchachos”. Hablan parlache y son parceros.

Lengua de la cripta
Según Luz Stella Castañeda Naranjo, doctora en filología hispánica de la Universidad de Lérida España, es una “variedad dialectal” porque sobre la lengua española se generan cambios, principalmente, en el léxico, los cuales terminan conformando un lenguaje críptico –encriptado, que es necesario decodificar- y que tiene como principal característica encubrir información.
Este lenguaje críptico ha dejado de ser una expresión callejera y se ha convertido en el protagonista de historias como las que suceden en novelas como “La Virgen de los sicarios”, “Rosario Tijeras”, “Los hijos de la nieve”, en crónicas periodísticas o en titulares de prensa.
Por eso algunos expertos en lingüística, como Víctor Villa Mejía, afirman que el parlache dejó de ser un lenguaje “argótico” por su gran difusión y deba ser analizado como un “habla nueva”, que tiene pretensiones de identidad, diferenciación y construcción de personalidad.
Este lenguaje es una impronta social porque al parcero le funciona para construir historias y narrarlas. Dejarlas registradas en los otros, que conforman la sociedad, garantiza que se reproduzcan.

Varela, más que palabras
En la calle 96 con carrera 80, diagonal a la estatua de René Higuita, Wilmar Alexander Varela escribe su historia de vida, metida en la cultura de la guerra, “las vueltas” –los negocios- y el dinero.
Los parceros le dicen Varela, viven en el 12, -omiten el apellido “de Octubre”-, barrio, donde los niños son “carritos” –informantes- y la gente joven, por el analfabetismo, la exclusión o cualquier razón, conforman grupos para “tropeliar” –que es luchar- en los extramuros y las avenidas.
Varela es un parcero de 25 años, es moreno, usa pantalones anchos, camisetas grandes, tenis Nike y gorra. Su cuerpo, delgado pero atlético, tiene cicatrices de tiroteos, puñaladas y tatuajes, lo emplea en largas horas de trotar, luchar por el dominio de un balón de fútbol y por salvar lo único que no se recupera, la vida.
Varela “farrea con los nea” –toma licor con sus amigos-, “le pega a la pecosa” -juega fútbol-, escucha “buen son” –salsa-, pasa el tiempo con “la cucha” -la, mamá-, “sale a dar un roce” –de paseo- por la ciudad donde personas como empresarios, profesionales, políticos o transeúntes hablan otro idioma: el español antioqueño.
Varela reconoce que ha pasado un par de temporadas cortas en la cárcel, no más de ocho días, sindicado de porte ilegal de armas. La segunda vez que visitó “la oficina de los tombos” recobró la libertad por 20 mil pesos de fianza.
Las otras vacaciones de Varela han sido el exilio y el hospital, a donde fue a parar con seis impactos de bala en el cuerpo, que le propinó “un enamorado” –enemigo-, quien ya tiene puesta “la piyama de madera”. Está muerto.

Y reza
Según sus palabras, Várela “le agradece al zarco” –cree en Jesucristo- por rescatarlo de las garras a la luz perpetua, de la condenación de su alma y el sufrimiento de su espíritu. Asimismo, confiesa que no necesitó ensuciarse las manos para ver a “la liebre” –el enemigo que intentó matarlo-, tres metros bajo tierra.
Sobre “culebras” –enemigo-, también- y “torcidos” –falsos- argumenta en forma despectiva que “esa gente es mejor que se muera para que no la maten”, pues la ley de la calle es “hacer las vueltas” y no dejarse ver para que le pongan la “piyama de madera”.
La calle es el lugar de la supervivencia, según Varela, donde se conjuga la habilidad para sortear los problemas y donde se habilita el parlache, dialecto que ha salpicado a los estratos altos de la sociedad y cuyo uso, restrictivo, tiene como finalidad ocultar información, dejando más de uno “sano” –inocente-.
Batalla por la identidad
El parlache cohesiona a los jóvenes de las comunas, es un muro de contención que los hace sentir un grupo social a pesar de la exclusión. Ricardo Aricapa, en su libro “Medellín es así”, escribe que “la cultura dominante no los absorbe, pero tampoco les permite espacios de expresión”.
Víctor Villa atribuye el uso de “neologismos” o “ hablas nuevas” a la forma de salir del anonimato y en un medio que permite la creación de identidad y cultura, la del “billullo” –dinero-, “chulo” –muerto-, “cruce” -negocio-, “cachiruza” –marihuana- y “tumba” –cárcel-.
Esta variedad dialectal representa y construye ciudad a partir de palabras, es una expresión que les ha dado a los muchachos una victoria en la guerra por la libre expresión, la cual tiene como galardón un familiar inscrito en “el mausoleo” del Diccionario de la Real Academia nombrado parlache.

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