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Medellin, Mayo de 2006 <> Fundación Universitaria Luis Amigó <> Facultad de Comunicación Social <> Octava edición
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Fotografía: Diego Restrepo

 

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Por Ana María Cadavid Escudero
Iba a ser el cementerio mejor hecho en Colombia. Ahora es el refugio que el Municipio le regala a las pobres almas que se fueron sin tener con qué pagar una fosa en otra parte. El Universal da miedo, es triste y a sus habitantes, pocos los recuerdan.

El punto de referencia más común del noroccidente de Medellín es la esquina de la carrera 65 con calle 80: allí se levanta un pórtico de adobe cocido, vigilado por la imagen de una virgen, blanca. Es el Cementerio Universal.
Sin entrar al camposanto, la estrella negra de punta inferior prolongada, como la de una cruz, se repite nueve veces en un área de 50 metros cuadrados. El símbolo de fallecimiento por accidentes de tránsito, representa, aún sin cruzar el portal, el tapete de bienvenida a la necrópolis.
Tras cruzar el umbral de barrotes negros terminados en puntas de lanza, se ve a la izquierda un puesto de vigilancia, vecino de las oficinas de administración y de servicios exequiales del Municipio, ambos comprimidos en una sola, modesta y pequeña edificación.
A la derecha, una zona de juegos infantiles de maderos redondeados -columpios, pasamanos y otros barrotes-, contrasta con el lugar. “A esto sí se le puede llamar Parque Cementerio”, dice un señor corpulento, de unos 40 años de edad, con tono de burla, mientras deja atrás el cementerio.
El sendero principal, adoquinado y coloreado de un rojo sangre seca, conduce en el sentido de una glorieta, alrededor de una fuente de agua; si se sigue, se puede obtener una imagen perfecta de 360 grados de casi todo el camposanto. En medio de la rotonda sobresale la escultura de un trébol de tres hojas, símbolo de la buena fortuna.
Cruces rotas, cruces inclinadas, hundidas. Norte, sur, oriente, occidente; las insignias de la muerte concatenadas miran a todos lados. A tal decadencia contribuyen, tal vez, la pendiente y las deformidades de los terrenos, los montículos de tierra, los hoyos y canales formados por la humedad. Aportan también a esto las capas de cemento o de grava, y las estacas encintadas cubriendo o rodeando algunos sepulcros que “semejan a lo lejos la cama cuna de un bebé”, tal como lo recuerda el periodista Ricardo Aricapa en el libro de crónicas urbanas Medellín es así.

Jardín Universal
En 1930 se comenzó a planear la construcción del Cementerio Universal, un camposanto que, como su nombre lo indica, acogería a personas de todas las condiciones: ricos, pobres, negros, blancos, católicos, no católicos, entre otros.
Los dos cementerios que la ciudad tenía en ese entonces, eran el de San Lorenzo –en el barrio Colón- y el San Pedro –en el barrio Sevilla-, que corrían el riesgo de ser cerrados por las condiciones de insalubridad que presentaban: aguas estancadas, filtraciones de líquidos salidos de los cuerpos en descomposición, enjambres de mosquitos que amenazaban a los barrios vecinos con terribles enfermedades.
El maestro Pedro Nel Gómez fue el director del proyecto que él mismo propuso. El Universal sería un paraíso terrenal para los vivos y, especialmente, para el descanso eterno de sus honrosos habitantes, los muertos.
El cementerio estaría “... atravesado por cipreses, pinos y eucaliptos que harían del lugar un sitio respetuoso, solemne y agradable pese al dolor de la muerte...” como lo relata Jorge Iván García en el artículo, “No enterrar el cementerio”, publicado en El Tiempo el 25 de marzo de 2001.
El maestro, basándose en los estilos arquitectónicos europeo y norteamericano, quería convertir la necrópolis en una construcción nunca antes vista en el país.
Los planos realizados, según Jorge Iván, comprendían un parque cementerio merecedor de un edificio circular con rampa en elipse de cinco pisos, con un inmenso pórtico central, iglesia, osario común, edificio de medicina legal, octógono de bóvedas, edificación para el cuerpo de administración, panteón para los ilustres y un enorme faro, cuya luz sería visible desde cualquier punto de la ciudad.

Jardín y rastrojo
La vida, sin embargo, le dio otra vuelta. En 1979, el Universal fue llamado Jardín Universal, por acuerdo municipal, pero el nombre se quedó en los papeles, porque nadie nunca lo llamó de esa manera.
Ni los planes del maestro ni las decisiones del Concejo lograron evitar que terminara convertido en un lugar donde el rastrojo y la maleza combaten con las cruces erguidas en cada fosa, y donde el descuido de las bóvedas es tal que la humedad acelera el proceso de descomposición de los cadáveres.
Pero, ¿dónde quedaron los jardines? Esa pregunta es la que queda en el aire, y la que el Municipio, dueño del lugar, no responde con claridad.

Descanso de los pobres
El lugar, a la luz del día, es tétrico y gris. El hedor de las tumbas subterráneas se concentra aún más con el calor del sol. La pobreza del cementerio no se nota sólo en sus escasos visitantes, es el sitio mismo el encargado de mostrarle al “público” que la idea del fabuloso Jardín Cementerio, soñada por el maestro Pedro Nel, es una imagen- Allá solo hay cabida para los más pobres.
Al ver los pequeños montículos de tierra a lo largo y ancho de la superficie del terreno, don Albeiro, un vigilante del camposanto, cuenta que “son muchas las tumbas que se abren a diario. Luego de pasados cuatro años de haber sido enterrados los cuerpos, sus restos deben ser retirados y trasladados a los osarios”.
El problema es que la mayoría de los dolientes no tiene dinero para hacer el intercambio y los huesos no reclamados terminan empacados en bolsas o costales, y tirados, literalmente, en una de las bóvedas superiores del panteón municipal, a la vista del penitente visitante.
Los problemas no se quedan en el depósito de huesos. En las fosas recién abiertas y vueltas a cerrar se forman lagunas a causa de las lluvias. El agua retenida y los fluidos de “los muertos frescos” forman un líquido verdoso que a simple vista pareciera ser un brebaje en cocción.
Hace 25 años éste panorama era peor. “Cuando los días son calurosos, los olores que se desprenden de las sepulturas recién abiertas, sobrepasan la jurisdicción del cementerio para molestar a los habitantes y transeúntes, aunque quienes tendrán que acostumbrarse a ellos son los inhumadores quienes, para las fosas inundadas, no disponen más que de un viejo tarro de galletas”, dice Guillermo Herrera en el artículo Rastros del recuerdo, publicado en El Espectador, en 1980.
Pasaron 26 años y las fosas siguen igual, las tumbas son el rastro de unas personas sin dinero que tuvieron que descansar, provisionalmente, en este espacio olvidado por los vivos.
Los trabajadores del cementerio se confunden con los dolientes, pues lo común es ver a madres, padres, hermanos y otros, desyerbando las tumbas de sus seres queridos. Cargan a cuestas, no sólo el peso de la muerte, sino, también, el de la herramienta con la cual arreglan los hogares prestados de los moradores del lugar.
El que debió ser el más hermoso parque cementerio del país, construido a imagen y semejanza de las artísticas necrópolis europeas, en un suburbio alejado del centro, terminó por la pobreza, el afán de enterrar pobres y la administración oficial, convertido en una semblanza del castigo prometido a los pecadores: triste, sombrío y abandonado.

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