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Medellin, Mayo de 2006 <> Fundación Universitaria Luis Amigó <> Facultad de Comunicación Social <> Octava edición
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Fotografía: Juan Felipe Longas

 

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Por Juan Felipe Longas Oquendo

Crónica que pasa por los cantos fúnebres que llegaron con los chocoanos a Medellín. Alabaos, angelitos, altares, trago, comida y amigos son prácticas y espacios que van camino del olvido.

Para las colonias negras asentadas en Medellín, conservar sus costumbres ancestrales del Pacífico es cada vez más difícil. Contra ellas atenta el paso del tiempo, el cambio de las costumbres, la llegada de nuevos usos sociales, en fin, la ciudad.
María Leonisa Ibargüen Sánchez, 64 años, nació en Condoto, Chocó y ahora es habitante del barrio Vallejuelos, una especie de asentamiento de inmigrantes y de desplazados, que se ubica en las laderas occidentales de Medellín, camino del corregimiento de San Cristóbal.
María Leonisa hace parte de ese grupo de hombres y mujeres que ve desaparecer el rastro de su cultura afrocolombiana. Afirma que las costumbres de su región perdieron fuerza y que son pocas las personas de su cultura que las quieren conservar, en especial sus ritos religiosos y fúnebres en la ciudad.

Ritos funerarios
Para los chocoanos raizales, la muerte tiene representaciones muy significativas y eso los diferencia de los paisas, para quienes la dinámica de la vida urbana cambió hasta su relación con los difuntos. Ahora, preparar el cadáver de un ser querido, velarlo y enterrarlo o cremarlo es un rito de un día, apenas interrumpido por la celebración de una liturgia.
Pero, para las negritudes de la costa pacífica colombiana se trata de un proceso con mayores complejidades.
“Una mala muerte es aquella en la cual el lloro es insuficiente. No se cumple con exactitud el número de oraciones dentro del rosario, o son pocos los cantos; una de las peores cosas de no tener hijos es que no habrá quién llore al difunto”, explica el antropólogo José Fernando Serrano Amaya en el texto “Hemo de morí cantando, porque llorando nací. Ritos fúnebres como forma de cimarronaje”, publicado en “Geografía humana de Colombia. Los Afrocolombianos”, del Instituto Colombiano de Antropología e Historia.

Una despedida acogedora
En un velorio de afrocolombianos se reúnen entre familiares cercanos y distantes, amigos y vecinos para darle una despedida acompañada al fallecido. Entre mayor sea el número de personas en el velorio, más acogedora será la despedida.
Para estas comunidades, los rosarios y “alabaos” (canto chocoano casi siempre a capella), son parte fundamental para un exitoso desplazamiento del muerto de la tierra hacia su destino.
Estos cantos tienen orígenes rítmicos africanos pero sus letras, tristes, se combinan con temas religiosos y son recitados en el velorio, en el entierro, y hasta el último día de las novenas.

“Levanten la tumba,
levántenla ya,
que el alma se ausenta
pa’ nunca jamás.
Adorar el cuerpo,
dorar la cruz,
dorar el cuerpo
de mi buen Jesús,
de mi buen Jesús”.
Del libro “Músicas tradicionales y contemporáneas / Música del Litoral Pacífico”.

En el velorio, entre oraciones, rosarios y cantos, se consume café, solo fuman los adultos, hay pan, aguardiente y “biche”, -un licor casero del Chocó-, “para hacer contraste con el dolor”.
Auro José Ibargüen Sánchez, también de Condoto, comenta que los alabaos se realizan muchas veces para contrarrestar el bullicio de los vecinos y amigos que juegan dominó y cartas en las afueras de la casa, mientras se dedican a tomar licor.

Los cantos acompañan
En el entierro se hace un acompañamiento masivo de personas, donde los cantos son prioritarios. La creencia popular es que el alma del difunto se queda en la casa durante las novenas.
Para mantenerlo bien, el finado tiene un altar improvisado, muy singular llamado “tumba”, adornado con elementos como sábanas blancas, flores coloridas, imágenes religiosas, velas, un vaso de agua (para que el espíritu calme la sed) y el nombre escrito del difunto.
Durante cada novena se cantan alabaos hasta la medianoche, los nueve días. En la última, al terminar el canto, se apagan las velas y las luces de la vivienda y el improvisado altar se desorganiza para que el espíritu parta de inmediato. Esa noche se consume biche hasta el amanecer y entre las cuatro y las cinco de la madrugada se hace una peregrinación por el sector, precedida del sonido de una campana que guía la procesión y de alabaos hasta salir el sol. Ahí termina el rito de la muerte.

Los angelitos
Otro rito fúnebre que celebran las negritudes en Medellín está dedicado a los niños menores de siete años. Para los afrocolombianos, el infante muerto se convierte en “angelito”.
A diferencia de los alabaos de los adultos, con los niños los cantos son alegres.
En estas comunidades, los cantos se llaman “El Chigualo” en el centro sur del Pacífico; y “Gualí” en el centro norte de la misma región.
Otros nombres representativos son el velorio de angelito, bunde, mampulorio, angelito bailao o muerto alegre, velatorio y angelito, entre otros; según la región que corresponda.
Estos cantos son conducidos por la percusión y el palmoteo. En ellos, la música y el baile se manifiestan de una manera alegre, ya que no es momento de tristeza sino de fiesta porque el pequeño ahora es un ángel del cielo.

“La yerbita de este patio qué verdecita está.
Ya se fue quien la pisaba, ya no se marchita más.
Levántate de este suelo, rama de limón florido;
acostate en estos brazos, que para vos han nacido.
Con ve se escribe victoria, el corazón es con zeta,
amor se escribe con a, y la amistad se respeta”.

Los mayores, quienes llegaron de las selvas y los ríos, quieren conservar y cultivar las costumbres de la afrocolombianidad entre las nuevas generaciones. No obstante, el contacto con otras manifestaciones culturales -en el caso de Medellín- imperantes altera estas prácticas.
Por ahora, intentan mantener la cultura a flote, en medio de la vergüenza que a “los nuevos” les producen sus tradiciones raizales.

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