Medellin, Noviembre de 2005 <> Fundación Universitaria Luis Amigó <> Facultad de Comunicación Social <> Séptima edición
:.: Ruedas :.:
Fotografía: Mayerlín Sandoval

 

:.: Sobre Ruedas :.:
Por Catalina Zapata y Marjorie Zapata

“Medellín es una ciudad de puertas y ventanas para el mundo, una ciudad que ven los que la disfrutan, los que la critican y los que la admiran y se percatan de que esta urbe hoy luce un traje de metrópoli con cientos de`ciudades sobre ruedas´que la recorren”.

Medellín es conocida como la ciudad del progreso, la del Metro, la de la Feria de las Flores, la de numerosas avenidas y grandes edificaciones, la del edificio Coltejer en las postales y la ciudad dividida por las fuerzas que se enfrentan en las calles y en las esquinas. Es distinguida por ser heterogénea, por tener lenguajes, identidades y grandes penetraciones culturales, por las cuales confluyen las amas de casa, los vendedores ambulantes, los campesinos, los empresarios y hasta los indígenas desplazados.
Pero Medellín también es una ciudad de puertas y ventanas para el mundo, una ciudad que ven los que la disfrutan, los que la critican y los que la admiran y se percatan de que esta urbe hoy luce un traje de metrópoli con cientos de pequeñas “ciudades sobre ruedas” que la recorren. Hoy, esos buses de transporte público llevan y traen pasajeros en su interior, pero a la vez, cargan con historias y personajes que hacen de esta ciudad una total realidad.
¡Este hijueputa me dañó el bus!... grita Don Antonio, “el Ñato”, un antiguo conductor de transporte público de la ruta 097, Buenos Aires, mientras el frenón me hace pensar que nos chocamos. Siendo las 8:00 de la mañana; el “Ñato” en su desespero pisa el freno, hala la palanca de emergencia y sale del vehículo desesperado pensando en el costo de la multa, en el posible regaño del patrón y en el cambio repentino de aquella ciudad que, en instantes, pasó de ser una ciudad andante y poblada a una ciudad totalmente deshabitada.
Cuando entras a la “ciudad sobre ruedas” te das cuenta que se parece a la de afuera, a la que observas a través de la ventana, a la que abandonas cuando quieres alejarte o a la que regresas cuando crees que ya llegaste.
Esta ciudad tiene gente, asientos, dirigentes políticos, un centro, grupos sociales, identidades culturales, olores, sonidos, sentidos.
También está regida por el dinero, por el capital y por las ganancias; por esto, montarse en un bus es como acoplarse a una pequeña ciudad que existe dentro de una gran metrópoli llamada Medellín.

Cómo se ve la ciudad
Son las 7:25 de la mañana y como de costumbre estoy esperando, en el lugar de siempre, la ruta que me llevará a la universidad.
Justo en el momento que frena el vehículo, yo subo a esa urbe y cruzo la registradora, una máquina que controla el paso de los pasajeros y numera a los habitantes. Cuando camino siempre atravieso el centro y busco un asiento, preferiblemente vacío para no compartirlo con alguien; luego me instalo, abro la ventanilla y comienzo a mirar el rededor y a observar la antigua ciudad desde esa otra que anda y frena, desde esa que se desplaza y se habita por el precio de mil pesos y se abandona cruzando la puerta.
Mientras permanezco sentada y en silencio me doy cuenta que estas ciudades andantes suelen parecerse mucho en su decoración. Es típico que la mayoría de buses tengan sus asientos de la misma forma, del mismo color y del mismo material: largos, rojos y en cuerina; que las palancas usen trajes peludos y en los colores de los equipos de fútbol paisas; que se usen calcomanías con frases directas como “no fío porque en ti no confío”, que de los espejos retrovisores cuelguen llaveros de peluches con largas orejas o zapatos de bebé; que los tableros delanteros tengan imágenes religiosas, camándulas, oraciones y que nunca falte un pasacintas, el cual, con su música acompaña hasta el más lluvioso y solitario viaje.

A que suena la ciudad
Yo pensaba que a todos los conductores les gustaba escuchar salsa, pero basta cambiar de vehículo para saber que desde la Voz de Colombia hasta música cristiana, se escucha. Quizás los vallenatos y las rancheras son las preferidas, pero aún no desaparece el sonido de las palmeras y los “salsaludos” de Latina Estéreo.
Al tratar de centrar mi atención en lo que escucho, percibo que la ciudad de afuera suena a pitos, a gritos, a bullicio, a voces que conversan, a ciudad congestionada por vehículos, a ladrido de perros, al freno en seco de los automóviles, a aplausos acompañados de un “a la orden”.
Por otro lado, la ciudad sobre ruedas suena a risas, a llantos, a suspiros, a voces graves, agudas, tiernas, a regaños de padres ofuscados y mal humorados, a discusiones de pareja, a besos apasionados, a comentarios de fútbol o de la última noticia, a los que piensan en voz alta, los que hablan con amigos imaginarios y a historias ajenas.
Pero la ciudad también suena a música y en esta mañana precisamente, el “Volver, volver” de Vicente Fernández hace cantar a los pasajeros y hace pensar a los despechados. Es entonces, “Chente” el encargado de contrastar todos los sentimientos que se albergan en esta ciudad, algunos más grandes que otros, pero todos con el mismo interés, “Rodar y rodar” para ir y venir por el mismo camino sin dejarse desviar de su habitual recorrido.

A que huele la ciudad
Siendo ya las 8:15 de la mañana, observo el espacio y comienzo a percibir olores. Cuando estás fuera del bus respiras el humo de los carros, el olor del aire contaminado, de los desechos, de las basuras, del hollín. Te huele a polvo, a marihuana, a comida, a cigarrillo, a parva, a flores, a pescado, a licor.
Cuando entras a la ciudad sobre ruedas respiras por respirar, sientes el olor a tabaco, a la nicotina impregnada en los cuerpos de los pasajeros, al licor que brota por la piel en forma de sudor de los rumberos, percibes la fragancia de lociones fuertes y olores penetrantes.
En las mañanas frías es muy casual sentir que se desayuna con el olor del pandequeso, el par de buñuelos y el perico que consume el chofer en el paradero. En las tardes soleadas penetra el aroma de la sudoración, y en algunas ocasiones se siente el fuerte olor del ambientador de frutas que suele cargar el conductor.
Muchas veces no logras expulsar esos olores que por el precio de mil pesos te toca aguantar, pero cuando tratas de percibir el olor de las dos ciudades lo único que distingues es el olor a gasolina, que como dice el Ñato “es el perfume más fuerte y más caro”

Quien manda en la ciudad
A la “niña” como le dice el “Ñato” a su vehículo, no le cabe un pasajero más y es él, el dueño de su propia ciudad, de su tiempo y de su velocidad, ya que en el autobús manda el volante, el que dirige las ruedas, el que mueve la cabrilla y mete los cambios; “el conductor”.
Estos, principalmente de estratos bajos o clase media, son los que mantienen la dirección, frenan, aceleran, voltean, retroceden, se detienen, cobran, devuelven, revisan billetes, esperan a que suban los pasajeros, se detienen para que se bajen en el camino; son los que van y vuelven por las mismas calles, los que reconocen la misma ruta, los que escogen la música para todo el mundo, los que deciden como manejar, a que velocidad andar, a quién recoger y a quién dejar.
Son éstos los dueños, los dirigentes de esta ciudad sobre ruedas, así como lo afirma, el “Ñato”, yo sé que a todos no les gusta esta música, pero es mi bus y yo escucho lo que me gusta.

Los que entran y salen de la ciudad
Pero ¿quiénes caben en la ciudad? Decir todos, es generalizar algo sin argumentos, pero es la realidad. A nadie se le cierran las puertas del vehículo, el que quiera, necesite y tenga mil pesos, que se monte.
A la ciudad sobre ruedas le caben los pobres, ricos, mulatos, indios, creyentes, extranjeros, universitarios, mecánicos, y hasta los niños.
También los acalorados que tratan de abrir la ventanilla para que circule el viento y extermine los malos olores; los hambrientos que mascan chicle; los que se suben con el paquete de papas crocantes, el mango viche o el helado que se derrite endulzando las manos; los encartados que se suben con maletines, costales o bolsas.
Los picarones que comienzan a mirar a las niñas por los espejos retrovisores; los frenteros que no le quitan el ojo a la muchacha de minifalda, el burlón que goza con las señoras que se caen cuando el bus acelera; el descuidado que deja la billetera y sus papeles en el asiento; el morboso que mira a todas las mujeres que se montan; el dormilón que se despierta tres cuadras después de su casa.
Así mismo el acelerado que mira el reloj, mueve los pies y se muerde los labios de pensar que lo van a echar del trabajo por llegar tarde; la muchacha que vende confites y se va conversando con el chofer; el amigo del conductor que pasa por encima de la registradora y no paga; la que no para de cantar vallenatos porque todas las canciones se las sabe; el conversador que todo el viaje habla por celular; el señor pequeño que no alcanza el timbre para anunciar su parada a tiempo; la señora obesa que se atranca al pasar por la registradora; el hijo del conductor que algunas veces lo acompaña como copiloto; el señor creyente que cada que ve un santo o una iglesia se hecha la bendición, los que se bajan con un circulo rojo en la frente por el vaivén del cuerpo contra la ventanilla y el despistado que siempre que se baja se le olvida reclamar la devuelta.
El “Ñato” en su repentino momento de angustia discute con el culpable, mientras la ciudad, ya frenada pero aun poblada, comienza a deshabitarse, porque los pasajeros salen de la ciudad sobre ruedas y entran a la otra ciudad, a la de afuera, a la metrópoli, a Medellín…Mientras tanto, yo sigo esperando el próximo bus y dejo de mirar el reloj porque de todas maneras voy a llegar tarde a clase.

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