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El kilómetro 7

De la locura al amor

Por: Cristina Galeano Z

En ocasiones todo se sale de la realidad, a veces todo es “dura realidad”, hasta apreciar una sonrisa inocente.

Cuando hablamos de amor lo relacionamos con esa pasión que sale del corazón, la misma que todos alguna vez sentimos, pero que ninguno logra describir. Sin embargo, en un mundo paralelo en el cual no existen las inhibiciones, las reglas, ni las ataduras, se habla de otro amor, quizás uno más limpio y puro que cualquier otro, pues la cabeza y la mente no se interponen, solo el sentimiento.

Se trata del Centro de Atención al Adulto con Discapacidad, un amplio territorio enclavado sobre la Vía al Mar, en jurisdicción de San Cristóbal. Entre quienes le conocen de cerca, le llaman “el kilómetro 7”, simplemente. 7 kilómetros que justamente separan aquel sitio de Medellín, como si adrede hubieran planeado ubicarlo lo más alejado posible de la civilización y donde, apartados del mundo física y mentalmente, habitan 100 seres que pronto se convertirán en 120 usuarios, quienes, incomunicados por una reja, tratan de seguir su vida, como lo han hecho la mayor parte de su existencia, pasando inadvertidos para la sociedad; pues, antes de llegar a este centro, muchos eran indigentes.

Sin embargo, éste, su nuevo hogar, ya no es la calle, es un lugar lleno de naturaleza, rodeado de bosques y atravesado por una pequeña quebrada que baja dando ruidosos saltos desde lo alto de la montaña, en medio del espeso pinar. Temprano, en la mañana, los primeros rayos del sol se meten por entre las ramas de los gigantescos eucaliptos y forman figuras mágicas, encantadoras y románticas. La grama de la cancha de fútbol, con dos viejos arcos de metal a la espera de goles, empieza a despertar de la gélida noche y un vaporcillo comienza a trepar por el aire. Del otro lado de la quebrada, está la cancha de baloncesto.

Mientras tanto, afuera, frente al galpón, cebollas, cilantro, lechugas, zanahorias, remolachas, acelgas, apio y seis o siete variedades más de hortalizas reciben con alivio las caricias del rocío mañanero.
Y en medio de sembrados, animales y abundante vida natural, está la inmensa edificación de dos pisos, dotada para atender a un poco más de 100 adultos con discapacidad física y/o mental, quienes, por no tener familia o contar con ella en condiciones de pobreza extrema, han encontrado allí techo, alimentación, medicina, asistencia médica, psicológica y psiquiátrica; pero sobre todo, han encontrado grandes dosis de amor, ternura, comprensión, cuidado, respeto, consideración y valoración.

Cada uno tiene su propia historia, su propia pesadilla, su propio vínculo con otra realidad, realidad desconocida y aterradora para el común de la gente, pero que, para ellos, se trata de su propio mundo, el que habitan y deshabitan quizás sin proponérselo.

Adentro, al igual que en los alrededores, la vida también cobra fuerza con el día. Tras esa reja que separa su mundo de éste, los cien usuarios del centro permanecen con una sonrisa en su rostro, corren, gritan, lloran, se ríen, hablan con “alguien”, discuten con su propia sombra, libran batallas de amor con sus imaginarios o cándidamente se sumen en su mutismo mientras miran fijamente al infinito, con su mirada taciturna, esperando que alguien los visite, que les extienda la mano, que les brinde afecto o, simplemente, que los aleje de la rutina. Otros, por el contrario, continúan en la casa, paseándose por los pasillos y espacios comunes; van y vienen.

Allí están, desnudándose para la ducha matinal en medio de la tranquilidad que sólo se ve en un bebé…esperan con paciencia, y una vez recibido el baño, se visten y empiezan a construir las nuevas historias que, seguramente, desaparecerán con el anochecer.
Y allí, en medio de unos y otros, de “ires y venires”, está Marcela, una mujer joven con síndrome de Down. De figura bonachona, obesa para su edad, con la cabeza rapada y sus ojos “extraviados”, es la primera que corre a darle la bienvenida al visitante. Su ternura, sinceridad y alegría contagian a todo el que llega.

Marcela es algo así como el verdadero amor siempre niño en el adulto; un amor limpio, puro, transparente, franco, ruidoso, extrovertido, único. Modula pocas palabras, pero el resto de vocablos, aunque indescifrables muchas veces, siempre terminan traduciendo lo mismo: ¡amor!

Sus carcajadas estruendosas se escuchan en todo el recinto. Tienen mezcla de chillidos y alaridos. Una situación grave podría estar pasando, pensaría alguien al escuchar a Marcela en uno de sus ataques de efusividad. Pero la verdad es que aquel ser, aparentemente desconectado de la realidad y la normalidad, ese día está feliz, al extremo de palidecer y sus labios ponerse morados, simplemente porque la tía acaba de llamarla por teléfono para decirle que la quiere mucho. Y Marcela, sumida en su síndrome de Down, acaba de expresar, a su manera (y de la mejor manera), todo el amor que puede sentir por alguien. Eso sólo bastó para convencerme de que la distancia entre el amor y la locura es imperceptible.

 


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