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El humilde origen de un grande, Atlético Nacional

“Yo te traje al mundo" Guillermo hinestroza Isaza

Por: Gabriel Jaime Mazo C y Julian Esteban López A

Una historia ávida de legitimación emerge desde el barrio Niquitao por cuenta de un hombre que yace en el abandono tras el ocaso de su carrera. Guillermo Hinestroza Isaza, un reconocido periodista que incursionó en la radio y en la televisión por más de 50 años, evoca el nacimiento del Club Atlético Nacional, un vivo recuerdo que neutraliza el olvido en el cual reposa la historia que protagoniza.

El taxista que nos condujo a nuestro destino trató de insinuarnos la situación que hallaríamos a nuestro arribo. Quizá lo dijo por la grabadora de periodista, la cámara Canon EOS Rebel G y el teléfono móvil por el cual había estado hablando mi compañero desde el momento mismo en que tomamos el servicio. Yo, simplemente, asentí a través de un gesto y, la verdad, poco o nada me importó; mi compañero, en cambio, agradeció la inusitada recomendación y comenzó a identificar el lugar con dirección en mano -¡aquí debe ser!-, dijo con algo de premura, y seguidamente nos apeamos del taxi, eso sí, tan pronto como una zorra que pasaba por nuestro lado acababa de halar su carga de latas roídas.

El barrio Niquitao se percató de nuestra presencia, lo sabemos por la evidente manera en la que nos apuntaban las miradas de dos mecánicos y un reciclador, quienes hacían corrillo en frente de un taller de latonería y pintura. Allí, justo en la calle 44 con carrera 44, y en la casa cuya matrícula no es necesario mencionar, se hallaba nuestro personaje, un hombre que cuenta una historia sorprendente acerca de uno de los equipos de fútbol más reconocidos del país, el hombre que afirma ser el creador y fundador del Club Atlético Nacional.

A decir verdad, la fachada de su casa tenía más aspecto de resguardar en su interior al fundador del Deportivo Niquitao u otro equipo de la última o penúltima división del fútbol amateur que al rey de copas de Colombia; no obstante, esperamos a que su morador abriera la puerta para emitir un juicio menos “fachoso”.
Tras unos minutos de espera, en los cuales especulamos acerca de la fisonomía y posible aspecto de nuestro personaje, la puerta se abrió y una voz resuelta y muy afable nos convidó a seguir -¡pasen, muchachos, síganse!- A decir verdad, nuestras recientes especulaciones habían estado un tanto erradas; la figura de un hombre de aproximadamente 82 años no concatenaba con su airosa imagen, con su expresivo semblante y con la fluidez de su discurso; sólo sus gafas de amplio marco y grueso lente, su alopecia y su desajustado ropaje parecieran corresponder a las características de un hombre de su edad.
Con un fuerte apretón de manos nos saludó don Guillermo; en su rostro se reflejó una inconmensurable alegría, la misma que se vislumbra en todo aquél que es desterrado de su soledad y abandono. Dos perros y dos gatos parecían conformar su familia; dos hermosos cuadros que adoptaban el estilo del maestro Botero y que parecían diferir por una firma grabada en la parte inferior con el seudónimo Guillo, nos dieron a entender que nuestro personaje también incursionó algún día en el arte.

¡Don Guillo, a lo que vinimos!, le dije con atrevimiento, con la confianza que él me había cedido en esos escasos diez minutos de interacción, mientras mi compañero trataba de comprender otra pintura que retrataba a un René Higuita desnudo en una voladora de otrora bajo la sombra de un arco iris y con la mirada atónita de un gallo. ¡Ustedes me dirán, muchachos, por dónde comenzar!, indicó don Guillermo, con una sonrisa grabada en su rostro que reflejaba su carácter decidido y locuaz.

De repente nos encontramos sentados en una improvisada oficina que daba cara a la carrera 44 de Niquitao, por lo que el ruido del tráfico activaba nuestra dislexia, mas no interrumpía a don Guillermo, quien mencionaba, en comienzo, a “la manga de don Pepe”.
Allí, en esa manga ubicada diagonalmente a lo que hoy conocemos como la placita de Flórez, a unas cuatro cuadras de la Iglesia de Buenos Aires, y a la cual Guillo, a sus trece años, en el año de 1935, frecuentaba varios días de la semana en compañía de sus compañeros del “puente de Hierro”, fue donde se comenzó a forjar el Atlético Nacional.

Don Guillermo recuerda con especial afecto a Roberto “el Mono” Hernández y al capitán del equipo, José Maria Saldarriaga, con quienes lideró el grupo desde un comienzo; el primero era quien facilitaba su patio para las improvisadas sesiones de entrenamiento; y el segundo era el propietario del único balón que tenía el equipo.

Don Guillermo era el arquero y líder de ese naciente club, el cual logró federarse en 1936 y bautizarse oficialmente el 19 de marzo del mismo año en la cancha auxiliar “el Tierrero”, ubicada al lado de la cancha titular del hipódromo de Los Libertadores, en el lugar donde hoy se encuentra Carrefour de la 65. Dicho nacimiento contó con el padrinazgo del entonces presidente de la Federación Antioqueña de Fútbol, Miguel Ortiz Tobón, en un partido en el que los “pelaos” del Unión, como decidieron llamarse, le ganaron a Rionegro 3 -1.

La improvisada oficina que servía de habitáculo para escuchar la interesante historia de don Guillermo contaba con paredes roídas y un tanto descoloridas, sólo algunas manchas cafés y otras más oscuras daban cuenta del abandono en el que se encontraba aquel lugar; una máquina de escribir modelo Miguel Hinostroza yacía en el piso por falta de mantenimiento, y otra más estaba ubicada en una carcomida repisa sin aparentes signos vitales ¡son sino pinchadas!-, exclamaba don Guillermo al ver mi curiosidad por dichos aparatos.

La historia de nuestro personaje prosiguió. Atentamente nos explicó que el Unión se había federado para ingresar a la categoría juvenil, la cual comprendía pelaos de 12 y 13 años que, consecuentemente, debían avanzar a base de títulos por la 3ª y 2ª división y la categoría B para llegar a la anhelada categoría A, un reto que, en principio, pareció quimérico.

La fama del Unión se había disparado por casi toda la zona nororiental de la Villa de la Candelaria en los años 1937 y 1938, cuando avanzaba firmemente por las diversas categorías en las que jugaba. En el año de 1939, recordó don Guillermo, se desvinculó de su equipo Unión de la 2ª división y pasó al Mosaicos de la categoría B. No se te olvide que por vos es que existe el Unión y tenés que seguir ayudándonos-, era lo que recordaba don Guillo de labios de su fiel amigo, el “mono” Hernández.

Para el año 1940, una oportunidad única había aparecido para los pelaos del Unión. Se trataba de un ofrecimiento por parte de Gabriel Álvarez, un excelente jugador y, además, capitán y dueño de un equipo que jugaría en la B con el patrocinio de la poderosa Indulana. Gabriel Álvarez, quien fuera compañero de don Guillermo en el Mosaicos, propuso la fusión de su equipo con el Unión, ello motivado por los buenos comentarios acerca del juego de los pelaos y, en parte, motivado por nuestro personaje, quien desde afuera hacía votos para sacar adelante al equipo que creara y fundara.

Mientras don Guillermo tomaba poder absoluto de la de cierta manera, nos dio a entender que su historia pronto daría fin, por ello tomé mejor disposición y le dije a mi amigo que tomara atenta nota, puesto que el casete de 90 minutos que habíamos dispuesto para registrar la entrevista había quedado corto para tan extensa e interesante historia.

El Unión Indulana había ingresado a la máxima categoría del fútbol colombiano. El “cabo” Torres, quien fuera el dueño y señor del Huracán, el equipo que le dio la oportunidad al Unión de reemplazarle en la categoría profesional, sugirió el cambio de nombre del equipo por el de Atlético Municipal. La sugerencia fue bien recibida por la junta directiva del club y para marzo de 1949 dejó de llamarse Unión Indulana.


El Atlético Municipal paulatinamente fue renovando sus nómina y a sus filas fueron cayendo futbolistas de todas las regiones del país y, además, - uno que otro jugador extranjero de los sobrantes de inventario que dejó el fabuloso dorado , como decía don Guillo. Ése fue el momento en que los directivos del Atlético Municipal decidieron cambiar el nombre del equipo por el de Atlético Nacional, para lo cual adoptaron los colores verde y blanco que representaban la bandera antioqueña y dejaron de lado el negro y verde con el cual se había identificado el Atlético Municipal.

¡Ya ven, mis muchachos, cómo es la historia!, indicó don Guillermo con aparente nostalgia. Aunque no pudo cerrar la historia sin expresarnos enérgicamente que José María Saldarriaga, su incondicional amigo, y Gabriel Álvarez, jugador, capitán y buen dirigente del Unión Indulana, merecen más que un simple homenaje, pues fueron ellos quienes dieron existencia al Atlético Nacional. ¡Yo no necesito reconocimientos, cualquier complacencia que venga del presidente o directivos del Nacional es la peor ofensa que me puedan hacer en la vida!, señaló finalmente nuestro personaje con alguna expresión de ira en su rostro.
Mi compañero y yo agradecimos a don Guillermo su disposición y confianza al momento de marcharnos; él recompuso de nuevo su semblante y con un fuerte apretón de manos agradeció nuestra compañía. En su rostro se reflejó un inmenso júbilo, el mismo que se hace evidente en todo aquél que es desterrado de una vida casi ermitaña.





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