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Faltan cinco pa´las doce

Por: Vanessa Bustamante Z
La iglesia de San Antonio alberga miles de historias que se tejen día tras día en la cotidianidad de sus transitadas calles, como la de Miriam, que parece detenerse en el tiempo al compás de un reloj en el que hace ya varios años “faltan cinco pa´ las doce”.

La dulce reina se ha levantado de su humilde cama fabricada la noche anterior con lo que pudo encontrar (unas hojas de periódico y una caja sin armar), fue la fuerte y fría brisa la que despertó a “la doncella de la calle” de aquel sueño que pocos tienen, sueño de colores y comidas, comidas y olores, olores y sabores, sabores que quedan en la boca y hasta llenan el estómago. ¿Quién ha osado en despertar a su majestad a tan tempranas horas? Aún con la mirada nublada observa el reloj de la iglesia de San Antonio, faltan cinco minutos para las doce, pero el frío de la noche ha sido capaz de espantar hasta el más caluroso de los sueños.

Es temprano todavía para Lady Miriam, pero sin pensarlo mucho se levanta de aquella cama que nunca es la misma; Miriam no abre una puerta, no se asoma a una ventana, no se mira en el espejo, no se calza, no se abriga, y luego de no hacerlo da dos pasos y toca el asfalto.

No han pasado cinco minutos y el cielo empieza a aclarar, el ruido de los autos y la gente apresurada comienza a perturbar la calma de la linda damisela que va en busca de aquel desayuno que nunca le llevaron a la cama. Miriam llega al comedor que aún no está abierto, aguarda parada hasta que un hombre se agacha a su lado, saca unas llaves, abre el candado y finalmente sube la reja dándole paso a la dama quien entra con toda propiedad al lugar, escoge su desayuno entre un limitado menú (lo que quedó en la vitrina del día anterior) y lentamente se aleja sin pagar.

Miriam no tiene un horario que cumplir, su trabajo es caminar por las calles del centro de una ciudad que -sabe- le pertenece, observa con atención, supervisa, va de un lado a otro (asustando a niños y adultos); conoce cada rincón, cada hueco de su reino, reconoce las calles, los castillos empresariales, los puentes, las fuentes, a la gente de siempre y a forasteros. En éstas se le va toda la mañana.

El hambre es poco disimulable para Miriam, a pesar de ser la maestra en el arte de engañar, así que corre a su morada, revisa sus pocas cosas y mira el reloj que está en frente: faltan cinco minutos para las doce, justo la hora del almuerzo. Miriam sube una cuadra, se refleja en el vidrio de una tienda, mira su cara maquillada con rubor color carbón, trata de dar un poco de orden a su peinado alborotado, limpia sus manos en su sucio vestido, y continúa con paso apresurado.

Llega al lugar donde siempre almuerza, aguarda a ser vista por aquel hombre que está al otro lado del mostrador, éste, al verla, le sonríe y sin perder tiempo se acerca y le ofrece a Lady Miriam una elegante bolsa de plástico negra, y mientras ella le arrebataba de las manos la valiosa mercancía, el hombre se atrevió a comentar -Llegó como temprano la señora, como que la estaba acosando la hambruna ¿no? Pero tranquila que ya sabe que aquí le tenemos el almuercito desde temprano- Pero Miriam no acostumbra agradecer (y de hecho nunca lo hace) orgullosa observa el contenido de la bolsa, da el visto bueno, media vuelta y se va dejando atrás aquel generoso hombre (del que no sabe su nombre) con un “de nada” entre los labios.

La soberana Miriam almuerza con rapidez, y como todos los días después del almuerzo, se sienta a las puertas de un boulevard a admirar la belleza del paisaje gris de su ciudad, poco a poco se va quedando dormida, ella puede dormir donde le plazca, donde la sorprenda el sueño porque nadie se atreve a perturbar sus sueños, así que allí permanece el tiempo que le sea posible, el tiempo que dure aquella “gran quimera”.


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