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UN PARAÍSO PERDIDO: EL CHOCÓ

“Lucha, creatividad, carencias, necesidades, alegría, calor y
esperanza, califican a Chocó y a su gente”

Por: Martha Eugenia Naranjo

Para Oscar Andrés Gómez viajar al Chocó se ha convertido en una aventura que repite cada vez que puede: “siempre que hablo de mis viajes al Chocó la gente me mira con extrañeza y no falta quién me pregunta por qué me gusta tanto ir allá, si ese es un pueblo tan pobre y sin mucho que visitar”.

Es cierto, la pobreza de este departamento se refleja en los 23 municipios que lo conforman, en sus calles fangosas y en la construcción de sus casas, aún hechas de madera.

Eso contrasta con el centro de su capital, Quibdó, rica en arquitectura republicana en especial de sus templos.

El Chocó está detenido en el tiempo y en el espacio; es un contraste entre la pobreza de su gente y la riqueza de la tierra. “El 88% de la población es negra, un 3% es indígena (emberás y waunanas) y, en menor cantidad, están los blancos o “paisas”, como afroamericanos e indígenas los llaman”, cuenta Andrés.

El Chocó es un inmenso campo, y su extensa selva lo convierten en un pulmón verde de Colombia y de Latinoamérica, después de la selva del Amazonas. Más del 70% del departamento es agua, está bañado por los dos océanos y tiene la mayor cantidad de ríos de América, entre los que se destacan: El Baudó, San Juan, Tutunendo y, el más emblemático e importante, El Atrato, que tiene 520 kilómetros de los cuales 502 son navegables, desde su nacimiento en los Farallones del Citará hasta su desembocadura en el océano Atlántico.

“En torno a éste se alimentan las poblaciones más olvidadas y pobres del Chocó como Bojayá, Puerto Conto y Berreverre”.señala Andrés.

El río es el aliado de los pobladores, pues ven en él la esperanza de suplir sus necesidades básicas en una tierra que parece estar destinada al olvido. Aunque la pobreza material es evidente, la alimentación y la gastronomía chocoana son amplias. Entre sus platos típicos se destacan el arroz enterrao, el ceviche de tiburón, el quebrao de pescao y el tapao de cangrejo, entre otros.
“Allí también se alimentan de lo que su propia naturaleza les proporciona, como el ñame y el primitivo, y de frutas como el borojó, el chontaduro, el mílpeso, el árbol delpan y el marañón, que son frutas exóticas en el interior del país y autóctonas de la región”.

En esa tierra olvidada, en donde pareciera que no hay otra cosa que hacer, más que mirar un atardecer a orillas del río Atrato, también existe diversidad de sitios turísticos que visitar, algunos de ellos son considerados por la UNESCO como patrimonio ecológico de la humanidad, como La Ensenada de Utría y el Parque Nacional Natural de los Katíos, el Tapón del Darién- considerado por la UNESCO como Ecorregión Terrestre Prioritaria-
”El Chocó, quién lo creyera, está repleto de sitios turísticos como el balneario natural en Mungarrá; las aguas medicinales de Cértegui, en el municipio de Tadó; el corregimiento de Capurganá, en el municipio de Acandí; el Parque Nacional Natural Ensenada de Utría, a donde llegan cada año, entre julio y octubre, las ballenas jorobadas a parir sus ballenatos, éste es un verdadero espectáculo, que todos alguna vez en la vida deberían apreciar. La verdad son muchos los lugares para visitar”, agrega Andrés que, habla de estos sitios, y expresa un dejo melancólico, quizá porque sabe que son lugares tan alejados de la “civilización” que serán muy pocos quienes los visiten.

Entre el 20 de septiembre y el 5 de octubre se realizan las fiestas de San Pacho, en honor a su patrono, San Francisco de Asís. “En esas fiestas ellos sacan a flote todas sus raíces afrocolombianas y sus tradiciones. Son fiestas donde la champeta, el currulao, las chirimías y el contoneo de las caderas de las mujeres, contagian a propios y extraños. “Cuando yo vengo a las fiestas me puedo pasar tres días sin dormir”, cuenta Andrés, visiblemente entusiasmado. “Allí todo es alegría pero, lo mejor es el cariño y eL entusiasmo de la gente”.
Bien lo relata Jorge Tamayo, en el texto Las gentes del Chocó: “se trabaja duro, pero solamente el tiempo necesario para conseguir lo indispensable para la subsistencia. Debido a la propia visión que se tiene acerca de la vida, el ocio y el trabajo, la gente no posee la mentalidad capitalista de la acumulación. El tiempo se utiliza en el juego, la danza, el arte, la comunicación y el trabajo…”.
Esto es un poco de lo mucho que es el Chocó, una pequeña muestra de lo que son sus tierras y su gente.
“Una noche chocoana no es del todo oscura, puesto que cuando allí anochece en Nueva Zelanda amanece, jugando el Océano Pacífico un papel de espejo, cuyo resplandor solar se refleja en el firmamento chocoano”.




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