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EL FANTASMA EN EL PARQUE

Por: Mónica Balbín Pérez

Atmósfera de placer, de euforia, de tristeza, donde el goce sale estridente. Sombras de hombres y mujeres que van y vienen, se mezclan, se agachan, se sientan y se paran ahogando su aliento en sonidos guturales con poesía, canciones, discursos, gritos y susurros. Seres que desfogan sus deseos chupando con avidez un cigarrillo de bazuco o marihuana o bebiendo un vaso repleto de licor. Siluetas inquietas, danzantes, clandestinas. Notas musicales de guitarras, voces que cantan y espíritus que danzan. Humo que se riega como neblina atravesado por la luz de seis tenues lámparas de neón.

“Hoy me gustaría decirte que vine a conocerte...”. Y sentado en el piso de adoquines en compañía de cuatro amigos más que tocan la guitarra e interpretan una canción en inglés. Diego, el poeta, enciende un cigarrillo de marihuana. “¿Te choca que fume?”, preguntó. “Porque muchas personas se sienten incómodas, más por el humo que por el olor. A mí me encanta, hace parte de un ritual. Sí... el fumar marihuana es un mito místico de sabiduría para estar con Dios”. Le da dos fumadas más a su cigarrillo y levanta la mirada al cielo.

“A este Parque vengo porque es un punto de encuentro con mis amigos, a charlar cosas de todos los días, sí o qué Juan”. “Sisas, nosotros venimos aquí a divertirnos un rato, a compartir nuestras canciones con amigos. Yo tengo un grupo de rock, se llama Nepentes, Nepentes es una bebida de la antigua Grecia, y tocamos música fog y punk. Claro que yo también trabajo, soy ingeniero de luces de Juanes, el cantante”.

Bueno... ¿y sabes por qué este parque se llama así?. “Ah... nosotros llevamos unos cuatro años frecuentando este sitio, y la verdad no he conocido a ningún periodista en este parque. Recuerdo alguna vez haber leído la placa y el nombre del señor de la escultura, pero no sé ni cómo se llama”.

Es la noche de un martes y el ambiente produce ganas inagotables. Las humanidades impetuosas, sin importar la edad, se desbordan incontrolablemente entre las enmarañadas historias noctámbulas del Parque del Periodista. Él tiene y tendrá sus habitantes congénitos, permanentes unos, fugaces otros, haciendo de éste un hábitat permisivo para teatreros, cuenteros, poetas, rockeros, bohemios, estudiantes, alcohólicos, artistas, amantes, y de pronto un periodista, algunos vendedores de cigarrillos y artesanías.

“Uno se viene para acá a hacer hasta donde lo dejen, pues la policía llegó hace poco al parque a poner dizque orden y una mano de leyes sin razón”, cuenta Wilmar Barón, uno de los venteros de cigarrillo más antiguos de la zona.

De acuerdo con este joven que baja todos los días desde el barrio Manrique al rebusque con su caja de madera repleta de chicles, cigarrillos y confites, este parque es la perdición. “Acá llega mucho gay, lesbianas y putas... para todos resulta programa”. Al interrogarlo sobre el origen del nombre del parque le da risa y anota que él solo ve a muchos estudiantes de artes y universitarios en ese lugar, pero que jamás ha hablado allí con un periodista. Narra que únicamente los 9 de febrero llega al lugar un grupo de elegantes viejas y “manes” con ofrendas florales y discursos “mamones” para el señor de la estatua, los mismos que se van minutos después sin comprarle nada.

Él, como la mayoría de seres extraños que se apoderaron de este espacio urbano, poco o nada saben de Don Manuel del Socorro Rodríguez, fundador y director del Papel Periódico de Santa Fe de Bogotá, primer medio impreso legal que circuló por allá en 1791 en el entonces Nuevo Reino de Granada. Este hombre es considerado como el fundador del periodismo en Colombia y como tributo a esta profesión, el concejo de Medellín hace más de cuarenta años dedicó una pequeña plazoleta entre la carrera Girardot y la calle Maracaibo. En adelante este sitio se conocería como el Parque del Periodista. Y dicen que en un comienzo el lugar era frecuentado por los llamados intelectuales de los medios de comunicación en donde departían y tertuliaban sobre temas de actualidad.

Después de emanar una bocanada de humo, Astrid, una estudiante de Comunicación Social, expresa que para ella el parque no tiene ningún sentido. “Odio este lugar, es el centro de la perdición, es algo así como Sodoma y Gomorra, se ve de todo”. Sin embargo, agrega que no puede dejar de acudir a él, pues va todos los día en busca de un nuevo “parche” .

¿Manuel del Socorro Rodríguez?... ¡ah! (señalando el busto), el que está allá, me supongo..., no, ni idea” y se aleja dirigiéndose hacia el Guanábano uno de los negocios más viejos y tradicionales del parque, que se pelean la preferencia de la clientela con otros bares como el Vapor, Malinches, Mikro y una licorera en donde no deja de sonar el rock alternativo.
Este lugar cambia de color todos los primeros sábados de cada mes con la “Noche Amarilla” y con sonidos de tambores, gritos apasionados y cuerpos entrelazados, se enciende el parque a cualquier momento. Como indios en sus tribus danzan alrededor de las fogatas, y las patas de palo saltan de esquina a esquina, y los pequeños troncos que las dirigen con sus cabezas juguetonas penden de las hojas más bajas de los carboneros, palmas y cauchos que se levantan erguidos en medio del cemento que rodea este sitio.

Todos están ahí sin necesidad de que sean periodistas o estudien esta carrera. Ni siquiera saben quién es el hombre del busto y por qué está allí. Sólo les importa que este espacio continúe abierto para respirar vida y resguardar sus espíritus. Porque, pese a todo, cada uno de estos incógnitos seres acude a este parque en busca de elementos que les permitan seguir escribiendo su propia crónica de vida.




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