Relaciones parentofiliales

Revisión de tema


Relaciones parentofiliales en la infancia. Prevención del comportamiento suicida1

Parent-child relationships in childhood. Prevention of suicidal behavior


Recibido: 20 de noviembre de 2018 / Aceptado: 16 de enero de 2019 / Publicado: 9 de abril de 2019


Forma de citar este artículo en APA:

Medina Tabares, M., Rúa Villa, S., y Vasco Rendón, S. (enero-junio, 2019). Relaciones parentofiliales en la infancia. Prevención del comportamiento suicida. Poiésis, (36), 147-163. DOI: https://doi.org/10.21501/16920945.3195


Mónica Medina Tabares*, Salomé Rúa Villa** y Stefanny Vasco Rendón***


Resumen

El presente artículo pretende indagar las relaciones parentofiliales en la infancia, y cómo estas contribuyen a la prevención del comportamiento suicida; para esto se utilizó la metodología cualitativa de tipo hermenéutico, bajo la estrategia de revisión documental. Se encontraron importantes resultados en cuanto a la familia como primera experiencia vital, siendo esta el lugar donde se tejen los primeros vínculos afectivos y se facilita el desarrollo integral de sus miembros, mediante relaciones de confianza, control, afecto y comunicación. Se logró reconocer el suicidio como una problemática vincular, ya que dicho comportamiento no está sólo asociado a factores individuales o personales, sino también a aspectos familiares, sociales, ambientales y relacionales; así mismo, se identificaron factores de riesgo asociados a dicho comportamiento; y, por último, se realizó un acercamiento a los factores protectores, que están presentes en las esferas individual, moral, comunitaria, institucional y familiar.


Palabras claves

Afectividad; Comportamiento suicida; Factores de riesgo; Factores protectores; Fami- lia; Prevención.


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1 Artículo derivado del trabajo de grado titulado “Intervención familiar: calidad de vida y comunicación”, orientado por el docente investigador Mg. Alexander Rodríguez Bustamante, líder de la línea de investigación “Calidad de vida”, de la Facultad de Psicología y Ciencias Sociales de la Universidad Católica Luis Amigó (Medellín), y la Mg. Ana Lucía Ceballos Duque docente de la Facultad de Psicología y Ciencias Sociales de la misma Universidad. Este trabajo de grado fue socializado ante el colectivo de investigadores del grupo de investigación “Familia, desarrollo y calidad de vida”, categoría (C) de Colciencias.

* Estudiante del programa de Psicología de la Universidad Católica Luis Amigó, Medellín-Colombia. Correo electrónico: monica.medinaab@ amigo.edu.co

** Estudiante del programa de Psicología de la Universidad Católica Luis Amigó, Medellín-Colombia. Correo electrónico: salome.ruavi@ amigo.edu.co

*** Estudiante del programa de Psicología de la Universidad Católica Luis Amigó, Medellín-Colombia. Correo electrónico: stefanny.vascore@ amigo.edu.co

Abstract

The present article is interested in investigating parent-child relationships in childhood, and how they contribute to the prevention of suicidal behavior; for this a qualitative methodology of hermeneutic type was used, under the documentary review strategy. Important results were found regarding the family as the first life experience, this being the place where the first affective bonds are woven and the integral development of its members is facilitated through relationships of trust, control, affection and communication. It was possible to recognize suicide as a linking problem, since such behavior is not only associated with individual or personal factors, but also with family, social, environmental and relational aspects; Likewise, risk factors associated with this behavior were identified; and, finally, an approach was made to the protective factors that are present in the individual, moral, community, institutional and family spheres.


Keywords

Affectivity; Family; Prevention; Protective factors; Risk factor's; Suicidal behavior.

Introducción


La familia como primer espacio de interacción social le ofrece al niño las bases para desenvolverse en diferentes contextos relacionales, en los cuales se verá expuesto a problemáticas con las que se vinculará, de acuerdo a sus propias experiencias vitales; de esta manera, es importante abordar, en la primer parte del artículo, los diferentes estilos o prácticas parentales que emergen en el proceso de crianza; según Isaza Valencias y Henao López (2010) los estilos parentales son comprendidos como los que facilitan el proceso de desarrollo de los niños a nivel social, en la medida que los capacita para instaurarse en la sociedad. Estas prácticas se reflejan en los comportamientos, pensamientos y creencias de los padres, en relación con elementos como: norma, autoridad, comunicación, afecto y control; tales estilos son elegidos por los padres o cuidadores, de acuerdo a las necesidades de los niños, lo que permite diferenciar la dinámica interna de cada familia.


El objetivo del presente artículo es analizar los aspectos relacionales durante la infancia, que influ- yen en el comportamiento suicida, debido a que los padres, desde los diferentes tipos de interac- ción parental con los hijos, contribuyen de manera positiva o negativa en el desarrollo cognoscitivo y emocional del niño; es así como el interés de esta investigación consiste en aproximarse a estu- dios que posibiliten establecer una relación entre los vínculos instaurados con los cuidadores y el comportamiento suicida; este último, más que considerarse hoy en día como un fenómeno social, exige verse como una problemática que aqueja a los contextos colombianos, ya que de acuerdo con las estadísticas, en el año 2010 se presentaron 849 casos de suicidio, ya para el año 2015: 1.812 casos, en el 2016: 2.056 casos, y en el año 2017: 2.402 registros; con lo anterior se eviden- cia un incremento total de 1.553 personas que se suicidaron entre los años 2010 y 2017 (Instituto Nacional de Medicina Legal, s.f.).


Asimismo, se debe tener en cuenta que las cifras apuntan cada vez más a edades tempranas; incluso, en concordancia con el estudio realizado en el Departamento de Psiquiatría de la Univer- sidad Nacional de Bogotá-Colombia, por Vásquez-Rojas y Quijano-Serrano (2013), se encontraron niños desde los seis hasta los doce años de edad con uno o varios intentos suicidas, y con factores comunes como: trastorno de ansiedad, depresión y disfunción cognitiva, además de observaciones repetitivas de conflictos intrafamiliares graves, condiciones de extrema pobreza, crisis de divorcio reciente y disfunción ejecutiva de la madre.


De otro lado, Baader, Urra, Millán y Yáñez (2011) definen el suicidio y la conducta parasuicida; el primero, lo denominan como el comportamiento autolesivo que tiene como objetivo alcanzar la muerte, con un prominente deseo de morir y con el conocimiento de que, con el método elegido, es posible alcanzar dicho objetivo; el segundo, es decir el intento suicida, lo nombran de la misma manera que la definición anterior, con la diferencia que no conlleva a un resultado fatal; la conducta parasuicida, por su parte, es persuadir una situación a través de la comunicación, con la idea de que el comportamiento no lo llevará a la muerte.

Finalmente, la importancia del desarrollo de este artículo radica en la contribución que hace a las políticas de promoción y prevención de la problemática en cuestión, beneficiando a estudiantes y profesionales de la psicología, ofreciendo herramientas para sensibilizar al sistema familiar, con la posibilidad de una intervención terapéutica, reconociéndola como el principal actor del fenómeno estudiado. De esta manera, se impacta a las diferentes instituciones educativas y a la comunidad científica, pues la sociedad cambia permanentemente; por esta razón, las investiga- ciones deben actualizarse según sus necesidades, para comprender las estructuras y dinámicas que se manifiestan en las nuevas generaciones, apoyando la producción de nuevos conocimientos, en aras de fomentar interpretaciones actualizadas sobre el fenómeno, o consolidar las investiga- ciones ya existentes.


Metodología

Esta investigación se elaboró desde un enfoque cualitativo, para una posterior interpretación de significados desde el discurso de diferentes autores. El método bajo el cual se llevó a cabo la presente investigación es hermenéutico, dado que se realizó una interpretación de la literatura encontrada referente al tema; es decir, se analizó la problemática desde su historicidad registrada, y a través del contraste de diferentes postulados.


Cifuentes (2011) afirma que este enfoque "busca reconocer la diversidad, comprender la realidad; construir sentido a partir de la comprensión histórica del mundo simbólico; de allí el carácter fundamental de la participación y el conocimiento del contexto como condición para hacer la investigación" (p. 30). Además, este estudio se desarrolló bajo la perspectiva del estado del arte, refiriéndose a una indagación documental a partir de la cual se recopila toda la información existente sobre el fenómeno y se profundiza por medio de la reflexión (Vélez y Galeano, 2002).


La diversidad en los hallazgos permitió encontrar vacíos y puntos de encuentro entre los diferentes postulados, para que sean utilizados en próximas investigaciones. Se implementó la estrategia documental, la cual, de acuerdo con lo anterior, alude a la interpretación sistemática que se debe realizar a partir de diferentes artículos, textos y teorías sobre el fenómeno en cuestión. Como técnica de generación de información se inició desde una lectura analítica y comprensiva de los diferentes textos encontrados en bases de datos como: Ebsco, Redalyc, SciELO, Google Académico, y revistas de diferentes Universidades, entre las que se destacan: Universidad Cooperativa de Colombia, Universidad de Manizales, Universidad Católica Luis Amigó.


Las fichas de contenido fueron privilegiadas, dada la particularidad de la cita textual propia del autor y los comentarios realizados por las autoras del presente artículo. Este nivel de análisis reflexivo posibilitó evidenciar, clasificar y ubicar una serie de categorías y subcategorías que permi- tieron la escritura del apartado resultado y discusión, el cual se propone a continuación. El universo de esa búsqueda documental fue de 56 textos, de los cuales 50 son artículos, cuatro son libros y dos capítulos de libro, en los que se destacan las fortalezas de esta búsqueda documental, que radicó en las coincidencias en las categorías y subcategorías que fueron halladas.

La tabla 1 hace referencia al listado de categorías y subcategorías, las cuales emergieron a partir del proceso de análisis y categorización que las investigadoras diseñaron en un formato de Excel; estas se agruparon, según la pregunta orientadora y los objetivos que fueron planteados en la matriz metodológica al iniciar el primer nivel del trabajo de grado, todo esto ha propiciado el presente texto académico.


Tabla 1.

Listado de categorías y subcategorías

Categorías Subcategorías Categorías tituladas en el artículo

Familia

Prácticas parentales Vínculos afectivos

Familiares

Comportamiento suicida Factores de riesgo

Individuales

La familia como primera experiencia vital Suicidio una problemática vincular

Factores protectores

Comunitarios

Promoción y prevención asunto de todos

institucionales

Fuente: elaboración propia (matriz y análisis de conceptos).


Resultados y discusión

Una vez la validación de los discursos propuestos por los autores, en sus textos, se redefinen nuevamente las categorías y subcategorías, las cuales serán enunciadas a continuación.


La familia como primera experiencia vital

Las definiciones que se han elaborado sobre la experiencia de familia, afianzan las ideas sobre el lugar de los vínculos y las relaciones en el mundo familiar; al respecto, Garcés y Palacio (2010) afirman que la familia se percibe como un sistema fundamental para el desarrollo integral de las personas, individual y socialmente; de manera individual se refieren a las necesidades básicas, biológicas y psicoafectivas, que son suplidas; a nivel social, aluden a la construcción de las prime- ras bases de personalidad, que pertenecen a la identidad del sujeto, para continuar moldeándose mediante la interacción en otros escenarios.


En síntesis, se comprende a la familia como el primer grupo de socialización que instaura en el sujeto los cimientos para desenvolverse a lo largo de su vida; para Berger y Luckman (2001) dicha interacción es la apertura del individuo a la realidad objetiva de la sociedad; este proceso ocurre durante la infancia y posibilita la instauración del sujeto en el mundo social. La socialización primaria, entonces, se encuentra mediada por los estilos o prácticas de crianza, es decir, por las acciones y la intervención de la palabra, como medio de comunicación, entre los cuidadores y los niños; lo anterior, permite el reconocimiento desde el amor, por un lado, entendiéndose como la capacidad que posee la familia para asistir las necesidades de los niños; y, por otro lado, la capacidad del niño de sentir confianza en dichos comportamientos y discursos que le ofrecen.

Es así como la familia, siendo la responsable de la socialización, es el escenario donde se aprenden reglas, normas y límites, donde se asumen roles y se establecen jerarquías; todo esto contribuye a que la persona sea capaz de autorregularse para poder vivir en sociedad (Gallego, 2012). En este sentido, la Unicef (como se citó en Quintero y Leiva, 2015) hace un aporte frente a la función de la familia, señalándola como la encargada de proteger la vida, el crecimiento y el desarrollo del niño, generando un espacio de alianza entre sus integrantes; lo anterior, porque responsabilizan a los cuidadores frente a la orientación en el desarrollo del infante, y estos se permean por la participación de los niños.


Entre tanto, Henao y García (2009) consideran que la familia es el espacio primario que facilita el desarrollo de sus integrantes, a partir de la acción socializadora mediada por dos variables: control y afecto. Conviene aclarar que la comunicación juega un papel importante, porque sin duda facilita o impide la ejecución de estas dos funciones ¾el control y el afecto¾; así las cosas, se hace necesario una comunicación al interior del grupo, donde todos se puedan expresar libremente y no solo que quien se encuentre en un nivel jerárquico mayor imponga sus ideas sin tomar en cuenta la subjetividad del otro.


Para precisar, parafraseando a Jerebtsov (como se citó en Bueno, 2017), la personalidad se construye por las vivencias, presentes a través de la existencia; además, estas tienen como cimiento los valores, las normas y las costumbres, que son adquiridas a partir de las experiencias culturales (p. 224). Al considerar la plasticidad que caracteriza el proceso de desarrollo, más presente en la infancia que en la adultez, se afirma que el niño representa un papel activo en la sociedad, ya que es capaz de influir y ser influenciado por ésta, al punto de transformar o ser transformado por la misma; es decir, así como la sociedad construye la subjetividad del infante, este también es capaz de cambiar los patrones culturales a través del tiempo, en el contexto en que esté inmerso. Esto es posible por medio de las vivencias o experiencias que se traducen en aprendizajes.


Frente a tal propósito, Cebotarev (2003) señala la importancia de definir la familia como un proceso dinámico de socialización, que debe ajustarse a las necesidades culturales que van emergiendo actualmente. Esto conlleva a la diversidad de estructuras familiares que buscan, desde su particularidad, satisfacer las demandas sociales e individuales.


Es relevante considerar las prácticas parentales que emergen al interior de la familia, dado que dentro de esta se dan las bases fundamentales para el desarrollo de los hijos; por tanto, en este apartado se hablará de dichas relaciones y prácticas. Las relaciones de conyugalidad, parento- filiales y fraternas son propias de la familia y la hacen diferenciarse de otras comunidades; este vínculo se establece mediante el amor, convirtiéndose en apego, sentido de pertenencia y lealtad entre sus miembros (Cadavid,1994).


Esta última, es decir lo parentofilial, designa específicamente la función que cumple la pareja al convertirse en padres; es decir, al adquirir la responsabilidad de cuidado, protección, autoridad hacia sus hijos, y la designación de roles, esto a partir del reconocimiento del otro (Cadavid, 1994).

Se dice que el desempeño de dichas funciones, bajo una buena comunicación, comprensión, aceptación y principalmente amor, entendiéndose como relaciones empáticas o afectivas, contri- buirá a un sano desarrollo biológico, psicológico y social de cada miembro que la integra.


Ahora bien, la paternidad hace referencia a componentes biológicos, emocionales, cognitivos y relacionales, que operan en la función materna y paterna; las cuales influyen en los hijos. En este punto se destaca una relación recíproca tanto de los padres hacia sus hijos, como de los niños hacia sus padres.


La labor de ser padre está vinculada con el cuidado y socialización de los hijos; en esta función se tienen en cuenta las necesidades físicas y psicosociales del niño, además las normas culturales. Cada padre es el encargado de escoger un estilo de crianza para así fomentar el desarrollo integral del niño y facilitar la edificación de la sociedad (Cebotarev, 2003).


De otro lado, Azar & Weinzierl (2005) describen cinco categorías de competencias parentales, las cuales son: educativa, sociocognitiva, autocontrol, manejo del estrés y social. La categoría educativa abarca el cuidado del niño, manifestación de las emociones y protección; la sociocog- nitiva se refiere a el reconocimiento del infante, es decir, darle el lugar de sujeto al niño y a las expectativas que los padres se hacen sobre las capacidades de su hijo; por otro lado, se encuentra el autocontrol, aludiendo al control de impulsos y siendo asertivos; también, está el manejo del estrés que indica el bienestar de sí mismo; y, finalmente, la social que apunta a la resolución de conflictos y a la empatía.


Antes de continuar, se precisa en lo afirmado por varios autores, al decir que el estilo parental más acertado es el autoritativo o autorizado, debido a que se conjuga y balancea el afecto y la norma, los cuales son componentes necesarios en la educación y el desarrollo de los niños. Richaud y Bei (2013), apoyados en Baumrind, definen los estilos parentales así: autoritativo o autorizado, padres que acompañan la educación de sus hijos y están dispuestos a negociar. Autori- tario, padres inflexibles, orientados a la norma y el control. Permisivo: padres enfocados única- mente en complacer. Indiferente negligente: padres ausentes o que no están comprometidos con la educación de sus hijos.


Sin embargo, a nivel conceptual, se evidencia una confusión al enmarcar la diferencia entre los estilos parentales; si bien Baumrind (como se citó en Richaud y Bei, 2013) menciona el autoritario como aquellos padres que se enfocan solamente en la implementación de normas, Bornstein y Bornstein (2014) precisan que las actitudes y prácticas parentales en este tipo de padres, es decir autoritarios, durante los primeros años de vida del niño, son determinantes para el desarrollo socio- emocional y cognitivo de los mismos.


Las dinámicas familiares conflictivas y el tipo de autoridad que los padres ejerzan con sus hijos pueden ser factores de riesgo para futuras problemáticas sociales a las que se exponen los jóvenes, por lo que probablemente no tendrán las suficientes herramientas para resolver los conflictos que les presenta el medio social. En varias investigaciones se ha encontrado que el modelo parental

autoritario, pero con un equilibrio entre el afecto y el control, permite que el niño tenga mejores habilidades interpersonales, bienestar emocional y menos riesgos de caer en problemas de droga- dicción, suicidio, entre otras. Esto se consolida con la idea que defiende Cuervo (2010):


La combinación de costumbres y hábitos de crianza de los padres, la sensibilidad hacia las necesidades de su hijo, la aceptación de su individualidad; el afecto que se expresa y los mecanismos de control son la base para regular el comportamiento de sus hijos. (p. 115).


Por último, sería prudente hacer una aproximación conceptual en la labor parental asociada al cuidado y socialización del menor, mencionada anteriormente; respecto a esta esfera, Moreno, Agudelo y Alzate (2018) aseguran que el cuidado comprende asuntos vinculares y procedimentales que establecen el elemento subjetivo al cual se le resta importancia socialmente.


En relación con dicha esfera se obtiene una investigación respecto al cuidado desde quienes lo reciben, en este caso los niños observaron las tres dimensiones del cuidado que en estos se contemplan: el material que implica un trabajo que fomente la relación entre los cuidadores con los niños, bien sea comprándoles juguetes que posibilitan entretenimiento y diversión. Por otro lado, se encuentra la dimensión económica, en donde los niños perciben que parte del cuidado implica un costo. Y, por último, la afectiva, que se trata del aspecto más nombrado que los niños distinguen o demandan; esta hace mención al reconocimiento del otro, dándole así un lugar y responsabilidad al niño en el entorno familiar y, por ende, en los sistemas sociales a los que pertenece; también, alude a la protección, el amor y acompañamiento que ellos necesitan para su desarrollo integral (Moreno et al., 2018).


De acuerdo con la misma investigación, se evidenció que los niños generan mejor empatía hacia el cuidado, basado en el ejemplo, el amor, la comprensión, el reconocimiento del otro, la comuni- cación, entre otras pautas de crianza que facilitan el desarrollo de los niños. Además, a la única forma de castigo que se hace referencia de manera negativa, es al que se realiza físicamente, en tanto puede generar resistencias en el proceso de cuidado (Moreno, et al., 2018).


De lo anterior habría que resaltar que en la familia es donde se tejen los primeros vínculos afectivos; por ende, dentro de la familia se dan las primeras relaciones de confianza, cariño, afecto y comunicación. Varios estudios aluden a que este vínculo se da inicialmente con la madre que, en un primer momento, es quien satisface todas las necesidades del niño, luego pasa a las demás personas que lo rodean y que ayudan en sus cuidados. El suplir las necesidades afectivas del infante contribuye al desarrollo de la estructura emocional del mismo (Pérez y Arrázola, 2013).

Suicidio una problemática vincular

Cada suicidio es una tragedia personal que se lleva prematuramente la vida de una per- sona, tiene una onda expansiva continúa y afecta enormemente a las vidas de familias, amigos y comunidades. Cada año se suicidan más de 800 000 personas, una cada 40 segundos. Es una cuestión de salud pública que afecta a comunidades, provincias y países enteros (Organización Mundial de la Salud -OMS-, 2014, p. 11).


Se entiende por comportamiento suicida a todas aquellas acciones que involucran pensamientos referentes al suicidio, denominados como ideación suicida, la planeación del mismo y el intento o la incursión del suicidio con resultado fatal. El suicidio es, entonces, la actuación de quitarse la vida voluntariamente. Conviene aclarar que los comportamientos que llevan a un intento de suicidio, incluyen lesiones autoinfligidas que no necesariamente provienen de una intención del mismo, lo cual complejiza la intervención y prevención frente a la problemática que se permea por ambivalencias de sentimientos o enmascaramiento (OMS, 2014).


Es necesario señalar dos tipos de componentes involucrados en el comportamiento suicida: por un lado, se encuentra la esfera cognitiva, lo que alude a los pensamientos suicidas; y por otro, están los factores sociales y familiares (Pavez, Santander, Carranza, y Vera, 2009).


Además, el sociólogo Durkheim (1897) hace referencia al suicidio vinculado a una serie de factores no solo individuales, sino también externos a la persona, que se convierten en detonantes de actos suicidas en determinada sociedad; estos comprenden aspectos económicos, climáticos y geográficos, la guerra, la religión, entre otros. En síntesis, la intención del autor es considerar al suicidio como un fenómeno social. Por esta razón, Durkheim (1897) alude al concepto nombrado anomia social o pérdida de identidad, que designa a las sociedades donde no se controla adecuadamente alguna situación con normas o leyes, o que estas últimas se contradicen entre sí; y que se manifiesta en el individuo como una pérdida de identidad.


Factores de riesgo

En lo dicho hasta el momento deben distinguirse los elementos detonantes frente al suicidio; por ejemplo, la falta de afecto familiar, una comunicación disfuncional y conflictos entre los miembros del hogar, son contingencias familiares que influyen en tales comportamientos (Larraguibel, González, Martínez, y Valenzuela, 2000). Además, para los fines del presente estudio, es necesario reseñar otras eventualidades al interior de la familia que perturban a los niños, las cuales se dan a través del vínculo que se establece entre el grupo familiar; por ende, cuando ocurre una ruptura, separación, muerte de un familiar, violencia intrafamiliar y abuso sexual, es posible que el infante experimente sentimientos de ausencia, culpabilidad y ansiedad; siendo vulnerable ante la problemática en cuestión (Martínez, Saltijeral, y Terroba, 1985).

Para complementar lo afirmado anteriormente Pérez, Rodríguez, Dussán y Ayala (2007) realizaron una investigación la cual asegura que, para determinar los componentes asociados al comporta- miento suicida, no sólo se debe pensar en factores individuales o personales, sino que se debe indagar siempre sobre aspectos sociales, ambientales, relacionales, y cómo estos se comunican entre sí. Por ejemplo, en dicho estudio se encontró que condiciones interpersonales y sociales, como pérdidas, relaciones conflictivas y desesperanza aprendida, transgreden los aspectos psico- lógicos de estas personas, aumentando el riesgo de recurrir al suicidio. Los sucesos que más se registraron fueron los conflictos familiares, sentimentales y problemáticas escolares.


A este propósito debe mencionarse el análisis realizado por Lieb, Bronisch, Höfler, Schreier & Wittchen (2005) acerca de la influencia que tiene la ideación e intento suicida en la madre sobre los hijos. Se encuentra que existe alto grado de riesgo de tener comportamientos suicidas en los hijos, cuya madre cometió intento de suicidio; este riesgo es menor, aunque igual se presenta en casos donde solo se habla de ideación en su progenitora sin haber ocurrido un intento. Ellos mencionan que la explicación a tales hallazgos no debe darse únicamente desde causas patológicas, sino que debe analizarse otro tipo de factores. Podría decirse entonces que esos factores pueden aludir a lo relacional o vincular.


Con todo lo anterior, se permite analizar la comunicación como factor influyente, que se presenta repetitivamente en diferentes casos, "algunos estudios han relacionado bajos niveles de comuni- cación entre padres e hijos con ideación e intento suicida" (Vargas y Saavedra, 2012, p. 24).


Existen otros detonantes de comportamientos suicidas, que van más allá de lo familiar; por tanto, si se observa la problemática del suicidio desde la perspectiva social, referida previamente, es importante considerar el juego como un factor determinante de dicho comportamiento en la niñez; este se trata de un modo de interacción que permite estar simbólicamente en otro rol, identi- ficarse con este, y dejar de ser para jugar a ser:


El factor de vulnerabilidad del niño y el adolescente tiene que ver con que la diferencia entre el yo y el otro en este período de la vida no tiene la misma claridad que puede lle- gar a tener posteriormente. Según el interaccionismo simbólico, los seres humanos nos hacemos a un yo jugando a ser otros (Carmona, Tobón, Jaramillo y Areiza, 2010, p. 40).


Si bien, el juego es una conducta saludable y necesaria para el desarrollo del ser humano, también trae consigo un factor de riesgo, específicamente en edades tempranas, donde se impacta en la subjetividad, y puede detonarse, en este caso, comportamientos suicidas, sin tener una causalidad patológica o en conflictos familiares.


Por otro lado, hay que entender otras variables sociales frente al suicidio, como lo es la estig- matización y los elogios. La primera afecta directamente a la prevención, debido a que muchas personas prescinden de pedir ayuda, por miedo a ser señalados, o las familias eligen manejar estas situaciones desde el secreto, por la misma razón (OMS, 2014). La segunda variable, tiene relación con las creencias culturales y morales, en las que promueve la inmolación como algo positivo, que se exalta y se admira (Carmona, 2012).

Con lo anterior se puede finalizar este apartado diciendo que el suicidio, al ser una proble- mática de salud pública, señalado por los diversos estudios como una de las causas de muerte más comunes a nivel mundial, donde sus tasas han incrementado notoriamente con el paso de los años, especialmente en la infancia y la adolescencia, inquieta la falta de métodos preventivos hacia el tratamiento de dicho comportamiento. Por tal motivo, se requiere mayor esfuerzo por parte de las entidades gubernamentales para reducir las disfunciones debidas a esta causa (Mosquera, 2016). Lo anterior, acentúa la importancia de la siguiente categoría que busca dar respuesta a lo mencionado hasta este punto.


Promoción y prevención asunto de todos

La Organización Mundial de la Salud ha hecho grandes esfuerzos para disminuir las cifras del suicidio en el contexto mundial; para esto busca intervenir en alianza con cada país, siendo los Estados responsables de ejecutar planes de acciones preventivas para reducir el suicidio– en un 10%, hacia el año 2020 (OMS, 2014). De esta manera, deben mencionarse los agentes que operan alrededor del comportamiento suicida, que protegen al sujeto y disminuyen la posibilidad de aparición de la problemática, o favorecen la intervención de la misma. La clasificación tanto de factores de riesgo como de protección se realiza teniendo en cuenta la familia, la comunidad y las instituciones formales e informales del Estado, abarcando los contextos económicos y ambientales (Corona, Hernández y García. 2016). De acuerdo a lo anterior, se pueden clasificar los factores protectores en: familiares, individuales, comunitarios e institucionales, dentro de los cuales se encuentran las creencias religiosas.


Respecto a los familiares es importante que estos elementos protectores se fomenten desde la infancia, especialmente por los integrantes del núcleo familiar o cuidadores; en este sentido, la presencia de cualquier factor protector está determinado por la labor que realice la familia en su interior, para que así el infante o adolescente pueda utilizarlo como mecanismo de defensa ante la aparición de alguna dificultad (Suárez-Colorado, 2012). En situaciones estresantes la familia se convierte en una fuente de seguridad y amparo para sus miembros, ofreciendo a la persona un apoyo persistente que permite compartir las dificultades y fomentar la solución de los problemas propios de la convivencia (Andrade, Bonilla y Valencia, 2010).


Los estudios encontrados indican la relación existente entre la problemática del suicidio y las prácticas parentales que se dan al interior de la familia; es decir, la comunicación asertiva, la participación de los hijos en las decisiones familiares, la buena relación de los padres e hijos, las expresiones de afecto, la implementación de la norma, el cuidado parental, los vínculos afectivos estables, la cohesión familiar con grupos de iguales, y el apoyo familiar y comunitario (Florenzano et al., 2011; Fondo de las Naciones Unidas por la Infancia -Unicef-, 2017; García, Pretel, Rodríguez y Suta, 2015; Mosquera, 2016). Así mismo, los hallazgos de la investigación de Verdugo y Sabeh (2002), señalan la percepción que los niños tienen sobre su calidad de vida; si bien esta perspectiva contiene múltiples factores, el vínculo de estos infantes con los adultos significativos es el más mencionado por los niños; ellos enmarcan implícitamente la calidad de vida en términos de satis-

facción e insatisfacción; en este sentido, cuando las dinámicas relacionales se desenvuelven positivamente al interior de su familia, los niños experimentan un buen ambiente, en el cual pueden aprender y madurar a lo largo de sus ciclos vitales.


Por otra parte, dentro de los factores protectores individuales se encuentran los hábitos de vida saludable, alimentación sana, prácticas de sueño reparadoras, carácter positivo, apropiadas aptitudes sociales, sentido de esperanza y optimismo, autoestima adecuada, autoconcepto positivo, autocontrol emocional, adaptabilidad, nivel de educación alto, existencia de proyecto de vida, inteli- gencia emocional y habilidades de resolución de conflictos (Corona et al., 2016; Mosquera, 2016; Suárez-Colorado, 2012).


A nivel comunitario, estos factores se refieren entonces a prácticas deportivas que incluyan a los niños y adolescentes, apoyo social, oportunidades educativas o profesionales, construcción de espacios públicos seguros y oportunidades para el desarrollo económico sostenido (créditos y capacitaciones) (Corona et al., 2016).


Tales factores de protección, en términos institucionales, sugieren fundar organizaciones basadas en las necesidades de las personas, que ofrezcan buen trato, formación y capacitación de prevención primaria con personas en riesgo y con trastornos emocionales; Instituciones que permitan la atención a personas con discapacidades, minorías étnicas y promotoras de la respon- sabilidad social por la salud mental de la población (Corona et al., 2016).


Por otra parte, un factor protector, mencionado en varios artículos hallados, fue la moralidad y las creencias religiosas, asociadas a las prácticas que se utilizan cuando se pertenece a un grupo (Andrade et al., 2010; Antón-San Martín et al., 2013). Con respecto a la moralidad, Wolin y Wolin (como se citó en Andrade et al., 2010) refieren que esta es el anhelo de tener una vida personal satisfactoria, lo que se relaciona con las creencias religiosas, debido a que la religión es el acto de unir, por lo que la vida religiosa congrega la norma moral individual con la norma social comunitaria, y conlleva el encuentro afectivo, el apoyo emocional, la atención en crisis y el apoyo grupal, lo cual influye en la aprobación de normas de convivencia, transformándose en un componente importante para el desarrollo psicosocial, la maduración psicológica y la adaptación social.


El hecho de tener estables creencias religiosas provee estabilidad y sentido de vida, por lo que las objeciones morales se relacionan con condiciones afectivas familiares, que conllevan una significativa relación con la responsabilidad familiar, el rol social y los hijos. En este sentido, se supone que el comportamiento suicida altera las normas establecidas socialmente, lo que impacta negativamente el sentido de la realidad de las familias y la sociedad, y desintegra la cohesión de los vínculos; así las cosas, atentar contra sí mismo, como solución de un problema doloroso, conlleva a un falseamiento moral y a una debilidad en las habilidades de afrontamiento (Andrade et al., 2010).

Consideraciones finales


Cabe concluir que las dinámicas familiares conflictivas, y el tipo de autoridad que los padres ejerzan con sus hijos, pueden ser factores de riesgo para futuras problemáticas sociales a las que se expo- nen los jóvenes, por lo que probablemente no tendrán las suficientes herramientas para resolver los conflictos que les presenta el medio social. En varias investigaciones se ha encontrado que el modelo parental autoritario, pero con un equilibrio entre el afecto y el control, permiten que el niño tenga mejores habilidades interpersonales, bienestar emocional y menos riesgos de caer en proble- máticas de drogadicción, suicidio, entre otras.


Igualmente, la sensibilidad que tienen los padres para suplir las necesidades de los hijos, y el reconocimiento y lugar de sujeto que se le establece al niño desde el afecto y la disciplina son elementos socializadores que los padres utilizan para regular el comportamiento y facilitar el desarrollo de habilidades sociales en ellos; además, resalta la necesidad de crear conciencia en las familias en relación con la responsabilidad que tiene frente a la salud mental de sus hijos, debido a que es el grupo principal que promueve estilos de crianza protectores.


Nuevamente podríamos decir que el ambiente familiar explica gran parte de las causas de un intento de suicidio en los niños, adolescentes y adultos, debido a que investigaciones realizadas sobre el vínculo que se establece en edades tempranas con los cuidadores y su relación con el suicidio, muestran que dicha relación puede ser factor de riesgo o protector para un posible acto suicida en edades posteriores.


Para finalizar, es necesario que se sigan realizando investigaciones frente a esta problemática, pues las cifras van en aumento y cada vez más apuntando a edades tempranas; además, es indis- pensable la implementación de más programas preventivos, adquiriendo un compromiso no solo en el contexto mundial, desde los Estados, sino también partiendo desde las familias, las acciones de los profesionales y los grupos comunitarios.


Conflicto de intereses:


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