Fundación Universitaria Luis Amigó
 
    NÚmero 14 • DICIEMBRE 2007
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José Fernando Patiño Torres                

Psicólogo, Mg en Psicología. Docente de Tiempo Completo Universidad de San Buenaventura–Cali

Investigador grupo Estéticas Urbanas y Socialidades–Universidad de San Buenaventura. Miembro del grupo Cultura y Desarrollo Humano– Universidad del Valle

Re - Invento #21

Tatiana Parcero

Juventud Contemporánea y Universidad: ¿Un Encuentro Posible?

 

ABSTRACT.

El presente texto reúne las reflexiones del autor en su estudio acerca del conflicto actual entre la juventud contemporánea y la institución universitaria. Lejos de ser una cuestión nimia, se evidencia cómo existe una fractura fundamental entre la identidad juvenil heredera del movimiento posmoderno y las prácticas y sentidos de la universidad como heredera de la sociedad disciplinaria, hallazgo que confronta de manera crítica el papel social de la educación superior y el sentido contextuado de la profesionalización.
 

En el presente documento, atenderé de manera breve un fenómeno de sumo interés para Colombia y Latinoamérica: las divergencias y convergencias entre la juventud contemporánea y las instituciones de educación superior, una problemática que hemos venido estudiando desde la Universidad para la cual trabajo y también al interior de las reflexiones del Grupo de Investigación Cultura y Desarrollo Humano de la Universidad del Valle.

Si revisamos por un momento el asunto, nos damos cuenta de que ambas cuestiones tienen en la actualidad una relevancia en lo absoluto nimia: por un lado, la universidad después de los años cincuenta se ha erigido en Colombia como la institución encargada de formar sujetos profesionales que sean los garantes del desarrollo social, económico y cultural de un país aquejado por la pobreza, la violencia, la desigualdad social y los bajos niveles de escolaridad. Por el otro, está la juventud, grupo poblacional que se torna central y protagónico en la década de 1990 (Martín-Barbero, J., 1998), lo cual es visible en el incremento inusitado de estudios e investigaciones en toda Colombia sobre el particular (Escobar, M.R., 2003), así como la formalización de un viceministerio de la Juventud en el mismo período.

Podríamos decir que a nivel nacional e internacional, la juventud se constituyó como aquella condición hegemónica deseable, sobre la cual se rinde un culto permanente a través de los medios masivos de comunicación, y la universidad igualmente se estableció como un escenario relativamente obligante – dependiendo de la clase social y el capital cultural del sujeto – mediante el cual aquellos jóvenes deben construir competencias para su propia vida y realizar un proyecto significativo.

Si bien ha sido usual la difusión de cifras que intentan alentar el asunto, por el crecimiento notable del número de niños y jóvenes que hoy pueden acceder a la escolarización básica, media y superior, como lo ha hecho en buena medida la publicación Boletín de Educación Superior del Ministerio de Educación ( www.mineducacion.gov.vo ), el análisis no puede de todas maneras ser tan simple e ingenuo.

Para ampliar nuestra mirada, debemos comprender no solamente el histórico aumento porcentual de personas que ingresan y egresan de la universidad, sino también todas las variables que se ponen en juego en esta trama contemporánea: el deseo de movilidad social, las competencias que se construyen en el bachillerato, el deseo sobre una profesión, el porcentaje de sujetos que ingresan y que terminan la profesionalización con respecto a aquellos que no tienen dicho acceso y la inserción laboral, entre otras.

En función de proporcionar el calentamiento argumentativo necesario para el debate en este documento, me permitiré a continuación exponer algunas consideraciones sobre lo que es la juventud y la universidad, intentando posteriormente mostrar que el maridaje de esta díada está lejos de ser una ficción “color de rosa” como en algunas ocasiones los medios y ciertos entes gubernamentales y no gubernamentales intentan mostrar.

Escribir sobre qué es la juventud, suele ser una cuestión compleja y conflictiva en tanto como investigadores sociales no podemos estar realmente satisfechos con las explicaciones biologistas que la definen como una franja cronológica de los 18 a los 25 años. Tampoco nos parecen satisfactorias las premisas jurídicas que establecen linderos entre la niñez y la adultez a partir de la tan conocida mayoría de edad, por lo cual este camino es prontamente abandonado. Y entonces, ¿qué nos queda para comprender las juventudes en plural?

Nuestra opción en este caso es recurrir a la ciencia social, iniciando con Margulis y Urresti (1998) quienes nos muestran que ser joven se puede comprender a partir del concepto de moratoria social que define aquel tiempo que tienen ciertos sujetos para dedicarse exclusivamente a su formación escolar, sin atender responsabilidades adultas tales como la inserción laboral, el pago de una vivienda, una alimentación y el sostenimiento de una familia. Esta moratoria social habría sido, según los autores, el resultado de los movimientos sociales, económicos, políticos y culturales del Occidente de los siglos XVIII y XIX, época en que se gesta un zeitgeist tendiente a la industrialización y por consiguiente a la generación de una nueva franja temporal para que los jóvenes, nuevos sujetos de esta parte de la humanidad, pudieran formarse a partir de las competencias que eran ahora exigía el mercado laboral.

De otro lado, Martín-Barbero (1998) nos comenta que ser joven es parte de una categoría social que se entiende desde lo que él denomina como palimpsestos de identidad , concepción que de alguna manera desafía lo que hasta ahora los adultos habían construido para hablar de lo identitario en un sujeto, en el sentido en que emerge de un movimiento globalizador que des-historiza y des-territorializa los psiquismos y las inter-subjetividades. Así, el ser joven estaría más ligado a los tiempos cortos, la satisfacción inmediata, la destrucción de la memoria, los bienes simbólicos, lo audiovisual, la hegemonía del cuerpo, todo ello conectado de forma divergente en una cultura de la fragmentación .

No obstante, esta caracterización básica que aquí se expone sobre las juventudes no puede leerse a la luz del pensamiento adultocéntrico, plagado usualmente de ilusiones sobre estabilidad, sedentarismo, trabajos vitalicios e instituciones arraigadas a cierto espíritu tradicionalista como la iglesia, la familia, la factoría, la escuela y la universidad. Por el contrario, Margaret Mead (1977) nos ha explicado con fascinación que los jóvenes de las últimas décadas no hacen parte de una condición patológica y mucho menos errada, y por lo tanto debe entenderse que son sujetos que se han producido en medio del pasaje de una cultura post-figurativa - que erigía la crianza y la construcción identitaria a partir de los padres y abuelos – hacia una cultura pre-figurativa – que asienta la construcción del sujeto en los pares, amigos, parches y otros movimientos de orden horizontal. Harvey (2004) por su lado complementa diciendo que la juventud, en algún sentido postmoderna, sería el resultado de todas las transformaciones que se han gestado entre lo global y lo local, lo individual y lo social, el capitalismo y el proteccionismo y las dos guerras del siglo XX, que incidieron de manera radical en la caída de las verdades y los metarrelatos que instauró el pensamiento modernista (Lyotard, 1986).

Con todo este panorama, podríamos decir que los jóvenes de clases media y media-baja, que hacen parte de nuestra universidad, se caracterizarían a partir de:

•  Identificaciones múltiples.

•  Nomadismos urbano, nacional y global.

•  Tribalismos.

•  Vagabundeos ciber-espaciales.

•  Pensamientos a plazos cortos.

•  Aprendizajes brillantes en lo audiovisual.

•  Toma de distancia de las instituciones modernistas como el matrimonio, la familia y la iglesia.

•  Relaciones efímeras, en función de un goce que no se proyecta hacia al futuro.

Partiendo de esta caracterización, no nos es difícil enunciar ahora las dificultades que se instalan cuando somos conscientes de que estos jóvenes que habitan el umbral modernismo/post-modernismo asisten a instituciones educativas – básica, media y superior – con prácticas y sentidos de una sociedad estrictamente disciplinaria. ¿No sería acaso un sinsentido el contar con sujetos cuyos pensamientos e identidades híbridas viajan a velocidades globalizantes y quienes tienen que hacerse parte de espacios tanto físicos como simbólicos que aún proponen el culto a la estabilidad, las verdades absolutas, el saber y la pedagogía vertical y la disciplinarización del sentido, el cuerpo y el placer?

Esta fractura que vivimos actualmente entre una juventud que ya se incorporó a una sociedad del control como lo definiría Foucault (1992), y que ya vive la sociedad del riesgo como lo plantearía Martín-Barbero (2002) retomando a David Harvey, y ciertas universidades que añoran y sueñan con la utopía del regreso al modernismo junto con las relaciones autoritarias desprovistas de sentido, nos propone que tenemos en la actualidad retos valiosos de ser primero comprendidos y luego asumidos desde una mentalidad que esté dispuesta a aceptar la castración narcisista que implica el sabernos en tiempos de fragmentación.

Siendo así la situación, la universidad estaría abocada, si pretende continuar siendo una institución garante de buena parte del desarrollo social, económico y cultural de las naciones (que también ya están desapareciendo para darle paso a comunidades más grandes como la Comunidad Europea ) a enfrentar conflictos de gran envergadura como lo son:

•  Deserción escolar.

•  Baja motivación de un número significativo de los estudiantes de carrera.

•  Escisión entre los conocimientos impartidos y las competencias requeridas en el mercado laboral.

•  Baja flexibilidad curricular.

•  Rigidez y obsolescencia en las prácticas pedagógicas y evaluativas.

•  Baja inserción laboral

Estamos lejos de resolver la fractura fundamental que aquí se enuncia, y más cuando sabemos que las subjetividades se mueven con mucha más agilidad que las instituciones sociales tradicionales educativas que parecieran ser la mímesis de un dinosaurio fosilizado. No obstante, la lejanía del reto o lo que hemos llamado el encuentro posible , deberá exhortarnos a darle lugar a la otredad, a la singularidad y a la divergencia de la vivencia juvenil, que nos anuncia de múltiples formas que el mundo, más que ser tierra firme y segura, es un sin lugar de arenas movedizas.

LISTA DE REFENCIAS

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•  Bourdieu, P. & Passeron, J.C. (2003). Los estudiantes y la cultura . Buenos Aires , Siglo XXI.

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•  Elias, N. (1987). El proceso de civilización . México, Fondo de Cultura Económico.

•  Escobar, M.R. (coord.) (2004). Estado del arte del conocimiento producido sobre jóvenes en Colombia 1985 – 2003. Programa Presidencial Colombia Joven – Agencia de Cooperación Alemana GTZ – UNICEF Colombia.

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