| La historia de la humanidad narra episodios crueles y desgarradores frente a aquellos que resultan ser residuos de sociedades en progreso. Uno de ellos habla específicamente del horror vivido en el “Nuevo Mundo” en el siglo XV, cuando Fray Bartolomé de las casas fue enviado a América; éste expide un mensaje conmovedor a los reyes de España donde cuenta en detalle las humillaciones de las cuales estaban siendo objeto los indígenas, y a su vez propone una solución a dicha infamia: importar negros africanos que se dedicaran a las labores encomendadas a los indígenas.
“15 millones de personas, fueron cazadas en África y vendidas como esclavos”, cuentan los historiadores. Hecho que duró alrededor de cuatro siglos más. Su arribo a tierras nuevas lo realizaban por mar en un transporte que denominaron “los barcos negreros”.
Pero no solamente ellos han sido objeto de la degradación al ser despatriados de sus tierras, humillados y siendo sujetos de los tratos más infames conocidos. Existe información de un último barco de exiliados de la guerra civil española en el año de 1939, donde iban hacinadas más de 2600 personas. Al llegar a un puerto fueron detenidos a la entrada, sin poder descender durante 30 días más, aumentando la zozobra y el desconcierto en ellos.
Esto me lleva a pensar en Foucault, quien en su texto Historia de la locura en la época clásica, tomo I, introduce el tema a partir de los barcos donde eran llevados los considerados locos de la ciudad para librarse de su presencia, operando a su vez como forma de curación. Y así podría continuar con la narración de momentos importantes en la construcción de la humanidad, donde se ha establecido un cordón de defensa hacia el mismo hombre de modo en que no interfiera en su bienestar.
De esta manera me he encontrado con “ los parias ”: “personas excluidas de las ventajas de que gozan los demás e incluso de su trato, por ser consideradas inferiores”, según la acepción que aparece en el diccionario de la real academia española; individuos sin casta, para los hindúes y para mi que ando de a pie, los indigentes de la ciudad . Estos han de figurar con este nombre en mi discurrir literario; ellos que por carecer de los medios para poder subsistir se encuentran excluidos de las diversas esferas sociales.
Pienso, entonces, en todos los sujetos que la sociedad acordona, aísla e ignora, como esto los ha llevado a ser relegados, arrojados, apartados y devorados del ideal de ciudad. Y me allega a la memoria Grenouille , el personaje de Patrick Süskind, en El perfume: historia de un asesino (2001). Grenouille un ser despreciable, insignificante que reivindica un lugar para si, después de ejecutar sus misteriosos y variados crímenes, logra encontrar una fragancia que despierta cierta pasión inconcebible y desenfrenada en los ciudadanos, robándole a la época lo normativo y lo pecaminoso, es decir, la culpa; trasgrediendo de esta forma los cánones de la ley moral. Recuérdese que esta época se inscribía en la hegemonía del cristianismo. Logrando entonces despojarse de lo suyo, ya que su existencia se convierte en inútil al ser amado y venerado, abrazando el anhelado mundo de la perfección, del deseo y allí en ese mismo instante de gloria, se arroja
Hace pocos años en Medellín, por el penoso y desconcertante afán de colonizarnos, se presento un macabro evento como los descritos anteriormente. Esta época fue de horror para algunos y paradójicamente de complacencia para otros. La mal llamada “limpieza social” que condujo a cometer crímenes abominables de los que la historia se va a encargar.
Se segaban la vida de personas que no estaban incluidas en el orden social del momento. Es por ello que las esquinas de los barrios se vieron teñidas de sangre, los lugares de abastecimiento de drogas y todo aquello, que indicara que un “desechable”, como se les denominó a los indigentes, empañara el panorama perfecto de una sociedad que no quería asumirse como decadente.
Los parias comenzaron a sentir un gran y pasmoso temor, y, al llegar la noche buscaban como siempre donde refugiarse, ya no de las inclemencias del clima sino de lo inclemente de las balas y otros objetos que atravesaban sus cuerpos sucios y desdeñados, pero que aun sentían, palpitaban y vivían. Ajusticiaban cruelmente su condición de paria.
Para el momento crucial por el que transitaba la ciudad, en el apogeo de la modernidad y su desarrollo, era impensable tener un paisaje tan desconsolador y ambiguo que no concordara para nada con el titulo del cual era objeto y merecedor “la ciudad de la eterna primavera”, donde el sol cada mañana salía por oriente y se ocultaba en la tarde por el occidente. Las calles de la ciudad eran engalanadas por las flores amarillas de los árboles de Guayacán y los cultivos imperiosos de flores de Santa Elena. No, por el contrario, sería nombrada la ciudad de los eternos superfluos. Superfluos o parias por ser ellos quienes sobraban en el tejido armonioso e ideal de la sociedad, dando cuenta de lo ordinario y banal de su condición. Empañando todo un sortilegio que calificaba la cotidianeidad de ésta; las mujeres hermosas, los hombres pujantes, los paisajes celebres, su clima fascinante, entre otros aspectos que hacían honor a su calificativo. Imperaba el desorden, el caos se apoderaba de la ciudad y todo "residuo", como lo nombra Zigmunt Bauman, debía ser confiscado en un solo lugar, para dar la apariencia de limpieza, de belleza. Igualmente como ocurre hoy, fueron desplazados de su lugar de predilección, arrojados a las peores (aunque ya pertenecían a ellas) cloacas de la ciudad y lo que es peor, borrados de ésta.
Para referirse a los parias se utilizó el sinónimo de “desechables”, de acuerdo al diccionario de la Lengua Española es la designación que recibe lo excluido, lo menospreciado. Dejar una cosa de uso para no volver a servirse de ella. Ser desechado como si se fuera una botella no retornable, una jeringa ya usada, un plato de plástico, es decir, “una mercancía poco atractiva sin compradores o un producto inferior o manchado, carente de utilidad, retirado de la cadena de montaje por los inspectores de calidad”, en palabras de Bauman (2004. Pag. 24).
Podría decirse que estos inspectores eran todos aquellos elegidos, no se por quien, que colocaban la marca, el estigma, el rótulo en la frente de los residuos sociales, ya que en su momento, probablemente, estos parias habían sido parte de el crecimiento económico de la ciudad, pero luego, por diferentes circunstancias, habían pasado a ser parte del problema que detenía el desarrollo social y económico de ésta.
Se requería entonces de una sumatoria predominante de agentes sociales que aportaran a la economía y al desarrollo de la sociedad en vías de ocupar un lugar privilegiado en la idea de un “Estado de Bienestar”, un Estado Social que “contraataca y neutraliza los peligros socialmente producidos por la existencia individual y colectiva” reduciendo los riesgos sociales que hablaban de la pobreza y sus consecuencias, para de esta manera atraer la mirada de los turistas nacionales e internacionales. No había de otra, era necesario acordonarlos, para así poderse inscribir en el imperativo categórico de la globalización.
Reinaba entonces un juego de poder soterrado, por un lado aquellos que detentaban el implementar el terror y por el otro una minoría que buscaba hacer un señalamiento hacia una sociedad no tan armoniosa y amable, como quería presentarse, sino más bien una sociedad acaecida por sus síntomas sociales.
El paria, el indigente es el portavoz de una sociedad abrigada por el mercantilismo y el consumo, el portavoz de una sociedad en decadencia:
“No pido a la gente que me ampare porque sé que mi rebeldía a los cobardes les espanta. Mírame de frente, paria soy yo, pero y qué, más lacre y más remiendo tienen dentro los que mandan”.
Aunque hagan de mi un bandolero universal y me dejen fuera de la gloria de occidente, todos saben bien que yo en el fondo no soy más que el que desenmascara su maldita y decadente sociedad…”
Reza la comparsa de los parias dirigidos por Juan Carlos Aragón (2004).
De esta manera se puede observar como estos residuos de la sociedad han intentado por años reivindicarse como sujetos de derechos. Ello ha llevado a que algunas agendas de gobierno abran espacios para la discusión e implementación de programas que vayan en pro de la solución de dicho fenómeno, pero lo desalentador de ello, es que los esfuerzos quedan a mitad de camino, ya que todo depende de los gobernantes de turno y sus propuestas en cuanto a políticas de desarrollo social.
Entonces, ¿qué hacer? La respuesta dada a este interrogante no debe ser sacada del sombrero de algún mago divertido, ha de pensarse seriamente desde los pro y los contra que trae consigo el fenómeno de la indigencia. Podría pensarse que la ciudad necesita de estos sujetos para dos asuntos fundamentales. El primero para otorgarle un lugar de salvador a todos aquellos que extienden su mano para ofrecer una moneda desprovista de afecto, y reconocimiento más bien es como una manera, o así se podría leer, de subsanar culpas frente a su responsabilidad o el temor de llegar a experimentar dicha situación o bien para sentir que contribuyen con “un granito de arena” a la solución de un problema que crece; y segundo, para que los recaudos realizados a partir de los impuestos y los dineros asignados a las ciudades se vean en ejecución por medio de programas que brinden alimento, medicina, agua y jabón. Incluyéndolos, en cierta medida, al juego de la ciudad, una ciudad que requiere de consumidores y no de subsumidores como parásitos que se abastecen del medio para poder subsistir.
Es bien sabido por muchos que los parias aprovechan su condición de excluidos, de despojados de derechos para obtener los favores que de otra forma no obtendrían, un saco viejo, un pan, una moneda, mostrando la llaga que poco le duele a ellos, pero si mucho a la sociedad, algo así como un habitus o estilo de vida, parafraseando a Bourdieu, “una división de clases lógicas que organiza la clase social” desde el ser, pensar, sentir y actuar, como una forma de “autoexclusión”, ya que de ésta manera se les hace responsables a ellos de su condición, pero no olvidando que están sujetos a un entorno social del cual son productos (aunque también productores), siendo llevados a partir de los mismos habitus a ocupar un lugar, a ser un producto histórico y constructor de historia.
Los parias se sirven de las circunstancias y los momentos históricos de las ciudades para visibilizarse; en unos momentos son pensados, expuestos a la luz; en otros, para conveniencia de muchos, son ocultados; no se podría olvidar la visita de los reyes de España a la ciudad de Cartagena en el presente año: se les ocultó en un lugar del cual no podían salir para no desmentir el panorama que se pretendía presentar. Una ciudad que no dice su pasado, “lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles, en las rejas de las ventanas, en los pasamanos de las escaleras, en las antenas de los pararrayos, en las astas de las banderas, cada segmento surcado a su vez por arañazos, muescas, incisiones, comas” , como bien la describe Ítalo Calvino en su texto “ Las ciudades invisibles ” (2004. Pag.26) una realidad que se aleja de lo ya inscrito, los “barcos negreros” a
“Por las calles de la tierra van los PARIAS caminando.
No terminará la guerra mientras sigamos luchando.
Y luchando seguiremos hasta que la guerra acabe con los PARIAS en el reino de la puñetera calle, la puñetera… ¡la calle!”
Juan Carlos Aragón (2004) nos ratifica que las calles les pertenecen, transitan como hojas al viento por ellas, mostrando su miseria, lo enajenados que se sienten de una sociedad, una sociedad que poco quiere saber de ellos.
Ahora bien, ¿qué función puede cumplir un psicólogo social en la vida de los parias? Para la construcción de ciudad se toma en cuenta el accionar de cada uno de los entes que convergen en el llamado activo hacia la construcción del tejido social, un tejido social que toma como punto de partida las relaciones intersubjetivas, las interacciones que observan detenidamente la vida de los grupos humanos y del comportamiento del hombre, frente a una sociedad dinámica, transformadora, propositiva, reivindicadora. El psicólogo social no se puede enajenar de su función política, de su postura frente a una realidad que se construye a través de las interacciones, del reconocimiento del otro, del lugar que ocupa el otro, de los derechos del otro, de lo que representa el otro. No podrá salvar a la ciudad de los parias y a los parias de ésta, pero si reconocer que los asuntos que le son inherentes a lo humano no pueden ser abandonados a su propia suerte.
Y como Grenouille en El perfume, comprender que “la ciudad se te aparece como un todo en el que ningún deseo se pierde y del que tu formas parte y como ella goza de todo lo que tú no gozas, no te queda sino habitar ese deseo y contentarte” (Calvino,1990. p.27) , apostarle, creerle. Como bien lo expresó en diciembre del 2006 un indigente en el sector del hueco cuando bajaba caminando a prisa con una bolsa plástica negra en su mano y $105.000 que le habían sido dados, según él, por una señora a la que muy comedidamente le había botado unas bolsas que contenían basura, “ para que vean que nosotros también tenemos derecho ”, de esta frase nace este ensayo, de esta frase imborrable, acusadora, reivindicadora, parte la responsabilidad como sujeto y futura psicóloga con énfasis en psicología social de la ciudad a visibilizar LOS PARIAS , aquellos que mortifican a unos y a otros. Y yo que ando de a pie, y no en uno de los barcos, continuaré observando activamente todo aquello que se inscribe en el orden de la ciudad. |