| La juventud marca estados y momentos de la vida, en los que la búsqueda y la construcción de la realidad toma un matiz de intensidad en el deseo de creación y transformación del mundo externo, como proyección de las transformaciones psíquicas e integrales propias del “ser joven” o “sentirse joven”. Inaugura un momento de la vida en el que la creación de identidades y realidades teje el camino hacia la integración, hacia la unidad del ser con su contexto social. Camino en el que la creatividad funciona como un puente que integra las expresiones inconcientes que lindan con los temores y la sombra, para buscar estados de conciencia traducidos en visiones de futuro que se representan a través de múltiples expresiones juveniles que pretenden construir identidades desde sentidos propios.
Los intentos de creación inician con trasformaciones estéticas y físicas, desde la forma de vestirse, peinarse y agruparse. Para representarse y referenciarse desde un lugar propio. Paradójicamente en esta necesidad de autenticidad y de seguridad el joven termina uniformándose entre sus pares demostrado que su llamado al mundo es por la seguridad y la protección, que en un principio sólo pueden manifestar desde la configuración estética del universo físico que significa la necesidad de ser vistos.
El universo representacional del joven cobra vida en su cuerpo, porque es desde él que la vida empieza a transformar su subjetividad. Y como lo nombran las 7 autoras de Agenda Mujer 2007: “El cuerpo es la sede de la identidad primera, la del genero humano, todo, es el lugar donde nos reinventamos, desde donde damos paso a nuestras transformaciones. En él somos tierra, subfondo y cielo. Y el cuerpo es el lugar del rito, el es nuestra escena donde el tiempo eterno puede llegar a ser vivido y experimentado”.
El mundo juvenil se torna completamente visible en la creación grupal del joven, en esas diversidades informales que se ven en las esquinas, los parques, los bares, la salida del colegio etc. Y la pluralidad de los grupos organizados; juveniles, culturales, religiosos, deportivos etc.
Sin embargo, algunas miradas no comprenden que sus intentos creativos no nacen de una rebelión, sino que representan una transición. Obstaculizando el devenir natural de la tendencia del ser humano a agruparse, a través de la crítica y desde ahí “cortan” la función social de la tradición. Los jóvenes no logran conectarse con las visiones de los otros que acumularon un saber – tradición - porque no les es transmitido, al no comprender hacia donde apuntan sus intentos de creación en lo social.
La dificultad de la transmisión del saber generacional se hace evidente en la medida que se acumulan saberes que no se entregan, no se comparten, se corta la tradición ante la dificultad de las generaciones de comunicarse. Los jóvenes no se identifican con sus padres, no quieren saber nada de una tradición que está siendo representada por figuras que les enseñan a temerle a la vida.
Por esta razón, se instaura una brecha entre generaciones, paradójicamente una pérdida del límite entre generaciones y una lucha por el reconocimiento en la que jóvenes y adultos no se encuentran porque no saben como acompañarse en su proceso de vida.
La sola enunciación del significante juventud plantea ya un problema, por la dificultad que han tenido las disciplinas a la hora de conceptualizarlo. Los debates han girado en torno de lo biológico, psicológico, cultural, social, la transición, la crisis y el sin sentido.
Sin embargo, como dijo José Antonio Islas Citando a Borges en un foro en México sobre Juventud: “En cuanto al concepto de juventud como ya lo había advertido Jorge Luís Borges: El sustantivo se forma por acumulación de adjetivos (Borges, J. L., 1984: 29); y este a acumulado tal cantidad de adjetivos, que ha empañado totalmente su delimitación que, dada su flexibilidad, ya puede significar lo que sea”.
Socialmente han sido muchos los que han definido la juventud como la época del “sin sentido”, desde el desconocimiento y el temor que genera la condición de cambio y transformación en la vida del ser humano. Condición que el joven hace visible, a través de la soltura de su lenguaje, la espontaneidad de sus respuestas y la crítica al orden establecido. Los jóvenes interpelan la sociedad para construirla porque necesitan sentirse y hacer parte de ella, pero algunas instancias de esta, los silencia con los lenguajes acabados, de saber y omnipotencia que les dan a entender que no hay nada nuevo que hacer, porque ya existe una construcción social y ellos deben adaptarse.
Precisamente, en esta tarea los jóvenes al no encontrar en el contexto social prácticas rituales establecidas que les permita conectarse con su universo de cambios y transformaciones han instaurado fenómenos rituales, en su compartir grupal cotidiano que les permite crear alternativas que les brindan seguridad y un mínimo de certezas para acompañarse e integrarse a una sociedad que desconfía de ellos, y en la que terminan desconfiando de sí mismos.
La puesta de vida entre jóvenes y adultos realmente se tornó en una lucha por el significado, que demuestra la debilidad de la construcción entre opuestos. La psicología Junguiana propone un sentido temporal dialéctico que implica la idea fundamental de que, en todo opera el principio de los opuestos . Este principio es para Jung , la ley inherente a la naturaleza humana: La Psique es un sistema de autorregulación, y no hay equilibrio alguno ni sistema de autorregulación sin lucha de opuestos. Sin embargo Jung Afirma, en la obra El mito del sentido, que la reconciliación de los opuestos es una meta que aún se encuentra en un futuro distante. A pesar de todo el conocimiento y la lucha del hombre por alcanzar la unidad. El mundo se escinde en dicotomías ideológicas, la ciencia esta fragmentada y el hombre sufre de disociación psíquica. Este es precisamente el sufrimiento que la psicología Junguiana en su trabajo práctico busca enfrentar. Alentando al hombre a tomar conciencia de los opuestos, dentro de sí mismo y a sobreponerse a ellos. Jóvenes y adultos necesitan ser guiados en este proceso de concientizaciòn, para “liberarse” de los abismos generacionales y sentir la vida desde momentos y estados que se complementan mutuamente, sin necesidad de destruirse porque amor – odio, vida – muerte, alegría – tristeza, jóvenes – adultos son opuestos que forman parte de un todo que se hace y se transforma desde la dialéctica de significados inacabados.
Nuestras culturas primitivas lidiaron con la lucha entre opuestos a través de ritos de paso que Van Gennep denominó como un acompañamiento a cualquier tipo de cambio significativo, que le permite al individuo asumir un nuevo rol, lugar y responsabilidades. Los ritos de paso tenían entonces como propósito conducir al joven a su posición de adulto y a la entrada en el grupo religioso y social. Se materializaban a través de pruebas individuales y colectivas que los jóvenes debían superar después haber vivido un proceso de formación. Finalmente una ceremonia dirigida por los mayores más respetados de la tribu, daba la apertura al reconocimiento de un nuevo estado socialmente aceptado en la vida del joven.
En nuestra cultura los jóvenes crean sus propios ritos de paso, sin ser guiados por figuras de autoridad y socialmente tramitan ritos impuestos por la cultura sin comprender su función simbólica. A diferencia de las culturas primitivas en las que los mayores facilitaban y ordenaban la ejecución de los rituales.
Los ritos de paso en la pubertad señalan un cambio en la identidad social de la persona y coinciden generalmente; dependiendo del contexto social en el que se desarrolla el joven. Con las primeras apariciones de la menstruación y los rasgos físicos que empiezan a detonar un cambio y que repercuten en la estructura psíquica del sujeto. Proporcionan el tiempo y el espacio para asumir un “salir” y “entrar” y enseñar nuevas formas de ser y estar en el mundo. Su eficacia se puede respaldar en lo que Levi–Strauss denominó la eficacia simbólica, en la que actúan las leyes del inconciente, siempre remitiendo a un origen mítico, a un saber ancestral siempre presente en lo humano.
El rito tiene una función individual y una función colectiva. La función individual, tiene una matriz psicológica, que consiste en ayudar al joven a disminuir la tensión y la ansiedad, ante lo desconocido, aclarándole las transformaciones que integran el cuerpo y la mente en este momento de la vida. Formándolo en el saber social que la sociedad espera de él.
La función colectiva, busca plasmar la imagen colectiva de la realidad, permitir aceptar los principios contradictorios existentes en la base de la estructura social, afirmar la cohesión social, los sentimientos de pertenencia y continuidad en un grupo.
En el contexto social de algunas familias antioqueñas se han hecho visible algunas prácticas culturales que no logran cumplir la función de acompañar al joven a que se sienta y haga parte de la realidad social porque no le permiten construir su propia visión del mundo, ni comprender como funciona el orden social establecido para poder empezar a hacer parte de él. Las prácticas son: la fiesta de quince años, la entrega de llaves de la casa, la graduación, el cambio de colegio primario al secundario, el servicio militar, el documento de ciudadanía que hace un reconocimiento legal del sujeto dentro de una sociedad. Algunos jóvenes terminan asimilándolas porque hay que responder a un orden, otros se rebelan porque la inseguridad que les genera el no comprender los hace actuar desde la lógica del miedo, el extremo de la anarquía y la necesidad de construir su lugar en el mundo.
El grupo surge como alternativa para esta construcción porque le brinda seguridad al joven, lo hace sentir acompañado y le facilita el encontrar significados propios para la vida, de donde cobra el componente de acción de un ritual porque “no se limita a copiar la fiel realidad del comportamiento. Porque no se trata de roles, normas, relaciones y concepciones del mundo, porque son precisamente estos elementos los que se modifican en el ritual, gracias a que tienen a su disposición la densidad y la polivalencia de los símbolos”. [1] Lo que le da la capacidad para mantener contradicciones, vincular tiempos y trabajar las diferentes realidades juveniles. “Un rito nunca es un hecho aislado, siempre esta inscrito en la estructura social y da cuenta de ella, a sí mismo refleja y sostiene un orden social y señala vínculos específicos. Es un elemento que promueve la estabilidad intergrupal y ofrece un lugar controlado y seguro para resolver problemas personales y sociales”. [2]
Los jóvenes respondiendo a lo que Jung llamaría un saber arquetipal [3] dan forma a sus propios rituales, a la construcción de identidades desde sentidos propios que hoy día son llamados: culturas juveniles, esas formas colectivas en que los jóvenes se agrupan para expresar sentidos, símbolos, estilos o formas de vida, lenguajes, interpretaciones , posiciones y actitudes frente al mundo que puedan indicar opciones de adscripción o diferenciación frente a las generaciones adultas (Valenzuela, 1997). Enunciando las formas de ser joven hoy. Estas prácticas también han sido conocidas bajo el nombre de Comunidades de sentido (Muñoz, 1996).
En el contexto social se encuentran las siguientes prácticas culturales juveniles: grupos de rock, punk metal, rap, literatura, poesía, cine, arte, redes juveniles, propuestas comunicativas (emisoras comunitarias, periódicos), movimientos gay etc. Estas prácticas solamente toman forma de ritual cuando alcanzan a cumplir la función de integrar al joven a la dinámica social desde fuerzas propositivas y no desde la eterna resistencia en la que se quedan algunos jóvenes, instaurando la crítica permanente, vencidos por sus miedos e incapacidad para flexibizarse, sin lograr procesos de integración cultural y funcional. Se quedan entonces en el eterno inicio del ritual, sin lograr la transición al aprendizaje de formas de vida funcionales a través de las cuales puedan trascender la necesidad de ser reconocidos, para reconocerse.
Los ritos de paso le brindan tanto a jóvenes como adultos las seguridades necesarias para facilitarles el hallazgo de significados individuales y colectivos para sus vidas. Tal vez retornar a esta tradición sea lo que permita el acercamiento generacional y disminuya la tensión en la búsqueda por el significado.
Es necesario tener claro que el ser humano necesita seguridades y acompañamiento, en esos momentos de la vida en los que también es válido no saber hacia donde caminar. Y qué mejor que aprovechar el conocimiento ancestral, de aquellos seres que ya han dilucidado caminos. Así tomaría forma la esperanza que los adultos en ocasiones depositan en los jóvenes como representes del futuro. Ellos podrían avanzar y construir lo nuevo, sin dejar de vivir la libertad necesaria y tendrían la ventaja de ser guiados. Como diría Jung “lo nuevo puede dar fruto sólo cuando crece de simientes implantadas en la tradición” . [4] |