Fundación Universitaria Luis Amigó
 
    NÚmero 14 • DICIEMBRE 2007
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Jaime Alberto Carmona Parra                

Decano de la Facultad de Psicología

FUNLAM

Mujer Bailando

Paul Conroy

Hacia una clínica del vínculo (Mead, Freud, Pichón y Lacan)

 

Esta conferencia tiene como propósito tratar de pensar la relación del ámbito de lo vincular con la experiencia clínica, apoyándonos en cuatro autores: Sigmund Freud, George Mead, Enrique Pichón Riviere y Jacques Lacan.

El postulado teórico sobre el que se puede edificar una propuesta de una clínica del vínculo es la condición mohebiana de la subjetividad, en virtud de la cual la relación del sujeto con sus otros significativos y con sus grupos de pertenencia, se puede pensar de la mejor manera a la luz de la relación entre los dos bordes de la banda de Mohebius, que simultáneamente es de diferencia, de oposición y de continuidad.

Un buen referente para ejemplificar esta relación del sujeto con sus otros significativos y con las distintas comunidades simbólicas a las que pertenece es un fragmento de un poema de John Done, que Ernest Hemingway utiliza como epígrafe de su novela “ Por quién doblan las campanas”:

Nadie es una isla completo en sí mismo; cada hombre es un pedazo de continente, una parte de la tierra; si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia; la muerte de cada hombre me disminuye, porque estoy ligado a la humanidad; por eso, nunca hagas preguntar por quién doblan las campanas; doblan por ti.

La relación entre el individuo, sus otros significativos y sus grupos de pertenencia es mohebiana en este sentido que lo expresa bellamente el poeta inglés: de un lado nos diferenciamos de los otros y nos oponemos a ellos, pero de otro lado lo que ocurre con ellos ocurre con nosotros. Esta concepción mohebiana de la subjetividad se cifra en la obra de Lacan en el conocido aforismo según el cual el inconsciente es el discurso del Otro. Se trata ciertamente de una idea extraña para aquellos que piensan que el inconsciente es lo más íntimo, para Lacan, el inconsciente es lo más éxtimo, es decir paradójicamente íntimo y externo a la vez, como los bordes de la banda de Mohebius que en cada punto son opuestos pero que a la vez tienen relación de continuidad, en la medida en que se puede llegar de un borde al otro recorriendo la banda en su extensión

Son ampliamente conocidas las palabras con las que Freud inicia la introducción de su Psicología de las Masas . Según el autor no existe sino la psicología social. O, dicho en otras palabras, no puede haber psicología que no sea social, en la medida en que la subjetividad es impensable sin la referencia permanente a la relación de cada ser humano con los otros siempre están presentes como objetos, como auxiliares, como ideales o como enemigos.

George Mead tiene una concepción del vínculo de lo subjetivo con lo social que es bastante radical: “La -persona, en cuanto que puede ser un objeto para si, es esencialmente una estructura social y surge en la experiencia social. (Mead, 1999, p.39). El autor llama la atención sobre los cambios asombrosos en la personalidad que todos experimentamos de un contexto a otro, a veces en un lapso de tiempo muy breve: en un momento en un vínculo determinado podemos ser tímidos, erráticos y sumisos; y, unos minutos más tarde, en otro vínculo somos asertivos, locuaces, e incluso autoritarios.

Esto suele ocurrir en todos los campos, incluso en el campo amoroso en relaciones sucesivas o simultáneas: podemos exhibir personalidades radicalmente opuestas. Hay que advertir que no se trata solamente de actitudes voluntarias, sino de lo que Mead llama un “emergente”, es decir que la persona y la personalidad no son entidades o esencias que preexistan a la interacción sino que emergen del evento interaccional mismo. Los seres humanos no tenemos idea de lo que podemos llegar a ser, en el sentido de las personalidades que podemos llegar a desplegar, hasta que un evento interaccional provoca su emergencia. Cuando los seres humanos nos exponemos a cambios drásticos de contextos, de roles dentro de cada contexto y pasamos por coyunturas más o menos extremas; si nos autoobservarnos atentamente podemos constatar como emergen actitudes, sentimientos y pensamientos diferentes, incluso contradictorios entre sí, más aún, personalidades diversas ajenas entre sí, que nos pueden sorprender e incluso asombrar. Mead nos advierte que la ilusión unitaria que tenemos de lo que llamamos nuestra personalidad, es más producto de nuestra capacidad para mentirnos y desconocernos que algo que corresponda con la realidad de nuestra vida psíquica. Veamos lo que dice el autor al respecto:

Establecemos toda una serie de distintas relaciones con diferentes personas. Somos una cosa para un hombre y otra cosa para otro. Hay partes de la persona que existen solo para la persona en relación consigo misma. Nos dividimos en toda clase de distintas personas, con referencia a nuestras amistades…. El proceso social mismo es el responsable de la aparición de la persona; esta no existe como una persona aparte de este tipo de experiencia...Una personalidad múltiple es en cierto sentido normal, como acabo de indicar. (Mead, Pág. 174)

Mead tiene una concepción de la subjetividad como un campo de interacción entre diferentes personalidades. El autor postula que en cada situación vincular aparece una personalidad como un emergente de la interacción entre el sujeto y los otros en una urdimbre simbólica específica. El término emergente implica la aparición de un elemento inédito que no se puede explicar exclusivamente en función de uno de los dos términos que entran en relación. Para mead la subjetividad no es determinada socialmente, ni determinante, es emergente.

Pichón Riviere , funda su psicología social bajo la propuesta de una epistemología convergente en la que pone a dialogar a distintos autores, dos de sus referentes fundamentales son Mead y Freud. Pichón también postula que la realidad subjetiva en un sentido estricto una realidad psicosocial. El autor postula tres ámbitos, el Institucional el psicosocial y el sociodinámico.

La investigación psicosocial analiza la parte del sujeto que se expresa hacia fuera, hacia los distintos miembros que lo rodean, en tanto que el estudio sociodinámico analiza las distintas tensiones existentes entre todos los miembros que configuran la estructura del grupo familiar dentro del cual está incluido el paciente… el análisis institucional consiste en la investigación de los grandes grupos: su estructura, origen, composición, historia, economía, política, ideología. (Pichón, 1985)

En ese mismo texto dice cómo se procede en el análisis del grupo familiar de un paciente:

“Esta triple investigación nos permite lograr un análisis completo del grupo que estamos investigando. Analizamos las tensiones del paciente con los distintos miembros del grupo, analizamos el grupo como totalidad en sí, e investigamos las funciones del intragrupo, por ejemplo, los liderazgos. Estudiamos la influencia del padre o la falta del mismo, el liderazgo de la madre, de un tío, de un hermano, de un amigo., y vemos de que manera a veces, la ruptura o la pérdida de prestigio de un líder familiar acarrea la enfermedad de uno de los miembros que integran dicho grupo”. (Pichón, 1985, p. 25).

Pichón funda su psicología social como una propuesta de epistemología convergente que él mismo define como un diálogo de saberes en el que pone en interlocución discursos tan ajenos entre sí como el psicoanálisis, el materialismo histórico y la psicología social norteamericana de George Mead.

Uno de los conceptos fundamentales que Pichón aporta a la psicología social y al estudio de las relaciones entre la interacción social y la subjetividad es el concepto de “portavoz”. Para el autor el psicótico es un portavoz de la locura familiar. La locura no es algo que deba pensarse al margen del contexto vincular en el que emerge: “un delirio en un paciente puede comprenderse como una tentativa de reconstrucción de su mundo interior y exterior, como una estructura total…” (Pichón, 1985, p.26). Usando otra expresión del autor, el psicótico sería como “el chivo emisario”, que paga el precio de encarnar la locura de la familia y en ese sentido se hace cargo de ella, a la vez que la denuncia e intenta resolverla con su formación delirante: “No solamente su mundo individual lo que el delirante trata de reconstruir a través del delirio, sino toda la estructura, en primer lugar la familiar y secundariamente la social”. Finalmente el autor nos dice que, muchas veces, ante la caída de un líder emblemático dentro de la familia y la amenaza de fragmentación, el psicótico construye en torno a su enfermedad mental una suerte de liderazgo que cumple con la finalidad de tratar de salvar la unidad familiar.

De esta concepción particular de Pichón Riviere sobre la psicosis se puede derivar una definición pichoniana de la salud mental en el ámbito colectivo: la salud mental de un grupo es directamente proporcional a la democratización de sus coeficientes de locura. Para Pichón no existen grupos o familias sanos o enfermos, todo grupo tiene un potencial patológico mayor o menor, pero no existiría un en el que esté totalmente ausente lo patológico. La diferencia entre unos grupos y otros radica en la manera como se distribuyen los coeficientes de locura. Los grupos más saludables son aquellos en los que los coeficientes de cordura y locura se movilizan entre los integrantes del grupo y se distribuyen de una manera más o menos democrática. Los grupos menos saludables son aquellos en los que la anomalía, lo que no marcha, el pathos, es endilgado de una manera más o menos fija a un integrante o a un subgrupo dentro del grupo y permanece más o menos fijo en esa parte del grupo o en ese rol particular.

De esta lectura que hace el autor de la locura en las familias y en los grupos se deriva uno de sus conceptos más operativos, que está muy vinculado con los otros dos que mencionamos: a saber, el concepto de “Chivo Expiatorio”. Esta noción trasciende el campo de la clínica y se transforma en un instrumento de observación de fenómenos que ocurren en todos los grupos humanos, que depositan su parte maldita en las minorías que, de un lado se hacen cargo de el lado oscuro de la vida grupal y mantienen tranquilas las conciencias de las mayorías, y a la vez ofrecen la ventaja económica de servir como explicación de lo que no marcha en el grupo: de ahí la referencia al sacrificio ritual que realizaban los hebreos en el antiguo testamento para lavar las culpas de la comunidad.

Con los aportes de estos cuatro autores vamos a emprender la tarea de iluminar la práctica clínica desde lo que cada uno de ellos aporta para pensar el campo de lo vincular.

Interacción, vínculo y lazo social son tres significantes que desde distintos discursos vienen tocando las puertas de la práctica clínica en búsqueda de un lugar específico. El Interaccionismo simbólico, la psicología social y el psicoanálisis son algunos de los discursos que se han ocupado de esta noción.

El vínculo podríamos definirlo como la unidad mínima de análisis para abordar el ámbito psicosocial, y éste, a su vez, como el hábitat específico del ser humano, su espacio de constitución, transformación, la fuente de patologías y de recursos terapéuticos.

En este sentido podríamos decir que el vínculo precede al ser, no es que “somos” y a partir de que “somos” nos vinculamos, sino que ingresamos al mundo humano por medio de vínculos, y de ahí en más no podemos “ser” sino en la medida en que nos vinculamos y somos algo para otro alguien en una urdimbre simbólica

El examen de los primeros vínculos del ser humano puede empezar a darnos claves fundamentales para una propuesta de una clínica del vínculo. Cuando un ser humano llega al mundo, no puede decirse estrictamente hablando que se vincule con los otros; más bien diríamos que es vinculado por los otros, que lo introducen en una red vincular, en el que ya le han asignado un lugar antes de que naciera.

Sin entrar todavía en la consideración de los posibles lugares previamente asignados a todo ser humano antes de su nacimiento por la novela o la constelación familiar, podríamos decir que en todos los casos tiene un aspecto común, a saber que el neonato está en lugar de objeto, y quienes lo desearon y demandan en esos lugares están en posición de sujetos.

Digamos que, por principio, se ingresa al mundo en posición de objeto, no hay otra manera, y que la dialéctica sujeto-objeto va a ser uno de los fundamentos esenciales de el posicionamiento del sujeto en los vínculos, y por lo tanto su análisis e intervención dos de los elementos esenciales de una clínica del vínculo.

La mejor referencia para definir las posiciones de sujeto y objeto es la gramática, el sujeto es el que realiza la acción y el objeto es aquél sobre el que recae la acción del sujeto y las acciones, gramaticalmente, están definidas por lo verbos. Esto ya tiene una consecuencia, el sujeto esta definido por la voz activa del verbo, el objeto por la voz pasiva, incluso puede plantearse una tercera voz del verbo, la reflexiva en la que una misma persona es sujeto y objeto.

Veamos ejemplos:

Voz del verbo: activa

Voz del verbo: pasiva

Posición en el vínculo: Sujeto

Posición en el vínculo: Objeto

Ejemplos

Ejemplos

Amar

Ser amado

Odiar

Ser odiado

En la voz reflexiva del verbo la persona es a la vez sujeto y objeto de la acción del verbo: amarse es a la vez amar y ser amado, odiarse es a la vez odiar y ser odiado, un suicida es a la vez un asesino y la víctima de un asesinato. Esta posibilidad de tomarse a sí mismo como objeto es privativa de los seres humanos.

De acuerdo con el psicoanálisis las primeras formas de vinculación se relacionan con las cuatro dimensiones del objeto “a”: el pecho, las heces la mirada y la voz, que corresponden a cuatro pulsiones básicas: oral, anal, escópica e invocante.

Chupar

Ser chupado

Chuparse

Mirar

Ser mirado

Mirarse

Cagar

Ser cagado

Cagarse

Versiones más matizadas del tercer verbo se pueden construir con algunos equivalentes metafóricos del mismo como “ensuciar” y “expulsar”.

En el caso de la pulsión invocante, el objeto es la voz, pero en una dimensión que va más allá del habla y del sentido, y que está ligada al erotismo y a la agresión; el grito, el vociferar, incluso el proferir obscenidades y el insultar son formas de agredir con la voz, y el arrullo, la voz que apacigua o seduce, incluso el piropo erótico u obsceno, con el que se busca despertar la excitación o agredir sexualmente a otro, son expresiones más o menos cotidianas de esta pulsión invocante que se pueden pensar en las tres voces del verbo: activa, pasiva y reflexiva. Luego volveremos sobre las modalidades vinculares que se pueden derivar de estas cuatro pulsiones básicas. Por el momento nos basta con el aporte que nos hicieron para ejemplificar las tres voces del verbo y las posiciones subjetivas que implican.

La posición de sujeto y objeto no son exclusivas ni permanentes, una misma persona puede alternar en un vínculo con otra los lugares del sujeto y el objeto de manera sucesiva a lo largo del tiempo, incluso en una misma situación. También podemos decir que todos los seres humanos somos a la vez sujetos y objetos en diferentes vínculos.

Una primera pista para una clínica del vínculo es tratar de situar la posición en la cuál se ve el paciente, a sí mismo, en aquellos vínculos que considera sintomáticos. Quizás podríamos adelantar que uno de los males de la época, que se refleja en los consultorios y que constituye uno de los desafíos clínicos actuales tiene que ver con manifestaciones patológicas que están del lado de la posición de objeto (incluso podríamos arriesgar una afirmación general y decir que lo patológico suele estar más del lado de la posición de objeto que de la de sujeto, y que la proliferación de patologías psíquicas y psicosociales en nuestra época tiene que ver con la dificultad, cada vez mayor que tienen ciertos sujetos sociales de abandonar posiciones de objeto).

Para entender esto podríamos hacer una breve reflexión por lo que podríamos llamar algunas de las vicisitudes del objeto. Estas vicisitudes se pueden organizar por pares de opuestos. Por ejemplo, un objeto se puede poseer o perder. Desde el punto de vista del objeto se diría, ser poseído o perdido. Y en las estrategias vinculares de aquellos que están en posición de objetos estos serían dos movimientos fundamentales: ofrecerse como un don, o sustraerse.

En términos de esta particular perspectiva que llamamos clínica del vínculo, suicidarse puede es una forma radical de sustraerse, en el sentido de faltarle al otro. Esta lectura no pretende agotar todos los factores que pueden intervenir un fenómeno tan complejo como este, sino examinar una de sus dimensiones, que puede operar como evento precipitador y hacer la diferencia entre un suicida potencial y alguien que realmente consuma el acto.

Pero otros comportamientos autodestructivos, no tan extremos, pero tremendamente problemáticos se pueden leer a la luz de lo que podríamos llamar las patologías de la posición de objeto. Ciertos síntomas escolares relacionados con el bajo rendimiento o problemas disciplinares admiten ser leídos en esta perspectiva. Más allá de otras significaciones posibles, puede haber un mensaje al otro, en el sentido de poner en falta al otro, no de una manera absoluta como el suicida, pero sí de una manera relativa, en el sentido de devaluarse como objeto, y de esa manera poner a actuar al otro en función de recuperar ese valor perdido del objeto.

También algunos trastornos alimentarios y otros trastornos de salud en general, incluso el deterioro generado por el consumo de sustancias tóxicas, pueden colocar el propio cuerpo como el escenario de esa pérdida relativa de su valor del objeto, que, en lo fundamental, tiene el sentido básico de producirle una especie de déficit al otro que está en posición de sujeto, en la medida en que ya no podrá ostentar su objeto de la misma manera como un atributo propio.

Cuando un cuadro caracterizado por un patrón de comportamiento autodestructivo de la persona que está en posición de objeto, está dedicado a otro que aparece en una posición superioridad manifiesta, puede servir simultáneamente a varios fines:

1. Responder a una estrategia mediante la cual le muestra al otro que, aún con costos elevados, la posición de amo en los vínculos, está del lado del objeto.

2. Descompletar al otro significativo que está en posición de sujeto, aún pagando un precio más alto y obligarlo con ello a hacerle muestras al objeto de su dependencia de él.

3. Y, en algunos casos, intentar romper el vínculo, para acceder a la posición de sujeto, en un gesto de ambivalencia que puede ser fallido, pero que a lo largo del tiempo puede llegar a deteriorar el vínculo de manera irreversible hasta llegar a destruirlo.

Antes de seguir adelante con otras patologías vinculares típicas de la posición de objeto, podemos tratar de aportar algunos elementos para entender la influencia de ciertos cambios socioculturales que contribuyen a la proliferación de este tipo de patologías en niños y adolescentes, dentro de ciertos sectores sociales particulares; lo cual, de paso, nos puede dar algunas pistas para prevenirlas, e incluso para intervenirlas desde los vínculos mismos en los que se originan.

La pregunta que podemos hacernos es si podemos definir algunas condiciones vinculares que favorecen que un niño o adolescente se mantenga privilegiadamente en posición de objeto. La respuesta lógica, que nos sugiere la ilación de ideas que venimos desarrollando es que dichas condiciones tendrían como factor común que, ellas favorecieran que los otros significativos de estos niños y adolescentes se mantengan, respecto de él, en posición de sujetos.

La disminución drástica que en el tamaño de las familias en los países occidentales desde la segunda mitad del siglo XX favorece este fenómeno. Las familias numerosas, por un asunto de economía afectiva, favorecen que los hijos tengan que abandonar su posición de objetos, ante la llegada de los nuevos hermanos, lo cual empuja a los demás de una manera abrupta a la posición de sujetos. Las familias de hijos únicos, o pocos hijos están más expuestas a que ellos desarrollen patologías de objeto.

La situación socioeconómica de la familia es otra variable que puede actuar de una manera independiente o combinada con la anterior, en la creación de condiciones propicias para el desarrollo de patologías de objeto. La resolución más o menos estable de la situación económica en una familia y el sentimiento de un cierto confort, independientemente del nivel de ingresos real, puede favorecer una cierta indiferencia por lo social de parte de uno o ambos padres, y con ello una especie de concentración de su interés en el seno familiar y particularmente en los hijos que puede dificultar a estos el abandono de su posición de objetos.

Estas dos condiciones favorecen, pero no determinan, la emergencia de patologías de objeto, y las condiciones opuestas tampoco garantizan una inmunidad frente a este tipo de síntomas vinculares. Existen casos especiales en los que aún todos los hijos de una familia numerosa pueden ser englobados en este tipo de vínculo por uno o ambos progenitores. También existen casos en los que ante la penuria económica, uno o ambos padres, en vez de volcar la atención hacia el mundo externo a la familia, en busca de recursos, concentran todo su interés en las satisfacciones que se derivan de sus vínculos con los hijos.

Un elemento fundamental para el desarrollo de las patologías de objeto es la certeza o la presunción de ocupar un lugar privilegiado para ese otro significativo al cual está dedicado el síntoma, esto se acentúa cuando quien está en posición de objeto supone que es indispensable para el otro.

Ciertos patrones vinculares en los que aparece en primer plano la violencia física o simbólica, generalmente tienen esta premisa. Comportamientos que van desde el maltrato físico, pasando por distintas formas de maltrato verbal y gestual, hasta la indiferencia cínica ante el sufrimiento del otro, hacen parte de las respuestas de aquellos que están en posición de objeto del que no puede prescindir el sujeto.

Estas respuestas no hay que leerlas siempre, necesariamente como una forma de arbitrariedad o abuso, pueden ser gestos desesperados mediante los cuales alguien intenta romper el vínculo, poner distancia, o simplemente reaccionar ante el agobio que produce el exceso de demandas de quien está en posición de sujeto.

Con frecuencia la inminencia permanente de la presencia del sujeto y su incondicionalidad, en vez de estimular el deseo del otro o su bienestar, terminan abrumándolo, incluso exasperándolo, y en casos extremos pueden llegar asfixiarlo y a impedirle desplegarse como sujetos, lo cual puede ser vivido como un sofocamiento de la subjetividad. Algunas patologías orgánicas que suelen aparecer ligadas a este tipo de vínculos son las enfermedades respiratorias y las alergias, en casos extremos una inhibición generalizada que inhabilita a quien está en posición de objeto, en las más diversas esferas puede ser una respuesta subjetiva a esta modalidad vincular.

Ya hemos visto que el objeto puede sustraerse al sujeto de manera radical, hasta el punto de la autodestrucción definitiva, y que puede sustraerse valor como objeto, es decir sustraerse relativamente, y en ambos casos está produciendo efectos en el otro, para quién es un bien preciado. Pero existen todavía otras dos estrategias del lado del objeto que son fundamentales para entender algunas patologías vinculares. Una de ellas podríamos llamarla el encarecimiento y la otra la inaccesibilidad.

En algunos casos estas dos estrategias pueden coincidir pero con mayor frecuencia se las puede encontrar operando aisladamente en su especificidad. El encarecimiento no necesariamente implica la inaccesibilidad del objeto, puede funcionar perfectamente con el objeto presente de manera permanente.

Lo que caracteriza esta estrategia es que aquél que está en posición de objeto se las arregla para que quien está en posición de sujeto pague caro el “lujo”, vamos a decirlo así, de estar a su lado. En estos casos normalmente el objeto está en una posición principesca, incluso de príncipe sin trono.

El pagar caro puede tomar diversos matices, desde una demanda expresa desmesurada de atención, tiempo, dinero, gestos deferencia, renuncias, y humillaciones, hasta poner al otro a pagar por accidentes, enfermedades reales o simuladas, o diversos tipos de dificultades en los que se ve envuelto el objeto. De una u otra manera el objeto se las arregla para marcarle y recordarle permanentemente al sujeto su posición de plebeyo que accedió al vínculo por una suerte de gracia de un miembro de la realeza.

Con mucha frecuencia este tipo de sintomatología vincular en las parejas tienen un fundamento objetivo, las chicas terribles de algunas familias adineradas que se casan con intelectuales, artistas, o chicos con alguna clase de gracia o talento, pero de un estrato socioeconómico inferior, en algún momento, o en todo momento y de una manera sistemática, suelen recordarle a sus parejas mediante distinto tipo de gestos la diferencia de linajes. Cuando es la mujer quien accede a una clase social más elevada, suelen ser las mujeres de la familia del hombre las que se hacen cargo de esta tarea.

Pero no siempre se trata de diferencias económicas o de linaje, puede tratarse de alguna otra forma de capital simbólico: académico, social, moral, etc. Es frecuente encontrar ciertas personas con una elevada autoestima, acaso apoyada en algunos logros efectivos, en algunos casos sobrevalorados, que se fueron quedaron solas porque perdieron la pareja de sus sueños, nunca llegó, o alguna otra circunstancia; y terminan en un gesto de derrota por la edad o el miedo a la soledad, aceptando de mala gana una relación con otro que se ofrece en una posición más o menos incondicional. Cuando son estas las coordenadas en las que se constituye el vínculo, la dinámica del mismo suele verse afectada por formas de violencia simbólica, e incluso física, mediante las cuales, el objeto le hace pagar al sujeto el lujo de estar a su lado. Estas van desde obligar al otro a realizar pequeñas tareas degradantes, como cortarle las uñas de los pies o lustrarle los zapatos, hasta soportar sus burlas más o menos abiertas o disimuladas, ante sus amigos y con no poca frecuencia soportar la existencia “secreta” o declarada de un amante.

Este síntoma vincular que hemos denominado el encarecimiento del objeto, no solamente se manifiesta en el ámbito de la pareja, también es frecuente encontrarlo en la relación entre padres e hijos. El caso más extremo de este síntoma vincular, acaso sea el de algunos chicos nacidos en Norteamérica, hijos de campesinos centroamericanos inmigrantes, que nunca llegan a hablar su lengua materna, lo cual termina produciendo un fenómeno sintomático de incomunicación en el seno de la propia familia. Con su resistencia a aprender la lengua de sus mayores, estos chicos le recuerdan a sus padres y a sus familiares la diferencia de nacionalidades que los coloca a ellos en una posición de “mejor familia”. Aunque muchos padres favorecen este síntoma de diversas maneras, por una vanidad ingenua, o por la ilusión vacua de una especie de proceso de limpieza de la sangre; la misma diferencia de nacionalidades con todas las implicaciones que acarrea es suficiente para que se produzca el síntoma vincular aunque los padres no lo favorezcan.

Pero este mismo síntoma vincular de encarecimiento del objeto en las relaciones entre padres e hijos se puede ver en mayor o menor grado, especialmente cuando los hijos están en la pubertad y la adolescencia. Se suele decir en broma que los hijos siempre son de un estrato socioeconómico más elevado que sus padres. Es frecuente que los muchachos en la exacerbación narcisista propia de la adolescencia, se avergüencen de sus padres: por su situación socioeconómica, su baja cultura, su edad, sus costumbres o sus defectos físicos.

De acuerdo con Freud uno de los fantasmas originarios que ancla en lo más profundo de la subjetividad de todo ser humano tiene que ver justamente con una fantasía de provenir de una familia real, y por algún azar del acaso haber sido criado por una familia que no está a la altura de su verdadero linaje. La literatura y el cine han explotado esta fantasía en versiones que van desde el drama hasta la comedia. La mayoría de los padres favorecen el desarrollo de este síntoma en los hijos, al punto que podríamos decir que este es uno de esos síntomas normalizados, que pueden devenir imperceptibles gracias a su generalización.

Sin embargo hay algunos casos en los que se exacerban de tal manera que se vuelven escandalosos. Existen ciertos hijos, de variadas edades, cuyo cuadro de comportamiento podría describirse como hacerle pagar caro a sus padres el hecho de serlo. Ese pagar caro se puede manifestar en el campo económico, pero también en el campo de resolución de dificultades en las que se involucran o en la atención desmedida que exigen sus producciones sintomáticas orgánicas, psicológicas o vinculares. Hay casos extremos en los que el cobro se hace por la vía directa de la humillación y el maltrato verbal o físico.

Finalmente existe lo que hemos llamado la inaccesibilidad del objeto. En el campo de la pareja los amores imposibles, son el paradigma de esta modalidad vincular, la imposibilidad puede responder a distintas razones: el status social, la existencia de otro vínculo formal, los votos de castidad. En algunas ocasiones el objeto se vuelve accesible solamente en condiciones de clandestinidad y en otras el vínculo se queda en el campo de lo que se conoce como el amor platónico.

Pero existen otras manifestaciones de esta modalidad vincular en las relaciones de pareja y entre padres e hijos, que pueden resultar más interesantes para nuestro análisis. Se trata de una inaccesibilidad que no es material, como en el caso que acabamos de mencionar. El objeto ciertamente está físicamente, pero se sustrae de una manera más o menos radical de su interacción simbólica con el sujeto. Esta dinámica vincular suele implicar un gasto psíquico muy alto para la persona que está en posición de sujeto; y, si se prolonga en el tiempo puede dejar secuelas problemáticas.

Quizás una última modalidad vincular en la que el objeto está en condición de agente, que en virtud de su posicionamiento define una particular dinámica del vínculo, estaría dada por lo que podríamos llamar la condición veleidosa del objeto. Esta modalidad vincular se encuentra en todos los ámbitos. Incluso, podríamos decir que en el campo amoroso existen manifestaciones en las que el objeto hace de esta estrategia todo un arte, gracias a su capacidad de seducción, y que en algunos casos el gasto que depara para quien está en posición de sujeto puede ser compensado con las intensidades que le depara el objeto; pero lo más frecuente es que el cuadro no sea tan feliz y que se sostenga a un costo desmesuradamente alto del lado del sujeto. En todos los ámbitos vinculares la intermitencia y la capacidad de manipulación del objeto son el sello de marca de esta modalidad de lazo.

Si examinamos cada una de estas modalidades vinculares, veremos que, independientemente de los factores subjetivos que llevan al sujeto y al objeto a posicionarse de esa manera particular en el vínculo, casi siempre están favorecidas por circunstancias externas. Estas circunstancias pueden ser previas al vínculo, como coordenadas fundantes del mismo, o pueden surgir en el desarrollo del mismo como producto de procesos normales que colocan al sujeto en una situación particularmente vulnerable, o incluso en virtud de circunstancias fortuitas que lo dejan a merced del objeto.

La importancia de volver la mirada sobre estos factores objetivos que determinan el posicionamiento de cada uno de los integrantes en el vínculo, reside en que muchas veces son suficientes para explicar su dinámica sin que sea menester apelar a hipótesis relativas a la psicología individual. En las modalidades vinculares sintomáticas que describimos como el encarecimiento del objeto, la inaccesibilidad y su carácter veleidoso, un socioanálisis que se apoye aspectos objetivos de los dos integrantes del vínculo, puede ahorrar mucho camino a cualquier análisis psicológico. Esto que llamamos socioanálisis, podría considerar elementos tales como las posiciones económicas, las edades, las redes afectivas de apoyo, sus mismas posibilidades o limitaciones de movimientos, la correlación de capitales simbólicos: atractivos físicos, las habilidades sociales, la escolaridad, el status etc. Quienes han trabajado en el campo clínico habrán podido constatar que con frecuencia algunos pacientes mantienen celosamente guardados, aún ante el terapeuta, ciertos datos objetivos de este tipo, que contribuyen a iluminar decisivamente ciertas lógicas vinculares que a primera vista parecen extrañas, pero que con la aparición de estos datos se vuelven plenamente comprensibles.

En las modalidades vinculares sintomáticas que se caracterizan por la devaluación o degradación del objeto o incluso su sustracción radical, la mirada del socioanálisis, o mejor, el análisis de la correlación de las condiciones psicosociales no debe dirigirse tanto a los capitales económicos o simbólicos de los integrantes del vínculo, en el sentido de sus capacidades y sus talentos, si no a la calidad y riqueza de sus redes vinculares.

Vamos a dejar de lado, por el momento, los vínculos patológicos que en los que el objeto está en posición de agente para centrarnos en aquellos que son agenciados desde la posición del sujeto. De alguna manera ya hemos avanzado sobre ello en las líneas anteriores. Incluso podemos hacer una aclaración. Un vínculo, por definición, implica la existencia de dos personas, aunque una de ellas ocupe una posición dominante, que marca el estilo del vínculo, no explica por si sola la existencia del mismo; por lo tanto una clínica del vínculo, aunque necesariamente deba ocuparse de la posición de cada una de las personas implicadas en el vínculo, finalmente sus objetos específicos son los distintos tipos de lazos, o modalidades vinculares.

Hecha esta precisión podemos precisar más nuestro planteamiento y examinar las contribuciones que se pueden hacer desde la posición de sujeto al establecimiento de un vínculo patológico.

En términos generales quien desde la posición de sujeto, se posiciona como agente de un vínculo desde una posición de servidumbre incondicional, crea las condiciones de posibilidad para que, según las particularidades del otro, se produzca cualquiera de las variantes vistas de las formas patológicas del objeto. Como ya lo mencionamos más arriba, muchas veces esta posición de siervo tiene fundamentos psicosociales relacionados con la posición vulnerable del sujeto.

En algunos casos se puede observar una fenómeno similar al de la adicción al consumo de sustancias psicoactivas. El sujeto construye en torno al objeto una respuesta única y repetitiva a la pregunta por su deseo y se garantiza con ello ahorrarse el vértigo y la angustia que implica el desplazamiento metonímico del objeto de un significante a otro. En estos casos puede aparecer un comportamiento servil frente al objeto, pero no debido a la vulnerabilidad psicosocial, sino a lo que Pichón llama el vínculo del sujeto con su objeto interno.

También puede aparecer del lado del sujeto una tendencia a la idealización que, independientemente de que el objeto lo favorezca o no, tiene el efecto de tornarlo inalcanzable, o de antemano constituir este rasgo en una condición para tornarlo deseable. La tendencia opuesta, que también está presente y que puede coexistir con esta en un mismo sujeto es la necesidad de degradar el objeto, la cual se puede manifestar desde versiones como la pequeña humillación cotidiana hasta la paulatina devaluación radical del objeto, que lleve a su anulación o a la disolución del vínculo.

Otro de los posicionamientos problemáticos del sujeto en el lugar del agente del vínculo, se caracteriza por una estereotipia que impide la alternancia propia de la dialéctica sujeto-objeto, que se manifiesta bajo la forma de una “objetualización” radical del otro, una imposibilidad de moverse del lugar del sujeto, para permitirle al otro que ocupe ese lugar en el vínculo y lo coloque en posición de objeto.

El problema de aquél que está siempre en posición de quien seduce, demanda, re-quiere, y, en últimas, abruma al otro desde su posición de sujeto, es que no permite la emergencia del deseo del otro, en el contexto específico de ese vínculo. No quiere decir que aquél que allí está en posición de objeto abrumado, pierda la capacidad de desear en cualquier vínculo. Incluso, puede ocurrir justamente, en los vínculos de pareja, que quien está en posición de objeto llegue a necesitar crear otro vínculo real o fantaseado en el cual se pueda posicionar como sujeto.

Este tema de la imposibilidad de una persona para abandonar una posición en un vínculo es una buena ocasión para que volvamos a George Mead y veamos como su concepción particular de la constitución y desarrollo de la subjetividad nos puede ayudar a iluminar algunos síntomas vinculares.

La concepción que tiene Mead del proceso de constitución de la subjetividad humana, está íntimamente vinculada con el concepto de juego. Mead se cuida de diferenciar el jugueteo del animal del juego humano, especificando que en el jugueteo el animal siempre es el mismo, mientras que en el juego de roles propio de los humanos, jugar es siempre jugar a ser otro:

El juego en ese sentido, especialmente la etapa que precede a los deportes organizados, es un juego a algo. El niño juega a ser una madre, un maestro, un policía; es decir, adopta diferentes papeles, como decimos nosotros. En lo que llamamos el juego de los animales tenemos algo que sugiere eso: esa gata juega con sus gatitos, y los perros juegan entre sí. Dos perros que juegan, se atacan y se defienden, en un proceso que, si fuese llevado realmente a efecto, resultaría una verdadera riña. Existe una combinación de reacciones que frenan la profundidad del mordisco. Pero en tal situación, los perros no adoptan un papel definido en el sentido en que un niño adopta deliberadamente el papel de otro. Esta tendencia por parte de los niños es la que nos ocupa en el jardín de infantes, donde los papeles que los niños asumen son convertidos en base para la educación. (Mead, 1999, p. 180-181).

El juego en la obra de Mead es nada menos que el proceso estructurante de la subjetividad, solamente jugando se llega a ser humano. Para el autor “jugar” es “jugar a ser otro”; la fórmula se puede abreviar con lo cual se vuelve más clara y más contundente, jugar es “jugar a ser”. Incluso, ateniéndonos rigurosamente a la concepción meadiana de la condición humana y de la vida social, podríamos invertir la frase y decir que los seres humanos solamente podemos “ser”, jugando; es decir adoptando roles e interactuando con otros en urdimbres simbólicas, a partir de dichos roles. Por ello la capacidad de abandonar una posición en un vínculo, dicho de otra manera, la capacidad de abandonar un rol para adoptar otro diferente, como un suceso habitual, es una condición necesaria para poder jugar a los roles - que es la única manera de circular en el mundo social - .

El desarrollo de la capacidad de jugar a los roles, incluye la capacidad de cambiar de roles, abandonar roles, adoptar nuevos roles, combinar simultáneamente el ejercicio de más de un rol, y la más importante de todas: interpretar roles. La diferencia entre la adopción y la interpretación de un rol consiste en la posición del actor social, en el primer caso se produce una adopción más o menos fiel, -incluso podríamos decir estereotipada- del rol, en el segundo caso el actor asume un papel activo que le imprime la propia marca al rol y lo transforma.

Estrictamente hablando, es imposible una fidelidad plena a un rol; aún a pesar suyo, todo actor social realiza, de alguna manera, una interpretación, y con ello una transformación de los roles que adopta. Pero en la vida social es bastante clara la diferencia entre los sujetos que adoptan roles que desempeñan de una manera pobre y estereotipada, de aquellos que hacen una interpretación creativa, original de los mismos, que en muchos casos incluye el estar permanentemente bordeando, e incluso traspasando, sus límites.

Algunas de las patologías sociales e individuales se relacionan con la imposibilidad que tienen algunos sujetos para abandonar ciertos roles, una vez cambian de contexto simbólico (los eternos lactantes, adolescentes tardíos), el caso extremo es el del actor que hizo el papel de Simón Bolivar para una producción cinematográfica y luego no pudo abandonarlo; otro síntoma vincular tiene que ver con aquellos que confunden los contextos simbólicos (los militares que manejan su casa como un pequeño regimiento, los docentes que terminan dictando conferencias a sus parejas) o quienes se niegan a abandonar los roles y dedican su vida a buscar reestablecerlos (los mártires que buscan verdugos, los amos que buscan siervos, los idólatras que buscan divinidades). Podría decirse que una patología fundamental, que incapacita al sujeto desde el punto de vista social, tendría que ver con la pérdida de la capacidad de jugar, entendida en esta perspectiva de la movilidad que implica el abandono la investidura que confiere un rol para asumir la investidura que confiere otro; y que un elemento fundamental en el desarrollo de la subjetividad reside justamente en esa capacidad de movilidad entre roles.

Volvamos nuevamente a la obra de Pichón Riviere para que examinemos algunos de los síntomas más habituales en las tramas vinculares. Pichón distingue cuatro síntomas fundamentales: “la estereotipia”, “la clausura”, “las oposiciones dilemáticas” y “la resistencia al cambio”.

La noción de estereotipia es una herencia meadiana, como la noción de emergente, pero que Pichón convertirá en una herramienta para observar e intervenir los fenómenos grupales. Estas se pueden manifestar, como ya lo advertimos anteriormente en la imposibilidad de un actor social para abandonar un rol o su necesidad de recrearlo en otros contextos, pero también se puede referir a la dinámica misma de funcionamiento de un grupo: “constituyen movimientos o actos que se repiten en la misma forma dando la apariencia de una actividad automática. Sin embargo estos movimientos o actividades tienen un contenido comprensible y una finalidad” (Pichón, 1995, p. 64). Es decir que cómo todo síntoma, son el lugar de una verdad a desentrañar. La ritualización del ámbito vincular y de la vida grupal tiene una función social muy importante en las celebraciones y en las conmemoraciones en las que se repiten ciertos acontecimientos mediante replicas o actos simbólicos para mantener la memoria colectiva. Existen también instituciones cuyas dinámicas, por su definición misma son altamente estereotipadas como la iglesia y el ejército, pero en términos generales, lo que define a los grupos humanos y los diferencia de sus parientes los animales es una vocación de transformación permanente de la realidad simbólica que habitan, y allí donde se encuentra a un grupo humano que se repite incesantemente a sí mismo es lícito interrogar cual es la finalidad a la que está sirviendo esa estereotipia.

En el campo de los vínculos uno a uno la estereotipia en la dinámica vincular también es un fenómeno inquietante: en este orden de ideas están los padres para los cuales los hijos nunca crecen, o las mujeres que nunca dejan de reclamarle a sus maridos los mismos gestos que tenían durante el noviazgo.

Para Pichón la relación estereotipada con objetos externos también tiene su correlato fantasmático: “Las estereotipias son también relaciones de objetos internos. La estereotipia es una especie de ritual obsesivo en relación con un objeto que puede estar ubicado en cualquier lugar del cuerpo o de la mente” (Pichón, 1985, p.117)

La clausura es un segundo síntoma grupal que se refleja en la dinámica de las interacciones uno a uno que se producen en una trama vincular determinada. Como la palabra lo indica se refiere al empobrecimiento de intercambios entre un determinado grupo y el resto del mundo exterior, sus manifestaciones se encuentran por doquier, desde los riesgos genéticos que entraña la endogamia, hasta el riesgo de atraso que tienen los pueblos que se niegan al intercambio con otros o son sometidos a un régimen de bloqueo económico. Las instituciones totales presentan un funcionamiento que para los internos opera de manera temporal o duradera como un régimen de clausura. Este síntoma se puede presentar también de manera sintomática en familias, e incluso en vínculos uno a uno, que llegan a funcionar como mundos más o menos autosuficientes. Al igual que la estereotipia también acarrean un empobrecimiento de la experiencia de los sujetos inmersos en esta modalidad vincular, generan un excedente de agresión que con frecuencia se dirige al exterior del grupo o del vínculo.

Las oposiciones dilemáticas, como síntomas colectivos, son quizás los más difundidos en el mundo institucional, se manifiestan en la creación de bandos opuestos que rivalizan con altas tensiones agresivas entre sí y se niegan y descalifican mutuamente. Los bandos de docentes que suelen formarse en la mayoría de las Facultades, y que toman como pretexto la adhesión a un autor o a una doctrina, son un ejemplo paradigmático, pero esta dinámica la vemos en otros escenarios de la vida social. Los periódicos enfrentamientos violentos entre las barras bravas de dos equipos de fútbol de una misma ciudad son el ejemplo más extravagante, y las periódicas divisiones que se producen entre asociaciones mundiales de académicos que se identifican en todo pero que difieren en la adhesión a un líder o a una forma de liderazgo y que luego se reviste de alguna sutileza teórica, son el ejemplo más refinado. En grandes grupos familiares puede llegar a manifestarse una división tal, que puede estar atravesada por diferencias de generación o de género. En la vida familiar la dinámica al interior de la pareja parental también puede entrar en esta lógica de oposiciones dilemáticas, en las que uno de los dos integrantes de la pareja niega lo que el otro afirma solamente por haber sido afirmado por éste y viceversa.

La resistencia al cambio es para Pichón el síntoma grupal por excelencia. La estereotipia es una versión suya. La resistencia al cambio en el campo de lo colectivo es comparable, para el autor, a las resistencias al análisis en el campo clínico. En realidad la resistencia en el tratamiento analítico es una resistencia al cambio.

Pero en la obra de Pichón hay todavía otro aporte a la teoría de los síntomas vinculares, se refiere a ciertas modalidades vinculares derivadas de la relación que cada sujeto tiene con sus propios objetos internos:

“la relación de objeto es la estructura interna del vínculo…Podemos definir el vínculo como una relación particular con un objeto; de esta relación particular resulta una conducta más o menos fija con ese objeto, la cual forma un pattern, una pauta de conducta que tiende a repetirse automáticamente, tanto en la relación interna como en la relación externa con el objeto. Tenemos así dos campos psicológicos en el vínculo: un campo interno y uno externo. Sabemos que hay objetos externos y objetos internos. Es posible establecer una relación de objeto con un objeto interno y también con un objeto externo. Podemos decir que lo que más nos interesa desde el punto de vista psicosocial es el vínculo externo, mientras que desde el punto de vista de la psiquiatría y del psicoanálisis lo que más nos interesa es el vínculo interno” (Pichón, 1995, p. 35-36)

Lo que hace Pichón es interrogarse sobre si se pueden verificar tipologías vinculares que puedan ser iluminadas a la luz de las constelaciones fantasmáticas propias de algunos de los cuadros clínicos con los que se encuentra habitualmente en su ejercicio clínico.

Veamos algunos de los vínculos que postula el autor:

-El vínculo paranoico, que “...se caracteriza por la desconfianza y la reivindicación que le sujeto experimenta con los demás”. (Pichón, 1995, p. 22)

-El vínculo depresivo, que se caracteriza por la culpa y la expiación.

-El vínculo obsesivo, que se caracteriza por el control y el orden.

-El vínculo hipocondríaco, “que el sujeto establece con los otros a través de su cuerpo, la salud y la queja” (Pichón)

-El vínculo histérico, que se caracteriza por la plasticidad y el dramatismo.

En este mismo orden de ideas podríamos volver a Lacan y explorar la potencia de sus cuatro versiones del objeto “a”, para tratar de iluminar algunas constelaciones vinculares.

Recordemos que es el verbo el que define más claramente la modalidad de goce que está en juego en cada versión el objeto. Cuando el objeto es el pecho el verbo correspondiente sería chupar o succionar, en sus distintas voces: activa, pasiva y reflexiva.

Algunos lazos que pueden ser iluminados por esta modalidad de goce son aquellos vínculos parasitarios en los que la experiencia del objeto es que el sujeto le chupa la sangre. La hipérbole literaria correspondiente serían los vampiros, sin embargo, la metáfora de haber sido desangrado por el otro aparece con alguna frecuencia en el campo clínico.

El goce propio de la pulsión anal se puede bordear con verbos como ensuciar, expulsar, y, por supuesto, cagar, con todas las connotaciones que tiene esta palabra. También es frecuente encontrar en el campo clínico y en la psicopatología de la vida cotidiana expresiones en las que se puede verificar que este verbo permite a un sujeto definir de manera sintética el producto de un vínculo: “ese hombre se cagó en mi vida”, o “me cagó la vida”. En otros casos no existe esta capacidad de apalabrar la modalidad de goce que gobierna la manera en que el sujeto se vincula con los otros y con el mundo, pero la lectura atenta de la dirección de sus actos permite inferir que apunta a “hacerse miseria” o “volverse mierda”. El masoquismo en su versión más genuina es una expresión de esta modalidad vincular.

En lo que se refiere a la pulsión escópica, el goce de ser mirado y mirar, tiene versiones que van desde la búsqueda de admiración y el goce estético de lo visual. Este goce se puede manifestar en estrategias vinculares que pueden derivar en ocupaciones que implican distintas formas de exhibición y que involucra oficios como la docencia y el modelaje. Las versiones más sintomáticas son aquellas en las que el goce proviene de mirar la mirada de repulsión y horror de los otros y hacer lo necesario para provocarla. En la paranoia tenemos quizás el ejemplo más siniestro de esta modalidad de goce operando en voz reflexiva: el la angustia de algunos paranoicos tiene que ver justamente con el horror de ser mirados permanentemente. El paranoico es simultáneamente el que se horroriza ante la mirada y el que mira de manera horrorizante, pero en el delirio la mirada viene de fuera.

Finalmente la pulsión invocante, que sitúa en la voz como objeto erótico y de agresión que depara el goce, permite arrojar luz sobre ciertas estrategias vinculares que llevan a un sujeto a exponerse al ultraje, al insulto, o a la pulla obscena. Gritar y ser gritado son expresiones de esta forma de goce, cierta incontinencia verbal que lleva a un sujeto a no poder evitar estar denigrando, incluso de los más íntimos, y las distintas formas de maltrato verbal, desde las más crudas hasta la ironía y el sarcasmo brutal altamente sofisticado, están dentro de estas modalidades vinculares. También existen expresiones extremas en cuadros psicóticos como la voz imperativa que insulta u ordena el crimen.

Pero Lacan da un paso más allá en El revés del psicoanálisis (1969), y propone una teoría del lazo social en la cual postula cuatro modalidades vinculares que denomina: “discurso del amo”, “discurso universitario”, “discurso de la histérica” y “discurso analítico”. Estas Cuatro modalidades vinculares son analizadas por en el texto “Psicología Social y Psicoanálisis” (Carmona, Mejía & Bernal, 2002).
 
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