| Introducción.
La concepción del estadio del espejo fue introducida por Lacan trece años antes de esta comunicación de 1966. Es un tema que él abordó inclusive en su texto sobre “La familia”, publicado en 1938. Lacan ha ingresado ya, desde 1934, a la Sociedad Psicoanalítica de París, y ha asistido –conjuntamente con Merleau-Ponty, Sartre, Hyppolite y Lefevbre- al seminario que desde 1933 a 1939 Alexandre Kojéve dictó sobre la «Introducción a la fenomenología del espíritu» de Hegel. Dice Oscar Massota en la introducción al texto de La familia que “el impacto hegeliano que sin duda data de aquella época, y cuyo alcance algunos interpretaron de modo abusivo, esbozaba ya su propio límite en el trabajo de Lacan sobre el «estadio del espejo» presentado en el Congreso de Marienbad el 16 de junio de 1936. «Le State du miroir comme formateur de la fonction du Je», no sólo induce una interpretación precisa del narcisismo y la pulsión de muerte freudianos, sino que otorga su justa ubicación a la «conciencia de sí» y a la «lucha del puro prestigio» hegelianas”. [1] Ahora es un tema que a Lacan le parece interesante retomar por “las luces que aporta sobre la función del yo [je] en la experiencia que de él nos da el psicoanálisis”. [2]
El estadío del espejo designa, entonces, un momento psíquico y ontológico de la evolución humana, ubicado entre los seis y los dieciocho primeros meses de vida, durante el cual el niño anticipa el dominio de su unidad corporal mediante una identificación con la imagen del semejante y por la percepción de su propia imagen en un espejo.
Prematuración.
Lo primero que destaca Lacan con relación a este estadío, es que se pone en juego un primer acto de inteligencia por parte de la cría humana: “a una edad en que se encuentra por poco tiempo, pero todavía un tiempo, superado en inteligencia instrumental por el chimpancé, reconoce ya sin embargo su imagen en el espejo como tal”. [3] Este reconocimiento de la imagen en el espejo es ya un primer acto de inteligencia del sujeto, que señala un momento decisivo del desarrollo mental del niño, a la vez que establece una relación libidinal esencial con la imagen del cuerpo. Es por esto que el «estadío del espejo» es un aspecto fundamental de la subjetividad y paradigma del orden imaginario.
A diferencia del chimpancé de la misma edad, el niño de seis meses queda fascinado por su reflejo en el espejo, quedando el sujeto captado y cautivado por su propia imagen, lo cual se observa “en una serie de gestos en los que experimenta lúdicamente la relación de los movimientos asumidos de la imagen con su medio ambiente reflejado, y de ese complejo virtual a la realidad que reproduce, o sea con su propio cuerpo y con las personas, incluso con los objetos, que se encuentran junto a él”. [4] Es el júbilo que experimenta el niño al asumir su propia imagen reflejada, mientras que el chimpancé comprende rápidamente que la imagen es ilusoria, perdiendo rápidamente interés en ella.
Si este acontecimiento llama la atención de Lacan, “espectáculo impresionante de un lactante ante el espejo”, dice él en los Escritos, es porque aquel “no tiene todavía dominio de la marcha, ni siquiera de la postura en pie”, lo cual es superado “en un jubiloso ajetreo” en el que queda suspendido “en una postura mas o menos inclinada”, y consigue, “para fijarlo, un aspecto instantáneo de la imagen”. [5]
La clave de este fenómeno, está en el carácter prematuro de la cría humana –Lacan habla de una “insuficiencia orgánica de su realidad natural” [6]–, ya que a los seis meses el niño carece todavía de coordinación motriz. Sin embargo, su sistema visual está relativamente avanzado en madurez, pudiéndose reconocer en el espejo antes de haber alcanzado el control de sus movimientos corporales.
Conocimiento paranoico.
Dice Lacan en los Escritos, que la «fase del espejo», hasta la edad de dieciocho meses, nos revela un dinamismo libidinal que es problemático para el sujeto, y “una estructura ontológica del mundo humano que se inserta en nuestras reflexiones sobre el conocimiento paranoico”, [7] ya que el estadio del espejo demuestra que el yo es producto del desconocimiento e indica el sitio donde el sujeto se aliena a sí mismo.
Lacan distingue el conocimiento con su carácter imaginario, del saber que tendría un carácter simbólico. Tanto el conocimiento, como su correlato, el desconocimiento, hacen parte del autoconocimiento propio del registro imaginario. Es por la vía del reconocimiento que el sujeto llega al conocimiento de sí mismo, constituyéndose el yo, el cual, en última instancia, es un tipo ilusorio de autoconocimiento. Es éste conocimiento imaginario de sí mismo, alienado en el reconocimiento de la propia imagen, el que Lacan denomina «conocimiento paranoico», ya que él tiene la misma estructura de la paranoia. Para decirlo de otra manera: así como el neurótico constituye una estructura de desconocimiento por su alineación en el conocimiento de sí mismo, el desconocimiento es también la estructura del delirio paranoico.
Como el niño se vive al principio como despedazado, no hace ninguna diferencia entre lo que es él y el cuerpo de su madre, entre él y el mundo exterior. Llevado por su madre, él va a reconocer su imagen en el espejo, anticipando imaginariamente la forma total de su cuerpo. Pero el niño se vive y se posiciona en primer lugar como otro, el otro del espejo en su estructura invertida; así se instaura el desconocimiento de todo ser humano en cuanto a la verdad de su ser y su profunda alienación en la imagen que se va a dar de sí mismo.
Identificación.
Para poder entender todo lo que se pone en juego en el estadio del espejo, Lacan señala que basta para ello comprender a dicho estadio como una identificación, la cual es definida claramente como “la transformación producida en el sujeto cuando asume una imagen, cuya predestinación a este efecto de fase está suficientemente indicada por el uso, en la teoría, del término antiguo imago”. [8]
La noción de «imago» está claramente relacionada con la palabra «imagen», pero lo que Lacan pretende al incluirla aquí, en esta definición de la identificación, es subrayar la determinación subjetiva de la imagen. Las imagos son fundamentalmente imágenes de otras personas; Jung, quien fue el que introdujo la palabra imago en la teoría, habla, por ejemplo, de imago paterna, imago materna, etc.
La imagen especular es entonces asumida por el infante con júbilo, en la medida en que él se encuentra en un estado de “impotencia motriz”. Así pues, lo que sucede en este momento es que “el yo [je] se precipita en una forma primordial, antes de objetivarse en la dialéctica de la identificación con el otro y antes de que el lenguaje le restituya en lo universal su función de sujeto”.
Lo que ha sucedido hasta ahora es, entonces, que la criatura ve su propia imagen como un todo, hace una gestalt de su imagen en el espejo, y la síntesis de esta imagen genera una sensación de contraste con la falta de coordinación del cuerpo, el cual es experimentado como «cuerpo fragmentado». Es decir que su cuerpo es experimentado como dividido –recuérdese que el infante carece todavía de coordinación motriz– en la medida en que su cuerpo es contrastado con su reflejo en el espejo, del cual ya se ha hecho una síntesis.
Lacan lo dice así en el noveno párrafo de su texto:
Es que la forma total del cuerpo, gracias a la cual el sujeto se adelanta en un espejismo a la maduración de su poder, no le es dada sino como Gestalt, es decir en una exterioridad donde sin duda esa forma es más constituyente que constituida, pero donde sobre todo le aparece en un relieve de estatura que la coagula y bajo una simetría que la invierte, en oposición a la turbulencia de movimientos con que se experimenta a sí mismo animándola.
Gestalt.
Este contraste entre esa imagen ideal y su incoordinación motriz es sentido por el sujeto como una rivalidad con su propia imagen, porque la completud de la imagen amenaza al infante con la fragmentación. Así pues, en el estadio del espejo se produce de esta manera, una «tensión agresiva» entre el sujeto y la imagen. Es decir que la angustia provocada por esta sensación de fragmentación impulsa la identificación con la imagen especular, identificación que lleva a formar el yo.
Lacan señala que esa forma primordial con la que el infante se identifica, debería designarse como yo-ideal, para hacerla entrar, dice él, en un registro conocido: el de las identificaciones secundarias, las cuales tienen como función brindarle al sujeto una «normalización libidinal». Así pues, la imagen del cuerpo propio en el espejo –yo ideal–, es el soporte de la identificación primaria del niño con su semejante y se constituye en la fuente de las identificaciones secundarias que le permitirán al sujeto, establecer y organizar su relación con la cultura. Pero el punto importante que Lacan quiere destacar aquí, es que esa forma primordial “sitúa la instancia del yo, aún desde antes de su determinación social, en una línea de ficción, irreductible para siempre por el individuo solo”. [9]
Esta Gestalt de la imagen corporal le da forma al yo. Lacan dice que ella “simboliza la permanencia mental del yo [je] al mismo tiempo que prefigura su destinación enajenadora”. [10] Y luego pasa a establecer esa estrecha relación del ser humano con el animal, cuando este percibe la imagen unificada de otro miembro de su especie, lo cual desencadena ciertas respuestas instintivas. Con ejemplos tomados de la etología, Lacan muestra esta coincidencia en las respuestas a una imagen, tanto en los animales como en los seres humanos. Dice entonces:
Que una Gestalt sea capaz de efectos formativos sobre el organismo es cosa que puede atestiguarse por una experimentación biológica, a su vez tan ajena a la idea de causalidad psíquica que no puede resolverse a formularla como tal. No por eso deja de reconocer que la maduración de la gónada en la paloma tiene por condición necesaria la vista de un congénere, sin que importe su sexo, y tan suficiente, que su efecto se obtiene poniendo solamente al alcance del individuo el campo de reflexión de un espejo. De igual manera, el paso, en la estirpe, del grillo peregrino de la forma solitaria a la forma gregaria se obtiene exponiendo al individuo, en cierto estadio, a la acción exclusivamente visual de una imagen similar, con tal de que esté animada de movimientos de un estilo suficientemente cercano al de los que son propios de su especie. [11]
Entonces, para los seres humanos, la imagen corporal es también una gestalt que produce respuestas, especialmente sexuales, pero el poder de dicha imagen es más que instintivo: hay un poder cautivante –Lacan ha dicho más arriba “enajenadora”– de esa imagen especular.
Pero más allá de estas observaciones de Lacan sobre el estadío del espejo, él le hace cumplir a esa imagen especular una función fundamental para el sujeto, una función de paso de un estado a otro. Dice Lacan que
“la imagen especular parece ser el umbral del mundo visible, si hemos de dar crédito a la disposición en espejo que presenta en la alucinación y en el sueño la imago del cuerpo propio, ya se trate de sus rasgos individuales, incluso de sus mutilaciones, o de sus proyecciones objetales, o si nos fijamos en el papel del aparato del espejo en las apariciones del doble en que se manifiestan realidades psíquicas, por lo demás heterogéneas. [12]
Y agrega más adelante: “La función del estadio del espejo se nos revela entonces como un caso particular de la función de la imago, que es establecer, una relación del organismo con su realidad o, como se ha dicho, Innenwelt con el Umwelt” [13] [términos que hacen referencia a una dominancia puesta de entrada sobre la división del exterior y el interior en la perspectiva platónica y aristotélica euleriana]. El estadio del espejo establece así una relación entre el interior del organismo con la realidad exterior, rompiéndose ese círculo del Innenwelt y el Umwelt ideal.
Cuerpo fragmentado.
A continuación, Lacan hará énfasis en esa «discordia primordial» que se presenta en el infante por su “incoordinación motriz de los meses neonatales”, y como este “inacabamiento anatómico del sistema piramidal”, lo que confirma “una verdadera prematuración específica del nacimiento en el hombre” –dato reconocido por los embriólogos “bajo el término de fetalización”–, fundamental para comprender el poder de la imagen –y de lo imaginario– sobre el sujeto, es decir que lo imaginario esta lejos de no tener consecuencias para el sujeto; sus efectos son poderosos en la realidad.
Se trata entonces de una función decisiva en la formación del individuo y su historia, un momento crucial del desarrollo mental del niño:
“...el estadio del espejo es un drama cuyo empuje interno se precipita de la insuficiencia a la anticipación; y que para el sujeto, presa de la ilusión de la identificación espacial, maquina las fantasías que se sucederán desde una imagen fragmentada del cuerpo hasta una forma que llamaremos ortopédica de su totalidad, y a la armadura por fin asumida de una identidad enajenante, que va a marcar con su estructura rígida todo su desarrollo mental”. [14]
Ahora bien, ¿qué es lo que nos permite saber que el cuerpo del niño es percibido como cuerpo fragmentado en el momento de la captación de la imagen? Los hechos de la clínica, que Lacan pasa a enumerar en su texto, con referencias tanto a la psicosis, como a la neurosis histérica y obsesiva. El cuerpo fragmentado aparecerá regularmente en los sueños, “...bajo la forma de miembros desunidos y de esos órganos figurados en exoscopia, que adquieren alas y armas para las persecuciones intestinas...”, pero también “en el plano orgánico mismo, en las líneas de fragilización que definen la anatomía fantasiosa, manifiesta en los síntomas de escisión esquizoide o de espasmo” en el caso de la histeria. Y en la neurosis obsesiva, el cuerpo fragmentado es correlativo de una formación del yo [je] simbolizado oníricamente por un “campo fortificado”, y a nivel mental, una estructura de “fábrica fortificada”, que brota “de los síntomas mismos del sujeto, para designar los mecanismos de inversión, de aislamiento, de reduplicación, de anulación, de desplazamiento, de la neurosis obsesiva”. [15]
En La agresividad en psicoanálisis , Lacan dice que esa sensación de fragmentación del cuerpo se manifiesta en las “imágenes de castración, emasculación [castración de un macho], mutilación, desmembramiento, dislocación, evisceración [resección quirúrgica de una o varias vísceras], devoramiento, estallido del cuerpo” [16] que acosan la imaginación humana y que se observan en cualquier película de suspenso o terror, y que, en general, el cine de hoy recrea permanentemente.
Lacan advierte, a partir de esa referencia a la neurosis obsesiva - la cual edifica una fortaleza de la que hablan sus mecanismos de defensa - , que no se trata para nada, en la clínica, de hacer del sujeto un sujeto absoluto, lo cual no deja de ser tentador. La respuesta a esta tentativa Lacan la describe como «un método de reducción simbólica». Esta reducción simbólica hace referencia aquí, a la reducción de las formas imaginarias con el empleo de lo simbólico. “Lo imaginario es sólo descifrable si se lo traduce a símbolos”, [17] dice Lacan en Observación sobre el informe de Daniel Lagache . Si de algo acusó Lacan a las escuelas psicoanalíticas de su época, fue de reducir el psicoanálisis al orden imaginario. En dicha época se hacía de la identificación con el analista y el reforzamiento del yo, el fin de toda cura, la cual era reducida a una relación dual, lo que no hace sino producir una creciente alineación del sujeto. Contra tal reduccionismo imaginario, Lacan optó por el uso de lo simbólico como el único modo de desalojar las fijaciones discapacitantes de lo imaginario.
Narcisismo.
Terminado el estadio del espejo, dice Lacan, se inaugura, “por la identificación con la imago del semejante y el drama de los celos primordiales [...] la dialéctica que desde entonces liga al yo [je] con situaciones socialmente elaboradas”. [18] Es decir que dicho estadio, funda para el sujeto una dialéctica, un primer modo de vínculo con lo social. Su deseo, por ejemplo, queda a partir de este momento, mediatizado por el deseo del otro, “constituye sus objetos en una equivalencia abstracta por la rivalidad del otro”, [19] y hace del yo un aparato que tiene como función la autoconservación, referida esta a los peligros en que se pone en juego la subsistencia. Ahora bien, todo este estadio, la normalización de todos sus efectos –referidos hace un momento–, “depende desde ese momento en el hombre de un expediente cultural: como se ve en lo que respecta al objeto sexual en el complejo de Edipo”. [20] Es decir, que la organización del deseo –como deseo del Otro, dirá Lacan–, los objetos de deseo - se desea lo que el Otro desea - y el yo en su función de autoconservación, dependerá de cómo el sujeto pase por el complejo de Edipo. El complejo de Edipo, para Lacan, no es nada menos que el pasaje desde el orden imaginario, al orden simbólico, “la conquista de la relación simbólica como tal”. [21]
Otro aspecto que Lacan destaca como importante de este estadío, es la constitución en el sujeto del «narcisismo primario», “con el que la doctrina designa la carga libidinal propia de ese momento”. [22] En efecto, lo que le da forma al yo en el estadio del espejo, es esta identificación primaria con la imagen especular. Pero el narcisismo no solamente tiene un carácter erótico, sino también uno agresivo, como lo señala Lacan un poco más adelante en su texto, cuando habla de la libido sexual y de los instintos de destrucción y de muerte. Es erótico porque el sujeto siente una fuerte atracción por la gestalt de su imagen; pero también es agresivo porque, como lo señalamos antes, el carácter de totalidad de esta imagen especular, contrasta fuertemente con la incoordinación fragmentada del cuerpo real del sujeto, apareciendo amenazado con la desintegración. Así pues, la relación narcisista se constituye en la dimensión imaginaria de todas las relaciones humanas, y la agresión y el erotismo van a subyacer en todas las formas de identificación, constituyendo una característica esencial del narcisismo.
Ya vimos como la identificación que se pone en juego en este momento, es «imaginaria», es decir, es el mecanismo por el cual se crea el yo en el estadio del espejo. El estadio del espejo constituye entonces esta identificación primaria que da origen al yo ideal. Pero ella ilumina también la oposición dinámica que trataron de definir de la «libido», cuando se la invoca para explicar la relación evidente de la libido narcisista, con la función enajenadora del yo [je] y con la agresividad que se desprende de ella en toda relación con el otro, aunque fuese la de la ayuda más samaritana. Lacan lo dice claramente hacia el final de su texto: “el sentimiento altruista es sin promesas para nosotros, que sacamos a luz la agresividad que subtiende la acción del filántropo, del idealista, del pedagogo, incluso del reformador”. [23]
Desconocimiento del yo.
Para terminar, Lacan pasará a hacer una crítica a toda una corriente que toma prestada a la experiencia analítica, basada en el existencialismo, y que pretende asegurar un psicoanálisis existencial, basándose en una supuesta autonomía del yo, o auto–suficiencia de la conciencia, que no es más que ilusión, en la medida en que, por ser el yo una construcción que se forma por identificación con la imagen especular, este no es más que el lugar donde el sujeto se aliena de sí mismo, transformándose en otro; de tal manera que la autonomía del yo es sencillamente una ilusión narcisista de dominio. Si hay algo que goza de autonomía, es el orden simbólico, y no el yo del sujeto; él es esencialmente otro, es decir, está alienado. Rimbaud lo dice así: “Yo es otro”.
Lacan insiste: nuestra experiencia se aparta de “concebir el yo como centrado sobre el sistema percepción-conciencia, como organizado por el «principio de realidad»”. [24] Si el yo cumple una función, esta tiene por nombre «función de desconocimiento», que, como lo indica Lacan, caracteriza todos los mecanismos de defensa enumerados por Anna Freud, empezando por la misma Verneinung [denegación]. Esto porque, como lo indica Lacan en el seminario 1, el desconocimiento no es ignorancia, sino que representa “una cierta organización de afirmaciones y negaciones, a la cual está adherido el sujeto. Por lo tanto, no puede concebirse sin un conocimiento relativo [...] Detrás de su desconocimiento, seguramente tiene que haber una especie de conocimiento de lo que hay que desconocer”. [25]
Pero, ¿qué es lo que desconoce fundamentalmente el yo? Los determinantes simbólicos de su subjetividad, la determinación simbólica de su ser. “Así se comprende - dice Lacan en su estadío del espejo - , esa inercia propia de las formaciones del yo [je] en las que puede verse la definición mas extensiva de la neurosis”. [26] El desconocimiento es, pues, un no–reconocimiento imaginario de un saber simbólico que el sujeto posee en alguna parte. |