| Dentro de las formas discursivas de la legalidad y de sus guerras seleccionadas a conveniencia, la que es librada en contra del llamado “abuso de sustancias psicoactivas” es notable; un largo número de campañas y leyes pormenorizadas son los ejemplos más cabales de esta lógica del poder en contra de la que se ha dado a bien llamar toxicomanía.
Pese a su importancia, y a la pertinencia actual del análisis de ese concepto, no es mi objetivo en el presente llegar a tal desarrollo, ni a una genealogía de su aparición, baste con recordar que el concepto de toxicomanía sólo aparece como tal a finales del siglo antepasado; los comportamientos que hoy se llaman toxicomanía no eran señalados anteriormente como entidades médicas. Pero antes de continuar con el desarrollo, es importante señalar que dentro de los conceptos actualmente utilizados de droga, tóxicos y toxicomanía existe cierta ambigüedad.
La definición de droga del Diccionario de la Real Academia de la Lengua es: “Nombre genérico de ciertas sustancias minerales, vegetales o animales, que se emplean en medicina, en la industria y las bellas artes”, continúa diciendo: “sustancia o preparado medicamentoso de efecto estimulante, deprimente, narcótico o alucinógeno”.
Entonces, una droga puede ser un narcótico o no, pero de serlo, es diferente consumir una pastilla de roche medicada por un doctor – en cuyo caso el narcótico opera como una droga con fines terapéuticos – a consumirla sin tal autorización, donde la narcosis producida por la sustancia es penalizada. Hay que distinguir por ello entre drogas, en uso medicinal, y drogas que se prohíben y se persiguen.
Al mismo tiempo, la toxicomanía es definida en el mismo diccionario como un “hábito patológico de intoxicarse con sustancias que procuran sensaciones agradables o reducen el dolor”. El asunto es que el tóxico no aparece en este texto con la referencia al efecto placentero que se ha mencionado anteriormente, pues del tóxico se dice “aplícase a las sustancias venenosas”. A su vez, el veneno es una “sustancia capaz de causar la muerte en pocas cantidades, de ocasionar un daño a la salud o de afectar la moral”. También puede presentarse como un “mal sentimiento”.
Hay que preguntarse entonces, desde esta concatenación de definiciones: ¿qué es lo que es condenado cuando de toxicomanía se trata?; por un lado hay una referencia al placer, pero de otro lado a lo mortífero de una sustancia, a su daño en los afectos o en la moral. Unas sustancias capaces de envenenar la moralidad y los sentimientos.
La medicina, en nombre de una valoración moral, es la que lleva a cabo el juicio sobre la benignidad o malignidad de un narcótico, obedeciendo a una serie de juegos discursivos que apuntan a las drogas como tales, a sus efectos sobre el cuerpo, y a las consecuencias sociales de éstos. Pero además, no todas las sustancias susceptibles de calificarse como venenos por la medicina son prohibidas por los gobiernos; existen narcóticos, no entendidos como medicinales que no se toman actualmente como ilegales, al menos no de una manera explícita, los ejemplos más cabales de tales sustancias son el alcohol y el tabaco.
Todo lo anterior señala que al hablar de drogas es necesario iniciar una larga acotación para poder llegar a un entendimiento relativo. No todos los tóxicos son llamados drogas en el sentido perseguido del término; mientras algunos que son una necesidad pública para pasarla bien en una fiesta, existen otras drogas catalogadas de malas en sí mismas, sin diferencias cuantitativas en su consumo; no he visto todavía un comercial televisivo que diga por ejemplo: “el exceso de marihuana es perjudicial para la salud, artículo tal, ley tal, de tal año.”
Con base en lo anterior podemos concluir, como lo hace Jaques Derrida, que “la droga es un concepto no científico, instituido a partir de evaluaciones morales y políticas; lleva en sí mismo la norma o la prohibición” [1]. Droga y toxicomanía son conceptos normativos, evaluaciones institucionales. La razón para que esas prescripciones aparezcan no puede ser otra que aquella que sostiene tal prohibición en el mantenimiento de las instituciones sociales: “De ello dependen la salud, la seguridad, el buen funcionamiento, la productividad de éstas mismas” [2].
Se busca, en efecto, salvaguardar la sociedad de todo lo que se asocia con la toxicomanía: la irresponsabilidad, el no-trabajo, la irracionalidad, la improductividad, la delincuencia, la enfermedad, los gastos que ésta conlleva, y en general, la destrucción misma del lazo social. Pero además se hace recurso de otro valor acaso más específico: se trata de mantener a toda costa una “normalidad” natural del cuerpo social, y del cuerpo del individuo miembro de ella, una naturalidad orgánica y originaria del cuerpo.
La referencia al cuidado del cuerpo que viola el abuso de los psicotrópicos se ha transformado en un estribillo de todas las campañas que pretenden sembrar por doquier una especie de terror a las drogas, aunque haya surtido tan pobres efectos. Quienes teníamos edad para asombrarnos en la década de los 80 recordamos un comercial televisivo en el que aparecía un muchacho de buena apariencia que al llegar a un consumo de drogas empezaba una metamorfosis que concluía en un cuerpo con apariencia cadavérica, en un momento en que la sonoridad de la cuña publicitaria traía un latido acelerado de corazón que terminaba con el final mortuorio del pálpito. Es cierto tratamiento del cuerpo y de su normalidad lo que se entrama en la famosa guerra contra las drogas.
Es en nombre del cuidado del cuerpo que se repite el canto de la mortalidad que está encerrada en las drogas; pero la otra parte del consumo, la vertiente del placer, la del efecto de las drogas que es ejemplificado una y otra vez por los testimonios de los llamados adictos que narran sus experiencias no es tenido en cuenta. Será la relación del cuerpo del ser hablante con la voluptuosidad de las sustancias psicoactivas la que guíe en adelante esta reflexión. Para tal cometido me basaré fundamentalmente en el texto de Giullia Sissa El placer del mal.
No hace falta insistir sobre un punto coyuntural: el cuerpo no es lo mismo que el organismo; el cuerpo construido por el hombre se diferencia del de los demás animales por no definirse por entero en el camino de la necesidad. La emergencia que configura el lenguaje introduce un tratamiento diferente a los instintos; en los animales no existe la bulimia, la glotonería, las adicciones.
“Todos estamos en lo mismo, no sólo los dandis de segunda categoría en que nos habríamos convertido, desde hace poco, desde que abrieron las grandes tiendas y se inventaron las vidrieras” [3], señala Giulia Sissa parafraseando a Remo Bodei. Lo mismo, en este contexto no es otra cosa que la sensualidad con que rodeamos nuestro bienestar, la avidez con que nos circundamos de objetos elegidos para colmar nuestra naturaleza deseante, la misma que se ha señalado anteriormente al diferenciar cuerpo de organismo. El ser humano desea, y desear es lo que acaso señale su naturaleza.
Pero si todos estamos en lo mismo, no en todos el deseo toma los mismos recursos y los mismos caminos. La toxicomanía pone en juego un deseo exacerbado, que se muestra insaciable, devorador, que transforma la juguetona necesidad en tolerancia y dependencia. Mas, al tiempo que la toxicomanía asume el rostro de incontrolabilidad que se le conoce, muestra una cara fascinante de la cual Freud nos anoticia en El malestar en la cultura : el placer narcótico es doblemente negativo; al tiempo que evita el dolor físico por medio de su efecto en los sentidos, produce un disfrute que trata el dolor de vivir en la civilización, y su consecuente renuncia pulsional.
Es esta cara precisamente la que se señala constantemente en las narraciones autobiográficas de consumidores de droga: a un primer consumo generalmente azaroso se liga un descubrimiento sensual que se entrama a su vez con un encuentro con lo que algunos llaman, felicidad; la relajación, la euforia, la plenitud. “Nunca me sentí tan bien”, dice Christian F. en referencia a ese estado en que la felicidad parece adquirir la forma de un químico que se puede comprar con facilidad y llevar en el bolsillo. Thomas de Quincey, va un poco más allá y desde su postura filosófica dice que:
el opio se da como esa cosa material, concreta, que estorba increíblemente poco y que responde finalmente al anhelo humano más intensamente sentido y más difícil de satisfacer: la búsqueda de la intangible eudaimonía sobre cuya posibilidad el pensamiento antiguo no ha dejado de preguntarse [4].
Estamos entonces frente a un primer tiempo en el que las drogas duras proporcionan una vida plácida, un tiempo en el que el control sobre la dosis permite que de alguna manera se controle también la propia vida, una elección de manejo del bienestar controlado que distancia al consumidor de esa vida fastidiosa en la que la falta constituyente del deseo adquiere tan variadas formas, y en la que los escapes ofrecidos a esta condena vital parecen tan ineficaces.
Esta temporalidad, que se llama habitualmente “el período rosa” autoriza la instalación de una automaticidad en el consumo; sencillamente la sustancia se consume cada vez que se necesita. La necesidad es muy amplia, sobre todo cuando se posee la salida perfecta para tantas molestias cotidianas. Finalmente el consumo esporádico comienza a hacerse más frecuente y la dosis no alcanza para el mismo lapso de tiempo que lo hacía antes. La tonta cotidianidad le abre paso a otra: la del consumo; una cotidianidad que fastidia es reemplazada por otra de distinta índole, una cuyo tiempo transcurre con una medida diversa al “imperio efímero y poderoso del minuto” [5]: el lapso entre un consumo y otro.
Pero una modificación definitiva en el tiempo del consumidor es introducida en un momento: un día en que Christiane, William Bourroughs y los consumidores de opiáceos en general nombran como “despertar enfermos”. Un cambio fundamental en la relación con la droga se ha introducido: el excedente de placer que se había experimentado durante los primeros consumos se ha transformando en una necesidad para mantener las funciones elementales de la vida; estar sin el efecto de la sustancia significa estar en el desorden orgánico total: hay percepciones extrañas, inquietantes, dolores, temblores...un pinchazo, y el orden fisiológico es restablecido.
El placer, en la positividad del “periodo rosa” es cambiado por una negatividad determinada por no temblar, no tiritar, no sentirse agredido por los colores, y sobre todo, no sentirse totalmente vacío [6]. La droga deja de ser el lujo posibilitado por la elección, el accesorio de placer, y se hace indispensable para mantener un orden precario en el cuerpo.
El efecto de tal transformación en el modo de percepción corporal del fármaco introduce una paradoja: el placer, otrora positivo, adicional, ha introducido una necesidad, necesidad de dosis nuevas para que el cuerpo se mantenga bajo control, quedando la adicción en el lugar del placer mismo; es decir, no poder prescindir de la droga asegura el placer de su complacencia. La compensación continuada y fracasada de una falta absorbe lo que era placer, y éste está entonces determinado por la falta misma, no por la ganancia extra del primer tiempo; las células del adicto siempre están sedientas y su sed es inagotable: “el cuerpo de un adicto se vacía a medida que se le abreva” [7].
La primera forma de temporalidad que se había señalado como una modificación que llevaba del minuto al período muerto, entre un consumo y otro, sufre una nueva modificación: deja de estar referido a la falta y la presencia de la sustancia en el cuerpo y se transforma en un tiempo circular marcado por el flujo mismo de la sustancia, por su desaparición del cuerpo. Pues tal presencia no calma, mantiene el ansia del consumo en esa circunferencia cada vez más cerrada: “uno no se cuelga porque se drogue, sino que se droga para estar colgado”, [8] dice Borroughs ejemplificando esta particularidad del consumo.
De hecho él trasciende tal observación y asegura que el único placer de la droga es la falta, la falta de ella introduce una ganancia secundaria: en la agitación del yonki se presenta una estabilidad que le da un cierto sentido a la vida, la fija. Se introduce así una legalidad que promulga que en adelante su única preocupación será la misma droga; un orden distinto al de los demás, los que van por el mundo ansiosos hasta la médula por la evaporación del tiempo, que no rinde para los bien ponderados ideales de nuestros días, se ha introducido. La adicción se reduce a la persecución de un placer negativo, que introduce un neo-deseo cuya particularidad es una suerte de acomodo de la existencia, de la relación con el mundo del adicto. La droga y el tiempo se hacen uno solo; el tiempo transcurre con la misma fluidez con la que la sustancia se evapora vaciando el cuerpo, del mismo modo que un reloj de arena.
Resumiendo, podemos hacer notar que el cuerpo, como materia siempre mordida por el deseo, está en falta desde antes del primer consumo, de alguna manera éste, aun en su positividad manifiesta, es también negativo; es decir, también funcionó a modo de tratamiento de la falta que prefigura el deseo. Pero aun así, la materialidad del cuerpo del consumidor de la sustancia se juega entre una calma inicial, una calma que introduce una cotidiana alternancia del tiempo en función del deseo y el placer, temporalidad marcada por los tiempos muertos entre un consumo y otro. Pero este tiempo es desplazado por otro: en el cuerpo empieza a manifestarse, por efecto del síndrome de abstinencia, un vaciamiento continuo, la falta que prefiguraba el consumo se ha instalado como un comando que gobierna la totalidad del cuerpo, la vida, y el deseo del adicto, llevando incluso a lo que han nombrado en el psicoanálisis un decaimiento de la función del deseo, pues el monismo de un consumo se vuelve vector de la vida del sujeto.
Que la vida sea gobernada por un ente químico supone que la vida misma se deja en suspenso, y que el cuerpo como tal se maneje de un modo específico. Lo que permitiría la adicción es entonces renunciar al orden de la vida que la sociedad impone. El deseo de la droga termina por reemplazar todas las preocupaciones de los adictos, algunos señalan por ejemplo que cuando se está enganchado no hay que conseguir mujer, “la novia de uno es la droga”.
Ahora, es importante tener en cuenta que este aparente decaimiento del deseo en el cuerpo del ser hablante mantiene necesariamente la cuestión del estatuto previo del placer, presentificado desde el vacío del objeto mismo del deseo. Tal decaimiento señala, desde el psicoanálisis, una fijación compulsiva del goce que se presenta como un detenimiento del deslizamiento del deseo. Se diría pues que la droga, como lo ha señalado Sauret, rompe de algún modo con el goce en lo simbólico introducido por el falo. Una pregunta sale al paso: ¿el estatuto del cuerpo introducido por la operación del fármaco en lo subjetivo es una suerte de extracción gozosa de la naturaleza del deseo del cuerpo sexuado, o muestra en su complejidad una realidad un tanto diferente? Por tal motivo nos interrogaremos por el cuerpo desde una perspectiva filosófica.
Para los griegos, los afrodisia, las cosas del amor no dominan autónomamente la naturaleza del hombre; forman parte de un conjunto mayor, junto con el hambre, la sed, las ansias de riqueza; un conjunto de sensaciones de vacío que llevan el alma hacia un objeto, cuerpo o cosa inanimada. La parte del alma que actúa según el desenfreno del deseo epithymetikón, es considerada violenta y puede llevar al sujeto a comer y beber en exceso, a la intemperancia que es enemiga por excelencia de la búsqueda de la verdad. El deseo es peligroso porque es imponente, los deseos son ilimitados, imposibles de satisfacer, insaciables.
El problema consiste, según los griegos, en que las tendencias de esa parte del alma alejan al hombre de la vida del filósofo, del saber y de la verdad; hay un conflicto permanente entre estas dos formas de subjetividad, y de la tensión entre ellas depende la relación que se tenga con lo que es bueno en la vida.
Lo peligroso es entonces que los deseos esclavizan al hombre, siempre piden más, en caso de que un hombre dirija su vida hacia la satisfacción de ellos no podrá hacer otra cosa que eso, el deseo no ofrece nada para el sujeto, pero toma todo. La cuestión radica entonces en el tratamiento que se le dé a las necesidades del cuerpo; cuando el cuerpo es satisfecho desde lo necesario, el filósofo no se aleja de la reflexión, pero si se guía por el placer, otra naturaleza impone su ley, la del deseo como impulso ilimitado.
La etimología griega toma la insaciabilidad en un sentido gastronómico, es insaciable aquel que no se puede llenar con comida. Pero tal concepto deja de estar referido únicamente a la alimentación: aquel que no puede ser satisfecho ni dejar de sentir sensación de vacío por un tiempo medianamente prolongado es llamado insaciable. Un cuerpo glotón es pues la figura griega del funcionamiento del deseo.
Para Platón es justamente la sensualidad del paladar la que da origen a la proliferación de las pasiones, que son transformaciones del deseo desordenado de comida: “la avidez insatisfecha de riquezas hunde a la oligarquía, la sed inextinguible de libertad pierde la democracia. El tiempo de la historia se pone en marcha por los caprichos del paladar” [9].
Es pues la oralidad la que va a estructurar para Platón la concepción de deseo. Lo que se presenta es la necesidad de repetir el acto de la alimentación, esta necesidad de repetición es causada por la naturaleza misma del cuerpo humano, puesto que para su sostenimiento necesita de la ingesta constante de alimentos, simplemente porque en su funcionamiento pierde componentes esenciales para su equilibrio metabólico. Se trata de un déficit insalvable, el alimento está destinado a saciar la falta que causa la pérdida constante de elementos por parte del cuerpo, y por ello a desaparecer constantemente. Es labor de la oralidad mantener cierto equilibrio entre lo que se incorpora al cuerpo y lo que se lleva al exterior.
La sensación de vacío que comanda tal actividad es competencia directa del alma; el cuerpo, si se toma a parte del alma se dejaría de llenar. Sentir el vacío es desear y el deseo es insaciable, pero para que el ser humano logre hacer algo más que comer está construido de tal modo que pueda disponer de un horario, un tiempo dispuesto “para que el alimento no nos coma” [10]. Amenazados por el vacío de nuestra naturaleza disponemos de la lentitud de los procesos de vaciamiento del tubo digestivo para realizar las demás actividades, en esa franja de tiempo que va entre un hambre y otra somos productivos. Luchamos contra el vacío de nuestros cuerpos, pero si tal lucha nos esclaviza terminamos perdiendo en ella todo el tiempo que tenemos en la vida.
Platón distingue entonces un hombre prudente de un intemperante; el prudente es como el dueño de una casa que guarda con anterioridad los alimentos en jarras frescas, el segundo, que es un amante de los placeres, es como un administrador que guarda su vino en jarras rotas. Este hombre imprudente recuerda el suplicio de los que están en los infiernos cuyo castigo es cargar eternamente agua en un colador o grandes jarras que tienen el fondo agujereado.
Así, la concepción platónica del deseo es la de un tirano, impone un ritmo que el sujeto no puede controlar, pues en el fondo del alma deseante se abre un agujero que engulle todo cuanto puede tirarse en ella, mostrando el flujo incontrolado de un alimento que ya no volverá a ser suficiente.
Se enfrenta entonces el alma deseante a una doble constitución del vacío; por un lado se le alimenta con cosas que son en sí efímeras, que se desvanecen, que no son. Por el otro, ella no es capaz de contener algo, o dicho de otro modo, sólo puede contener nada. Puede decirse que lo que el placer procura es entonces una estabilización de la nada, no una ganancia de llenado; en el alma deseante eso es imposible, hay una evaporación cuya temporalidad se escapa del mismo modo; el deseo y el tiempo se encuentran en el mismo discurrir de inconstancia, ninguno de los dos permanecen en una materialidad, permanecen en un ciclismo insustancial.
Al mismo tiempo el placer se muestra como una amalgama siempre en movimiento, una amalgama de satisfacción e insatisfacción que no se relativiza simplemente en los momentos que tenemos con una u otra; la insatisfacción ha preñado el deseo desde sus inicios, y el placer aparece en un trasfondo de inexistencia que se juega siempre en el vacío de su objeto. No se habla entonces de que simplemente la duración del placer sea corto y por ello se persiga tanto, sino más bien, que el sufrimiento lo precede, de algún modo si hay placer es en la negativización del displacer. Por ello, el último obedece a una temporalidad siempre en devenir, pues el vaciamiento continuo del cuerpo así lo presupone. De ese modo el deseo prendido de la necesidad termina por alejar al hombre del verdadero placer, del placer que se siente en la sustancialidad de la intelectualidad. Curiosamente en Platón el deseo niega el placer; la única posibilidad de sentirlo es negarse al deseo, todo placer no intelectual, incluso el más intensamente vivido, no es si no deseo devorante, hambriento.
Es evidente que el número de autores y filósofos que tratan el deseo es muy elevado, por razones de espacio no es posible que se los traiga a colación, me limitaré por lo tanto a clarificar porqué decidí traer esta corta referencia a los griegos y a Platón en concreto, así como a esa referencia, igualmente sucinta a la temporalidad que introduce la droga en el cuerpo.
Es necesario para iniciar, anotar que hay una trampa en lo propuesto desde el texto de Giullia Sissa en la que no podemos caer: existe la posibilidad de inducir una mala interpretación en el sentido de una patologización de las temporalidades de la droga; podría suponerse que los tiempos que se han descrito señalan una permanente degeneración de la relación del consumidor con el mundo a causa de la droga, como si de alguna forma, del modo en que lo señala Lewin en el siglo XIX, el consumidor fuera progresivamente invadido por el espíritu demoniaco de la droga.
Respecto de la necesidad, Platón ha hecho una distinción entre las necesidades que introduce el cuerpo en su continuo vaciamiento elemental, y el deseo como aquello que el filósofo debe evitar; si uno no le da gusto a éste último, al menos no del todo, se mantiene en la virtud platónica, pero si se corrompe en una búsqueda permanente de la satisfacción, entonces se vuelve un intemperante, una jarra desfondada.
Notemos entonces que es el cuerpo vacío, configurando la continuidad infinita de la insatisfacción, lo que escenifica la concepción platónica del deseo, un cuerpo cuya temporalidad queda entre el ficticio llenado de la satisfacción y su nuevo vaciamiento, sólo para intentar llenarse otra vez. A esta forma de corporeidad debe sobreponerse el hombre que busque la verdad. No creo que se fuerce la argumentación al plantear que los intemperantes, tal como los llama Platón, en su placer inexistente, placer en el vacío, son análogos en su filosofía a las células sedientas de William Bourroughs. El cuerpo comandado por el alma deseante en esta perspectiva es toxicómano.
Aunque los conceptos de deseo, placer y goce, pueden ser abordados desde una perspectiva psicoanalítica, no creo que sea necesario ahondar desde Lacan en que el saber, el pensamiento y el trabajo asumen una temporalidad repetitiva equiparable al deseo de la epithymaia , pueden entenderse pues como formas de goce. Así, aun en el pensamiento racional y en la búsqueda de la verdad se enfrenta el hombre a la misma insustancialidad de las satisfacciones tramposas del alma deseante. La conclusión, un poco acelerada, es que somos intemperantes.
Sí, todos nos mantenemos sumergidos en la temporalidad introducida por la falta, y las satisfacciones que obtenemos son siempre extrañezas que hacemos nuestras, cuerpos extraños que retenemos para fijar la libido en ellos, nos mantenemos en la intemperancia, presos bajo el imperio del minuto. Pero además el deseo, que se expone en psicoanálisis desde el deslizamiento metonímico de un objeto a otro, igualmente no asegura salvarnos de las fijaciones; nada es más complicado que desligarnos de nuestras adicciones sintomáticas, de nuestras salidas sensuales al problema de la corporeidad del lenguaje.
Las satisfacciones de los no adictos también están preñadas del deseo platónico, del goce para ser exactos. Finalmente es nuestro deseo el que estructura nuestra existencia y en nuestras pequeñas satisfacciones mantenemos la esperanza de la repetición; también nuestro cuerpo se vacía en una fluidez, espesa para muchos, lentificada a veces, pero constante. Debemos ir continuamente a darnos nuestras dosis de esas satisfacciones, que aun no tan directas como los narcóticos nos ofrecen la sensualidad necesaria para llevar la falta del ser a otras escenas: el tiempo entre una lectura y otra, una película y otra, un rato de sexo y otro, marca nuestra existencia. De alguna manera nuestras satisfacciones sirven también para retro-alimentar la necesidad, en un cuerpo igualmente toxicómano que el descrito por Platón, con el agravante de que en nosotros los modernos, o posmodernos, si eso existe, no solemos tener esa adicción por la sabiduría.
El cuerpo de la toxicomanía no es otra cosa que una versión del cuerpo del hablante, puede decirse que el toxicómano es un ciudadano ejemplar, que no hace otra cosa que señalarnos la “patología” que somos, lo mismo en lo que hemos venido a permanecer, lo que pasa es que él es un poco más franco.
No pretendo desconocer, claro está, que existen personas que presentan una toxicomanía y que por variados motivos la asumen como epicentro de un pedido de atención psicológica, o que haya que interrogarse por los problemas que ciertos usos de las drogas puedan traer para el lazo social. Pero es necesario empezar a cuestionar la importancia del desmonte de ciertos imaginarios que circulan actualmente y que promovidos por las instancias institucionales y por los mass–media, han mostrado a los consumidores de sustancias psicoactivas como personas que se están auto destruyendo, autoenvenando, sujetos que van a terminar inexorablemente vagando por las calles o simplemente locos. Los sujetos que eligen una toxicomanía escogen una modalidad de tratamiento del cuerpo y del vacío que el lenguaje introduce, y no todos van a ser tal o cual cosa, todos son simplemente cada uno de ellos.
La demanda “acúsome doctor porque soy marihuanero” requiere ser tomada desde la particularidad de quien la presenta, seguir encerrando la toxicomanía en las afueras de la ciudad o en las definiciones simplistas como la suplencia de una debilidad de la personalidad, en conjunción con unos factores de riesgo, no hacen más que menospreciar un fenómeno mucho más complejo y rico.
Quizá convenga, para concluir, que otro libro nos hable sobre el toxicómano para ver si el sabor que suelen dejar los buenos libros acrecienta nuestra sed interminable de saber, a ver si nuestra necesaria, apreciada, y recomendada adicción por las letras sirve para mirar con ojos más humanos a otro que comparte nuestro destino errante en el vacío:
Hace medio siglo el malestar social e individual se admitía, mientras ahora es como si existiera un tabú que impide definir como repugnancia la repugnancia que produce esta sociedad. Quien vulnere dicha regla, sea grupo o sujeto singular, se autoincluye en el bando de los enfermos mentales, y como enfermo mental – además de pecador y delincuente – viene siendo tratado el usuario de drogas ilícitas desde hace algunas decadas [11]. |