Fundación Universitaria Luis Amigó
 
    NÚmero 13 • JUNIO 2007
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Luis Fernando Velásquez Córdoba                

Psicólogo humanista U.S.B.

Docente de la FUNLAM

010 – 010

Pintura. Óleo sobre Lienzo.

Igor Nelubovich

Compromiso y trascendencia de la educación

 

“La responsabilidad significa siempre responsabilidad ante un beber. Ahora bien, los deberes de un hombre sólo pueden ser interpretados partiendo de un “sentido”, del sentido concreto de una vida humana”

Viktor E. Frankl

 

Mucho se habla hoy de la importancia de la educación en el proceso de formación de la persona humana, de la manera como se ha venido trasformando ésta con el correr de los años, de los modelos de educación que tienen mayor vigencia y aplicabilidad en nuestro entorno, en la actualidad. Sin embargo, si bien, todo esto debe considerarse al momento de abordar el tema de la educación, también es fundamental reflexionar sobre otros aspectos que le aportan desde una perspectiva diferente, pero igualmente valiosa, elementos que contribuyen al logro de las expectativas que se esperan alcanzar, cuando se pretende formar teniendo como meta una educación integral. El presente ensayo, tiene como propósito realizar una reflexión en torno al valor del compromiso y la trascendencia de la educación como elementos fundamentales dentro de la formación integral de la persona humana.

Al hablar de educación, es pertinente considerar que desde los diversos autores que se ocupan del tema, es posible encontrar concepciones variadas en torno a la educación. Es así, como Álvaro Recio [1] señala que dependiendo de la orientación o del énfasis de los autores, se puede concebir la educación como una Educación en general , cuando ésta apunta a la construcción de un proyecto de hombre y de sociedad; éste se realiza a través de la trasmisión de conocimientos, valores y acciones que posibiliten no sólo una sólida estructura moral, sino la construcción de un mundo más humano, teniendo siempre presente la dimensión trascendental del hombre.

También menciona la Educación de la conciencia , la cual se ocupa de generar, como su nombre lo indica, conciencia , ya que esta permite una vinculación con la objetividad y la realidad. Es la que capacita al ser humano para poder vivir a partir del servicio a los demás. De igual modo se refiere a la Educación para la democracia , a la Educación cívica, a la ambiental y la que se realiza partiendo del avance científico social ; de todas ellas hace una breve descripción y en cada una es posible encontrar aspectos fundamentales para contribuir a una formación integral.

Es necesario considerar que lo único y realmente importante aquí, no es el concepto de educación que poseamos; es además de ello el compromiso que estamos llamados a adquirir si realmente queremos que la educación que estamos dispuestos a brindar en nuestras instituciones y a nuestros estudiantes sea una verdadera educación integral.

Surgen entonces algunas preguntas que debemos responder en torno al tema en cuestión. En primer lugar, ¿A qué concepto de educación le vamos a apuntar? Es decir, sobre la base de que concepto vamos a trabajar para lograr las metas que deseamos alcanzar en el ámbito educativo. En segundo lugar, ¿Qué tipo de persona humana estamos formando actualmente, y si es ésta es la que queremos seguir formando para el futuro?. Para ello debemos tener muy claro cual es el perfil del educador que debemos poseer, a fin de poder formar adecuadamente a las futuras generaciones. Y Finalmente, ¿Qué trascendencia tiene dentro de ese proceso formativo, el compromiso que cada uno de nosotros como personas y como participantes activos en la educación, hemos adquirido, tanto con nuestros estudiantes, como con la institución y con la sociedad en la que nos encontramos.

Frente al primer interrogante, es fundamental comprender que si bien existen diversas concepciones en torno a la educación, el sentido que ésta, es decir la educación, debe tener para nosotros debe ser claro y preciso, ya que nuestra función pedagógica se verá afectada positiva o negativamente, dependiendo de la claridad o falta de la misma que poseamos, en ese proceso de aprendizaje que día a día realizamos con los estudiantes; en el que tanto ellos como nosotros, realmente salimos enriquecidos, porque así algunos opinen lo contrario, todos aprendemos.

La educación, para que realmente cumpla su función formativa debe tener en cuenta unos aspectos esenciales, algunos de los cuales son retomados por Víctor Guedez [2] cuando plantea, al hablar de la responsabilidad educativa a favor de la promoción humana, que la educación en general, debe “motivar una aspiración a ser más”, en lugar de orientarse hacia “tener más”. La importancia de este planteamiento, radica en que la intención presente en esta manera de concebir la educación, no está en función de la adquisición de volúmenes conocimiento o de materiales de posesión, sino en el máximo desarrollo de las potencialidades de cada persona, las cuales se manifiestan a través de la disposición que tiene cada uno para promover su dignidad y el valor de su existencia como persona mediante la propia realización y la realización de los otros; pues la existencia del ser humano se realiza y tiene sentido a partir de la relación con el otro, tal como lo expresa De Sahagun Lucas cuando afirma: “El hombre no es un ser clausurado en sí mismo, sino que se abre a sus semejantes desde su propia mismidad, como aparece en el trato con los demás” [3]. Es por eso que la educación integral, no solo debe formar en conocimientos, sino “formar para la vida”, pero una vida en relación con otros.

Otro aspecto resaltado por Guedez señala que la educación debe “proyectar una vocación de servicio a favor del bien común. Este aspecto tiene estrecha relación con el anterior, en tanto que la preocupación por el “ser más”, al menos desde una perspectiva ontológica, implica de cierta forma “ser más” no sólo para sí mismo, sino también para los otros, ayudando también a los otros a “ser más”.

En ese llegar a “ser más” es también fundamental como lo expresa este autor el “despertar el gusto por saber”. Si partimos del principio de que el hombre no es un ser “acabado”, “terminado”, sino, que se trata de un ser en proceso, en continuo desarrollo; reconoceremos entonces el deseo y la necesidad que tenemos de aprender cada vez más, de saber y desarrollar a partir de esa sabiduría al máximo nuestras potencialidades. Para ello debemos estimular “la capacidad creadora”, ya que ella nos permite descubrir diversas maneras de aprehender la realidad que nos rodea, para poder así, comprender mejor aún nuestra realidad personal.

Del mismo modo debemos “fomentar y favorecer un espíritu crítico”, pues la realidad que aprehendemos constantemente es percibida de diferente manera por las otras personas que se encuentran junto a nosotros y que interactúan también con esa realidad. Es por eso, que mirando el proceso de aprendizaje desde una perspectiva fenomenológica podemos encontrar que el acercarnos a la realidad tiene un profundo contenido de subjetividad, pero no por eso deja de ser valiosa o pierde su fundamento real. Por el contrario, ese “espíritu crítico”, nos enriquece y nos permite considerar aspectos de esa realidad que posiblemente nosotros no habíamos percibido y nos ayuda a ampliar nuestro nivel de conciencia frente a nosotros mismos y frente al mundo.

Todo esto, contribuye a la posibilidad de afianzar nuestra identidad como persona humana. Al respecto, Victoria Camps [4] señala la importancia de dos elementos que deben considerarse en desarrollo de la identidad; el primero hace referencia a la importancia de la “ conciencia de sí” , la cual esta estrechamente ligada a la memoria, al recuerdo de la historia personal que me permite como persona percatarme de mi realidad existencial. El segundo, se ocupa de la relación con el otro, en la cual intervienen entre otros aspectos, la posibilidad de diferenciarme de “ ese otro ” siendo “ yo ”. Además de la diferenciación, también se presenta el fenómeno de la reafirmación , es decir, a la vez que el ser “ yo ”, me permite diferenciarme del otro como persona humana diferente de mí, también a través del otro, precisamente, es que yo me reafirmo cada vez más como persona única frente al otro y diferente de él.

Este aspecto dentro del ámbito educativo tiene una gran importancia, ya que el proceso educativo debe contribuir al descubrimiento de la propia identidad mediante ese doble juego de “diferenciación – reafirmación”. Estos dos aspectos posibilitan en la persona el encuentro profundo con su realidad ontológica, pero también el desarrollo de su personalidad, de su existencia particular la cual no se realiza sólo de manera individual, sino en la relación profunda con el otro; dicho de otra manera, me formó y me desarrollo más como persona humana a través de la alteridad ; pues como bien lo afirma De Sahagun Lucas, refiriéndose al ser del hombre “La alteridad es el otro constitutivo esencial del hombre en cuanto persona” [5].

En cuanto al segundo interrogante, es necesario empezar por aclarar, que así como en el proceso educativo intervienen diversos factores que deben tenerse en cuenta para garantizar que esa formación sea integral; también en dicho proceso están presentes diferentes personas que con sus actitudes y su acompañamiento, pueden contribuir, de manera adecuada o bien, de manera inadecuada, en ocasiones a la formación tanto personal como técnica o profesional de ese ser humano.

Si miramos la tendencia en la educación actual, podemos encontrar más con tristeza que con asombro, como el énfasis desde hace algunos años para acá, ha estado más orientado por parte de algunas instituciones educativas y también por parte de muchos estudiantes a “acumular conocimientos”, “datos”, a veces indiscriminadamente, sin interesarse mucho en saber como utilizarlos adecuadamente, o en el sentido que deben tener para su formación personal y profesional.

Es por esta razón que con frecuencia encontramos muchos estudiantes ávidos de información, más que de formación; de la formulita mágica que les ayude a resolver los diversos problemas, más que de aprender a discernir con claridad y con criterio ético sobre las diferentes situaciones que deben encarar en la vida. Precisamente , es ante ésta realidad que debemos responder urgentemente a la pregunta por la calidad de persona que queremos educar y por el tipo de profesional que estamos formando.

Considero, y es mí opinión personal, fundamentada en mí experiencia docente y clínica como psicoterapeuta, pero sobre todo en mi vivencia como persona humana, deseosa de desarrollar la misión que debo cumplir, lo que me implica trascender mediante el servicio a los demás, que debemos rescatar la dignidad y el valor de la persona humana, propiciando no sólo en cada uno de los estudiantes, sino también en cada una de aquellas personas con las que entramos en contacto durante el proceso de formación, precisamente el desarrollo de su ser y de aquellos valores que contribuyen más a afianzar su identidad personal, su realidad ontológica y como diría Víktor Frankl [6] el descubrimiento de lo que para cada persona, le da sentido a su vida.

Finalmente, es pertinente afirmar que la importancia y la trascendencia del compromiso que adquirimos quienes elegimos libre, conciente, voluntaria y responsablemente ocuparnos del asunto de la educación, se ve día a día reflejada en cada una de las personas, en cada uno de los estudiantes y profesionales con los que constantemente interactuamos y con los cuales hemos tenido la fortuna y la riqueza de haber compartido ese proceso de aprendizaje que llamamos educación. Son tanto ellos como nosotros, los beneficiados en esa interacción que nos permite desarrollarnos personal y profesionalmente para ofrecerle a la comunidad lo mejor de nosotros mismos.

Por eso, la invitación que deseo hacer y que surge de toda esta reflexión, está orientada a que cada uno de nosotros, antes de dirigir nuestra mirada hacia aquellas personas que están compartiendo como estudiantes o compañeros de labor ese proceso educativo, la enfoquemos primero a mirarnos a nosotros mismos, con el fin de identificar como estamos nosotros asumiendo ese compromiso educativo; que tanta claridad, responsabilidad, vocación, entusiasmo, ética y preparación tenemos, para luego poder encontrar el camino que nos permita asumir adecuadamente nuestra misión de acompañar a nuestros estudiantes hacia el encuentro con ellos mismos y con la realidad que les rodea.

NOTAS:

[1] RECIO, Álvaro. El perfil del educador para el siglo XXI. En Educación y Pedagogía

[2] GUEDEZ, Víctor. Educación y Proyecto Histórico Pedagógico.

[3] DE SAHAGUN LUCAS, Juan. Las dimensiones del hombre. Antropología Filosófica. Salamanca. Sígueme. 1996. p. 178

[4] CAMPS, Victoria. “IDENTIDADES”. Tomado de “Virtudes Públicas"

[5] DE SAHAGUN LUCAS, Juan. Las dimensiones del hombre. Antropología Filosófica. Salamanca. Sígueme. 1996. p. 178

[6] FRANKL, Víktor E. El Hombre Doliente. Fundamentos antropológicos de la psicoterapia. Barcelona. Herder. 1987 .


BIBLIOGRAFÍA

CAMPS , Victoria. “IDENTIDADES”. Tomado de “Virtudes y Realidades”

DE SAHAGUN LUCAS , Juan. Las Dimensiones del Hombre. Antropología Filosófica. Salamanca. Sígueme. 1996

FRANKL , Víktor E. El Hombre Doliente. Fundamentos antropológicos de la psicoterapia. Barcelona. Herder. 1987

GUEDEZ , Víctor. Educación y Proyecto Histórico Pedagógico

RECIO BURITICÁ , Álvaro. El perfil del Educador para el siglo XXI. Educación y Pedagogía.
 
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