Escuchar a padres de niños en edad preescolar, deja un sinsabor en el modo como estos y sus hijos son acompañados por los maestros (o mejor por las maestras, valga aquí recurrir a la discusión lingüística del uso del femenino) en la etapa que recién inician: la vida escolar de sus hijos.
Desde el momento del nacimiento, los seres humanos perdemos ese estado ideal de completud, estado que garantiza la total satisfacción de las necesidades básicas para vivir. Sin tener que hacer esfuerzo alguno, al feto le llega por medio de su madre los requerimientos nutritivos para alcanzar un desarrollo -al menos físico- saludable.
A partir del nacimiento, se inicia entonces un arduo recorrido por la vida donde el niño sigue anclado a un gran Otro para vivir; su madre . El pequeño infante depende de un ser humano que interpreta casi con dones sobrenaturales, sus deseos y necesidades. A la madre se le suman papá, abuelos, tíos, en fin, todos aquellos adultos en quien el niño reconoce un cuidado especial para si, y hacen que desde el inicio de la vida, el nuevo ser esté expuesto a unirse al Otro, a hacerse en el Otro, a constituirse en y para el Otro. [1] El Otro, según Hugo Bleichmar, es “el lugar desde el que se le aporta el código, es decir el lenguaje, las palabras que van a captar y a moldear por tanto sus necesidades... el Otro como el lugar del código” [2]. Son por tanto los padres en primera instancia, y los maestros en segunda, quienes marcan en el sujeto la particularidad de su ser.
Del modo como el niño es nombrado en la familia y reconocido por sus padres, será el modo que este encuentra para establecer vínculos en el preescolar; vínculos que mas de las veces están cargados de “anormatividad”, se salen de lo establecido, de lo esperado por una institución que aunque a bien tenga acompañar a los niños en el inicio de su vida escolar, se olvida de los padres, dejando de lado que unos y otros están incluidos en dicho proceso.
En el transcurrir de los días el proceso evolutivo de los niños avanza y con él las exigencias de la modernidad, lo que conlleva a iniciar el proceso escolar de manera cada vez mas temprana, esto es una realidad y como tal, debe asumirse. Los niños ahora, salen de casa al cumplir un año, a esta edad comienzan su escalada académica, se matriculan en una institución que sus padres han elegido, por encontrar seguramente en ella “algo de garantía para el buen cuidado de su hijo”. Queda entonces el niño bajo el cuidado de un desconocido, al cual termina por lo general dando un lugar especial (a tal punto que en ocasiones llora, ya no para quedarse con él, sino para dejarlo).
En el proceso de crecimiento de los hijos, de los alumnos, de los seres humanos, se viven etapas maravillosas y a su vez dolorosas, como es la escolar. No es fácil dejar la seguridad de la casa, dejar el cuidado de papá y mamá, para ir a un lugar donde no se es el centro de atención, como seguramente sucede en el hogar. Ir al colegio, ir al preescolar, es vivir un cambio, y como una pérdida, lo que implica que en el paso a la escuela el niño viva un duelo . Con la entrada al preescolar se pierde y se gana; se ganan amigos, se gana independencia, conocimiento, pero a su vez se pierde comodidad, certeza, dependencia, cuidados únicos para sí.
Bien sabemos por Freud, que el duelo aparece cuando el sujeto pierde un objeto, al cual ha investido de carga libidinal, objeto al que le ha asignado un monto importante de energía, representada como afecto. Esta pérdida de objeto, implica dolor, sufrimiento, angustia. Y si a esto se le adiciona que el objeto perdido, no es cualquier objeto, no es un juguete fácil de remplazar en el mercado, sino que se trata de la supuesta pérdida (supuesta en cuanto es un asunto imaginario) del primer objeto de amor, que es la madre, ¿imaginan ustedes cual es el dolor del pequeño?
Recordemos que por las enseñanzas de Piaget [3], el objeto existe si este está al alcance de la mirada del niño, y por el legado de Lacan [4], comprendemos que el niño se constituye como ser completo a partir de la imagen que le viene del Otro, y si ese Otro, desaparece ¿entonces donde queda el niño? Es posible pensar que queda sumergido en un vació enorme, en un lugar de desamparo psíquico, y por ser psíquico, ya es por si mismo difícil de nombrar, difícil de comprender.
En el proceso evolutivo del niño explicado desde la psicología, se requiere de la función simbólica para considerar que las cosas existen aun cuando no se vean, y si estamos hablado de un niño en edad sensoromotriz (momento de ingreso al preescolar), esta función aun no la ha desarrollado. Desde el psicoanálisis, esa función simbólica podemos explicarla con J- Lacan, a partir de su propuesta de anudamiento psíquico de los tres registros R eal, Simbólico, Imaginario , de los cuales solo nos serviremos a modo de dialogo pedagógico para ilustrar, como en el pequeño que se separa de la madre, queda un resto, un residuo que le permite su espera, ese resto le queda si ha contado con significantes anudados a otros significantes, que le permitan construir desde lo imaginario una imagen de su madre que le acompañe aunque no la vea en la realidad.
Si el pequeño ha contado con un padre que relativice la permanente presencia de la madre, es decir un padre (que no tiene que ser físico) que ponga límite a la insistencia de la madre de dar al niño todo cuanto este exige, podrá hacerse a la idea que ella siempre está aunque no esté; al fin de cuentas que la presencia de la ausencia siempre hará parte de la condición humana, esa ausencia nos marca como sujetos y nos da la posibilidad de desarrollar capacidad simbólica, con la cual es posible representar lo que nos falta, y dicha representación se logra gracias al lenguaje.
Es por tanto el lenguaje la herramienta principal con la que cuentan padres y maestros para acompañar al niño a su encuentro con la experiencia escolar, experiencia que ya dijimos encierra dolor. Si bien es cierto que ya el niño ha tenido duelos de separación con la madre, como dejar el pecho, dormir solito, esperarla en casa a que regrese del trabajo, sigue al cuidado de personas que le son familiares, sigue en su espacio habitual; pero ahora la separación es diferente, ahora lo dejarán en otro lugar y con personas desconocidas. Esto asusta, da temor, angustia, pero no por ello hay que evitarlo. Al dolor no es posible huirle, hay que enfrentarlo, y cada quien en su singularidad encuentra la forma de hacerle frente, solo que será mas fácil para el niño, si cuenta con los recursos psíquicos que le permitan este tramite, recursos consolidados en la relación afectiva con sus padres y maestros, representados por el lenguaje.
Ese modo de enfrentar el duelo por la separación, está marcado por los significantes que el niño ha tomado del Otro, bien sea del Otro materno o paterno, esos significantes son palabras, dichos, expresiones que le nombran con las cuales el niño se identifica, se reconoce y hace vínculo. Así entonces habrá quien en el periodo de adaptación escolar, y / o a lo largo de su permanencia en el preescolar muerda a los amigos, se niegue a comer, no entre al salón, no suelte su mochila, no deje su biberón, se calme con su cobijita, su muñeco favorito, o viendo las gallinas. En fin, cada quien inventa un modo particular de enfrentar ese duelo de adaptación escolar. Duelo que como cualquier otro, solo se supera si encuentra otro objeto, como lo propone Freud, para depositar en él, el resto afectivo que queda liberado del objeto perdido, esto sucede gracias a la posibilidad de desplazamiento de la energía psíquica. Si el niño encuentra en su maestra o maestro un nuevo objeto de amor, seguramente podrá establecer vínculos afectivos con su preescolar y todo lo que este contenga, por medio del vínculo transferencial con su maestra, el pequeño -así como lo piensa Freud en la psicología del colegial [5] podrá acercarse o alejarse del conocimiento.
Queda el niño al ingresar al preescolar al cuidado de un sujeto- maestro-, a quien en el psicoanálisis se le reconoce como el sucedáneo del padre, lo que le autoriza a acompañar al niño en la elaboración del duelo, que trae consigo dejar la comodidad del hogar. La escuela se convierte en el espacio principal para crecer en lo social; es un espacio diferente del cual se espera sea lo suficientemente sano para alcanzar el anhelado desarrollo integral, objetivo de la educación preescolar, desarrollo que busca ir mas allá de lo cognitivo.