Fundación Universitaria Luis Amigó
 
    NÚmero 12 • DICIEMBRE 2006
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Sofía Fernández                

Psicóloga U. de A.Magñister cn Ciencias Sociales y Humanas. Psicoanalista.

Docente-investigador del programa de Psicología-FUNLAM

Atrapada

Pintura. Oleo sobre Lienzo. Firmada. Año: 2003

Eddy Oña

Adolescencia y prostitución de mujeres adolescentes

 

Con el presente escrito, pretendo presentar algunas reflexiones que nos permitan pensar sobre una preocupación actual: el incremento que se percibe, en la ciudad de Medellín, de mujeres adolescentes que ejercen la prostitución. Preocupación tanto del las autoridades, de los maestros y los funcionarios de las instituciones de protección, como de sus familiares, quienes se preguntan por el comportamiento de las adolescentes frente a la sexualidad, identificándolo como un acto que va en contra de ellas mismas.

Las investigaciones recientes para explicar este fenómeno, hacen énfasis en las condiciones sociales y apelan a la pobreza, a la marginación, a la falta de oportunidades y al abuso sexual previo, y poco se ocupan de los determinantes subjetivos que contribuyen a que una mujer, en la adolescencia, se inicie en la prostitución; igualmente, pocas investigaciones se ocupan de la articulación de la prostitución con el discurso de la época. Lo anterior me ha llevado a realizar algunas reflexiones que me permiten decir algo sobre lo que nos enseña la práctica del psicoanálisis en la clínica y en las instituciones donde se atiende esta problemática.

Con respecto a la adolescencia

En el texto La psicología del colegial [1], Freud dice que en la adolescencia se da el apartamento del sujeto con respecto al padre por la caída de éste como ideal, lo que genera un movimiento con respecto a la ley y moviliza la relación de alienación al deseo del Otro y al goce.

Con el movimiento de apartamento del padre, éste deja de hacer límite al empuje pulsional y esto da lugar a la irrupción violenta en el campo del cuerpo de las exigencias pulsionales, cuerpo que responde a la maduración sexual producida por los cambios hormonales, es decir, con el despertar de la sexualidad, el cual tiene como finalidad el hallar un objeto sexual en el que confluya el amor y el deseo. Este fin lleva como impronta la elección de objeto realizada durante el florecimiento de la sexualidad infantil, objeto en el que tendrá la posibilidad de satisfacer la sexualidad fisiológicamente.

Este encuentro con un nuevo objeto amoroso, le permite al sujeto preguntarse: ¿Quién soy, hombre o mujer? ¿Qué significa ser mujer o ser hombre? ¿Qué desea un hombre de una mujer? ¿Qué desea una mujer de un hombre? La búsqueda de un nuevo objeto amoroso se sitúa, desde el comienzo, como una búsqueda de un objeto perdido que se desea volver a encontrar; pero por el sujeto estar inmerso en lo simbólico, atravesado por el lenguaje; se establece, por este hecho, la imposibilidad de su aprehensión y de la relación sexual; no del acto sexual, sino de alcanzar la armonía y la complementariedad ente los sexos. La adolescencia es, pues, un despertar de la sexualidad, una irrupción violenta de las pulsiones sexuales y un encuentro con la imposibilidad de la complementariedad, que hacen de ésta un momento de incertidumbre que lleva al sujeto a la elección de su posición sexual.

La caída del ideal del padre provoca en el adolescente un gran impacto, generando un cambio en la relación con el padre, un desafío a la ley. Son cambios que hacen ver al adolescente como ambivalente, rebelde, irreverente y retador de las figuras de autoridad en el ambiente familiar y escolar. Es una época en la que no acepta imposiciones y, frecuentemente, está mostrándoles las inconsistencias a los representantes de la ley, lo que desconcierta a los padres, madres, adultos cercanos y maestros, lo cual genera múltiples dificultades en estas relaciones.

La relación del adolescente con respecto a la ley, va a involucrar una tendencia a la transgresión, pero, igualmente, demanda que le pongan límites, y el impacto de la caída del ideal paterno, va a depender de la posición que el padre, como representante de la ley, asuma frente a sus propias fallas. Si para no perder el lugar de omnipotencia, justifica sus excesos, lo más posible es que genere en el adolescente una gran hostilidad y deseo de desautorización. Si el padre, en lugar de justificar sus excesos, los reconoce y se hace cargo de los efectos que éstos producen, va a transmitirle a su hijo un límite que puede preservarlo de su tendencia a la transgresión, e introduce un límite en su propio actuar [2].

El adolescente, en el movimiento de apartamento respecto al padre, se ve enfrentado a un momento de vacilación subjetiva con respecto a la ley, la sexualidad y su deseo; por eso se pregunta: ¿Quién soy? ¿Qué es lo que el otro desea de mí? ¿Para qué vivir? ¿Para qué la familia? ¿Hacia dónde voy? ¿Soy hombre o mujer? Y trata de encontrar una salida a su alienación, a la relación de sujeción al deseo del Otro, porque ya no puede permanecer bajo las marcas del Otro, sujetado a lo que éste le ha determinado con respecto a su ser.

E s, pues, la adolescencia, un momento de vacilación subjetiva en el que el sujeto busca, mediante sus actos, hacer un llamado al Otro para que le ayude a encontrar respuesta a la pregunta por su deseo; por eso es común escuchar al adolescente decir “no sé”; realmente la imposibilidad que tiene es de nombrar su deseo. Este “no saber” lo lleva a buscar a alguien al cual identificarse, para que lo oriente, lo apacigüe o le asegure un goce que lo empuja a la muerte. Además , buscan en la relación con el semejante un tratamiento posible a lo que ha fallado de la función del padre, la de ponerle un límite al empuje pulsional.

En la búsqueda de nuevos modelos de identificación, algunos adolescentes se vinculan a grupos en los que sus actos dan cuenta que allí, donde el nombre del padre a decaído en su función de ley, van más allá del límite, o mejor, van más allá del padre, pero sin servirse de él, al hacer una síntesis entre las tendencias pulsionales y los modos de relación en los que se juega un goce en la lógica que parece trascender los acuerdos que preservan la vida.

Estos son los adolescentes que son objeto de preocupación, en tanto se constituyen, o bien en un problema de orden público por sus actos violentos en sus diferentes manifestaciones - delincuencia, vandalismo, sicariato, terrorismo, manifestaciones que van en incremeto - , o son un problema de salud pública, por las problemáticas que se pueden derivar de las manifestaciones de la sexualidad en la adolescencia, como el incremento del contagio de enfermedades de transmisión sexual, los embarazos a temprana edad con riego de mortalidad - tanto de la madre como del hijo - , el incremento de los abortos, entre otros.

Otros adolescentes, frente a este mismo movimiento con respecto a la ley del padre, buscan pertenecer a un grupo para dedicarse a un fin común compatible con la vida, por ejemplo, grupos cristianos o grupos juveniles, para mencionar sólo algunos ; allí se evidencia que estos jóvenes “han hecho una síntesis satisfactoria entre la tendencia pulsional potencialmente antagónicas, crear y sostener acuerdos entre semejantes allí donde el nombre del padre ha decaído en su función, es ir más allá del padre a condición de servirse de él” [3]. Estos adolescentes no se constituyen en un problema de orden público, en tanto están dentro de los parámetros establecidos por la cultura.

Con respecto a la prostitución.

En la contemporaneidad se piensa la prostitución como un trabajo, y las mujeres que allí se encuentran se definen como trabajadoras sexuales, incluyendo a algunas menores de edad, y serlo conlleva entrar en una serie de códigos y reglas con respecto a los proxenetas, los lugares donde trabajan y los servicios que prestan, lo que introduce que de lo que se trata es ofrecer un buen servicio, que es retribuido con mayores ganancias.

Allí se encuentran algunas mujeres adolescentes, que frente al movimiento de apartamento del padre y de la emergencia del empuje pulsional en el cuerpo, se vinculan con otras jóvenes en el ejercicio de la prostitución, generalmente involucradas en actividades delictivas y de consumo de sustancias psicoactivas. Ejercicio de prostitución en el que se juegan un goce que reivindican como un trabajo, que si bien está prohibido - por ser menores de edad - , continúan el él porque consideran que este no tiene ningún un problema; es decir, que la dificultad está en los otros. Esto hace que no acudan a las instituciones que trabajan con dicha población, lo cual está asociado, más que a un síntoma, del cual el sujeto padece, a un problema social que le preocupa a los “moralistas”, a algunos familiares y al Estado.

En el mundo de la prostitución encontramos otro grupo de adolescentes que aún no se han identificado a la prostitución como un trabajo; algunas veces se quejan de la actividad que realizan y dicen no querer continuar, sin embargo, se quedan en ella al encontrar, en el grupo de adolescentes, un lugar de oposición a la ley y el encuentro con una modalidad de goce. Algunas quieren salir de este mundo al enamorarse de unos hombres que están por fuera del negocio, lo que introduce una división que las remite a la pregunta por continuar o salir de la prostitución. Es más común que estas adolescentes acudan a las instituciones de protección, en busca de nuevos referentes que les permita asumir otro estilo de vida.

También acuden a las instituciones de protección, otras adolescentes consideradas por los estudios sociológicos como población en alto riesgo, porque tienen la tendencia a abandonar sus hogares para ir a la calle, siendo posible que, en el movimiento con respecto a la búsqueda de la ley del padre, se encuentren con otros jóvenes y corran el peligro de iniciarse en la prostitución.

Con respecto al discurso de la época.

¿Qué del discurso de la contemporaneidad favorece que, frente al movimiento propio en la adolescencia con respecto a la ley del padre, algunas adolescentes se vinculen a la prostitución? En la contemporaneidad hay un discurso que relativiza de la moral sexual cultural que regia anteriormente, el cual tenía como principios, la monogamia, la heterosexualidad, la vivencia de la sexualidad para la reproducción, la prohibición de las relaciones extramatrimoniales y de la masturbación, entre otras cosas.

Lo anterior ha cambiado en tanto hay un nuevo programa de la cultura que, como efecto de la alianza de las ciencias con las leyes del mercado, han levantado toda prohibición y cuestionado el tabú de la sexualidad, lo que ha tenido consecuencias en la relativización de los diques psíquicos contra los excesos sexuales, es decir, el pudor, la repugnancia y el sentimiento moral; muros de contención a la pulsión que se erigen en el período de la latencia y que son necesarios. Estos “muros” son producto de fuerzas contrarias a la sexualidad, es decir, la represión, la cual opera sobre el empuje pulsional y tienen como fin oponerse a la pulsión sexual, canalizándola y marcándole su curso, y poniendo tal satisfacción, al servicio del vinculo social y de la cultura, en actividades intelectuales, la creación artística, el deporte y la música, entre otros.

¿Qué ha pasado con el pudor que introducía la idea de que no va bien acostarse con tantos hombres? Ahora puede ser con todos, en diferentes modalidades, con tal de que paguen, o si no pagan, puede ser en la modalidad de “el parche”, “amigos con derechos”, “la tiniebla”, etc.; ahora es común escuchar: “estoy contigo sin ningún compromiso, la pasamos chévere un ratico y no más”.

¿Qué ha pasado con la repugnancia que introducía el no poder acostarse con cualquiera? Ahora puede ser cualquiera, y aparece un tercer elemento: el dinero, que viene y relativizar esta función, y como la prostitución es un trabajo, entonces hay que prestar un buen servicio; y algunas no piensan a quien: desde que pague, bien puede ser cualquiera, en una lógica de instrumentalización del ser y del cuerpo.

Con respecto a la moral que rige la conservación de la vida sexual monogámica, heterosexual y para la reproducción, ahora todo esta permitido; se trata de gozar sin limites y que sean otros los que respondan. Es posible pensar que en tanto hay en la contemporaneidad una caída vertiginosa de los ordenadores de la sexualidad - el pudor, la repugnancia y el sentimiento moral - , las adolescentes de esta época están en alto riesgo de prostitución, referida esta a la promiscuidad, en la que, sin ningún límite y desde la reivindicación del derecho a gozar, van pasando de hombre en hombre, y en donde con ellas se hace una serie; y si bien, en algunos casos no hay una posición de “negocio de su cuerpo”, si se lo pone a disposición del otro como objeto de goce.

¿Cuándo una muchacha no esta en riesgo de prostitución? Cuando tiene una posición de tener un lugar en ser frente a un hombre, y ella darle un lugar singular a ese hombre, al menos imaginariamente.

¿Qué podemos ofrecer?

Elaboraciones del psicoanálisis y de algunas corrientes filosóficas, han permitido organizar hipótesis para comprender la responsabilidad de las adolescentes. Éstas han servido como fundamentos para la elaboración de la propuesta de trabajo con esta población. Por sujeto responsable se entiende aquel que asume como propios, los actos y los conflictos que conciernen a su persona, así como aquello que dice. Además, y contrario a darse a sí mismas un lugar de víctimas, reconocen una participación en aquello que concierne a su vida; el conflicto no está, por lo tanto, del lado de las circunstancias y los errores de los otros, sino que enfrentan las implicaciones de sus actos y desafían, desde sí mismas, a las contingencias.

Esto, en manera alguna, implica un proceso de inculpación de las adolescentes. El hecho de que la prostitución no se subraye como transgresión, en la práctica que realizamos en la institución, y que no se este en función de resolver el síntoma social - porque ese no está en nuestras manos resolverlo - , ha permitido que nos ocupemos de escuchar en su singularidad, el cómo cada adolescente se piensa en la relación con los hombres, qué es un hombre para ellas, cómo es el vínculo con otro, cuáles son sus preguntas con respecto a los hombres y las mujeres, qué concepción tienen de sí mismas y cuáles son sus amarres mínimos a la ley, a unas normas.

Propiciar posibilidades de verbalización permite que las adolescentes logren interrogar sus actos para tomar distancia y se enfrenten a las circunstancias externas que han facilitado la elección de este ejercicio. De igual forma, facilitar la elaboración de su participación como sujetos responsables frente a la forma cómo han llegado a inscribirse en este ejercicio y cómo se enfrentan a él.

Si las intervenciones no muestran una satanización de la prostitución, se les brinda la posibilidad de que a través de la relación con la institución y del trabajo que en ella se realiza se articulen elementos subjetivos que no las mantengan en ese lugar del que se quieren separar. Si el trabajo no vindica su papel de víctimas y las ayuda a sentirse responsables de sí mismas, las adolescentes sienten que en gran medida el proceso en la institución, tiene algún sentido que les hace volver los ojos sobre sí mismas y buscar vinculaciones con otros.

NOTAS.

[1] Freud, Sigmund. La psicología del colegial. Tomo II Edit Biblioteca Nueva. Pag 1894

[2] María Paulina Mejía y Sofía Fernández, Hacia la construcción de una ética para la vida, Guía metodología para el trabajo con mujeres jóvenes, Corporación Vamos Mujer , Medellín, Multigraficas, 1998, p. 23 .

[3] Clara Cecilia Mesa. Adolescencia y violencia, ponencia presentada en el seminario Clínica con Adolescentes, Universidad de Pontificia Bolibariana. Medellín. 2006

 
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