Fundación Universitaria Luis Amigó
 
    NÚmero 12 • DICIEMBRE 2006
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Dr. Jaime Alberto Carmona Parra.                

Psicólogo social. Mg. en Ciencias Sociales y Humanas

Decano de la Facultad de Psicología de la FUNLAM

V-Idea 2

Obra Gráfica. Aguafuerte con Aguatinta. Año: 1986 .

Nam June Paik

El interaccionismo simbólico: perspectiva y método en el campo de la psicología social

 

Para comprender la significación de la aparición del interaccionismo simbólico como una de las vertientes fundadoras de la psicología social, en las primeras décadas del siglo XX puede ser útil situar algunas de las perspectivas y métodos que han sido sus afluentes. En el plano filosófico podemos mencionar el pragmatismo y el materialismo histórico, y en el campo de las ciencias sociales, el llamado darwinismo social y el psicoanálisis.

Pero, quizá la mejor manera de mostrar uno de sus aspectos singulares sea haciendo un contraste con el enfoque empírico-analítico dominante en el campo de las Ciencias Sociales. Esta diferencia fundamental radica en el presupuesto antropológico que está en la base de cada enfoque. Según Blumer (1981), el presupuesto antropológico, es decir la idea del ser humano, que está en la base de las investigaciones empírico-analíticas es determinista, el comportamiento individual y social del ser humano se explica en función de los determinismos que intervienen en él:

“Este enfoque dominante, como se ha dado a entender atribuye la acción de las personas a un factor desencadenante, o a una combinación de varios factores de este tipo. El origen de la acción se remite a cuestiones tales como motivos, actitudes, necesidad-disposición, complejos inconscientes, diversos tipos de estímulo, demandas de Status, exigencias del papel social y coyuntural. Se considera que relacionar la acción de uno o más de estos agentes desencadenantes es una tarea plenamente científica.”

De una manera sintética, podemos decir que el supuesto básico que está en la base en el método científico de las investigaciones empírico-analíticas, concibe al ser humano como una entidad “que responde a la acción recíproca de los factores que actúan sobre él” (Blumer, 1981), es decir como un objeto (en cierto sentido pasivo) de los determinismos que operan sobre él.

El interaccionismo simbólico se sitúa, en cierto sentido, en la postura opuesta, al postular al ser humano, como un agente social activo que interpreta la realidad simbólica en la que vive y traza planes de acción, individuales y colectivos que opera cambios dicha realidad. No es un objeto pasivo sobre el que la realidad actúa, sino un “agente” activo que interactúa con la realidad simbólica en la que habita y la transforma. De ahí viene el nombre de interaccionismo simbólico. Veamos lo que dice Herbert Blumer sobre el ser humano considerado como agente (1981).

El interaccionismo simbólico admite que el ser humano ha de tener una estructura en consonancia con la naturaleza de la acción social. Se le concibe como un organismo capaz, no solo de responder a los demás en un nivel no simbólico, sino de hacer indicaciones a los otros e interpretar lo que estos formulan. Como Mead ha demostrado categóricamente, la persona sólo puede hacer esto porque posee un (self) “sí mismo”. Esta expresión no encierra ningún significado esotérico. Quiere decir sencillamente, que un individuo puede ser objeto de sus propios actos…El hecho de que el ser humano posea un “si mismo” lleva implícito algo todavía más importante; y es que ello le capacita para entablar una interacción consigo mismo…Este tipo de interacción es fácilmente detectable cuando advertimos que estamos enojados con nosotros mismos, y que debemos autoestimularnos para realizar nuestros quehaceres, cuando nos recordamos que debemos hacer esto o lo otro, o hablamos para nuestros adentros, al elaborar un plan de acción. (p. 10)

Es decir que para entender el proceso mediante el cual un ser humano toma una decisión, como la que puede estar en juego en cualquier problemática psicosocial, es menester contar con esta estructuración de la subjetividad, en virtud de la cual el ser humano interpreta la realidad simbólica que habita y mediante un proceso de interacción consigo mismo elabora un plan de acción. Veamos las consecuencias teóricas de la constatación de esta capacidad de los seres humanos, en lo que Blumer define como la “Naturaleza de la acción humana”(1981):

La capacidad de la persona para autoformularse indicaciones confiere a la acción humana un carácter distintivo. Significa que el individuo se halla ante un mundo que debe interpretar para poder actuar y no ante un entorno frente al que responde en virtud de su propia organización. Tiene que construir y orientar su propia acción en lugar de limitarse a realizarla en respuesta a los factores que influyen en su vida u operan a través de su persona. Tal vez no lo haga con mucho acierto, pero tiene que hacerlo. Este concepto de ser humano que orienta su acción autoformulándose indicaciones contrasta radicalmente con el punto de vista sobre la acción humana que actualmente prevalece en las ciencias psicológica y social… (que) ignora y suprime el proceso de autointeracción por medio del cual un individuo, maneja su mundo y construye su acción. Así se cierra el acceso a un importantísimo proceso de interpretación por medio del cual el individuo percibe y enjuicia lo que se presenta ante él, y planea directrices de su comportamiento público antes de ponerlas en práctica. (p. 11)

Esta concepción particular del ser humano, capaz de autoformularse indicaciones, incluye también a los muchachos en la pubertad y en la adolescencia; pero, aún desde antes, Mead (1930) subraya que “es importante reconocer cuan enteramente social es el mecanismo de la conducta reflexiva de los niños” (p. 379).

Esta capacidad de interpretar la realidad y planear las directrices de su comportamiento la podemos suponer plenamente desarrollada en los muchachos en la pubertad y la adolescencia, teniendo en cuenta la salvedad que propone Blumer, en el sentido de que un ser humano (un adulto o un menor) aunque tenga desarrollada la capacidad de tomar decisiones y planear las directrices de su comportamiento público “Tal vez no lo haga con mucho acierto”.

Las consecuencias metodológicas de esta concepción particular del ser humano como “agente”, para la investigación de un fenómeno psico-social cualquiera, son radicales. Veamos lo que dice Blumer (1981) al respecto:

La premisa según la cual la acción social es elaborada por un agente que opera a través de un proceso en el que advierte, interpreta y valora las cosas, elaborando un plan de acción premeditado, configura en gran medida el enfoque a adoptar para el estudio de la acción. Básicamente hablando, esto significa que para abordar y analizar la acción social hay que observar el proceso mediante el cual se lleva a cabo. Esto, por supuesto, no se hace ni es factible utilizando un esquema basado en la premisa de que la acción social es un mero producto de factores preexistentes que influyen en el agente. Se requiere una postura metodológica distinta. Al contrario del enfoque que considera a la acción social como un producto y que a continuación trata de identificar los factores determinantes o causativos de la misma, se precisa uno que estime que el agente individual se enfrenta a una situación concreta, que debe actuar ante ella y, en función de la misma, trazar una línea de acción. De este modo, desde una posición en la que es un medio neutral a merced de los factores determinantes, el agente es promovido a la categoría de organizador activo de su acción. Esta postura distinta implica que el investigador interesado en la acción de un grupo o individuos dados, o en un tipo concreto de acción social, debe estudiarla desde la perspectiva del autor de la acción sea quien sea. Debe seguir el rastro a la formación de la misma tratando de averiguar el modo en que se forma realmente. Esto significa que hay que observar la situación con los ojos del agente, ver los aspectos que éste tiene en cuenta, y cómo interpreta dichos aspectos, anotar los actos alternativos programados de antemano y tratar de seguir la interpretación que conduce a la selección y ejecución de uno de esos actos prefigurados [1]. La determinación y el análisis de la trayectoria de un acto es esencial para la comprensión empírica de la acción social, ya se trate de la delincuencia juvenil o del suicidio, la conducta revolucionaria o el comportamiento de los grupos militantes, el modo de actuar de los grupos reaccionarios de derechas o de cualquier otra cosa. (p. 42).

El estudio de cualquier problemática psicosocial desde esta perspectiva, implica, pues, observar la situación desde los ojos de los mismos actores sociales, ver los aspectos que ellos han tenido en cuenta a la hora de considerar la posibilidad de tomar una decisión en lugar de otra, dentro de un abanico de alternativas que puede ser amplia o reducida, que puede ser más o menos libre o claramente condicionada por la situación interaccional a la manera del dilema del prisionero.

El material que recogeremos, en las investigaciones que se realizan de acuerdo con esta propuesta metodológica, tendrá necesariamente dos rasgos definidos, uno relacionado con la forma y otro con el contenido. En cuanto a la dimensión formal del material, debemos estar preparados para que los testimonios que aportarán los actores sociales generalmente no tenga el carácter esquemático al que estamos acostumbrados los científicos sociales, sino que tendrá necesariamente estructura de relato. En cuanto al contenido, debemos estar preparados para encontrar que la visión que ellos tienen de su realidad, difiere de la concepción que podemos tener los académicos acerca de estas mismas.

Una opción posible de abordaje de diversas problemáticas psicosociales, consecuente con esta perspectiva, puede ser la reconstrucción de la trayectoria vital de los actores que socialmente se identifican, o incluso se estigmatizan, en función de su pertenencia a una subcultura, que puede estar relacionada con una forma cualquiera de la marginalidad –étnica, religiosa, sexual, moral, estética – etc. o cualquier problemática psicosocial como la locura, la drogodependencia, las pandillas juveniles, las adolescentes embarazadas; pero que igualmente puede referirse a cualquier gueto de cualquier élite del poder en algún campo de la vida social: el eclesiástico, el militar, el político, incluso el académico. Una reconstrucción tal de la trayectoria vital de los integrantes de un determinado grupo humano, identificados por una problemática psicosocial específica fue lo que realizó Ervin Goffman en el Hospital St Elizabeth de Washington bajo la consigna de reconstruir la “carrera moral del paciente mental”.

Teniendo en cuenta la importancia de la noción de carrera para la investigación psicosocial, citaremos en toda su extensión el comentario que hace Goffman sobre ella en su texto Internados:

La palabra carrera se ha reservado, tradicionalmente para quienes aspiran a escalar las sucesivas etapas que presenta una profesión honorable. El término empieza a utilizarse sin embargo, en un sentido más amplio, para referirse a cualquier trayectoria social recorrida por cualquiera persona en el curso de su vida. La perspectiva adoptada es la de la historia natural: se desatienden los resultados singulares para atenerse a los cambios básicos y comunes que se operan, a través del tiempo, en todos los miembros de una categoría determinada, aunque ocurran independientemente unos de otros. De una carrera así concebida, no cabe afirmar que sea brillante o mediocre: tanto puede ser un éxito como un fracaso…una de las ventajas del concepto de carrera consiste en su ambivalencia: por un lado se relaciona con asuntos subjetivos tan íntimos y preciosos como la imagen del yo, y el sentimiento de identidad: por el otro, se refiere a una posición formal, a relaciones jurídicas y a un estilo de vida, y forma parte de un complejo institucional accesible al público. Gracias al concepto de carrera podemos, pues, oscilar a voluntad entre lo personal y lo público, entre el yo y su sociedad significativa, sin necesidad de ceñirnos, como única fuente posible de datos, a lo que la persona dice pensar que imagina ser (p. 133).

Esta noción de “carrera” se sitúa en el vértice entre lo psicológico y lo sociológico, que define el campo especifico de una investigación psicosocial, en la medida que permite tener en cuenta simultáneamente la esfera subjetiva de un individuo y la esfera interaccional que constituye el contexto y el hábitat de dicha subjetividad.

Antes de seguir adelante, quizá sea importante hacer un comentario adicional en torno al campo específico de la psicología social. Para ello nos apoyaremos nuevamente en una cita de Goffman (1961):

El enfoque sociológico más elemental del individuo y de su yo, sostiene que el individuo es ante todo su propio yo, tal y como se define por el puesto que ocupa en una organización. Cuando se lo apura, el sociólogo consiente en modificar este modelo, dando margen a ciertas complicaciones: que el yo no se haya formado aún, o que presente dedicaciones conflictivas. Quizá nosotros deberíamos llegar un poco más lejos, y aumentar la complejidad del esquema, elevando las dos eventualidades especificadas a un lugar central. Con esto definiríamos inicialmente al individuo (…) como una entidad que asume actitudes, algo que se sitúa en una posición aproximadamente intermedia entre la identificación con una unidad social y su oposición a ella; algo que está preparado, por lo demás, para contrarrestar la más ligera presión y mantener el equilibrio, desplazando su participación en un sentido y en otro. Sólo entonces, y sólo contra algo puede surgir el yo (p. 315)

Es decir que el campo específico de la psicología social, por su definición misma, involucra la dimensión del conflicto entre lo subjetivo y lo social. Así pues la “interacción simbólica” (Blumer, 1981) hemos de entenderla en su acepción más fuerte en esta perspectiva dinámica que entraña siempre un factor de tensión entre el sujeto, en tanto que identificado a su posición social, y el mismo sujeto, en tanto que opuesto simultáneamente a esa posición asumida y al “otro generalizado” (Mead 1930) que se la asigna.

Esta tensión siempre se despliega en dos escenarios: en el campo de la subjetividad toma la forma de un conflicto instituyente en todo individuo entre la adhesión y la resistencia. Veamos una valiosa reflexión de Goffman (1961) al respecto:

Sin algo a que pertenecer, el yo carece de estabilidad. Por otro lado, el compromiso total y la total adhesión a cualquier unidad social, suponen una anulación relativa del yo. La conciencia de ser persona, proviene tal vez de la unidad mayor en la que estamos inmersos: la conciencia del yo, quizás vaya esbozándose a través de las resistencias minúsculas que oponemos a la poderosa atracción de esa entidad. Si nuestro status se apoya en las más sólidas construcciones del mundo, el sentimiento de nuestra identidad personal suele, por el contrario, radicarse en sus grietas (p. 316).

El otro escenario en el que se despliega la tensión mencionada entre lo subjetivo y lo social, es el ámbito de la interacción social, bajo la forma de los fenómenos sintomáticos de las instituciones y los grupos sociales en general, especialmente por medio de lo que Goffman (1961) llama los “ajustes secundarios”. Veamos la definición que propone sobre esta categoría que va ser fundamental para la investigación de problemáticas psicosociales:

El ajuste secundario que defino como cualquier arreglo habitual, que permite al miembro de una organización emplear medios o alcanzar fines no autorizados, o bien hacer ambas cosas, esquivando los supuestos implícitos acerca de lo que debería hacer y alcanzar, y, en última instancia, sobre lo que debería ser. Los ajustes secundarios representan vías por las que el individuo se aparta del rol y del ser que la institución daba por sentados a su respecto. (p.190)

El correlato de esta noción es, por supuesto el ajuste primario, que se refiere a la adaptación más o menos cabal, que convierte a un individuo en un miembro “normal”, “programado” o “construido”(Goffman, 1961) de una institución o grupo social.

Son claras las implicaciones de estas nociones para la investigación psicosocial -tal como la entiende Goffman- y para su particular concepción de la subjetividad y su relación con la vida social. De acuerdo con el particular enfoque del autor, es en las márgenes de las organizaciones y de los grupos sociales, donde se expresa de una manera más nítida la interacción entre la subjetividad y lo social. Dicho de otra manera, es en los fenómenos sociales marginales, y en los grupos que se organizan en torno a dichos fenómenos, en donde mejor se puede apreciar la dinámica de lo que Blumer (1981) llama la interacción simbólica, la cual es el espacio en el que se constituye la subjetividad y se gestan los cambios que los sujetos operan en el tejido social.

Podemos decir que las problemáticas psicosociales, tales como la prostitución abierta y la encubierta, la vinculación de menores a grupos armados ilegales, las sectas satánicas, los drogodependientes, la anorexia, la bulimia y los grupos de adolescentes de países desarrollados que se citan en un Chat para planear y ejecutar suicidios colectivos, entre otros, son fenómenos que le pueden enseñar más a la psicología social sobre las nuevas manifestaciones de la subjetividad que los sujetos adecuadamente adaptados de todos los contextos. Podemos decir que los grupos humanos que constituyen grupos en torno a ciertos síntomas sociales, son los emergentes que anuncian, a la manera de portavoces, que algo está cambiando en la subjetividad de la época y que acaso los manuales de psicología deban empezar a tomar nota para cambiar sus definiciones. En esta perspectiva, podemos decir que desde el interaccionismo simbólico no sólo nos preguntamos por lo que la psicología social puede aportar para pensar los síntomas psicosociales, sino los síntomas psicosociales nos pueden enseñar sobre la psicología social.

Si el interaccionismo simbólico dirige su atención prioritaria al estudio de los grupos sociales marginales –subculturas, tribus urbanas, movimientos contestatarios, grupos segregados socialmente-, y en general al estudio de diversos fenómenos de resistencia y desviación social, no se trata de una vocación caprichosa, una de opción por las minorías, o una especie de franciscanismo laico, sino la consecuencia metodológica de uno de sus hallazgos teóricos, a saber, que es en los fenómenos marginales donde se expresan de una manera vívida y ampliada la interacción compleja y conflictiva de lo psíquico y lo social, y no precisamente en aquellos grandes escenarios de la vida social en los que las cosas marchan más o menos como se espera o en el comportamiento de las mayorías más o menos normalizadas.

Quizás convenga hacer un comentario sobre las características de la presentación de los resultados de las investigaciones que se realizan desde el interaccionismo simbólico. Para ello nos apoyaremos en El campesino polaco en Europa y América (Thomas & Znaniecki, 2004) “el precursor de lo que ha llegado a conocerse como interaccionismo simbólico” (Plumer, 2003, p. 18). En el prólogo de esta obra dice el mismo Plumer:

No sorprende que el interaccionismo simbólico sea la teoría generalmente tenida en cuenta en la investigación con historias de vida, porque es la principal tradición humanista que resalta la necesidad de una “familiarización íntima” con el mundo empírico contingente y cambiante. Dibujada desde el pragmatismo y teniendo afinidades con el postmodernismo, rechaza verdades abstractas y totalizadoras a favor de las observaciones cotidianas, locales y enraizadas. (p. 17).

La valoración de las “observaciones cotidianas, locales y enraizadas”, desde el punto de vista de los actores que se investigan, se refleja en la presentación misma de El campesino polaco… la obra fundante del interaccionismo simbólico: la mayor parte del cuerpo de la obra está dedicada a la presentación comentada de la correspondencia de varios grupos familiares y a un relato en primera persona de un sujeto llamado Wladeck bajo el título “Registro de la vida de un inmigrante”, solamente este testimonio autobiográfico abarca un tomo de casi 300 páginas de la obra. No hay que apresurarse a entender esta opción investigativa y de presentación de los resultados de una investigación como una simple preferencia del contenido narrativo sobre la dimensión argumentativa. El problema es más complejo, como lo señala Juan Zarco en el estudio que hace de esta obra: “El problema es que los argumentos principales se encuentran en sus propios contenidos” (Zarco, 2003, p. 64).

William Thomas y Florian Znaniecki, los autores de esta obra, son categóricos en este sentido:

El análisis de las actitudes y personajes que se proporciona en las notas de las cartas y en las introducciones a las series no contiene nada que no esté esencialmente en el material mismo; su propósito es simplemente aislar actitudes, mostrar sus analogías y dependencias e interpretarlas en relación con el trasfondo social en el que aparecen. (2004, p. 158).

El enfoque teórico-metodológico del interaccionismo simbólico en una investigación sobre problemáticas psicosociales, sugiere orientar la recopilación y el análisis de la información en función de tres ejes, que se desprenden directamente de las tres premisas básicas del Interaccionismo simbólico (Blumer 1982). Estos tres ejes se pueden definir en forma de preguntas:

  1. Cuáles son los significados que tienen el fenómeno psicosocial que se investiga para los actores implicados en él.
  2. Cuáles son las urdimbres vinculares y las interacciones sociales en las que se constituyen dichos significados.
  3. Cuáles son las transformaciones que hacen estos actores sociales del significado de sus problemáticas, en cada momento, en función de enfrentar las situaciones que se les presentan.

La concepción particular del ser humano del interaccionismo simbólico, en la investigación de problemáticas psicosociales, tiene consecuencias teóricas y metodológicas. Una de las consecuencias teóricas más importantes consiste en concebir a los actores sociales que se identifican socialmente en función de una determinada problemática como agentes sociales que producen modificaciones en las significaciones de las que son partícipes, mediante sus interpretaciones particulares que hacen de las mismas. En otras palabras, que no son sofisticados arcos reflejos que se limitan a responder a estímulos internos y externos.

Blumer nos advierte que la condición de agente activo no significa necesariamente que se actúe de manera acertada “El hecho de que un acto humano sea dirigido o elaborado por un “si mismo” no significa que el agente haga una excelente labor de construcción: en realidad dicha labor puede dejar mucho que desear” (1981, p. 47).

Veamos, para concluir, una de las consecuencias metodológicas que conlleva esta particular concepción del ser humano como agente activo de los procesos sociales, propia del interaccionismo simbólico. Dicha consecuencia la formula Blumer (1982, p. 18) de la siguiente manera:

“Por lo que se refiere a la metodología y a la investigación, el estudio de la acción debería hacerse desde la posición del agente. Puesto que es éste quien la confecciona basándose en lo que percibe, interpreta y enjuicia, habría que ver la situación operativa como la ve el actor, percibir los objetos como él los percibe, asumir su significado en función de lo que poseen para él, y seguir la línea de conducta del agente tal como éste la organiza. En suma, habría que asumir el papel del actor y contemplar su mundo desde su punto de vista. Este enfoque metodológico contrasta con el enfoque supuestamente objetivo, que tanto predomina en nuestros días, a saber: la contemplación del actor y su acción desde la perspectiva de un observador externo e imparcial. El enfoque “objetivo” entraña el riesgo de que el observador reemplace el punto de vista del agente sobre su campo de acción, por el suyo propio. Es innecesario añadir que el agente actúa con respecto a su mundo en función de lo que él ve, y no del modo en que el mundo se presenta a los ojos del observador externo”

Así el interaccionismo simbólico se constituye como una opción teórico-metodológica que hace posible incluir la pregunta por la responsabilidad de los agentes en las problemáticas psicosociales en las que se implican, contribuyendo con ello a la construcción de una visión que podemos llamar “responsabilizante” de problemáticas tales como la delincuencia juvenil, las distintas formas de prostitución, el consumo de sustancias psicoactivas, en torno a las cuales las disciplinas deterministas han construido discursos victimizantes que contribuyen a la desresponsabilización de los sujetos implicados en ellas, e incluso a su victimización.

NOTAS

[1] Las negritas son nuestras.

 
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