Fundación Universitaria Luis Amigó
 
    NÚmero 12 • DICIEMBRE 2006
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Andrés Felipe Cardona                

Estudiante de la Facultad de Psicología

FUNLAM

Creación

Obra Gráfica. Litografía sobre Papel Velin d'Arches. Edición Limitada (46/50). Tamaño de Imagen: 36 x 27cm. Firmada y Numerada a Lápiz. Año: 1960

Marc Chagall

La realidad social: un encuentro, una interacción, una construcción

 

RESUMEN:

Las ciencias sociales han pretendido un statu quo que las legitime y les posibilite un mayor campo de acción. Sin embargo, las acciones que los científicos sociales han emprendido durante la historia de la humanidad, no permitieron que la construcción y el desarrollo tomaran el rumbo adecuado para brindar una “acertada” mirada del mundo y su realidad.
 

“Los seres humanos se organizan a sí mismos en relaciones simbióticas intrincadas para formar entidades mayores que ellos mismos” [1]. Esta premisa describe casi a la perfección lo que es la realidad social que circunda a todos los seres humanos. Pero a la vez suscita una inquietud, ¿qué es la realidad social y quien la estudia? Pues bien, durante años los hombres han tratado de dominar la naturaleza, aunque en el intento hayan cometido errores y se hayan encontrado frente a múltiples fracasos, poco a poco fueron descubriendo los sombríos, evidentes y puros fenómenos que hacen del mundo un lugar de única ubicación espacio-temporal. Al comienzo las explicaciones que se daban de la realidad eran de carácter misticista y llenas de deducciones del sentido común, hasta que se presenta el primer canon de ciencia que perduraría por más de quince siglos. Aristóteles creía que el conocimiento era una tarea a la cual cada hombre se debía enfrentar desde el comienzo, pues nada estaba hecho antes de la existencia humana. El saber, según el pensamiento aristotélico, es un saber sensible, es decir, su origen se encuentra en el contacto del hombre con la naturaleza sensible. Esta postura frente a la concepción del conocimiento tuvo una durabilidad de más de quince siglos, donde por diferentes circunstancias el cambio y avance solo se presenta en el renacimiento.

Antes de la nueva concepción del conocimiento, la Iglesia era el ente controlador del mundo humano, pues su poder e influencia sobre las decisiones sociales era de inigualable magnitud. Durante muchos años los hombres vieron la realidad social como la Iglesia la mostraba: El mundo y la vida como tal no eran más que un paso obligado para realizar la voluntad de Dios, buscando como recompensa a ello, la vida eterna. En ese entonces, se consideraba que el conocimiento era dado por Dios y se debía usar según su palabra y mandato. Sin embargo, esta concepción “divina” del saber, de la vida y del hombre dejaría de tener importancia y pasaría al pasado como un intervalo neutro en la construcción de la ciencia.

Luego de un mundo dominado en su totalidad por el mandato religioso, se presenta el renacer a la luz de la ciencia. El Renacimiento , es una de las épocas doradas de revolución social y política, pues el cambio de mando en la administración del conocimiento hizo aparecer en el hombre un deseo de acercarse al mundo que lo rodeaba. La sociedad dejó de lado las prohibiciones rigurosas de la Iglesia y comenzó a explorar todo aquello que se desconocía y se pretendía dominar. Galileo Galilei, fue el principal precursor del nuevo modo de ver y reflexionar la realidad. Según los planteamientos galileanos, era necesario la verificación matemática de todo cuanto al hombre importaba, pues sólo así era posible hacer del conocimiento algo válido. Entonces la ciencia comenzó a ser una construcción explicativa de tipo causalista, que buscaba la generación de leyes universales. Igualmente pensaba Descartes, para quien la realidad se instaura en una continuidad de espacio y tiempo especifica, es decir, la realidad posee una naturaleza dual que le posibilita manifestarse de una manera determinada, por lo tanto es posible de ser percibida por el hombre, ya que este, igualmente, es un ser dual, compuesto de mente y cuerpo.

Estas formas de relación del hombre con la naturaleza fueron las bases fundamentales de la concepción positivista de la ciencia. El positivismo, propuesto por Augusto Comte, es la vía más aceptada y seguida por la sociedad para crear nuevos saberes; pues este modelo de ciencia, al igual que los dos anteriores, propone una postura explicativa frente a los fenómenos sociales, incorporándole a ello, la necesidad de predecirlos y controlarlos. Las ciencias sociales al buscar un statu quo que les permitiera ser admitidas en la universidad se aproximan a este modelo y procuran objetivar, cuantificar, verificar y predecir la realidad social. No obstante, esta manera de concebir el fenómeno social no posibilita el avance y los resultados esperados, ya que la realidad como metafenómeno que envuelve a todo contexto y todo ser, no es posible de racionalizar en su totalidad. “Cuando Descartes creyó descubrir el principio simple y la expresión definitiva del dualismo oponiendo radicalmente el pensamiento a la extensión, convirtió en inexplicable la experiencia misma” [2].

En oposición a esta explicación físico-matemática de la realidad social surgen nuevas orientaciones teóricas, que plantearían la experiencia del contacto real de una cualidad totalmente distinta. La concepción hermenéutica del conocimiento surge en oposición total al reduccionismo materialista del positivismo, planteando que para comprender los fenómenos humanos es necesario interpretar el sentido y el significado de la experiencia subjetiva, donde prima la relación sujeto-objeto, dando así origen a la intersubjetividad, como una resultante de la interacción entre dos subjetividades que ven de maneras diferentes el mundo y sus componentes. Esta manera de pensar al hombre y la realidad social incluye la diversidad de hechos que suelen presentarse en el contexto, es como si la postura hermenéutica llenara “la imperiosa necesidad de comprometerse con la producción de conocimiento que capte tanto las diferencias y heterogeneidades, como las dimensiones subjetivas que hacen parte de la totalidad social, las cuales pueden ser sujeto de un conocimiento riguroso, aunque no sean expresables matemáticamente” [3].

La realidad comienza a plantearse, a conceptualizarse como verdaderamente se le presenta al hombre: una continuidad de innumerables hechos que no logran ser percibidos, una cantidad ilimitada de verdades relativas que operan con igual importancia en cada ser que las admite, múltiples experiencias que escapan al pensamiento racional, etc. La realidad social obtiene una dimensionalidad que hasta ese instante las ciencias exactas no pretendían reconocer, a partir de la noción integral de la naturaleza social, como una totalidad formada por aspectos subjetivos y objetivos, las ciencia sociales descubren su posición en la vida científica y su objeto de análisis se delimita de manera conceptual y experimental. Ya no se hace necesario un estudio riguroso, en el sentido galileano, de la vida, sino que es posible aproximarse al fenómeno social de forma tal que se logre una complementariedad, que permita un mutuo crecimiento. No queriendo decir con esto, que la realidad social no es compleja ni mucho menos accesible a cualquier intento de relación con ella.

La realidad social como directriz formadora de sujetos, culturas y sociedades posee dos dimensiones que le dan su particularidad y estabilidad. Según Bonilla y Rodríguez (1995) los aspectos objetivos de la realidad social son 1) Las pautas de conducta, que inscriben al sujeto socialmente en la cultura, presentándole una normativa análoga a la realidad del mundo natural; donde cumplen un especial papel las instituciones como entidades objetivables, no accesibles a la memoria biográfica del sujeto. 2) El lenguaje, como soporte de las interacciones que fundamentan y estructuran el orden social, es decir, la palabra legítima las acciones, instituciones y decisiones sociales. Por su parte, los aspectos subjetivos de la realidad social son esas pautas de conducta y lenguaje otorgado por la sociedad a cada sujeto, el cual debe emprender un proceso de internalización, apropiación e interpretación de dichos aspectos para lograr la articulación a la vida social, realizando aportes significativos a la comunidad en la cual el individuo interactúa.

Dicho todo lo anterior, ¿qué sería entonces la realidad para las ciencias sociales? y ¿qué concepción de verdad se podría plantear? “La realidad social es un producto humano y como tal no está sujeta a leyes inmodificables, sino a grandes tendencias institucionalizadas de comportamiento que varían con el tiempo y con las diferentes culturas [...] La realidad social es incierta en esencia porque como producto cultural, el ser humano también puede transformarla” [4]. Para las ciencias sociales la realidad es todo aquello que se puede ver, percibir, experimentar, vivir, experienciar, pensar, sentir, etc. La realidad lo es todo, un todo integrante e integrado, un todo que es posible estudiar, pero que no es posible aprehender, porque es intangible. Esa es la realidad que las ciencias sociales se encargan de analizar: lo psicológico, lo filosófico, lo sociológico, lo político, lo antropológico, lo etnológico, lo económico, etc. La realidad, que los científicos sociales han procurado comprender, incluye todos aquellos aspectos que hacen del ser humano un organismo atravesado por el lenguaje, que crea y modifica estructuras para sobrevivir. Bien lo expresa Enrique Pichón Riviere: “El sujeto no es sólo un sujeto relacionado, es un sujeto producido. No hay nada en él que no sea la resultante de la interacción entre individuos, grupos y clases”. La realidad entonces, es la subjetividad, individual o colectiva, como una construcción, es decir, “es el resultado de un proceso de socialización, y de una interacción permanente con el contexto social e histórico” [5]. La realidad social, en ese sentido, no es una estructura rígida y acabada, por el contrario es una estructura estructurante, que se mantiene abierta a la influencia de todos los agentes y factores que hacen parte de su naturaleza. La naturaleza de la realidad social es la interacción de lo simbólico, porque “el mundo es la totalidad de los hechos no de las cosas” [6].

Ahora bien, si esa realidad es un todo inacabado, entonces ¿qué es lo cierto, lo verdadero? La verdad es un concepto que desde la perspectiva científica ortodoxa es todo aquello que sea posible cuantificar y verificar. Sin embargo, como ya se planteó anteriormente no todo lo que al hombre concierne es posible expresar en ecuaciones matemáticas. Así, la verdad en las ciencias sociales aún se busca, pues el ser humano se encuentra en permanente cambio y estructuración, no es posible delimitarlo a una última precisión, porque al cabo de un tiempo ya lo dicho es sólo pasado. Actualmente el pensamiento posmodernista propone que la única verdad es la verdad relativa, es decir, la verdad es aquello que es valido y practico a cada sujeto, no existen verdades absolutas que dominen el comportamiento humano. Pese a la acogida que tal premisa a encontrado en la sociedad industrializada de hoy, “el posmodernismo puede estar convirtiéndose en una nueva metanarrativa que deslegitime todo esfuerzo político por cambiar la realidad y por hacerla más justa” [7].

NOTAS:

[1] Schwartz y Jacobs, 1984 citados por Bonilla, Elssy & Rodríguez, Penélope. Más allá del dilema de los métodos. La investigación en las ciencias sociales. Santafé de Bogotá: Centro de Estudios sobre Desarrollo Económico (CEDE), 1995.

[2] Merani, Alberto. Crítica de los fundamentos de la psicología. Barcelona : Ediciones Grijalbo, 1976.

[3] Bonilla, Elssy & Rodríguez, Penélope. Más allá del dilema de los métodos. La investigación en las ciencias sociales. Santafé de Bogotá: Centro de Estudios sobre Desarrollo Económico (CEDE), 1995.

[4] Ibíd

[5] Mejia, Maria Paulina. El ECRO y su concepción de sujeto en Enrique Pichón Riviere (en línea) [Medellín]: http://www.funlam.edu.co/poiesis/Edicion005/poiesis5.contenido.htm, diciembre 2002 (07/03/2006).

[6] Ludwig Wittgenstein, citado por: Gladys Adamson en el prologo a “Psicología social y psicoanálisis: Pichón con Lacan”.

[7] Ovejero, Anastasio Bernal. Psicología social teórica y aplicada. Madrid: Editorial Biblioteca Nueva, 1998.

 
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