Cada ser humano cuando nace, no sabe nada sobre el mundo; nace a un medio que siempre ha existido, y donde han surgido culturas y maneras de vivir. Es decir, hay todo un escenario que preexiste al nuevo viviente, al cual debe incluirse si espera que sea aceptado como un miembro más.
Se nace solo, se llega a la vida sin nadie más. Este encuentro es acompañado por un Otro primordial, casi siempre la madre, quien custodia al nuevo ser para servir como un primer referente que posibilita la inclusión en la cultura, la inclusión en algo que desconoce. En ese primer momento del inicio del camino por la vida, la madre, o quien represente ese lugar, significa para el niño el nombre de vida, del lugar al cual apenas llega. Por eso se escribe Otro primordial con mayúscula, ya que desde el psicoanálisis, esta palabra nombra lo que es el lenguaje, la cultura y todo aquello que antecede al sujeto.
Es así como existe una primera ilusión en el psiquismo humano, referida a la completud, a partir del vínculo madre-hijo. De esta manera, desde que se inaugura la existencia, se vive en relación a un Otro, inicialmente llamado madre, del cual se depende y se anhelan muchas cosas, básicamente amor. Esta ilusión primaria sufre una fractura, debido a que la madre no es toda para el niño. Hay reservado un lugar para la ley del padre; existe la vida para la madre más allá del hijo, y por ello, esta completud será para siempre y desde siempre inexistente.
Desde el inicio del paso por el mundo, cada ser se humaniza por la inclusión en el lenguaje a partir de la incompletud, caracterizándose por su ser en falta, por efecto de esa pérdida primordial; signando una ausencia que, como tal, da origen a una búsqueda, que en psicoanálisis se llama deseo. Entonces, la falta, da origen al deseo.
El deseo es el motor que permite habitar el mundo, con base en la inscripción en el lenguaje como seres de discurso, con construcciones realizadas de acuerdo a lo que se halla en el Otro y a lo que viene del interior del ser, del inconsciente, es decir, de aquello que habita a cada sujeto pero que se desconoce y, está allí, como consecuencia de la historia única e irrepetible de cada persona. Lacan decía que el inconsciente es la memoria del olvido.
El deseo permite buscar en el mundo a partir de la innata soledad humana, con un horizonte que se hace existir a partir de las ilusiones. La vida es solitaria, no porque no existan otros seres humanos que ofrezcan compañía, sino porque cada ser como tal, desconoce su deseo; de ello da muestra la nunca completa satisfacción, ya que por más que se encuentre, siempre se va a desear algo más. “El deseo es un estado de insatisfacción fundamental en el sujeto” [1]. Soledad en referencia a que cada uno desconoce lo que hay en su inconsciente, y que es este contenido inconsciente quien hace elegir y estar en la vida de la forma que cada uno lo hace. Soledad porque los humanos nunca saben en realidad qué buscan, ni aquello que los demás ciertamente desean.
Por esta razón no es posible, desde la razón o la voluntad, decidir muchas cosas en la vida; entre ellas, a quien amar, a quien no amar, o hasta cuando amar. Esta es la razón por la cual, cuando se dice estar enamorado, no pocas veces se permanece donde se sufre, y donde a pesar del sufrimiento, sólo se puede existir allí. O al contrario, se quiere abandonar un vínculo que hace sufrir, pero es imposible hacerlo y, por ello, a veces esa relación existe para siempre. Esto verifica que en la vida, cada persona se conduce a partir de algo que lleva en el interior y, que a veces, opera como un traidor.
Frente al amor, es mucho más complejo el dominio desde la razón, incluso la convivencia en pareja, tan importante en diferentes culturas a través de rituales como el matrimonio. El vínculo amoroso tiene una particularidad: no hay ningún impulso natural con el estatuto de principio de la atracción entre los sexos. Por ello existen la homosexualidad y las perversiones [2]. La llamada normal heterosexualidad, se produce, entonces, como un efecto cultural, como una construcción propia de los humanos; pero no como algo innato. Freud la explicó a través del Complejo de Edipo, en la identificación a los padres. Por ello, por ejemplo, los autistas no se enamoran, por presentar una falla en la inscripción en los referentes culturales.
Esta ausencia de la atracción innata entre los sexos, que en psicoanálisis se denomina pulsión genital, es la que da origen a la famosa frase lacaniana “no hay proporción sexual”. Por esta condición de la especie es que no existe otro semejante que pueda completar a un ser humano, ya que cada uno tiene formas distintas de hacer con la falta y con lo que le viene de su propio ser a través del cuerpo. “...los goces, los modos de satisfacción del lado del hombre y del lado de la mujer, están desconectados, no están enlazados” [3].
A pesar de todo esto, que desde lo más recóndito del ser dirige y elige en cada vida - y sin que se sepa de ello - , se logra la convivencia, la organización en sociedades y la generación de cultura. Esto se produce a partir de lo que Lacan denominó discursos, los cuales que incluyen a los humanos, logrando la colectividad, la posibilidad de instalar cierto orden y convenciones en la forma de vivir. Los discursos existen antes de cada nuevo nacimiento, por ello permanecen y logran que los sujetos se inscriban y habiten la cultura. Es decir, se logra la convivencia por el hecho de compartir discursos, ya que ellos implican un orden.
Sin embargo, estos discursos no ordenan la sexualidad, y el vínculo amoroso se presenta de otra manera, que podría llamarse discurso, pero con la acepción de que es particular a cada persona. Por eso hay tantos de estos discursos como humanos en el planeta. Se trata del discurso del inconsciente. De esta forma, los seres humanos se vinculan amorosamente a partir del síntoma, en tanto producto del inconsciente; razón por la cual cada historia de amor es única, imposible de universalizar, porque se presenta por una vía diferente a los discursos que ordenan la cultura.
El hecho de que no haya proporción sexual y se reconozca la eterna soledad de la que cada ser humano parte, no implica que la búsqueda de amor sea vana y no beneficie al sujeto. Se trata de comprender este estado natural y permanente de incompletud, y a partir de allí, pensar la posibilidad de dos soledades que se hagan compañía, de un compañero que no complete, sino que sea un suplemento de esa falta fundamental que siempre existirá.
El sueño de amor tradicional es con un semejante que complete, sueño sobre el vacío inherente al ser, que como todo sueño, no existe. Por ello, cuando el encuentro con la realidad evidencia la no proporción sexual, la no complementariedad, el caer al vacío, para que no lo olvidemos, es inevitable.
A partir del vacío es posible desear, soñar, amar. Así el vacío esté condenado a acompañar para siempre cada vida, la construcción de mejores formas de vivir, como por ejemplo el amor, es válida y fundamental para cada ser humano; porque aunque él mismo podría definirse como un sueño, es posible hacerlo algo realidad cuando se reconoce que está sobre la nada. Jacques - Alain Miller [4] dice que el amor es una manera de darle un nombre a la falta. Cada momento de la existencia transcurre inventando y no descubriendo, porque, “donde no hay nada, nada podrá descubrirse” [5]. Por eso la importancia de la invención, de la construcción, del deseo.
El amor es posible, pero a partir del rescate del reconocimiento de que algo siempre faltará, de que siempre habrá un etcétera, pero sobre el que se puede soñar para poder vivir.