En el presente coloquio intentaré cumplir la promesa que hice en el pasado, de ocuparme del humor y la guerra; para ello, recurriré a algunos planteamientos freudianos y a la literatura, valiosa aliada, que no deja de aparecer en cada uno de mis coloquios.
A simple vista, la relación guerra – humor puede parecernos tan extraña como la risa al interior de un velorio, por más que el muerto hubiera sido un payaso, o que, moldeado por el rigor mortis, su cuerpo hubiera adoptado una posición particularmente cómica; la risa no nos parece conveniente en tal situación.
La guerra, por su parte, cargada de dolor y muerte, se nos presenta como una situación análoga. En este sentido, nuestro sano juicio, en caso de tenerlo, nos llevaría muy seguramente a rechazar un nexo que involucre la risa con la guerra, llámese de manera general, humor o chiste. Es que la guerra nos parece algo tan serio como la Parca misma, que no damos cabida fácilmente a la posibilidad de emitir frente a ella una descarga placentera como la risa.
Así, podríamos establecer, de manera un tanto ligera, una tendencia a separar risa y muerte, risa y dolor. La educación ha puesto gran énfasis en hacer que el niño “aprenda” muy bien de qué y dónde no puede reírse, delimitando así campos, personas y situaciones en los que la risa queda excluida. Pero, no siempre lo que la cultura desea o prescribe, es aquello que se da en la realidad. Con todo y lo deseable que pareciera el no hacer objeto de burlas o chistes a personas y situaciones en las que se espera nuestra conmiseración o piedad, no se vislumbra de manera fiel el cumplimiento de tal deseo o pretensión social, dándose, al contrario, una abundancia y un perfeccionamiento en lo que a ello se refiere. La posibilidad de sacarle placer a la realidad, por dolorosa que ella sea, no parece tener límite en el hombre, criatura particular, capaz de hacer chistes, de producir los más embrollados sueños y de elaborar los más enigmáticos síntomas.
Ahora bien, no sería únicamente la existencia de chistes sobre soldados lo que podría darnos una idea de la relación entre guerra y humor. No es éste nuestro interés, al menos por ahora. La inquietud está más por el lado de la posibilidad de hacer de la guerra un motivo de risa; de darle la espalda a todo lo que de doloroso y mortífero ella comporta, asumiendo una posición humorística, que implica cierto nivel de indiferencia, de negación y de defensa.
No podría dejar de hacer referencia, antes de entrar de lleno en el asunto, en el interés de Freud por el tema del humor, interés que lo llevó a escribir dos textos sobre ello, fuera de hacer muchas alusiones y encontrar analogías entre los procesos del chiste y el humor con otras operaciones psíquicas.
Igualmente, habría que recordar el buen sentido del humor freudiano, sentido que le posibilitaba reírse incluso de los chistes realizados sobre sus congéneres, los judíos. A propósito de la guerra, y del buen sentido del humor freudiano, señala Ernest Jones:
“En la segunda semana de la guerra, su hijo mayor, Martín, se enroló como voluntario y fue incorporado a la artillería. Con su característico humor dijo que lo había hecho para poder visitar Rusia sin cambiar de religión”. [1]
Con esto aludía, indudablemente, a la prohibición de entrada de judíos a Rusia, que para la época imperaba. Freud es pues, uno de los que puede reírse de la guerra, en la guerra.
Pasemos ahora a ocuparnos de algunos aspectos sobre el humor esclarecidos por Freud y presentados en su texto “El chiste y su relación con lo inconsciente. De su texto posterior, “El humor”, espero poder ocuparme en otra ocasión.
Para iniciar, podría decirse que Freud encuentra una relación entre humor y placer:
“El humor es un recurso para ganar el placer a pesar de los afectos penosos que lo estorban; se introduce en lugar de ese desarrollo de afecto, lo reemplaza. Su condición está dada frente a una situación en que de acuerdo con nuestros hábitos estamos tentados a desprender un afecto penoso, y he ahí que influyen sobre nosotros ciertos motivos para sofocar ese afecto in statu nascendi ”. [2]
Freud ha reconocido la cercanía del humor con lo cómico y el chiste, pretendiendo, por la vía de la comparación, esclarecer el primero. Para él, el humor cae dentro de una categoría especial de las operaciones psíquicas, a la que señala como “elevada” ya que puede apreciársela en los grandes pensadores. A través de un ejemplo, intenta evidenciar ante el lector su fórmula de que el placer del humor “surge de un gasto de sentimiento ahorrado”. [3] Veamos el ejemplo:
“El reo, en el momento en que lo llevan para ejecutarlo un lunes exclama: “¡Vaya, empieza bien la semana!”. Es propiamente un chiste, pues la observación es de todo punto certera en sí misma; pero por otro lugar está enteramente fuera de lugar, es disparatada, pues para él no habrá más sucesos en la semana. No obstante, es propio del humor hacer un chiste así, o sea, prescindir de todo cuanto singulariza ese comienzo de semana de todos los demás comienzos, desconocer la diferencia que podría motivar unas mociones de sentimientos muy particulares. Lo mismo si el reo, en camino al cadalso, pide un pañuelo para cubrir su cuello desnudo, no vaya a tomar frío, precaución muy loable si el inminente destino de ese cuello no la volviera absolutamente superflua e indiferente. Hay que admitirlo: algo como una grandeza de alma se oculta tras esa blague (humorada), esa afirmación de su ser habitual y ese extrañamiento de lo que está destinado a aniquilarlo y empujarlo a la desesperación”. [4]
Ante una situación difícil, dolorosa o que implique grave peligro para la vida del sujeto, y frente a la cual esperaríamos la desesperación, la angustia, el llanto u otro sentimiento en quien lo padece, lo que a su vez despertaría en nosotros compasión, tristeza u otro sentimiento, puede darse que el sujeto afectado muestre una indiferencia tal, que por ejemplo, el gasto de compasión que estaba para aflorar en nosotros, se torne inaplicable a la situación, tornándose en risa. El gasto de sentimiento ahorrado, ha devenido risa, placer.
Tras el placer del humor suelen encontrarse entre otros, sentimientos como desprecio, indignación, enojo, dolor y ternura.
Ahora bien, en el placer humorístico Freud encuentra una técnica parecida al desplazamiento, en el sentido en que el afecto pronto a desprenderse es desengañado, ante lo cual, la investidura se dirige a otra cosa. Este proceso de desplazamiento es realizado en el psiquismo del humorista, y, por contagio o imitación, el receptor lo hace suyo también, produciéndose así el efecto humorístico. Freud no encuentra otra manera de explicar este fenómeno de desplazamiento que por la vía de la defensa, operación psíquica de la que se venía ocupando desde sus primeros escritos y bajo cuyo tutela había elaborado su teoría de las “psiconeurosis de defensa”. El humor tenía pues, algo de ese ingrediente fundamental de los procesos psíquicos:
“Alguna noticia sobre el desplazamiento humorístico se obtiene si se lo considera bajo la luz de un proceso defensivo. Los procesos de defensa son los correlatos psíquicos del reflejo de huída y tienen la misión de prevenir la génesis de un displacer que procede de fuentes internas; en el cumplimiento de esta tarea sirven al acontecer anímico como regulación automática que, es verdad, resulta dañina a la postre y por eso es preciso que sea sometida al gobierno del pensar conciente. En una determinada variedad de esa defensa, la represión fracasada, he podido pesquisar el mecanismo eficiente para la génesis de las psiconeurosis. Pues bien, el humor puede concebirse como la más elevada de esas operaciones defensivas. Desdeña sustraer de la atención conciente el contenido de representación enlazado con el afecto penoso, y de ese modo vence al automatismo; lo consigue porque halla los medios para sustraer su energía al aprontado desprendimiento de displacer, y mudarlo en placer mediante descarga”. [5]
Más adelante señala Freud la relación de con lo infantil presente en todo este proceso:
“...Hasta es imaginable que de nuevo la conexión con lo infantil ponga a su disposición los recursos para esta operación. Sólo en la vida infantil hubo intensos afectos penosos de los cuales el adulto reiría hoy, como en calidad de humorista ríe de sus propios afectos penosos del presente. La exaltación de su yo, de la que da testimonio el desplazamiento humorístico _ y cuya traducción sin duda rezaría: “yo soy demasiado grande (grandioso) para que esas ocasiones puedan afectarme de manera penosa”_, muy bien podría él tomarla de la comparación de su yo presente con su yo infantil. En alguna medida esta concepción es apoyada por el papel que toca a lo infantil en los procesos neuróticos de represión”. [6]
Hallamos así que el humor puede entenderse como una “operación defensiva”, con tal defensa busca el yo sustraerse de aquello que es sentido como peligroso o displacentero, provenga del interior o del exterior. La conexión con lo infantil resulta muy interesante y es un asunto que retomará Freud en 1927 en su pequeño texto “El humor”. Así como entre el niño y el neurótico parece haber una continuidad, un hilo nunca roto, también existe entre el niño y el humorista, tal hilo estaría representado aquí por la búsqueda del placer. Freud lo señala refiriéndose a tres acciones psíquicas, el humor, el chiste y lo cómico:
“... En estas tres modalidades de trabajo de nuestro aparato anímico, el placer proviene de un ahorro; las tres coinciden en recuperar desde la actividad anímica un placer que, en verdad, sólo se ha perdido por el propio desarrollo de esa actividad. En efecto, la euforia que aspiramos alcanzar por estos caminos no es otra que el talante de una época de la vida en que solíamos arrostrar nuestro trabajo psíquico en general con escaso gasto: el talante de nuestra infancia, en la que no teníamos noticia de lo cómico, no éramos capaces de chiste y no nos hacía falta el humor para sentirnos dichosos en la vida”. [7]
A partir de lo anterior, tenemos configurada una idea del proceso por el cual se produce el humor y los fines a los que sirve, lo cual nos lleva a pensar que la guerra puede ser una excelente fuente de placer humorístico, dadas las condiciones particulares en las que sume a los sujetos intervinientes o espectadores en ella.
Esto me lleva a pensar, por el momento, en un caso específico transmitido por vía de la literatura, en el que de manera nítida se aprecia ese recurso al humor como medio para hacer frente a una situación difícil, quizás traumática.
La Gruta Simbólica es un movimiento nacido con la guerra de los mil días y finalizado con ésta, su característica más importante es el humor allí producido. Valga la pena anotar que historiadores y literatos coinciden en señalar el nacimiento y la muerte del movimiento en el seno de la terrible contienda. Algunos, desde una posición tal vez moralista, repudian la actitud de los contertulios, exigiéndoles seriedad y manifestación de dolor en este momento de luto para el país. Otros, por su parte, han señalado el “infantilismo” que ven en la posición y producción de los poetas. Lo concreto es que ni la historia ni la crítica literaria pueden dar cuenta de por qué tales sujetos asumieron esa actitud frente a la guerra, o sobre qué mecanismos psíquicos subyacen a este humor.
Ahora bien, la producción literaria de la Gruta Simbólica nos muestra la estrecha relación que puede darse entre el humor y la guerra; la posibilidad que tienen algunos sujetos de crear ubicándose a distancia de un suceso peligroso, doloroso; la intermediación de la defensa en la génesis de un producto psíquico, el humor, que brinda placer en un momento difícil en el que el yo se siente amenazado.
Veamos una descripción de su nacimiento:
“Lo que determinó el nacimiento de la gruta simbólica fue la guerra. Nació debido a un caso fortuito y nació no de una manera prematura, sino en el momento preciso, entre un siglo moribundo y otro que nacía, como Jano, con una cara mirando al pasado y con la otra escrutando el porvenir. La violencia de los históricos , después del 31 de julio, había hecho de la vida bogotana una larga pesadilla con su ruido constante de esposas en las cárceles, con la arrogancia de los esbirros en las calles. Ni diversiones ni teatros había, y aun las relaciones sociales se habían relajado mucho a causa de la división de los colombianos entre dos bandos terribles que se debatían con singular arrojo en los campamentos. El luto echaba sus fúnebres tules sobre muchos hogares antes felices, y si el gobierno proclamaba el cadalso como único medio de atajar los estragos de la guerra, en las filas liberales no eran tratados los vencidos con más benevolencia e hidalguía”. [8]
No deja de ser sorprendente que durante cuatro años los poetas que la conformaron se hubieran dedicado literalmente a reírse. Cuatro años en los que el país volaba en pedazos, en los que la Parca se recreaba en los campos de batalla dando cuenta de su poder; cuatro años en los que la pulsión se dio gusto en las más inimaginables torturas, carnicerías y masacres; cuatro años en los que los poetas mismos estuvieron en riesgo cada noche en que se reunían, pero, ante todo esto, aparece sólo la risa, sólo el humor brotaba de sus labios y plumas en una verdadera apología humorística, en la que la mujer, los asuntos cotidianos, y algunas alusiones a la contienda, ocupan el lugar principal.
El espacio no me permite citar algunos de estos productos, pero es ya notorio ver cómo en sus reuniones se hacían concursos de todo tipo: “concurso de chispazos”, “batallas de sonetos”, “concurso de siluetas bogotanas”, “concurso de piropos”, “un grado en chistografía”, entre otros.
Como elemento central de toda esta producción tenemos el “epigrama”, una forma literaria particular, cuyas características son la brevedad, el humor, la ironía, la agudeza, la sátira. La palabra epigrama viene del griego epi = sobre, y grama = letra, escrito, que se traduce como “inscripción”. Su origen se encuentra en Grecia, donde inicialmente tuvo un carácter serio, usándose como inscripción en las tumbas, monumentos públicos, estatuas y exvotos. Gradualmente, el epigrama fue dejando ese carácter serio y fúnebre, para convertirse en lo que hoy conocemos, prácticamente, en su contrario. Ya en Grecia se vislumbró su cambio, y en Roma se perfeccionó, fundamentalmente con Marcial, quien da al epigrama la acepción moderna: “corta pieza satírica en verso, que termina con un chiste, una agudeza o un juego de palabras”. [9]
Veamos como hay en la antigüedad, Grecia y Roma, una gran afinidad entre el epigrama y la muerte, tomando ya el primero un aire chistoso:
“Los cementerios se ven repletos de lápidas consagratorias. Al muerto se le asignan virtudes que nadie sospechó que poseyera; la ironía es manifiesta. A un usurero despiadado y voraz, redomado antisocial en la actividad económica, le estampan esta lindeza:
“Aquí reposa don Argentófago Monedero,
el más generoso y magnánimo de los mortales;
su liberalidad no tuvo límites”.
A un atrabiliario matón, sanguinario espécimen de violentos, le cincelan esta inscripción:
“En este postrer lugar descansa el santo varón
Pacífico Cordero, todo bondad y consideración.
Su vida inmaculada servirá de ejemplo a las
Generaciones presentes y venideras”.
A una descarada casquivana, modelo de infidelidad conyugal, su condolido esposo don Inocencio, le urdió esta leyenda:
“A mi inolvidable compañera Blanca Azucena
Quien en vida fuera dechado de alta fidelidad”. [10]
Como puede verse, el epigrama sirve para expresar lo que habitualmente se calla, lo que socialmente se pide callar, dándose a través de él una licencia para expresarlo. Es una figura que tiene una gran cercanía con el humor, habiéndose cultivado en todas las épocas; así, pueden contarse entre sus exponentes a Marcial, Cátulo, Voltaire, Goethe, Lessing, Heine, Iriarte, entre otros. Será, posiblemente, tema para desarrollar en otra ocasión; hoy, sólo quería darles un ejemplo de este ingenioso invento de la palabra.
Es claro que por la vía de la literatura hemos llegado nuevamente al punto inicial de este escrito, la relación entre el humor y la muerte, la muerte que está presente en la guerra. Ya vemos como en el psiquismo los opuestos se tocan, a pesar de nuestro esfuerzo conciente por separarlos. Lo presentado es sólo una muestra del asunto en un momento concreto de guerra en nuestro país; igualmente, podríamos presentar aquí textos con alto contenido de humor, escritos a partir de la primera guerra mundial o del holocausto nazi. La idea es ir profundizando más en este problema, tratando de acercarme al núcleo de la cuestión, en términos de aquello que se escapa a la mirada de otras disciplinas y frente a lo que el psicoanálisis puede decir algo.
Esperamos pues, volver sobre la Gruta Simbólica , pero, más allá de ella, sobre el humor, ese bálsamo psíquico del que Freud dirá en 1927:
“Con su defensa frente a la posibilidad de sufrir, ocupa un lugar dentro de la gran serie de aquellos métodos que la vida anímica de los seres humanos ha desplegado a fin de sustraerse de la compulsión del padecimiento, una serie que se inicia con la neurosis y culmina en el delirio, y en la que se incluyen la embriaguez, el abandono de sí, el éxtasis”. [11]
Después de esto, y mirada nuevamente la cuestión, el humor nos parece una salida nada desdeñable, no sólo frente a los padecimientos de la guerra, sino frente al sufrimiento inherente a la vida humana. Quizás sea sólo una ilusión, pero, los ideales, como las ilusiones, ayudan a soportar la existencia; cada cual elegirá el suyo.