Fundación Universitaria Luis Amigó
 
    NÚmero 11 • junio 2006
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Víctor Raúl Jaramillo                

PHD en Filosofía U.P.B.

Profesor titular FUNLAM

Aurora

Pintura. Acrílico sobre Tela. Firmada. Año: 2005

David Armitage

Sobre interrogar y responder con miras a una cultura de siglo XXI

 

El hombre como ser que interroga, también plantea respuestas a su interrogarse. Estas respuestas, por lo general, están acompañadas de una dosis de certeza. Quizá por esto Descartes dudaba de todo.

En este caso, dudar serviría para clarificar qué es aquello que responde nuestro interrogar. De esta manera aquello que responde, no siempre, y en los ámbitos del lenguaje común, establece un carácter de verdad. Incluso, y para ir más allá, el carácter común nos puede continuar en un error; esto es, cuando una comunidad cree y piensa de una manera unívoca en algo, no deviene por ello que ese algo sea verdadero.

Aquello que se piensa como respuesta a nuestro interrogar, difícilmente pasará a ser obra universal. Por ello, algunos y la gran mayoría, asumen de una manera propia su responder. De este modo los hombres se hablan a sí mismos sin el ánimo de transmitir. Se sienten seguros en su cueva. No obstante, hay que tener en cuenta que si existimos, no lo hacemos única y exclusivamente por nosotros mismos, sino por nuestra relación con el otro y lo otro, por el galopar de la alteridad.

De allí que pensemos en hombres que respondan de manera efectiva y afectiva al hecho de hacer lenguaje. Y esto quiere decir, aprender a no tener razón. Todo, porque hay distintas formas de interrogar, derivando en diferentes maneras de responder. Es, pues, imperioso, abrir el oído, aprender a escuchar. De este modo la relación de nuestro yo con el tú, devendrá diálogo reparador. Además porque hay que tener presente que todos somos nosotros mismos. O en otras palabras: en cada uno de los hombres descansa la humanidad entera.

¿Cómo no respetar y solidarizarse con nuestra forma de pensar? ¿Cómo no atender a las respuestas que nuestro pensamiento impele? De este modo reconoceremos que si escuchamos nuestra voz, estamos escuchando la voz del mundo. De manera inversa: cuando escuchamos la voz del mundo, estamos escuchando nuestra propia voz.

Aquí sería prudente entrar a responder que además de respetar y solidarizarse el hombre consigo mismo, que además de atender a su pensamiento, deberá en cierto sentido, hacer caso a la tradición, al entorno en que se ve imbuido. De esta manera ampliará su concepción del mundo, hará lenguaje efectivamente.

Es, pues, necesario establecer un diálogo con los demás y con el mundo. Así se fundará una decisión abierta del responder a las múltiples interrogantes que derivan de un mundo caótico y sin sentido que pierde su horizonte.

El malestar actual, donde la imposición y el descrédito de las instituciones incrementa la rebeldía y el acto no fundado en el orden de lo social, en la ruptura y la búsqueda de la libertad a toda costa, adolece de claridad y de argumentos.

La sociedad actual es una masa amorfa de intereses que se determina por el ámbito del sentido diseminado, atomizado en plurales acontecimientos que en muchas ocasiones no encuentran sustento en la realidad. De este modo, podríamos declararla como una sociedad enferma.

Igual que en otros tiempos, la cultura se ha visto transformada por guerras injustas, si es que una guerra podría ser justa. Por estigmatizaciones al orden de lo individual y lo grupal, que sólo pretenden el poder y el dominio de las estructuras donde se cimenta lo humano.

Declarar que la sociedad y los hombres que la conforman en su individualidad, no tienen clara la razón común y que se extrañan frente a lo que de continuo viven, que no tienen conciencia de lo que les atraviesa la piel, ni recuerdan el fundamento de sus sueños e ilusiones, significa que vivimos tal y como nos lo planteaba Heráclito: dormidos.

Y es que este sueño, este limbo que aquí se denuncia, es más fácil de llevar que el enfrentamiento con la realidad, que la diaria lucha con lo establecido que se nos enrostra como única posibilidad.

De allí que haya que atender a una voluntad de crear, a una conciencia de transformación, de correspondencia con la esencia del cambio y la naturaleza de lo nuevo que no olvida su pasado ni desmiente el presente.

Vivir “como si”, en la fantasía, nos puede llevar a olvidarnos de nuestra principal misión; es decir, alcanzar a saber quienes somos realmente. Y hay que recordar que saber quienes somos, es el primer gran paso.

Sin embargo, esto no quiere decir alejarnos de la realidad, evadir el mundo del enfrentamiento cotidiano con el mundo de los demás y del nuestro propio y el de la trascendencia. Pues de alguna manera vamos más allá siempre.

Esto lo podemos ampliar aquí con el hecho del caminar que nos conduce a una tarea meditativa con nuestro interrogar, llevándonos a un responder lo justo sobre dicho caminar. Además de ponernos en contacto con lo por venir.

Y esto es lo preciso, caminar, donde la meta es cada uno de los pasos que se dan, el lugar de donde parte el próximo paso. Por esto el camino siempre está haciéndose y es una cosa singular. No podemos en nuestra individualidad seguir los pasos ya recorridos de la historia.

En esto se fundan algunos, no obstante, para romper toda conexión con el pasado, intentando arrancar de cero. Y esto no es posible. Sólo hay que mirar comprensivamente eso que nos ha legado la humanidad y resignificarlo si no es propicio para nuestro caminar.

Caminar aquí es responder, interrogar y comunicar aquello que nos impele. De esta manera podríamos conjugar pregunta y respuesta en una determinante forma de incrementar nuestro conocimiento de las cosas y lo que representan para nosotros en el constante milagro de la vida.

Lo que si hay que acentuar es que el hombre partícipe de la voluntad de crear, debe alejarse, de alguna manera, del bullicio de la cotidianidad para luego de conformar su obra, estallarla en el plano de lo habitable, justificarla en el terreno de lo común.

Sin embargo, esta soledad podría hacer perder el camino si no se fundamenta de manera tal que el lenguaje sea la meta. Hablar de la condición que nos aqueja, debe corresponder con el lenguaje, y este corresponder es un oír que se corresponde con el mandato del silencio. Así nos lo dictamina Heidegger.

El habla se activa sólo si se nutre de la escucha, si atiende a la correspondencia del silencio y la soledad, de esta manera se vinculará al lenguaje. Mismo que determinará la acciones del ser del hombre en las inmediaciones del mundo como lo proponía Wittgenstein.

De allí que sea necesario interceder por un diálogo reparador. De esta manera el interrogar podrá acusar cierto responder justo en vías de la dignidad humana y de la democratización de los recursos.

Esta dignidad, cifrada en el movimiento singular que se potencia en lo colectivo, capacitará al sujeto para crear por medio de la intersubjetividad, una sociedad clara y con conciencia de la correspondencia entre el saber y el hacer.

Deriva esto, entonces, en una fórmula que pondrá en pleno el ejercicio de la palabra con una dinámica que será acción de los hombres entre sí, de los pueblos y las naciones entre sí, para corroborar la solución a la crisis de la cultura actual.

Quizá no sea, pues, demasiado atrevido decir que la sociedad planetaria, en estos momentos de modernidad amalgamada o postmodernidad, debe trabajar por la construcción de una actividad que permita la sana y equitativa distribución del conocimento, y tenga como meta el enriquecimiento de las doctrinas que buscan la justicia social.

Para esto debemos detenernos ante la presencia del otro y su diferencia, así como ante la naturaleza y las culturas orgánicas de pueblos y estados, y a conocer a lo otro y los otros como a los otros de nosotros mismos, tal y como lo exhortaba Gadamer, a fin de lograr una participación recíproca.
 
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