David es remitido por el neuropsicólogo a la institución en la cual laboro, Corporación Ser Especial [1], con la sugerencia de internamiento como última estrategia, ya que hasta ese momento había sido imposible la adaptación del niño a los diferentes contextos.
David tiene 10 años, los reportes de los diferentes lugares que habita coinciden: “su comportamiento en clase es de inquietud y desconcentración, responde con palabras no acordes para su edad, no obedece, es muy conversador y mantiene un continuo movimiento en el cuerpo que le impide estar quieto en la silla, es brusco, es impulsivo. Su atención se mantiene por periodos muy cortos de tiempo, se distrae fácilmente, siempre está atrasado, no cumple con las normas, es perezoso, indisciplinado, interrumpe las clases con frecuencia. Al llamarle la atención muestra agresividad y además se enfrenta con profesores y compañeros. Aprende con facilidad, pero por su hiperactividad abandona el trabajo ante la menor dificultad”.
El proceso psicológico desde el que era remitido, señala que el niño se compromete a cambiar cada vez que se habla de sus dificultades, pero nunca ha cumplido. La conclusión de la evaluación neuropsicológica fue la siguiente: David presenta un desarrollo cognoscitivo normal, y trastorno de déficit de atención con hiperactividad. Anota la madre que ni la ritalina ni el proceso terapéutico, lograron el efecto esperado.
La presencia de niños y niñas diagnosticados con hiperactividad y déficit de atención aumenta cada día en nuestro medio social. Esta situación ha generado no sólo angustia e impotencia constante entre padres y maestros, sino además, un grupo de niños señalados como enfermos y muchos de ellos excluidos de las instituciones educativas, porque ninguna estrategia ha logrado el control de su excesiva actividad o su falta de atención.
La orientación desde la que fue abordado David en el proceso referenciado, hace énfasis en la adaptación del niño al medio, por ello las pruebas aplicadas y las estrategias de intervención implementadas. El objetivo es lograr que el niño habite en los diferentes espacios de acuerdo a lo que los otros (padres, maestros) esperan de él. Salirse de estos parámetros esperados (obedecer, centrar la atención, no pararse, ser juicioso), hace sospechar que algo no marcha bien.
El enfoque predominante realiza el diagnóstico a nivel de descripción de los fenómenos, incluidos los reportes de una madre y maestra casi siempre descompuestas y angustiadas por la conducta del niño. Plantea como causa de este cuadro una condición en el cerebro y su funcionamiento, por ello la intervención medicamentosa a través de la ritalina, a pesar de no existir ninguna prueba que demuestre que hay una causa orgánica en la etiología de este déficit. Observamos aquí el modelo desde el que opera la medicina, el médico identifica unos síntomas, la patología y formula el medicamento. Pero ¿organismo y psiquismo son lo mismo?
Existe otra opción en el abordaje de estos niños, donde se concibe el psiquismo diferente a cerebro y producto de la historia única de cada sujeto y su manera de responder a ella. El psicoanálisis no considera la hiperactividad como una patología, sino como el síntoma de un ser cuya presentación inquieta y poco estable, dice algo de sí, y que en vez de silenciarse, se debe escuchar. Esta concepción de ser humano, ha permitido verificar en el abordaje de los niños y niñas categorizados como hiperactivos o inatentos, la intervención de factores que trascienden lo orgánico, lo que ha posibilitado descubrir, muchas veces, que el fenómeno presente en estos niños, no depende de manera exclusiva de su funcionamiento cerebral.
En muchos niños y niñas, los estados emocionales, las condiciones psíquicas, el sufrimiento, la historia de vida de cada uno de ellos, sus vínculos con los padres y con la cultura, tienen como efecto manifestaciones de hiperactividad y dificultades en el proceso de atención, con consecuencias observables por los demás y que son los criterios bajo los cuales regularmente son diagnosticados.
Existen también consecuencias que regularmente pasan desapercibidas: niños estigmatizados, tristes, solitarios y sin un buen lugar en el mundo que los acoja. Esto señala la necesidad de algo más que ser medicados para retornar al orden en la escuela y en el hogar.
Desde la clínica psicoanalítica estos niños son acogidos en su individualidad, con una pregunta que va más allá de ¿qué pasa en su cerebro?. En el marco de proceso clínico se pregunta por su día a día, sus afectos, sus angustias, las secuelas emocionales que quedan al ser diagnosticados con un trastorno.
La pregunta por el origen de esta condición se establece niño por niño, concibiendo a cada uno de ellos como un ser producto de algo más que su organismo y, por esta razón, la medicación que se dirige al organismo, no es la única vía de intervención.
Sin desconocer que en muchos casos el fármaco es la única opción, los efectos del trabajo clínico han demostrado que no pocas veces lo requerido por este grupo de niños es alguien que los escuche y acompañe, en la búsqueda de una mejor vinculación al medio que hoy los rechaza.
En la Corporación Ser Especial se recibió a David no para internarlo ni para saber como funcionaba su cerebro. Se le ofertó el servicio de consulta externa con el objetivo de saber algo de él y de la manera que había construido para conducirse en el mundo. En el proceso que duró un mes, emergió la fantasía permanente de muerte del padre, lo que invadía a David de angustia. Gracias al trabajo clínico, esta angustia pudo tramitarse por la vía de lo simbólico, motivo por el cual desapareció del cuerpo, único escenario que hasta entonces había encontrado para manifestarse como síntoma. Actualmente asiste a la escuela, el exceso de actividad y la falta de atención desaparecieron.
Diagnosticarlo como hiperactivo, tarea que no requería mucho esfuerzo, fue una opción. David también encontró otra: alguien que lo escuchara y emprendiera con él la tarea de conocer lo que subyace en su ser, le hace sufrir y le conduce en la vida.