| En este escrito se presentan los resultados del trabajo de grado titulado “sobre el viraje del amor al odio de una mujer hacia su pareja”, resaltando los puntos más importantes con el fin de ofrecer una presentación sintética del problema investigado y los resultados obtenidos. El campo de estudio ha sido la relación de las mujeres con su pareja, en lo concerniente a la transformación del amor en odio. Este trabajo ha estado apoyado en la teoría psicoanalítica como sustento conceptual para la compresión del fenómeno.
El reconocimiento de la subjetividad en las elaboraciones es constante y se sitúa en su llamado a la responsabilidad de los sujetos que sufren o, con la actividad propia de la subjetividad, que hacen su sufrimiento. Nos encontramos ante mujeres que sufren por amor. Sí, este tema tiende hacia ese extremo que es el odio respecto del amor, pero también se percibe que las mujeres que narraron su vida de pareja, padecen por un amor, que a pesar del fracaso, esperan volver a encontrar o a inventar como esperanza de una relación maltratada. Por esto, la respuesta de “las mujeres de la investigación” es femenina, diferenciada de las otras respuestas de las mujeres ante la castración como lo son la renuncia a la sexualidad y el complejo de masculinidad.
Como objetivos de la investigación se plantearon: Comprender la razón del viraje del amor al odio en una mujer hacia su pareja, considerando el postulado psicoanalítico de la no relación entre los sexos e identificar los elementos centrales de lógica del este odio. Y se tuvo como supuesto que: e l viraje del amor al odio de una mujer hacia su pareja, puede ser comprendido como una respuesta ante la decepción por lo imposible de la relación sexual, instaurándose la pasión del odio con la intención subjetiva de separarse del daño que a su ser produce tal imposibilidad. El camino que ha llevado al logro de la investigación con los alcances propuestos se presenta a continuación considerando cuatro momentos: las determinaciones subjetivas, el enamoramiento, la decepción, y el “enodiamiento”, este último, neologismo de Ortega y Gasset que indica la corriente afectiva de una pareja cuando es ganada por el odio.
Las determinaciones subjetivas.
Los planteamientos sobre el preedipo han permitido ubicar una herencia subjetiva de un tiempo primordial, gestor del desenlace del ser de la mujer. En su referencia se señalan las determinaciones de las primeras experiencias y la lógica que estructura la sexualidad femenina en su gruesa relación con el amor y con el Otro; su fundamento cernido en la experiencia amorosa, se origina en esta época primordial en la que la niña ha percibido la ausencia de pene al compararse con la presencia poseída por el niño, sin embargo se erige el deseo de un sustituto: el falo. El complemento fálico es esperado de la madre, ilusión que la sostiene en la esperanza de hallar lo faltante como proveniente del Otro. Sin embargo, tras la percepción de la castración materna cae en su primera decepción, vivenciada como daño imaginario del incumplimiento de la promesa fálica, pero principalmente porque remite a la propia castración. Promesa que se tenía como derecho legítimo, introduciéndose una deuda simbólica, a la vez que sucede la frustración. De esta manera, la madre se vuelve potencia real, por cuanto puede tener de inalcanzable, a partir de allí los objetos dados dejan el ciclo vital y se convierten en dones de amor, lo cual refuerza la dependencia de la posición femenina al Otro, y agudizando la demanda de amor, convertida en demanda insaciable por su motor real: la falta en ser.
Como consecuencia de la primera decepción, la niña cambia de objeto virándo hacia el padre, en quien se deposita la nueva espera del sustituto, que ahora tomará la forma de un hijo, un hijo de él. La respuesta negativa a esta nueva ilusión provoca una segunda decepción. La temprana doble decepción de la posición femenina, reafirmará su dependencia al Otro y la dirección de las demandas de amor a éste, situación que se reactualizará en la vida con el partenaire, toda vez que es en relación a él que renace la promesa amorosa.
Son posibles otras experiencias subjetivas generadas en el escenario de pareja y susceptibles de investigación, relacionadas con: la violencia, la infidelidad y el síntoma, entre otras. En este caso se ha elegido la transformación que sufre el sentimiento amoroso, más identificable en el enamoramiento, por un odio decidido y más notorio hacia el partenaire que pulsa por la separación y el rechazo de lo terrible.
La pérdida de ser y su relación con la pérdida del amor, parecen ser experiencias horizontales, como efecto titulado de la castración a modo de inscripción simbólica que deja algo perdido. La pérdida del ser que queda como falta para el sujeto y la constancia de la pérdida en la privación real en el cuerpo de la mujer, determinan un camino que se resuelve privilegiadamente en el amor, pues un resto perdido, resto deseado y que es representado desde Lacan como objeto a , ha quedado fuera del espacio potencia del sujeto, lo que dará la intención de la dirección al otro, de la intención en la relación con el partenaire. Por esto el partenaire corresponde no solo al compañero amoroso, sino que también señala, lo más íntimo del sujeto, también lo que puede ocasionar mayor daño al ser.
El enamoramiento.
La mujer, en la dependencia del Otro, ligazón en la que espera dar con el ser que le falta, y que se liga al sustituto fálico, es reclamado a su pareja y allí, en la relación con éste, se ilusiona con obtenerlo. Entonces ninguna de estas mujer se ha enamorado sin el diseño de una promesa que le permite ser amada y, por esta vía, llegar a ser. Pero es esta promesa la anticipación de una marca simbólica que se juega en las márgenes de su incumplimiento. Llega la mujer a renunciar a todo en la forma de “hasta lo que no tiene”, y con esta apuesta entrega el ser a cambio de amor. Este deseo femenino se trenza con la insatisfacción, con el desfase entre lo que lo origina y su cumplimiento, de manera que el amor se pone constantemente en lista de espera, con demandas en la cadena de lo infinito, surgidas del dominio de la falta y que exigen una respuesta desde el mismo registro de la precariedad esencial del partenaire, respuesta que obtiene su valor amoroso, en tanto es “dar lo que no se tiene”. Durante este trayecto su imagen se ve realizada con ilusiones de completud y unidad, motivadas por el reconocimiento, porque son para el otro causa de su deseo. Esta es la ganancia de su dependencia de amor, sin embargo dobla el campo de sujeción de las mujeres al otro, sembrando la posibilidad de la frustración.
La decepción.
De pronto, el golpe de espada de una incompatibilidad entre ellas y su pareja taja la relación: en el caso de estas mujeres la presencia de otra mujer, a quien su pareja dirige su atención. “El uno para el otro” de la complementariedad se deshace y con ello inunda la desilusión, el desengaño y la decepción comprendida como vacío de ser entre la ilusión del amor y la imposibilidad de la relación sexual. El agujero abierto y revivido, actualiza la brecha de un período primordial en el que la decepción ha sido su desenlace: en la relación con la madre en el preedipo y en la relación con el padre en el Complejo de Edipo. Historia que ha llevado a nombrar, en psicoanálisis, a la posición femenina como posición frustra.
En la experiencia de la decepción emerge la falta ligada constitutivamente a la castración, entendida como la señal del que no tiene o lo que se tiene puede ser perdido, pero que en la mujer se vive como angustia de la perdida de amor, angustia central de este momento. Sin embargo, otra forma de la falta de objeto gana precisión en el fenómeno: la frustración. Con la frustración se hace referencia a la experiencia subjetiva de ahogo ante el incumplimiento de la promesa, que en su fundamento es siempre promesa de amor, es decir, de un don que venido del otro representa el amor y el reconocimiento del amante. La demanda de amor, y la importancia subjetiva que tiene para la posición femenina, se ve frustrada, es decir, se ve impedida de realización en un momento que ha sido antecedido por la promesa amorosa hecha explícitamente por el hombre o imaginada por la mujer, pero que en una u otra forma, la hunden en el desamparo y la angustia debido, entonces, a una retractación de un don que por legítimo derecho debía llegar a su ser y por el que, además, habría apostado “hasta lo que no tiene”
El “enodiamiento”
La emergencia del desencuentro estructural entre los sexos impacta en la subjetividad de estas mujeres, dominada hasta ahora por las realizaciones imaginarias del enamoramiento, desvaneciendo la ilusión; pues como indica Lacan “se trata siempre y esencialmente, además de esconder el objeto, de esconder la falta de objeto” [1]. Este hueco que se descubre en el interior de lo íntimo, aunque aparezca como exterior, hace nacer al odio, una de las pasiones en las que los seres humanos ponen en juego su ser ante la falta que violentamente se revela retorciendo lo imaginario en su intersección con lo real. Lo imaginario que tiende a su consumación en la ficción de la existencia del Uno de la relación sexual y lo real de lo imposible del ser todo. Este nacimiento del odio no lo lanza más allá de lo imaginario, pues se liga todavía a la relación del yo con sus objetos, como dice Freud, y no exclusivamente con la pulsión. La afrenta que recibe lo imaginario respecto a la interrupción violenta de lo real, se resuelve en odio y, que desde lo investigado, aparece en la mujer como la intención hacer distancia entre ella y el vacío de ser, de separarse de lo desconocido descubierto en el interior de lo íntimo. Esta intención separatista del odio es contra del sentimiento de “inquietante extrañeza” propio de lo siniestro, lugar mismo donde Lacan a ubicado al objeto a . Este odio se diferencia del aquel que se sitúa ligado al encuentro con el goce primordial, en la relación de la niña a la madre, y que ofrece su pasión para dar con la destrucción de la pareja, al percibir al otro como enemigo que hay que eliminar. No se trata de este odio.
El objeto a no aparece, en este caso, con sus semblantes, los pequeños objetos a , sino como lo que es primordialmente: no ser, es decir, hallarse en la ex–sistencia, como vacío en el interior del ser. Basados en Freud el odio es búsqueda de distancia entre el yo y los objetos, ubicados en el exterior y que producen displacer. Con Lacan esta exclusión opera por el odio que se dirige a la ex–sistencia, en lo que tiene de extraña y ajena, motor de la concentración del mayor odio. Por esto hemos titulado lo concerniente a esta categoría axial: el odio como enfrentamiento a la ex–sistencia del objeto y a la angustia por la falta. Perturbó a la princesa que se despertó únicamente para ver que su príncipe resultó ser, al fin y al cabo, un sapo, o mejor dicho, un fraude.
En la anatomía del odio se evidencia una lógica que permite a las mujeres ponerse a salvo - no sin una fuerte lucha psíquica - de la terrible gravedad de la agujero que es la falta de ser, revelado, en un tiempo inesperado y frágil, donde un monto de la libido está en el objeto y, por lo tanto, el yo pobre por enamorado y frustrado se las arregla con un profundo y decidido odio que tiende a la separación del objeto. Así, el odio es vía para la recuperación de la vida vaciada por la falta. Esto plantea una apertura a la investigación: vemos en el odio de estas mujeres un límite a lo que en ellas puede haber de insoportable y que, terrible, podría dirigirse al otro para cometer un acto irreversible que dañaría su ser, como en el caso de Medea, o que intentan cometer un daño contra si mismas en la forma del acto suicida, como en el caso de la joven homosexual en Freud, aunque no es logrado o memorablemente en Madame Bovary de Gustave Flaubert, donde el suicidio es la última acción de una mujer ante la decepción por el amor fracasado.
La posibilidad vital que el odio puede brindar se puede rastrear por contraste con la historia de Emma Bovary. En la mujer de la Obra de Flaubert, la decepción amorosa es vivida como traición, acusada forma de la frustración, que ha sido causada por la no respuesta del amante a quien ha dirigido su demanda. El “no tengo” con el que responde este hombre, ser en el cual ha cifrado su esperanza de bienestar y realización del amor, desnuda la falta, por la que el otro se torna extraño. Ese “no tengo” llega a ella doloroso e imposibilitante, a lo que ella reacciona respondiendo: “La verdad es que nunca me has querido. ¡Eres igual a todos lo hombres! [...]¡Yo, en cambio, te lo hubiera dado todo!. Lo hubiera vendido todo, habría trabajado con mis propias manos y pedido limosna en los caminos por una mirada tuya, por una sonrisa, aunque sólo hubiera sido por oírte decir: <¡Gracias!>...”. Arrojada a la soledad esta mujer sentía como “el suelo parecía hundirse también bajo sus pies, blando como la ondulada superficie del agua, mientras los surcos se le antojaban igual al modulado sucederse de oscuras e inmensas olas. [...] en aquellos instantes, la realidad surgió como un abismo” [2]. Su dolor se definirá prontamente con el golpe certero del suicidio ha sido el recurso elegido ante la terrible verdad, acto verdugo de la vitalidad ante el abismo de ser, y donde la muerte se reclama sin freno.
Desde la historia de Emma Bovary puede considerarse que el irresistible embate de la desilusión fue frenado con la entrega de la propia vida, al no poder encontrar el recurso subjetivo y vincular que le permitiera separarse, es decir, odiar como freno a la “inquietante extrañeza”, a lo extraño en lo íntimo, a la falta de objeto que asegura la identidad al ser. Este punto central se nota posible en las mujeres objeto de la investigación y permite dar relieve a la exposición hecha sobre la lógica del odio: la restitución de la vida con lo que tiene de esperanza, una vez que la certidumbre de la nada en el ser va siendo aislada en sucesivos oleajes en los que, como dice Bennedetti, el odio viene y va, en este nuestro caso para excluir lo insoportable de la revelación de la falta en un tiempo imprevisible, por su precedente amoroso.
De acuerdo a nuestro supuesto, en Emma Bovary no pudo nacer potentemente el odio. No odió lo suficiente y la imposibilidad que se asomó certera, tomando a esta mujer sin arrestos vitales, sin razones para mantenerse en pié. Entre ella y la nada no aparecía nada que la salvara. Sin embargo, estos visos de paralelo abren otra pregunta, a las cuales esta investigación no ha tenido la intención de responder, pero que son del alto interés: ¿Qué lógicas subjetivas animan la elección que hace una mujer, ante la evidencia del desencuentro sexual, entre: realizar un acto que dañe lo más íntimo del ser de su partenaire, suicidarse ante el fracaso amoroso u odiar “con el alma”, al partenaire, pero seguir con su vida y dejarlo al otro con la suya?. Y con la relación a nuestra investigación y estas otras salidas: ¿Es el odio, ante la decepción amorosa, una salida única e imperturbable o puede verse transformada su lógica en un acto mortífero del sujeto dirigido al partenaire o a sí mismo? |