Fundación Universitaria Luis Amigó
 
    NÚmero 10 • DICIEMBRE 2005
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Myriam Ríos Madrid                

Psicóloga

Universidad de Antioquia. Docente del programa de Psicología-FUNLAM

Scalata alla Notte

Pintura. Acrílico sobre Lienzo. Firmada. Año: 2004

Guido Boletti

Desvalimiento y guerra

 

“Todo lo que apetecemos coger se nos resiste; todo tiene una voluntad hostil que es preciso vencer. En la vida de los pueblos no nos muestra la historia sino guerra y sediciones; los años de paz sólo parecen pausas, entreactos, que surgen una vez por casualidad. Y asimismo, la vida del hombre es un perpetuo combate, no sólo contra males abstractos, la miseria o el hastío, sino contra los demás hombres. En todas partes se encuentra un adversario. La vida es una guerra sin tregua, y se muere con las armas en la mano”.

Schopenhauer.

 

Si la guerra, con todas las manifestaciones que ella comporta, no representara un grave peligro para el ser humano, y aun para la especie, nadie se hubiera ocupado de ella. Sabemos que ella es tan antigua como el hombre, pero también, que el dibujar, el escribir, el cantar, el hablar sobre ella, son tan antiguos como ella misma.

Es claro que la guerra no ofrece al análisis sólo el lado peligroso, nocivo al hombre; está también la atracción que ella ejerce, la pasión que despierta en muchos humanos, la vehemencia que los hombres de todas la épocas han colocado en ella, en planearla, en hacerla, vehemencia que desenmascarada, nos muestra el rostro de la pulsión de muerte, compañera inseparable de Eros en las lides de la existencia. La guerra no parece dejarnos indiferentes, ya sea que la confrontación bélica se desarrolle ante nuestros ojos, ya sea que sólo contemplemos su posibilidad, o aun, ya sea que, como en el caso del poema homérico, sólo sepamos de oídas sobre ella. Es cierto que ella nos destruye, pero también, nos constituye.

Si bien, no puede afirmarse que la guerra sea traumática per se , cosa que tampoco podría afirmarse categóricamente de cualquier otro acontecimiento humano o natural, es evidente que ella encierra elementos bajo cuyo peso la pretendida “homeostasis” social e individual se ve sacudida, amenazada en sus cimientos. Quizás pocas situaciones como la guerra pongan tan al descubierto la indefensión, el desamparo, el desvalimiento humano, aunque también, la afilada y no siempre refinada ferocidad humana. Ella es pues, a todas luces, una situación privilegiada para observar al hombre como una criatura cuyas múltiples prótesis y armaduras no han logrado curarlo de su desvalimiento estructural.

Aunque ateniéndonos a la hipótesis freudiana de la no representación de la muerte propia en nuestro inconsciente, trataremos de mostrar que no por ello es menos justo señalar que la guerra nos coloca de cara hacia ella, que las grandes magnitudes de estímulos interiores y exteriores se tornan amenazantes, llevándonos a contemplar por momentos la posibilidad de morir. Querámoslo reconocer o no, la guerra, como Jano, nos muestra la otra cara de la vida, la muerte; la otra cara del narcisismo, el desvalimiento y el poder de la Parca .

Trataremos de poner al descubierto la amenaza, el peligro que ella puede representar, empresa que nos llevará por la vía del desamparo y la muerte, y para la cual nos hemos hecho acompañar de la reflexión freudiana y de algunas páginas literarias.

Aunque no sea este el momento para considerar algunas cosas en toda su extensión, vale la pena el mirar de pasada lo que podrían considerarse hechos contrarios a la hipótesis que hemos lanzado sobre la nocividad de la guerra.

Tenemos el caso de aquellos sujetos que asumiendo una posición de “héroes”, se lanzan a la guerra sintiéndose invulnerables, omnipotentes, y, hasta inmortales, desafiando la realidad exterior con una armadura yóica que exhiben como impenetrable. En esta categoría podríamos ubicar a los grandes guerreros que la historia nos ha dibujado, quienes movidos por variadas y desmedidas ambiciones, han conquistado, construido y desarmado los más colosales imperios sobre la tierra; también, aquellos héroes que la poesía, la tragedia y la mitología nos han delineado tan bellamente.

En este mismo sentido, tenemos a quienes se venden para la guerra, los mercenarios y militares, quienes libremente, y , en apariencia, sin ningún temor, eligen el campo de batalla como lugar de trabajo, desafiando cada día, en su terreno familiar, a la inmortal Parca. Quedaría por examinarse si en estos casos que encierran tal grado de heroísmo y desafío a la realidad, no es susceptible de encontrarse, aunque sea por momentos, el temor ante el peligro, la angustia y el desvalimiento renovado.

Quizás, lo que en el fondo nos muestran estas consideraciones, más que un abismo entre dos posiciones, es que hay diferentes maneras de vivir la guerra, de enfrentarla, de verla, de intentar conjurarla.

La reflexión sobre el desvalimiento humano es algo que está presente en la obra de Freud desde sus inicios, hasta el final; son múltiples los textos en los que se refiere a este tema. Así, ya en el “Proyecto de Psicología”, cuando describe la “vivencia de satisfacción”, señala que el ser humano se halla inicialmente en un estado en el que depende totalmente de otra persona para satisfacer sus necesidades, siendo incapaz de realizar la “acción específica” que le permita poner fin a las tensiones que se generan al interior de su organismo. El hombre se vislumbra como una criatura particular, que de manera apremiante y desde el principio de la vida, necesita del otro para satisfacer sus necesidades, para sobre vivir, para dar sentido a su existencia.

Pero el hombre está expuesto no sólo a las magnitudes de excitación que desde el interior de su organismo lo apremian buscando satisfacción, el mundo exterior es también una fuente importante de estímulos que pueden tornarse tan amenazadores para la vida, como la no satisfacción del hambre, por ejemplo.

Posteriormente, en su obra “Inhibición, síntoma y angustia”, Freud, preguntándose por los factores intervinientes en la causación de la neurosis, señala entre ellos, uno biológico, al que describe así:

“El biológico es el prolongado desvalimiento y dependencia de la criatura humana. La existencia intrauterina del hombre se presenta abreviada con relación a la mayoría de los animales; es dado a luz más inacabado que éstos. Ello refuerza el influjo del mundo exterior real. Promueve prematuramente la diferenciación del yo respecto al ello, eleva la significatividad de los peligros del mundo exterior e incrementa enormemente el valor del único objeto que puede proteger de estos peligros y sustituir la vida intrauterina perdida. Así, este factor biológico produce las primeras situaciones de peligro y crea la necesidad de ser amado, de que el hombre no se libra más”. [1]

Tenemos configurado así un mundo exterior que no se puede desconocer, del cual emanan magnitudes de excitación y peligros a los que la criatura humana no puede enfrentarse por sí sola; esta sensación de desvalimiento frente a lo endógeno y lo exógeno no abandonará ya al hombre, y contribuirá en gran medida, a la conformación del sentimiento religioso.

Este desvalimiento anclado en la biología, bajo cuyos naturales designios el ser humano es arrojado prematuramente de esa primera mansión a la que no se cansan de cantar, alabar, añorar e intentar comprender, poetas, filósofos, psicólogos y mortales en general, había sido señalado ya por un filósofo, a quien Freud leyó, aunque, lo dice él mismo, “tarde” en su vida. Se trata de Schopenhauer, cuya polémica obra contiene gérmenes de algunas premisas psicoanalíticas; con su tono característico, dice el filósofo:

“El hombre es el más desnudo de todos los seres. No es nada más que voluntad, deseos encarnados, un compuesto de mil necesidades. Y he aquí que vive sobre la tierra abandonado así mismo, inseguro de todo, excepto de su miseria y de la necesidad que le oprime. A través de las imperiosas exigencias renovadas a diario, los cuidados de la existencia llenan la vida humana...Amenazado por todas partes por los peligros más diversos, no basta para librarle de ellos una prudencia siempre despierta. Con paso inquieto, echando en torno suyo miradas de angustia, sigue su camino en lucha con el azar y con enemigos sin número. Así iba a través de las soledades salvajes, así va ahora en plena vida civilizada. No hay para él seguridad ninguna”. [2]

Es esta la mirada del filósofo, quien a su manera, parece decirnos que el hombre no puede librarse del desvalimiento, porque este lo constituye. Se torna así en una criatura angustiada que siglo tras siglo, época tras época ha arrastrado sus pasos sobre la tierra sin hallar consuelo ni seguridad frente a los peligros que se ciernen sobre él.

Ahora bien, frente a la importancia del mundo exterior, es claro que Freud desde el “Proyecto” le asigna un papel fundamental, reconociendo, por ejemplo, la existencia de un grupo de neuronas que tienen como función recibir los estímulos externos, paralelas al grupo de las que reciben las excitaciones que fluyen del interior del organismo. En una obra posterior, “Más allá del principio del placer”, nos presenta de manera amplia la importancia que lo exterior tiene para el organismo que trata de mantenerse con vida:

“Para el organismo vivo la tarea de protegerse contra los estímulos es casi más importante que la de recibirlos; está dotado de una reserva energética propia, y en su interior se despliegan formas particulares de transformación de la energía: su principal afán tiene que ser, pues, preservarlas del influjo nivelador, y por tanto destructivo, de las energías hipergrandes que laboran fuera. La recepción de estímulos sirve sobre todo al propósito de averiguar la orientación y la índole de los estímulos exteriores, y para ello debe bastar con tomar pequeñas muestras del mundo exterior, probarlo en cantidades pequeñas”. [3]

Llegados a este punto, creemos tener claro que es posible hablar de un estado de desvalimiento humano y que son dos los frentes desde los que llegan las magnitudes de estímulos a las que no siempre el hombre puede responder de manera acertada. Ocupémonos ahora de la guerra, situación que hemos calificado de peligrosa, o sea, de situación que enfrenta al hombre con su desvalimiento. Dada la brevedad que exige el presente texto, sólo nos ocuparemos, de manera muy rápida de lo que atañe a tales peligros.

Esta puede parecer una Perogrullada, pero quizás, si algo define la guerra es el “estruendo” que ella produce, el desorden que introduce en el ambiente; las mismas expresiones que se utilizan para referirse a ella dan idea de esto: “declarar la guerra”, “estallar la guerra”, “clarines de guerra”, son expresiones que remiten a sonidos fuertes, a elevar la voz, a cosas que revientan y pueden llegar a dañar, no sólo nuestros oídos, sino nuestro cuerpo en general. El término guerra parece contener en sí el fragor, el ruido, el estrépito con el que muchas veces lo exterior se anuncia en nuestro psiquismo, con el que se anuncian los peligros, poniéndonos a la expectativa. Podríamos decir que el ruido que habitualmente producen las acciones bélicas, da la idea de su capacidad de destrucción; quizás, cuando los adelantos tecnológicos, y los tratados internacionales permitan crear exclusivamente armas químicas o de otro tipo, que sean absolutamente silenciosas, la guerra y sus maniobras dejarán de estar asociadas con el ruido, con lo ensordecedor, con lo intolerable a nuestros oídos, con lo desesperante. Las condiciones que crea la guerra para su desenvolvimiento, se caracterizan por la cantidad de elementos destructivos, capaces de dañar en igual medida, a combatientes y a la población civil. Durante las confrontaciones bélicas el hombre está más expuesto a ser herido o a morir que en cualquier otra situación cotidiana, los bombardeos, incendios y asaltos, muestran al hombre lo vulnerable que es frente a lo que del exterior viene. Aquí, no es la furia de la naturaleza la que se abate sobre él, sino la furia de lo humano que con ayuda de la tecnología hace tambalear a su paso lo que hasta ahora parecía firme. No sólo los campos de batalla, sino las ciudades y poblados ofrecen el escueto espectáculo de lo “perecedero” en el que, contra todo narcisismo, se desenvuelve la existencia humana. El colapso de las construcciones parece señalarle al hombre su propia fragilidad, su desvalimiento frente a una entropía que lo abarca todo. Así se lamentaba el coro en la tragedia “Las Troyanas” de Eurípides:

“Como el viento que se alza y es disipado por el viento, así acabó mi patria y a tierra vino rota por las lanzas. Palacios se derrumban al ímpetu del fuego y al furor de la lanza”. [4]

Pero la amenaza no está dada sólo en términos de la destrucción material, de aquello que con tanto esmero la humanidad ha levantado, o del ensordecedor ruido de armas, aviones o bombas, capaz de llevar a la desesperación. De ese otro que está afuera, en calidad de enemigo o no, también cabe la posibilidad de caer prisionero, de ser torturado, de ser obligado a abandonar la tierra natal, de ser despojado de los seres queridos. Son todas estas amenazas, situaciones que igualmente suscitan en nuestro interior multitud de sentimientos, sensaciones y deseos, situaciones que nos sumen en el dolor, la angustia, el duelo, abrumando al yo con una carga demasiado pesada de llevar. En este punto, valdría la pena mirar un ejemplo de cómo es posible que hasta los héroes se tambaleen en momentos en que la ferocidad de la guerra les arrebata sus seres queridos. Así hablaba Aquiles ante el cadáver de su entrañable amigo Patroclo:

“En otro tiempo, tu, infeliz, el más amado de los compañeros, me servías en esta tienda, diligente y solícito, el agradable desayuno cuando los aqueos se daban prisa por trabar el luctuoso combate con los troyanos, domadores de caballos. Y ahora yaces, atravesado por el bronce, y yo estoy ayuno de comida y de bebida, a pesar de no faltarme, por la soledad que de ti siento”. [5]

Más adelante, Homero sigue narrando el estado de duelo que sobrecogía el ánimo del temible Aquiles, cuyo dolor por el objeto perdido parecía no encontrar remedio o mitigación, ni siquiera en el repetido y cruel ritual de arrastrar por el polvo el cadáver de Héctor, asesino de Patroclo. Así lo ve el poeta:

“Aquiles lloraba, acordándose del compañero querido, sin que el sueño que todo lo rinde, pudiera vencerle; daba vueltas acá y allá, y con amargura traía a la memoria el vigor y el gran ánimo de Patroclo, lo que de mancomún con él había llevado a cabo y las penalidades que ambos habían padecido, ora combatiendo con los hombres, ora surcando temibles ondas. Al recordarlo, prorrumpía en abundantes lágrimas; ya se echaba de lado, ya de espaldas, ya de pechos; y al fin, levantándose vagaba inquieto por la orilla del mar”. [6]

Tenemos aquí el caso patético de Aquiles, cuyo “talón”, se nos revela bajo la forma del desmedido amor por Patroclo. No sólo por su vulnerable talón va a morir luego Aquiles a manos de Paris; este pasaje parece mostrarnos que ya en vida, su amor por el otro se había convertido en su punto vulnerable, el punto por el cual, ante la pérdida, se desangra en ansias y deseo de presencia. Tal vez, esta sea una metáfora de lo humano. Como Aquiles, quizás en algún momento sentimos, pensamos que hemos sido sumergidos en la Estigia, haciéndonos invulnerables, pero, temprano, en las primeras batallas nos damos cuenta de que no hay tal, que la vulnerabilidad nos cubre, que el desvalimiento nos constituye, que la presencia del otro se torna indispensable en nuestro horizonte.

Ahora bien, volviendo a nuestro planteamiento, conviene señalar que lo interior, lo que al peligro interior atañe, estaría aquí representado por lo pulsional, por la capacidad de destrucción que podemos intuir en nosotros mismos, por el desbordamiento thanático al que tememos; igualmente, por la culpa, la angustia y el duelo que pueden atormentarnos de manera acuciante. En la guerra, estamos pues, a merced de las magnitudes de estímulos que no cesan de aflorar del interior y no cesan de emitirse desde el hostil mundo exterior. ¿Podría haber una situación de peligro mayor? Difícilmente la encontraríamos. El desvalimiento puede ser aquí vivenciado en toda su extensión. El yo se encuentra disminuido frente a la realidad que amenaza con la destrucción física, no sólo del propio cuerpo, sino de los seres queridos, y frente a lo que desde el interior acosa, tortura, desborda y entristece. La muerte aparece ya, no como una lejana posibilidad, sino como una realidad que se cierne sobre nuestras cabezas y sobre quienes amamos.

Para terminar, dejemos que sea el mismo Freud quien cierre esta reflexión, con un fragmento de su texto “La transitoriedad”, en el que describe lo que la primera guerra mundial dejó a su paso:

“La conversación con el poeta tuvo lugar en el verano anterior a la guerra. Un año después estalló esta y robó al mundo sus bellezas. No sólo destruyó la hermosura de las comarcas que la tuvieron por teatro y las obras de arte que rozó en su camino; quebrantó también el orgullo que sentíamos por los logros de nuestra cultura, nuestro respeto hacia tantos pensadores y artistas, nuestra esperanza en que finalmente superaríamos las diferencias entre pueblos y razas. Ensució la majestuosa imparcialidad de nuestra ciencia, puso al descubierto nuestra vida pulsional en su desnudez, desencadenó en nuestro interior los malos espíritus que creíamos sojuzgados duraderamente por la educación que durante siglos nos impartieron los más nobles de nosotros. Empequeñeció nuestra patria e hizo que el resto de la tierra fuera otra vez ancho y ajeno, nos arrebató harto de lo que habíamos amado y nos mostró la caducidad de muchas cosas que habíamos juzgado permanentes”. [7]

Bien podríamos decir que este panorama no es ajeno a ninguna guerra, sea ella mundial o no, también, que la magnitud, en cierta medida, se la damos nosotros mismos; en cualquier caso, queda claro, que la guerra no es inofensiva y que frente a ella, nuestro desvalimiento se actualiza, nuestro yo se amilana, nuestros sentidos se resienten, y quizás, la pulsión se regocije...

[1] Freud, Sigmund. Inhibición, síntoma y angustia. Tomo XX. Buenos Aires, Amorrortu, 1976, pág. 145.

[2] Schopenhauer, Artur. El amor, las mujeres y la muerte. Madrid , Sarpe, 1984, pág. 130.

[3] Freud, Sigmund. Más allá del principio del placer. Tomo XVIII, pág. 27.

[4] Eurípides. Las troyanas, México, Porrúa, 1993, pág. 284.

[5] Homero. La Iliada, Medellín, Bedout, 1968, pág. 238.

[6] Ibíd.

[7] Freud, Sigmund, La transitoriedad. Tomo XIV. Pág. 311.

 
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