Fundación Universitaria Luis Amigó
 
    NÚmero 10 • DICIEMBRE 2005
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Silvia Morales Tobón                

Psicóloga organizacional

U. de A.

Gitana

Pintura. Acrílico sobre Lienzo. Firmada. Año: 2003

Sylva Zalmanson

La humildad científica

 

"La vida puede comprenderse hacia atrás, pero no puede vivirse sino hacia adelante"

Kierkegaard

 

Todos tenemos en la vida experiencias que nos marcan; para unos puede ser una relación de pareja, para otros la muerte de un ser querido, o el vivir independiente de su familia, y un sinnúmero de situaciones posibles. Para mí, aquello que me marcó de manera indeleble, es haber trabajado con personas con discapacidad, pues le dio un giro completo a mi vida, no solo por todo lo nuevo que adquirí, sino porque pude ver aquello que ya tenía y que había pasado desapercibido hasta ese momento.

Algunos años después de haberme graduado como psicóloga en la Universidad de Antioquia, la vida me llevó a trabajar al Comité Regional de Rehabilitación de Antioquia, donde ingresé después de haber rechazado la oferta de trabajo dos veces por varios motivos, personales o laborales, pero la verdad era que sentía temor de enfrentarme a una población completamente desconocida para mi, igual que le ocurre a la mayoría de las personas cuando se enfrentan a lo desconocido, principalmente si eso desconocido es tan atemorizante como la deformidad.

Yo pensaba que debía ser muy difícil trabajar con seres humanos con tantas carencias y tantas necesidades, y en efecto fue difícil; todo lo que hasta ese momento sabía de psicología fue muy poco para lo que la institución me exigía; la metodología de trabajo interdisciplinario que allí se estaba implementando, me obligaba a desarrollar unas habilidades personales y profesionales que hasta ese momento no había necesitado.

Pero mas que la necesidad de igualarme con mis compañeros de trabajo, lo que en verdad me tocó fue la historia de vida de cada una de las personas que acudían allí buscando ayuda; personas de todas las edades y condiciones socioeconómicas llegaban al Comité mostrando sus cuerpos deformes o sus mentes incapaces. Acercarme a ellos y a sus familias como profesional y como persona, volverme parte de sus vidas, intervenir en la posibilidad de crear un futuro para ellos, me ayudó a ver que en todos los seres humanos hay belleza, hay inteligencia, hay perfección. Que en todos esos llamados anormales, inválidos, retardados, esos de los que la sociedad espera que no aspiren a ocupar un lugar en el mundo, sino que se conformen con un rincón tibio y cómodo, me hizo reflexionar sobre las cosas que los llamados normales le pedimos a la vida. Nosotros , los que aparentemente todo lo tenemos, siempre estamos insatisfechos; ellos, los que aparentemente carecen de todo, siempre tiene una sonrisa para dar, les sobra optimismo, día a día se inventan la vida con la esperanza de que mañana tendrán lo que hoy les falta. Pero la verdad es que lo que les falta es lo que los demás no hemos sido capaz de darles: el derecho a formar parte de la humanidad.

Sus familias se esforzaban tanto como ellos; a todos esos padres, madres, tías, abuelas, abuelos y vecinas, les sobraba amor, paciencia, dedicación; tenían una inteligencia práctica que superaba cualquier enseñanza que puedan transmitir un libro o una cátedra en la universidad, pues estas no se comparan con las noches de desvelo que ellos pasaban tratando de adivinar el motivo del llanto de un niño que no sabe hablar, o los mil intentos que hacen hasta hallar la forma de darle de comer a un niño que no mastica ni traga, o las estrategias que se ingenian para desplazar a un adolescente que no camina.

Fue difícil, lento y hermoso, integrar en mí toda esa diversidad en la que estaba inmersa; de un lado estaban mis compañeros de trabajo, que aunque estaban aprendiendo a la par con migo, ya llevaban recorrido un camino más largo que el mío. En este equipo de trabajo no solo éramos de diferentes profesiones, sino de diferentes ciudades del país; así, a la diversidad de conocimientos teóricos se sumaba la diversidad cultural. Necesitamos de mucha humildad para respetar los diferentes términos que utilizábamos al hablar, los acentos y estilos para decir las cosas y hasta las mas mínimas costumbres de la vida diaria. Humildad también para aceptar las posturas profesionales, los saberes y orientaciones teóricas y valorar los aportes de cada disciplina, “asumiendo los defectos y errores propios” (Definición de humildad. Enciclopedia Grijalbo).

De otro lado, en esta diversidad, estaba el saber de la persona con discapacidad y su familia, un saber adquirido a través de la experiencia dolorosa y que se presentaba bajo la forma del “no saber”. Esto nos obligó a desarrollar estrategias que nos permitieran aprovecharnos de él, a la par que se los devolvíamos nutridos de la teoría que les permitiera perfeccionarlo y transmitirlo a otros. Para lograr esto comenzamos por reconocer que ese saber existía, y que era tan científico como los conocimientos adquiridos en la universidad, pues igual que estos, estaban “lógicamente estructurados sobre un conjunto amplio de fenómenos que enfocados bajo un determinado punto de vista, aparecen íntimamente relacionados” (Definición de ciencia. Enciclopedia Grijalbo).

No fue casual, entonces, que cuando más nos consolidábamos como equipo y más aprendíamos a trabajar juntos, comenzara a circular entre nosotros el término “humildad científica”. Lo utilizábamos inicialmente como una broma que nos hacíamos, pero que a la vez nos permitía regular los brotes de “sabiduría” que eventualmente aparecían. Luego comenzamos a utilizarlo con otros que no eran parte del equipo interdisciplinario, como una forma de mostrarles que estaba desconociendo otros saberes, otras profesiones y otras experiencias.

Finalmente decidimos darle un cuerpo conceptual, comenzando por aceptar que no era un invento nuestro; que la famosa frase socrática “solo sé que nada sé”, ha sido la mayor muestra de humildad científica en el mundo. Procedimos luego a definir las partes que lo conforman y a indagar de donde provenían. Encontramos una primera parte que es “reconocer que lo que yo sé, no es lo más importante”, asunto que nos costó largas discusiones, en las que cada quien defendía su punto de vista personal y profesional, que nos ayudó a aprender que ninguna de las personas que atendíamos a diario, necesitaba exclusivamente de una de las profesiones que había; que sus necesidades sobrepasaban los conocimientos de cualquier disciplina, y que solo en conjunto podíamos entenderlas y ofrecerle alternativas de intervención.

Ubicamos una segunda parte como el “aceptar que lo que yo sé, no es suficiente”, pues día a día las exigencias eran mayores, tanto para responder a las necesidades de las personas que atendíamos, como para estar al nivel del equipo de trabajo. Iniciamos un proceso de autocapacitación en la que cada profesional estudiaba para enseñarle a los otros y para aprender él mismo, y en este proceso involucramos también a las familias, para que aprendieran con nosotros y a la vez nos enseñaran. Esta experiencia nos llevó a encontrar la tercera característica, que es el reconocimiento de que “absolutamente de todas las personas se puede aprender”, pues las personas con discapacidad y sus familias, a su modo sencillo y temerosos de nuestras críticas, nos mostraron su saber.

Luego que me fui del Comité, seguí trabajando con personas con discapacidad por algún tiempo, y lo aprendido allí me ha permitido realizar mi trabajo con mayor acierto en este y otros trabajos que he tenido. Hoy tengo la oportunidad de ver recompensados mis esfuerzos, por darles un futuro diferente a las personas con discapacidad cuando veo la presencia de ellos en la Universidad; lo único que lamento es que no he encontrado la manera de transmitirle a otros docentes la importancia que eso tiene para la sociedad en general y para las personas con discapacidad en particular. Yo, en lo personal, me siento feliz de que sea al menos el comienzo de un mundo más equitativo.

Inicié diciendo que esta experiencia fue la que me marcó de manera indeleble y me ratifico en ello, pues la humildad científica es más que un estilo de trabajo en equipos interdisciplinarios; es todo un estilo de vida que me ha permitido aprender de los otros y de mi experiencia. Pude ver lo que no conocía de mi como profesional y como persona; encontré que tengo mucho para dar a los otros y mucho que recibir de aquellos que parecen no tener nada; encontré también que es posible ver la vida de otra manera, no solo como profesional, sino también como persona, y que eternamente habrá cosas nuevas que aprender. Aun hoy sigo aprendiendo y más que nunca comprendo una frase que dijera alguna vez Kierkegaard, "la vida puede comprenderse hacia atrás, pero no puede vivirse sino hacia adelante"; ese es el sentido de la experiencia.
 
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