El maltrato y la agresión intrafamiliar son realidades que entrecruzan todo nuestro tejido social; se convierten en signos de la contemporaneidad, en nuevas versiones del poder que domina y subyuga a los propios, a la sangre; se convierten en paradigmas socioculturales, no porque ellos sean replicables o ideales, si no porque insisten, permanecen y se instalan en las relaciones vinculares entre los sujetos, al interior de la institución familia.
La abrumadora presencia de este fenómeno ha retado a todas las instancias globales, estatales, regionales y locales; a los diferentes científicos e interventores de las realidades humanas y socioculturales, y vale la pena aclarar que los avances, aunque significativos, no son suficientes para impactar de manera contundente esta problemática, debido a su enorme complejidad ya que toca aspectos bio-psiquicos, psico-sociales y socio-culturales.
Todo apunta a que de si de intervención se trata, de lo anterior se desprende la necesidad de construir enfoques interdisciplinares, transdiciplinares e incluso multidisciplinares, porque ninguna disciplina por si sola es capaz de proponer un modelo explicativo que lo comprenda todo, y menos aun que desarrolle metodologías suficientemente abarca tivas que solucionen o impacten esta compleja problemática.
Sin dejar de lado lo anterior, también es posible encontrar pistas e ideas, experiencias significativas, en disciplinas tales como: la psicologia, el psicoanálisis, la psiquiatría, las neurociencias, la sociología, el derecho, el trabajo social, la antropología, el desarrollo familiar, principalmente; que en nuestro contexto colombiano y latinoamericano, han aportado sobre todo con experiencias de campo y comunitarias, con intervenciones individuales, de pareja, de núcleo familiar restringido o extenso, en la escuela, en el barrio, en la comuna, en la Fiscalía, en las Comisarías de Familia e incluso algunas propuestas de ciudad, que independiente de sus alcances son esfuerzos que suman en una búsqueda y que nos tienden posibles senderos para explorar. Lo anterior nos deja otro aprendizaje: deben ser en red, interinstitucionalmente, sumando voluntades y esfuerzos, de todos los colectivos sociales con actores dispuestos a aunar esfuerzos.
La experiencia también nos ha enseñado que debemos alertar y sensibilizar a la comunidad, a la familia, a los actores sociales en general y en especial a los mas vulnerables: los niños, los jóvenes, las mujeres y los ancianos. Debemos usar los medios de comunicación como una estrategia contra la impunidad, la desinformación, la apatía social, la complicidad, la inercia, la costumbre, la ingenuidad, contra todo aquello que por desconocimiento, desinformación o ignorancia soporte la agresión y la violencia en la familia, en la comunidad, en lo social. La guerra empieza por casa y la paz también puede comenzar allí para nuestro país.
Si me siguen, voy de lo macro a lo micro. La familia es una institución social que en la postmodernidad ha cambiado radicalmente; no podemos volverla al paradigma anterior; ahora no es la clásica foto de papá, mamá, el niño, la niña, el perro y el televisor; hoy tiene múltiples semblantes, muchas apariencias, incluso puede ser el cuadro anterior, pero hoy se debate en una poliforma; por ejemplo: madre separada cabeza de familia, dos hijos de dos géneros distintos y la niña del servicio, o padre separado, un hijo varón y los abuelos paternos, o una familia reconfigurada de estrato socio-económico pobre compuesta así: madre soltera, que vive con mamá viuda casada en segundas nupcias, lo que produce un padrastro; dos hijos el primero de una aventura adolescente y la segunda de un matrimonio roto, que la obliga volver a la casa materna, donde además del padrastro, vive una tía soltera y la abuela, mas una joven que alquilo una pieza de la casa y que proviene de un pueblo.
Este último cuadro parece una exageración, pero no es así; existen este tipo de familias, y esta compleja conformación puede convertirse en un nicho propicio para las violencias, por la trama vasta de subsistemas que están en interacción. Por ejemplo si el padrastro es un tocón de niños, imagínense lo que esto puede devenir, y máxime si el es el dueño de la casa y el proveedor mayor del cual depende la familia. Todo esto en casos conocidos, determina que la mama de la niña se haga la de la vista gorda ante la situación, por no perder este soporte vital.
La violencia y la agresión intrafamiliar se sostiene de las pobrezas: económicas, de oportunidades, en los saberes, en la atención, en los prejuicios, de información, de valentía, etcétera de todo aquello que sea una falta en la familia y en el contexto donde esta se desarrolla, por esto debemos poner ante los núcleos familiares múltiples propuestas, fácilmente accesibles, con las menos trabas posibles y con la mayor pertinencia y vigencia subjetiva, social y cultural.
La atención a las víctimas o afectados por esta realidad dura del maltrato, tiene que ser desde el profundo respeto por la dignidad humana, por que precisamente ello es lo que esta vulnerado, las victimas dejan de creer incluso en si mismas, ya no saben que es seguro, quien los puede proteger.
La calidad y calidez en la intervención es fundamental, es una premisa básica a seguir por quien se ubique en este lugar de facilitador psico-socio-cultural, requerido para la movilización de los cambios en los actores del conflicto intrafamiliar.
A la hora de actuar, se deben tener algunas premisas básicas que orienten la co-construcción con los afectados de las estrategias de intervención, la búsqueda de soluciones es un proceso interactivo, creativo y que exige de gran esfuerzo por parte del facilitador, el maltratante y el maltratado, la soluciones no están en formulas mágicas deben emerger como resultado de un proceso en el todos son actores incluidos e incluyentes, dispuestos al consenso y la actuación decidida y responsable.
La literatura científica nos regala unas pistas sobre el cómo proceder, pero recordemos que cada caso es único y por ello cada intervención esta inédita y se debe hacerse existir, es, si con el aporte de los implicados emerge en ese instante privilegiado.
Veamos algunas posibles recomendaciones para los actores del proceso de intervención: el maltratante, el maltratado y el facilitador.
Recomendaciones con el maltratante:
Lo primero es hacer caer en cuenta de que se está en la condición de maltratante, porque en ellos existe una enorme tendencia a la negación, la justificación y la racionalización. Aquí se sugiere demostrar con hechos tomados de la vida real, como el o ella aparecen ubicados en situaciones vitales en tal condición y como sus palabras y/o sus actos afectan al agredido o violentado.
Concienciar de la necesidad de ayuda, porque ellos o ellas no creen que la necesitan, debido a su estructura de personalidad narcisista o desafiante o omnipotente, que los ubica del lado del amo. Aquí es útil mostrar los quiebres del otro, las contradicciones en el discurso, los efectos de herida de las palabras y las consecuencias a corto, mediano y largo plazo de la agresión y la violencia para si mismo, los otros y su entorno.
La citación a la unidad de asistencia contra el maltrato debe ser clara, firme y con un toque de presión psicológica y si es necesario legal, ya que el hecho de la asistencia del maltratante es un logro aunque este por presión, por la gran resistencia que existe en este a reconocer y a cambiar. Una vez lo tenemos en frente se debe echar mano de todas las técnicas de enganche posible que garanticen la permanencia en el proceso.
En un proceso de cambio no estamos en contra de las personas, si no del problema, esto debe quedar claro desde el principio, sobre todo para el agresor.
Se debe encuadrar todo el tiempo al agresor que estamos para ayudar y que la sesión de trabajo debe desarrollarse en un clima de mutuo respeto.
No lo enfrente, no lo provoque, confróntelo, confrontar es colocar una realidad al otro para que pueda reconocerla y reconocerse, este es un principio del cambio, el darse cuenta.
Recomendaciones con el maltratado:
Rompa el circuito de ser la víctima, esta alimenta la posición del maltratante.
No lo trate como un pobrecito, con lastima, el o ella es un sujeto con herramientas personales para enfrentar la crisis y la problemática, ayúdelas a descubrir, a reconocerlas y estimúlelo para que las use.
No permita que el otro lo aplaste, lo calle o lo intimide, este atento al lenguaje verbal y gestual.
Solicite controlar las emociones y si es posible prepárelo (a) para que enfrente la situación de presión. Cualquier muestra de debilidad será aprovechada por el agresor.
Invite constantemente a mantenerse en le plano de la racionalidad y la realidad, evite que la victima se hunda en la fantasía y en la sensiblería. Aquí gana el agresor.
Recomendaciones para el facilitador:
Se debe sostener siempre un clima de diálogo abierto, sincero y respetuoso, evitando subir la voz e instando a la búsqueda de las alternativas de solución.
No se deje manipular ni de la víctima ni del victimario, la sensación de neutralidad mantendrá abierta la posibilidad de la negociación y el cambio.
El proceso debe estar enmarcado en el consenso, las partes deben reconocerse en el acuerdo y no sentir desventajas, estas son las que rompen los pactos.
La posición del facilitador es la de un negociador de conflictos, que escucha, espera, interviene cuando es pertinente, recuerda que el clima es de respeto y que el contexto es el del dialogo que busca soluciones.
El espacio de atención debe ser lo más amable y acogedor posible, libre de distractores e interrupciones, estas pueden romper el proceso.
El facilitador no es el actor del proceso, es un mediador en el conflicto, los actores son la pareja de agresor y agredido que se complementa, si ellos no rompen el circuito, no lo desactivan, con cambios en el lenguaje verbal y gestual y en los actos, no habrá cambio posible.
La atención al maltrato requiere de complementos inter, trans y multidisciplinares, y el concurso interinstitucional, no se ahogue solo en la tormenta de la agresión y la violencia, remita cuando las condiciones nos lo indiquen. |