| La psicología social es una disciplina que pese a los importantes avances que ha alcanzado en Europa y en Norteamérica no goza, en nuestro contexto, ni del prestigio académico ni del reconocimiento social necesarios para estimular su desarrollo e instauración en las insipientes comunidades científicas locales. Entre las muchas razones que podrían explicar este hecho, encontramos el predominio del enfoque clínico individualista que, por las limitaciones de sus modelos de análisis y por la naturaleza de su práctica, excluye del estudio de la subjetividad los aspectos correspondientes a los contextos social, histórico y cultural. Desde esta perspectiva, la psicología social es percibida como un apéndice en los planes de estudio y, por consiguiente, entra a ocupar un lugar secundario en la formación profesional del psicólogo. Prueba de lo anterior, es que en este momento no existe en Colombia ninguna oferta de formación posgradual en esta área y, al no contar con el número suficiente de especialistas, resulta casi imposible crear las condiciones necesarias para avanzar en el planteamiento de nuevas soluciones a los problemas crónicos que hacen parte de la vida cotidiana de nuestra sociedad.
Paradójicamente, podemos decir que lo « psico-social » esta de moda. Basta con revisar la producción literaria de los últimos cinco años para constatar como este prefijo es añadido a cualquier tipo de intervención o de programa comunitario. Solo que, en la mayoría de los casos, ni el planteamiento ni el diseño corresponden al punto de vista de la psicología social ; el cual queda reducido a la simple combinación de la atención psicológica individual con la implementación de actividades de intervención grupal.
Si bien este hecho no se traduce en un desarrollo disciplinar representa, al menos, el primer paso en la legitimación social de este enfoque. Avance, que no surge de la actividad académica disciplinada y organizada de los psicólogos sociales colombianos sino de la crudeza de nuestra realidad social cuya complejidad pone en evidencia las limitaciones teóricas y metodológicas de los modelos de análisis que tradicionalmente han sido aplicados a la comprensión de « lo » social. Recordemos que el reduccionismo en las ciencias sociales solamente puede tener un alcance de tipo corporativo, en la medida en que sirve para posicionar social y laboralmente a los seguidores de tal o cual corriente de pensamiento. Al menos, eso es lo que intento dejarnos como enseñanza Thomas Kuhn y lo que, en la práctica, ha sido corroborado por el programa duro de la sociología del conocimiento. Luego, una cosa es la psicología social dentro de un panorama internacional y otra la psicología social colombiana: allí una disciplina que por su tradición científica ha demostrado la pertinencia de sus planteamientos, aquí una disciplina en proceso de consolidación.
Dentro de este proceso de consolidación, se hace necesario proponer espacios de debate como este, en los que se puedan discutir ampliamente en torno a los fundamentos, los métodos y las prácticas de la disciplina. En esta ocasión nos ocuparemos, entonces, de reflexionar sobre algunos aspectos histórico-epistemológicos de la psicología social cognitiva.
Antes de comenzar, valdría la pena llamar la atención sobre la importancia de este tipo de análisis. En primer lugar, porque los psicólogos no somos muy amigos de las reflexiones filosóficas, a las cuales solemos atribuirles un valor meramente especulativo y, en segundo lugar, porque sencillamente en la época actual las preguntas por las razones y los fundamentos de las teorías científicas van en contravía de l'air du temps, aire enrarecido por la ideología posmodernista que al intentar liberarnos de la tiranía de la razón nos ha condenado a vivir en un nihilismo extremo que tiene graves repercusiones en cuestiones de tipo moral, político y social.
Generalmente, la problematización epistemológica de una disciplina solo puede hacerse a posteriori; una vez que esta haya alcanzado el grado de madurez necesario para establecer el balance general de sus tendencias, sus influencias y sus desarrollos teórico prácticos. Es por eso que, frente a la psicología social colombiana, nuestros investigadores han comenzado a realizar estados del arte que permitan el trazado de una cartografía que sirva de soporte para realizar, en un segundo momento, análisis de tipo meta teórico y de crítica de las ideas.
A estas alturas, nos podemos plantear la siguiente pregunta: Para qué le sirve a un psicólogo social interrogarse sobre la naturaleza de las cuestiones que su disciplina intenta resolver y sobre las condiciones bajo las cuales estas preguntas pueden recibir respuestas susceptibles de validación, tanto a nivel teórico, como conceptual y metodológico? Este planteamiento, que corresponde al propósito central de La miseria del historicismo (1959), de Karl Popper y que, posteriormente, fue retomado por el brillante sociólogo francés Raymond Boudon en La place du désordre (1984) para criticar las teorías del cambio social, nos sirve para justificar nuestra propuesta.
En primer lugar, si aceptamos la idea de que es posible aplicar la noción de progreso a la actividad científica, podemos decir que sin la crítica racional de las ideas es prácticamente imposible establecer los límites de las construcciones teóricas. Con frecuencia, el afán de obtener resultados rápidos en materia investigativa nos impide realizar un examen detallado de los presupuestos y de los conceptos que le sirven de soporte. Esta omisión, nos conduce a sobreestimar el alcance de las conclusiones obtenidas hasta un punto tal en que los programas de investigación comienzan a recorrer los mismos lugares comunes, convirtiéndose en ejercicios mentales totalmente predecibles, ya que pierden la capacidad de realizar aportes novedosos a la solución de sus problemas.
Con el fin de avanzar en el propósito que nos hemos trazado, comencemos con una aproximación general a la ciencia cognitiva. La emergencia de las Ciencias cognitivas en la primera mitad del siglo XX puede ser considerada como un hecho revolucionario en la historia de la ciencia contemporánea. Aquí, el concepto de revolución admite ser interpretado tanto en el sentido amplio como en el sentido estricto del término. Usualmente, la palabra revolución, suele ser utilizada como sinónimo de ruptura, aunque etimológicamente signifique « volver sobre sí mismo »; en este sentido, hablamos de la revolución copernicana, de la revolución China, de la revolución sexual, política, cultural etc. En todos estos casos, el elemento constante es la existencia de un periodo anterior al cambio y de un después en el que se instaura un nuevo orden totalmente distinto al que lo precedía. Para el historiador de las ciencias T.S. Kuhn (1983), las revoluciones científicas consisten en « la substitución, parcial o total, de un paradigma tradicional por un nuevo paradigma incompatible con el anterior »( p.133), debido a que el gran número de anomalías contenidas en sus planteamientos disminuye su eficacia en la resolución de enigmas ; en este sentido, la « anomalía » representa los limites explicativos o interpretativos de la « ciencia normal » cuya presencia crea las posibilidades de nuevos descubrimientos científicos que conducen a la renovación de los paradigmas. (cf. Capítulo V). Enunciada en estos términos, la revolución científica trasciende el nivel formal de la investigación, convirtiéndose en una nueva manera de percibir el mundo.
Sin embargo, en la práctica, resulta demasiado oneroso, por no decir que imposible, aplicar in extenso este modelo convencionalista al análisis la revolución cognitiva, en la medida en que los periodos de « crisis » y de « normalidad » científica no describen, en el curso de su evolución, una trayectoria lineal ; al contrario, como lo dice Popper (1957) , « las ciencias viven en una revolución permanente » p. 61, lo cual significa tres cosas : primero, que las crisis no representan momentos excepcionales en la historia de las ciencias ; segundo, que la idea de normalidad no es más que una abstracción y tercero, que la suplantación de un paradigma por otro no se presenta abruptamente, sino que se dá por etapas. Con esta premisa podemos abordar, entonces, el problema de la revolución cognitiva vinculándolo, en un primer momento, con la psicología científica y, en un segundo momento, con la psicología social.
El panorama de la psicología científica, hasta finales de la década del cuarenta, estuvo dominado por el behaviorismo. El primer manifiesto en que se delimito con absoluta claridad la noción de comportamiento fue el artículo: « Psychology as the Behaviorist Views it », escrito por Jhon B. Watson y publicado en la revista que dirigía el mismo, la Psychological Review. A diferencia de otros autores que desde tiempo atrás habían abordado el problema, como Pavlov, Binet, Pierre Janet y el mismo Wundt, Watson (1913) abogaba por una concepción que consistía en excluir de la observación científica los estados mentales, llámense estos alma, espíritu o conciencia, para dedicarse al estudio de hechos realmente observables y objetivos con la finalidad de llegar a formular leyes capaces de explicar el comportamiento humano. De ahí, que el comportamiento fuera pensado en términos de reacción o de respuesta que se produce como consecuencia de un estímulo ambiental. Esta forma de conceptualizar el comportamiento ocasiona una ruptura con las perspectivas psicológicas que tenían un alto componente fisiológico, como la de Pavlov , y aquellas que aún dejaban espacio a concepciones de tipo « metafísico », como la de Janet ; dando lugar a la teoría E-R. De esta forma, la psicología científica centra su campo de interés en el estudio de las relaciones entre los estímulos y sus respuestas.
Por esa misma época, comienza a surgir un interés especial por el estudio de los procesos de información que, a decir verdad, no nace exclusivamente de la psicología sino que representa las inquietudes de profesionales de distintas áreas del saber. A este respecto nos dice Howard Gardner (1987), en su celebre aforismo, que “las ciencias cognitivas tienen una historia relativamente corta y un pasado muy largo” (p.25) ; en efecto, sus orígenes se remontan a los inicios de la filosofía occidental y se sumerge en las fuentes de las principales corrientes científicas de los tiempos modernos ; a pesar de esto, es posible decir que entre 1930 y 1950 se sitúa el periodo que vio nacer esta revolución que pretendía, nada más y nada menos, pensar simultáneamente el funcionamiento del cerebro, del espíritu y de la máquina. Para ello, nos dice Daniel Andler (1987):
« Fue necesario desarrollar una reflexión basada en ideas de información abstractas, del isomorfismo funcional, que buscaba una identidad entre la máquina y el espíritu; reducir los procesos intencionales a nociones sin contenido mental, como el control, la retroacción, la homeostasis, con el fin de dotar a la máquina de funciones lógicas semejantes a las funciones mentales » (p. 75).
A esta primera cibernética, se le deben las ideas que más tarde serian retomadas en eventos científicos como las conferencias de Macy, cuyas diez sesiones tuvieron lugar entre 1946 y 1953, los coloquios de New York, en 1946 y el Hixon Symposium de 1948. Aunque, oficialmente, la fecha oficial del nacimiento de las ciencias cognitivas haya sido establecida, por el psicólogo George A. Miller, el 11 de septiembre de 1956. (Gardner, 1987, p. 44), cuando se celebro en el M.I.T. el « Symposium on Information Theory ». Vinculados a estos eventos, encontramos los nombres de quienes iban a realizar, en las décadas siguientes, un gran número de aportes significativos a la sociología, a la antropología, a la lingüística, a las matemáticas, la fisiología, la anatomía y la psicología. Warren McCulloc , John von Neuman, Gregory Bateson, Kurt Lewin, Margaret Mead, W. Ross Ashby, Noam Chomsky,Roman Jackobson, Allen Newell, Herbert Simon, son tan solo algunos de los personajes más importantes que integraron bajo una misma perspectiva la psicología experimental, la lingüística teórica y la simulación computarizada de los procesos mentales. Es así, como la cognición adquiere el estatuto oficial de un nuevo objeto de estudio.
Pero, el nacimiento de este nuevo objeto no estuvo acompañado, en el caso de la psicología, de una ruptura radical entre conductistas y « mentalistas ». Al menos en el comienzo, muchos conductistas pudieron adherirse con facilidad a este nuevo programa de investigación, sin renunciar a sus convicciones.
[El] grado de permisividad [del cognitivismo naciente] era tan elevado que incluso los antiguos teóricos del aprendizaje E -R y los investigadores asociacionistas de la memoria pudieron volver al redil de la revolución cognitiva, en la medida en que envolvieron sus viejos conceptos con el ropaje proporcionado por los nuevos términos del procesamiento de la información. No había ninguna necesidad de trapichear con los procesos « mentales » o con el significado. El lugar de los estímulos y las respuestas estaba ocupado ahora por la entrada (input) y la salida (output), en tanto que el refuerzo se veía lavado de su tinte afectivo convirtiéndose en un elemento de control que retroalimentaba al sistema, haciéndole llegar información sobre el resultado de las operaciones efectuadas. (Bruner, 1991, pág. 24)
Fué un poco más adelante, cuando comenzarían a surgir los argumentos más contundentes en contra del conductismo. El psicólogo Karl Lashley (citado en Gardner, 1987, p. 27-28), por ejemplo, puso en evidencia los límites de la concepción lineal del esquema E-R frente a la necesidad de formular explicaciones sobre la naturaleza de las conductas organizadas complejas, que exigían un abordaje secuencial. Otro tanto hizo Noam Chomsky (1959) al escribir la reseña del libro de Skinner Verbal Behavior (1957); en su crítica, apuntaba a demostrar el tratamiento superficial e inexacto de las actividades lingüísticas que, en el caso del aprendizaje lingüístico de los niños, se desarrollan, « en medio de la « pobreza de estímulos » circundantes y de una cantidad comparativamente pequeña de locuciones (a menudo incompletas o equivocadas) que se encuentran en su vida cotidiana » (Gardner, p. 216). Invalidando, así, las tesis de la imitación, la repetición y el refuerzo.
Pero, he aquí, una paradoja hábilmente señalada por J.F. Leny (1980), a propósito del sentimiento anticonductista que inspiraba a los fundadores de la revolución cognitiva:
«Sin embargo, es impresionante constatar que la noción de comportamiento no ha sido puesta seriamente en cuestión sobre el plano metodológico y pese a que la lingüística generativa ha recurrido a la intuición del investigador, ha buscado siempre, a pesar de su anticonductismo militante, un punto de apoyo empírico en la aplicación del método experimental, es decir, comportamental. Todos los psicólogos que investigan las actividades cognitivas y el lenguaje, utilizan una metodología general única, a saber la observación sistemática de clases de comportamientos y su relación con las condiciones y, a menudo, con estímulos que en este caso representan el contexto, la ocasión o el determinante. Luego, no sería exagerado decir que una cierta forma de « behaviorismo metodológico » generalizado ha sobrevivido al « bahaviorismo teórico » que se encuentra en vías de desaparición.» (p.154).
Después de haber puesto en evidencia el carácter reduccionista del programa conductista, gracias a las críticas externas y a las « anomalías » que impedían la verificación experimental de sus postulados teóricos, la metáfora del ordenador comenzó a ganar adeptos provenientes de distintas disciplinas. A partir de la década del sesenta, el modelo cognitivo fue percibido como una revolución semejante a la de la física renacentista en la medida en que abrió nuevas perspectivas para explicar lo humano.
Vista en retrospectiva la revolución cognitiva en psicología ha perdido su inspiración inicial que consistía, según Bruner (1991), en « instaurar el significado como el concepto fundamental de la psicología » (p.20). En cambio, se ha optado por centrarse en torno al procesamiento de la información y la computación, dejando de lado la influencia del contexto histórico-cultural sobre la construcción de estos significados y , al mismo tiempo, la importancia decisiva que tienen los« actos de significado » con respecto a la naturaleza de los procesos cognitivos superiores. Con su denuncia, Bruner intenta alertarnos sobre los inconvenientes de una aproximación demasiado técnica y deshumanizada, por parte de la psicología cognitiva, que cree encontrar un puerto seguro en el positivismo renunciando a la comprensión de « lo que el hombre piensa de su mundo, de sus congéneres y de sí mismo » (p.14)
Frente a este panorama de transformaciones nos encontramos con la naciente psicología social. De manera simultánea aparecen, en 1908, los dos primeros manuales de psicología social. El primero, publicado en Londres por William McDougall y el segundo en New York, por Edward Ross. Este hecho, va a ser interpretado como una manifestación precoz de la división entre las dos corrientes dominantes en psicología social (Ovejero, 1980; Álvaro J. L, p.4, 1995,), que « durante los años 30 y 40 van a conocer una [marcada] acentuación de esta tendencia » (Álvaro J. L., 2003, p.5), nos referimos a la psicología social psicológica y a la psicología social sociológica.
Tanto en una, como en otra tendencia, el paradigma cognitivo ha jugado un rol de gran importancia. Autores como Zajonc (1980) sostienen que la psicología social ya era cognitiva « desde mucho antes de que se produjera la revolución cognitiva en psicología experimental » Zajonc, (cit. por Ovejero, 1980, pág. 393). De ahí que haya sido tan fácil generalizar la influencia de este programa a la totalidad de la psicología social (Ovejero, 1980; Sangrador, 1991; Álvaro, 2003) En efecto, « después de la segunda Guerra Mundial la psicología social se hizo mucho más cognitiva y en los últimos años más aún » ; es por eso que Markus y Zajonc (citados por Ovejero. 1985, pág. 137), sostienen que « hoy día psicología social y psicología social cognitiva sin casi sinónimos » (Ovejero,1980,p. 394.) Seguramente, esta influencia no se observa con la misma claridad en las orientaciones de la psicología social crítica o sociológica; pero, en lo que respecta a la psicología social psicológica, no cabe ninguna duda sobre rol central del cognitivismo (Fernandez, C., 2003; Paéz, Marquez e Insua (1999) ; Alvaro, 2003).
A pesar de que términos como « cognición », « conciencia » o « mente », hicieran parte del vocabulario de algunos psicólogos sociales (Krech y Crutchfield, 1948) antes de que los psicólogos experimentales los hubieran integrado a sus modelos de análisis, no podemos concluir que dicho enfoque se hubiese podido desarrollar sin la influencia de la revolución cognitiva. A este respecto, nos dice Piaget (1978).
“Una cosa es la reflexión, continuada o episódica, y otra muy distinta es la constitución de una ciencia propiamente dicha, con inventario y delimitación de problemas, y con determinación y perfeccionamiento de métodos. En términos precisos, una cosa es el razonamiento y otra los procedimientos de observación y sobre todo de verificación” (p. 54).
Dicho de otra forma, la emergencia de estos conceptos no es una razón suficiente para que la psicología social hubiese integrado y desarrollado el cognitivismo. De no haber sido por la revolución cognitiva, las perspectivas metodológicas y los elementos conceptuales, que ya desde la década del 40 hacían parte del discurso de la psicología social (Echavarria,1991), no habrían sido más que tendencias marginales en una disciplina que intentaba abrirse paso en un contexto adverso. En efecto, la hegemonía del positivismo ponía gravemente en cuestión cualquier intento de introducir variables «metafísicas» y «mentalistas» en los análisis de las ciencias sociales.
En esta etapa fundacional, los psicólogos sociales necesitan llenar de contenido las nuevas formas de análisis de la realidad que intentan proponer. A quién recurrir, entonces, para dar cuenta de la acción reciproca entre el evento social y el evento psicológico, ¿a la antropología, a la sociología o a la psicología? Por su propia situación, la antropología no esta en condiciones de brindarle a la psicología social, de la primera mitad del siglo XX, el apoyo que necesita. En primer lugar, porque ninguna de las dos había alcanzado un estado de madurez suficiente como para integrar de lleno los aportes de otra disciplina en proceso de consolidación. Queda, el recurso de la psicología científica, el de sus objetos debidamente legitimados y avalados por el método experimental. Es así, como la psicología social integra con mayor facilidad las nociones de actitud, percepción, atribución, cognición y representación.
Con los aportes de la Revolución cognitiva, la psicología social va a ganar en perspectiva y en profundidad. En perspectiva, porque en su versión inicial, el conductismo redujo problemas tan complejos como el del aprendizaje a un modelo unicausal, omitiendo arbitrariamente los fenómenos que tienen lugar entre el estímulo y la respuesta. En su lugar, el enfoque cognitivista va a introducir un componente ontológico que dotará de autonomía y de realidad a los procesos internos haciendo de las representaciones uno de sus focos de interés.
«El hombre de ciencia que opera en este nivel comercia con entidades representacionales como símbolos, reglas, imágenes – la materia prima de la representación, que encontramos entre lo que afluye y lo que afluye, entre lo que entra a la mente y lo que sale de ella-, y explora la forma en que estas entidades representacionales se amalgaman, transforman o contrastan entre sí.» (Gardner, 1996, p.55)
El reconocimiento de la importancia de las representaciones va a exigir una nueva concepción de sujeto. Por razones prácticas el conductismo había suprimido de su catálogo los estados mentales que podían interferir con la simplicidad de su modelo de análisis. Gracias a las nuevas definiciones cognitivas, el problema del sujeto va a ganar en profundidad al otorgársele un rol más activo. Ahora, la recepción y el procesamiento de los estímulos se realizan de acuerdo a sus sistemas de valores, a sus disposiciones o creencias. A propósito de los primeros experimentos de Asch, 1946; Bruner y Goodman, 1947; nos dice Moya, 1998, citado por Fernandez: «Percibir consiste básicamente en formular hipótesis y tomar decisiones. Dicho proceso está determinado por las necesidades, valores sociales, aprendizajes y, en general, por las características permanentes y temporales de los individuos» (2004, p.68)
Existe, por parte de la psicología social una cierta predisposición metodológica para asimilar, con mayor facilidad, los presupuestos cognitivos que las influencias del conductismo. La ciencia cognitiva demostró la necesidad de abordar los problemas de la mente recurriendo a la cooperación entre las disciplinas que tienen una relación directa con los temas estudiados. Esta toma de conciencia, de lo que hoy expresaríamos en términos de la complejización de la realidad, llevo a los investigadores a la conclusión de « que no hay ni un solo enfoque que parezca poder desvelar el funcionamiento de la mente, y que ésta no va a descubrir sus secretos solo a la psicología; tampoco nínguna otra disciplina aislada- inteligencia artificial, lingüística, antropología, neurofisiología- va a tener más éxito » (Johnson-Laird, P. p. 13, 1990).
Un tipo de reflexión semejante fué la que dío origen a la creación de la psicología social. En efecto, ni la sociología ni la psicología, estaban en capacidad de suministrar elementos de respuesta a las preguntas que intententaba responder la psicología social. La primera, por manejar unidades de análisis demasiado amplias y la segunda por restringir sus análisis a variables exclusivamente individuales. Poco importa en este caso la orientación sociológica o psicológica de la disciplina. El hecho es que se reconocieron los límites de las explicaciones tradicionales. Luego, si lo que se quería era ocuparse de manera constante, simultanea e interdependiente del individuo y de la sociedad, ligados por una estrecha interacción, tenían que romperse los viejos esquemas de pensamiento y desarrollar la habilidad de combinar aspectos extraídos de la cultura, del comportamiento y de la sociedad.
Había, entonces, un aire de familia entre la naciente psicología social y la revolución cognitiva: las dos buscaban resolver sus enigmas mediante una visión pluralista; y fue, por esta misma razón, que el conductismo no tuvo gran influencia sobre la psicología social. Sencillamente porque después de haber tomado conciencia sobre la naturaleza compleja de sus problemas, no era posible ignorar deliberadamente la importancia de los contextos y de los procesos mentales. La psicología social fue, según Ovejero (1980, p.393), un oasis de libertad cognitiva en la férrea dictadura conductista » Aún un conductista como Floy Allport (1924), al participar en el debate sobre la psicología social, introdujo un matiz en su oposición radical al mentalismo; llegando a considerar la introspección como una herramienta útil, al momento de describir e interpretar los estudios de la conducta. De hecho, escribe Álvaro « durante el periodo de hegemonía del conductismo, la psicología social psicológica siguió usando términos con connotaciones claramente mentalistas y siguió prestando atención al estudio de los procesos cognitivos » (2003, p.176). En conclusión y dicho por el propio Bandura, «los enfoques del desarrollo de la personalidad, la conducta desviada y la psicoterapia desde el punto de vista del aprendizaje [son validos para entender aspectos individuales]. Pero, en términos generales, estas concepciones han sido poco efectivas para explicar los procesos por los que se adquiere y modifica la conducta social. [...] Para explicar adecuadamente los fenómenos sociales, es necesario ampliar y variar estos principios, e introducir otros nuevos ya establecidos y confirmados mediante estudios de la adquisición y modificación de la conducta humana en situaciones diádicas y de grupo.» (Bandura, 1963, p. 15)
Pero, si por un lado la revolución cognitiva amplio las posibilidades de análisis de la psicología social; por el otro, las redujo. Al centrarse en los planteamientos básicos de la metáfora del ordenador se excluyeron, de los fenómenos estudiados, las dimensiones simbólicas, emotivas, históricas y contextuales. Dando como resultado un programa de investigaciones en dónde los problemas de la interacción entre lo individual y lo social se resolvían desde un enfoque psicologísta.
“Aunque este reduccionismo individualista no aparece tan explicito [como en las primeras investigaciones], lo cierto es que sigue persistiendo en gran parte de la psicología social esta misma visión a pesar de las transformaciones acaecidas en el paradigma dominante de la psicología social.” (Álvaro, J., 1995, p. 51).
Este sesgo individualista puede ser explicado a partir de la relación de contigüidad epistemológica entre la psicología científica y los propósitos de la ciencia cognitiva. En los dos casos existe una marcada tendencia a la objetividad del conocimiento, obtenida a través de la aplicación del método científico. Por otra parte, a los psicólogos que comenzaron a interesarse por estos temas les resultaba más cómodo asumir los postulados cognitivos sobre el estudio de los procesos mentales que complicarse con el problema del casualismo social. A fin de cuentas, eso es lo que sabían hacer. Lo otro, habría supuesto posponer la empresa investigativa hasta que hubieran asimilado, metodológica y teóricamente, el problema de la causalidad social o el de la multicausalidad de los fenómenos psicosociales. Así como, a la inversa, los sociólogos interesados por “establecer la continuidad entre los fenómenos individuales y colectivos” (Moscovici. 2003, p. 12) formularon una psicología social sociológica. Cuestión de economía intelectual, pero también cuestión de identidad profesional.
Para terminar, me gustaría abordar el asunto de la evolución de la psicología social con respecto a la influencia del paradigma cognitivo. Existen varias clasificaciones de las tendencias temáticas de la disciplina “, que pueden hacerse recogiendo las conclusiones de la investigación sobre los distintos temas [o] recorriendo los diferentes autores y sus aportaciones [,] de acuerdo con la tipología de los niveles de análisis que se utiliza frecuentemente” (Doise, 1981; Sangrador, 1981; Sapsford, 1998).
En estos textos se puede observar con mayor o menor claridad la manera como la ciencia cognitiva contribuyo al desarrollo de la disciplina. Suministrando, en un primer momento el aparataje conceptual y metodológico para estudiar la mente de una manera más objetiva. Nociones como input, output, procesamiento de la información, estructura cognitiva, esquema, proceso fueron integradas a los trabajos de investigación sobre las actitudes, las teorías sobre la disonancia cognitiva, la percepción social, la atribución causal, la cognición social, las representaciones sociales y la identidad social, entre otros. Al comienzo la psicología social avanza en sus exploraciones siguiendo los conceptos y las teorías cognitivas como un hilo de Ariadna. Después, se vuelve más propositiva y autónoma.
Sobre este último punto, podemos decir que el referente cognitivo paso de ser una matriz generadora de problemas y de soluciones a ser “una metateoría, una visión del hombre, que guía la forma de hacer psicología social” (Echavarría, 1991, p.9). Lo anterior puede interpretarse como una consecuencia lógica resultante de un ciclo de maduración intelectual propio de la evolución de toda disciplina científica.
Debido a la premura del tiempo, quisiera obviar el análisis detallado de la influencia cognitiva sobre tal o cual teoría. Sobre todo, porque esta información se puede encontrar fácilmente en los manuales de psicología social. Lo que si deseo formular es una crítica al abordaje tradicional de estos temas que consiste en agrupar las investigaciones de acuerdo a ciertas afinidades y tratarlas como unidades que entran a competir entre sí. El resultado es una visión histórica y epistemológica centrada en las discontinuidades y en las rupturas que nos ofrece una imagen fragmentada de la disciplina.
Yo creo, que esta forma de hacer la historia de las ideas ya ha dado suficientes frutos y que, por consiguiente, es necesario incursionar en otros terrenos. Ahora, lo que necesitamos es un cierto grado de innovación, para que lo que a simple vista aparece como una ruptura se revele, a contraluz, como una continuidad.
Desde este enfoque, el problema de la oposición entre experimentales y críticos pasaría a ocupar un segundo plano, apareciendo en su lugar un programa general de investigaciones en dónde los aciertos y los desaciertos, las polémicas y las contradicciones, las reducciones y las generalizaciones podrían adquirir un sentido distinto. Así, la situación del conductismo frente a la psicología social y a la ciencia cognitiva no seria percibido como un anatema sino que adquiriría el valor de una hipótesis nula, con respecto a las hipótesis de investigación del programa cognitivo. No olvidemos que, gracias a la exhaustividad y al rigor científico del conductismo, no quedo ninguna duda sobre la necesidad de explicar el comportamiento humano a partir del estudio de los procesos mentales. La hegemonía de este modelo historiográfico, en la psicología social, es una consecuencia directa de la división del trabajo científico que tiende a fragmentar hasta las unidades más pequeñas sus objetos de estudio. El problema es que a veces la miniaturización de los modelos nos impide acceder a una totalidad de conjunto, haciéndonos tomar por ciertas interpretaciones que poseen un valor parcial. Dicha totalidad, supone defender la tesis de la unidad de las ciencias, como en su momento lo hiciera Piaget, cuando demuestra la complementariedad entre las ciencias nomotéticas y las históricas o, un poco más atrás Descartes al imaginar que el conocimiento científico es uno solo, para justificar la aplicación de la duda metódica. A fin de cuentas, la diferencia que existe entre las ciencias sociales no es más que una cuestión de matiz, es por eso que sus fronteras se mezclan y se confunden con gran facilidad. |