| La pareja es el resultado de un sueño que un día existió, un vínculo en el que se depositaron todos los ideales y los deseos que llevarían a que este fuese duradero; sin embargo, suele suceder que en algunas parejas emergen ciertos roces y situaciones que van consumiendo lo que un día les unió, y sin darse cuenta, se encuentran en un círculo vicioso, donde reina la desarmonía, la hostilidad y en algunos casos, la crueldad, en tanto aparecen actos denigrantes que apuntan a anular al otro, a acabar con su ser. Pretendo así, hablar del maltrato psicológico, el cual se aleja de la violencia física en tanto no deja huellas en el cuerpo, pero es más lento, sutil y difícil de detectar, y a veces mucho más destructivo; en la mayoría de los casos permanece oculto, quizás porque la pareja ni siquiera es consciente que vive bajo dicho el maltrato; por eso Héctor Gallo dice que éste se “funda en una mortificación del ser, y no en un daño del cuerpo como el maltrato físico” [1].
Algo tan enigmático me lleva a interrogarme sobre los resortes psíquicos que intervienen para que una pareja viva bajo el maltrato psicológico, es decir, qué hace a una mujer soportar a un hombre que la desvaloriza, o igualmente, qué hace a un hombre soportar a una mujer que lo minimice, lo devalúe. Para acercarme a una respuesta, empezaré por la constitución de la pareja, constitución que surge de un encuentro entre dos seres y de una elección mutua, que nace en el mismo momento del enamoramiento.
Lo que la pareja no sabe, es que posiblemente va a vivir una historia que ya estaba escrita simbólicamente antes de nacer; es decir, si tan solo las parejas se detuvieran por un momento a mirar quiénes son, qué buscan, de dónde vienen, podrían darse cuenta de cuál sería la historia que vivirían, pues este encuentro no es casual, es decir, cada sujeto, inconscientemente, supone que el otro puede completarlo, que el otro tiene lo que él busca, lo que le hace falta.
Así, la pareja se enceguece para dar rienda suelta a sus fantasías, a sus ideales y a la consecución de sueños que en algunos casos se convierten en pesadillas en las que luego se permanece sin razón, repitiéndose una serie de patrones y mandatos materno-paternos y socioculturales, en los que se juegan múltiples determinantes inconscientes, y modelos identificatorios familiares, y sociales, dando origen a acuerdos y pactos inconscientes que serán la base sobre la que se construirá la pareja. Remitiéndome a Freud en Introducción al narcisismo (1914) , el individuo lleva una doble existencia, en tanto es para sí mismo su propio fin y es eslabón dentro de una cadena a la que esta sujeto sin que se intervenga su voluntad [2].
Podría pensarse que en el enamoramiento, se activan vivencias infantiles edípicas, actualizándose la relación que se haya tenido con los progenitores. Es decir, se escoge lo que de niño a uno le gustó y de lo cual se enamoró, por lo tanto, la elección de una persona se basa en la relación con uno mismo. En el mismo texto Freud dice: Se ama lo que uno es en sí mismo; lo que uno ha sido, lo que quisiera haber sido, a la persona que fue una parte de la propia persona, o a la cualidad que uno quisiera tener [3]. Así mismo, posiblemente se busque en el otro lo que más se odia de sí mismo, o lo que más odia de alguno de sus progenitores y busca, inconscientemente, vengarse en otro de lo que tanto se ha odiado; de alguna manera, tras el sentimiento de dolor y decepción, sigue el deseo de venganza, y el objetivo de la venganza es lograr que el otro sea infeliz.
Esto me hace pensar que tanto en las relaciones de pareja normales, como en las que terminan patologizándose, se da siempre una repetición y búsqueda del sí mismo en el otro, y un afán inconsciente por revivir lo pasado; quizás porque muchas veces hay algo por resolver, y parece ser que en muchos casos, las tendencias regresivas enmascaradas en la vida amorosa, se mantienen contenidas, precisamente, en esa fase de enamoramiento, -fase en la que se sellan acuerdos y pactos inconscientes-, que puede ser por largo o por corto tiempo; el caso es que, cuando el deseo se apaga y la idealización se cae, en muchos casos viene la decepción y posteriormente el desmoronamiento de la vida conyugal.
Con frecuencia, cuando el vínculo empieza a desmoronarse, se inician, o quizás se reinician, una serie de actos que llevan a acabar con el ser; se empieza sutilmente con la indiferencia, la comparación, los reclamos injustificados, el rechazo de la comunicación, la descalificación, la desacreditación; esto cada día será más fuerte y así vendrá la humillación, la ridiculización, las mentiras, la marginación, entre otras cosas. De esta manera, el ofendido se siente fuera de lugar, sin apoyo, sin contactos, sin valor. Todo apunta a acabar con el otro, con su ser y posiblemente también consigo mismo.
En Introducción al narcisismo (1914) , encontramos que la dependencia respecto del objeto amado tiene el efecto de rebajar al sujeto; el que está enamorado está humillado. El que ama ha sacrificado un fragmento de su narcisismo y solo puede restituirlo a trueque de ser amado. En consulta es frecuente encontrar parejas que se encuentran viviendo situaciones bien especiales, por ejemplo, una mujer decía: “ yo le doy todo, no me importa que él no haga nada, solo que me aprecie como mujer ”. Lo particular es que esta mujer, aparentemente, tiene todo para ser feliz, pero hay algo más allá que la lleva a elegir hombres que la hacen sufrir, y a su vez, ella les hace la vida infeliz, porque tiene las armas para humillar y ridiculizar a este hombre que esta en el lugar de objeto, al servicio de sus deseos, los cuales, a su vez, no colma, creándose en ambos un juego patológico de servilismo y utilitarismo, del cual ninguno quiere salir. Posiblemente hay algo que va mas allá de la elección: es el goce, a veces asociado con la búsqueda de placer, pero con mayor frecuencia con la búsqueda inconsciente del displacer.
Esto podría significar que en el vínculo conyugal, se localizan ciertos elementos regresivos de cada uno de los cónyuges, provocando ciertas actualizaciones, no siempre positivas, resultado de experiencias críticas y dolorosas que quedan sin procesar, y se actualizan en el vínculo; es la tendencia al goce que aparece, según Stella Solano, como lo que se opone al placer, lo que nos mortifica, el dolor de existir; es una cierta relación que nos determina de manera tal, que en vez de buscar el bien, a pesar de quererlo, nos encontramos siempre en el fracaso o en el mal [4]. Son quizás aquellas verdades ocultas que solo se develan a través del ser, de su sufrimiento silencioso, del dolor de la existencia, de la soledad en la multitud.
El maltrato psicológico tiene como objetivo, anular y dominar al otro, y lo hace aprovechando la seguridad y confianza construidos en la pareja; se vale de estrategias que permiten la extinción progresiva de la identidad del otro, como la desvalorización, las amenazas, las conductas de restricción de la libertad, las críticas y ridiculizaciones, la culpabilización y el continuo aislamiento, que reduce las probabilidades de escape de esa situación, sumergiéndose en un entorno deshumanizante. Así, la integridad psicológica del otro se fragmenta y comienza a sentirse insignificante, pequeño y avergonzado de ser y de existir.
Freud dice que el sujeto enamorado cae en una fascinación que se manifiesta en arrebatos de humildad. La sumisión no es una condición de amor, pero sí una forma de demostrarlo [5]; pudiese pensarse que esta pasividad tiene sus raíces en el desamparo y en la dependencia de la cual se fue objeto, y habla de un miedo, una angustia por perder el amor. La angustia de la pérdida del amor es, a la vez, “si el Otro me quiere” y angustia por la pérdida misma del sujeto; se trata de la presencia de la pregunta “pudiera perderme” [6]; esto, a su vez, se podría concatenar con el servilismo y la hostilidad al mismo tiempo, en el sentido de que ambos están al servicio de un goce que les impide desligarse de esa posición y les impulsa a permanecer en relaciones de pareja displacenteras, que les anula o les disminuye en su dignidad.
Es posible que la pareja se mantenga unida bajo acuerdos o actos inconscientes, de modo que continuamente estén viviendo y actuando en función del otro, de su deseo, sin importar el placer o el displacer que puedan albergar. Quizás ellos no saben que lo que están haciendo es repitiendo, en este encuentro, una historia olvidada. Se busca una pareja porque se está en falta, y por esto nace el deseo que lleva a ver al otro como aquello que puede colmar la falta, sin embargo, este fenómeno que se torna complejo, lleva al otro a experimentar su indefensión y a una búsqueda por la debilidad o la falta de sí mismo en el otro. |