| El desarrollo de la técnica avanza cada día de manera más rápida y no se podrá detener. En todas las esferas de la existencia, el hombre va siendo cercado, cada vez más estrechamente, por las fuerzas de los aparatos técnicos y los automatismos (ejecución mecánica de los actos, sin participación de la conciencia).
El poder de los establecimientos técnicos impone exigencias al hombre, lo ata, lo arroja y lo desplaza, y este poder hace ya mucho tiempo que se ha desarrollado sobre la voluntad y la facultad de decisión del hombre. La técnica que hasta entonces había sido elemento utilizado en el aprovechamiento del tiempo del hombre, es ahora motivo de escasez de ese mismo tiempo. No se trata entonces de la técnica en función del hombre, sino, y como en uno de esos discursos premonitorios de los visionarios, el hombre en función de la técnica; él mismo en función de su propio invento.
Lo que verdaderamente inquieta en esto, no es que el mundo se haga totalmente y por entero un mundo técnico; mas inquietante resulta que el hombre no se halla preparado para esta transformación mundial que todavía no somos capaces de pensar reflexivamente.
Para todos nosotros, o para no abarcar la totalidad de los hombres, digamos que un 99.9%, son hoy insustituibles las instalaciones, aparatos, y máquinas del mundo técnico, aunque esto lo es para unos en mayor medida que para otros. Hay que admitirlo, dependemos de los objetos técnicos; estos nos están desafiando, incluso a una constante mejora, y sin darnos cuenta, quedamos tan firmemente fundidos a los objetos técnicos, que hemos venido a dar en su servidumbre. Un ejemplo claro es el reloj, que surgió para ayudar al hombre y se ha convertido hoy en un instrumento para torturarlo, para negar el tiempo que los hombre poseían y que ahora (inverso al propósito de su voluntad y sus inventos) posee a quien debería ser poseedor.
Los teóricos del maquinismo sostuvieron que “la máquina, al liberar al hombre de las tareas manuales, dejaría mas tiempo libre para las actividades del espíritu. En la práctica las cosas resultaron al revés, y cada día disponemos de menos tiempo” [1]. Y aunque suene escalofriante y extremadamente reduccionista, “el hombre quedó finalmente convertido en un engranaje más de la gran máquina” [2].
Cuando hablamos del mundo técnico, se piensa en términos como modernización y globalización; estos términos son relativamente nuevos en la historia de la humanidad y están estrechamente relacionados. La modernidad, entendida como desarrollo material auspiciado por los avances técnico-instrumentales, no puede actuar sin transformar la sensibilidad social y afectar directamente el mundo de la vida.
En cuanto a la globalización, esta ha sido el buque insignia de una época comercial que ha acelerado raudamente la velocidad de circulación de las mercaderías y del capital. La globalización ha incrementado considerablemente la creación de valor, produciendo ganadores y regiones victoriosas. Sin embargo, ha dejado también en el camino a muchos perdedores; pese a la promesa de los años noventa de que la globalización reduciría la pobreza en el mundo, creció el número de pobres en casi 100 millones de individuos, principalmente en América latina, Asia y África. Entonces, no es un ejemplo de éxito, como se pretende que se vea.
A partir de esto, nuestra civilización esta dominada por la cantidad, y esta le da a los hombres poder y hasta aquí, el problema no es muy grande; él se agranda cuando el hombre, como cosa rara, confunde el poder con la verdad, y como si esto fuera poco, se acelera el mundo de la ciencia para mantener y agrandar el capital, ignorando los valores.
Podemos decir, también, que hoy el acto creador no es algo exclusivo de Dios, sino también del hombre. El hombre crea en su afán y necesidad de vivir. La creación humana cifrada en la técnica se ha convertido en el valuarte de la civilización occidental, en la bandera de la emancipación de nosotros mismos, quizás hasta en motivo de olvido de las ancestrales formas y razones de vivir. Queda ante esta realidad latente la pregunta: ¿crea el hombre, para qué? La respuesta incorrecta es que crea para su supervivencia; la correcta es que el hombre esta creando para su propia extinción; no es gratuita la bomba atómica, las armas biológicas, los gases lacrimógenos, y quien sabe cuantas otras armas más y que se están creando en este momento; y nuevamente la pregunta: ¿para qué? ¿Al servicio de quién tanta creación?
El texto de Ernesto Sábato es una invitación a la idea de humanidad; es una invitación a recuperar lo que nos ha quedado de esa euforia que ciframos en la técnica y toda la parafernalia que significó el andamiaje de la civilización de occidente. Civilización puesta en evidencia ante lo inhumano que resulta, y que deja al abandono a quienes se jugaron todo por ella misma.
Se trata de recuperar el concepto clásico de hombre, la idea de que es el hombre el que hace que todos sus inventos tengan sentido, el que los llena de razón de ser, el que los avala y los pone en venta si es el caso, y no al revés. No podemos continuar permitiendo que los objetos colmen el mundo de la vida, ese mundo que es propiedad exclusiva de los hombres de carne y hueso (no los virtuales), ese mundo que por nuestra necedad, se ha perdido de vista y no nos resulta claro y deseable hoy en día. Es, en suma, el intento por ser, contrario a las tendencias económicas, políticas y hasta culturales, cada día más hombres, hombres utilizando la técnica, eso sí, pero nunca siendo utilizados por ella. |