Fundación Universitaria Luis Amigó
 
    NÚmero 9 • DICIEMBRE 2005
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Andrés Felipe Cardona                

Estudiante de Psicología

FUNLAM
A maría Félix
1990
Grabado, serigrafía
70 x 50 cm
María de la Paz Jaramillo 

La sociedad democrática sostenida por un régimen económico

 

“El capitalismo es un sistema social en el cual el poder del dinero logra su más alto nivel, en el que todo toma el carácter de mercancía, en el que todo se compra y todo se vende; sistema social en el cual solo existe un dios, una patria, una ley y un poder: el dinero” [1]. Los hombres actuales, enceguecidos en su afán de equilibrar el mundo económicamente, están destruyendo los valores sociales, culturales, éticos e individuales, y conduciendo a la humanidad a lanzarse al abismo de una total indiferencia; este hecho va conjuntamente relacionado con el poder del dinero, es decir, la contaminación del hombre realizada por el deseo de poseer más, hace que la sociedad misma se dirija a un final siniestro: su escisión en dos; una sociedad minoritaria de reyes del mercado, y una sociedad mayoritaria de reyes del sufrimiento social. A su vez, dicha división de la sociedad funda la desigualdad social, que si bien hoy en día se trabaja por eliminarla o minorizarla, perturba delicadamente los derechos que promueven el desarrollo personal de cada individuo. Siendo así la desigualdad el principal problema a enfrentar por parte de la sociedad capitalista de hoy; no obstante, es este sistema socioeconómico, el que permitirá conseguir el desarrollo económico mundial que hará cumplir y valer la justicia.

Para nutrir el sistema económico se encuentra el sistema político. La sociedad capitalista, en su búsqueda de integración global, necesita de un colaborador que le brinde seguridad, estabilidad y efectividad; dicho colaborador es la democracia, que se presenta como la mano salvadora en el momento de crisis. Este sistema político, promovido con gran fuerza por las potencias mundiales, se convierte en el paradigma a seguir en el mundo entero, iniciándose una divulgación, o mejor dicho, una imposición del modelo para garantizar el éxito en los intereses de los reyes del mercado, el cumplimiento de los propósitos de la sociedad minoritaria. Por ello la relación entre el modelo capitalista y el modelo democrático es de ineludible reciprocidad, por la razón de que ambos se complementan y se comparten responsabilidades en el manejo de la estabilidad de la sociedad para aumentar la probabilidad de ganar al momento de actuar.

La democracia ha sido, es y será, el método con el cual se imponga el poder del dinero en el resto del mundo, de manera que es función de los países ricos mantenerla viva, vigente; como lo afirmó Roosevelt: “la democracia no está muriendo… Sabemos que no puede morir, pues está construida sobre la iniciativa de hombres y mujeres individuales unidos entre sí en una empresa común –una empresa emprendida y conducida por la libre expresión de la mayoría libre” [2]. Así pues, la sociedad democrática sostenida por un régimen económico, es la meta principal de la humanidad para establecer igualdad de oportunidades de desarrollo y justicia.

Esta compleja articulación de dos modelos, que en el discurso representan la libertad y la autenticidad, pero que en la práctica ayuda al beneficio de unos y al establecimiento de un supuesto camino de salvación, es resultado del deterioro de los valores modernos de la ilustración, deterioro causado gracias al proceso de modernización que va unido al modelo capitalista tomado a partir de la revolución industrial. La transformación social que implicó el paso de la edad media a la modernidad, creó en el hombre un desbordamiento de los niveles de la razón que lo condujeron a fundar una cultura burguesa, que si bien “liberó al individuo del orden aristocrático, lo hizo calculador, ambicioso y competitivo, adicto a la racionalidad instrumental” [3].

El hombre sale de sí para entregarse a la sociedad; es el medio con el cual se satisface la necesidad de desarrollo, pero es un desarrollo no ético de la autonomía, que elimina la libertad individual. Como bien lo dice Erasmo de Rótterdam: “un mal no lo es para el que no lo siente” [4]; así mismo, la cultura burguesa es insensible ante las penas de la clase obrera que la mantiene. Por ello, la modernidad, dentro del capitalismo, sólo tiene un eco: el progreso, que representa el método con el cual la sociedad capitalista aborda las insuficiencias del hombre, y que constantemente le presenta material novedoso para mantenerlo ocupado de explorar lo nuevo, y no se detenga a reflexionar sobre los beneficios o agravios que le puede causar este desenfrenado progresismo que trae más producción y consumo.

La sociedad democrática en su seno, representa una zona libre de crecimiento individual y en comunidad, pero es la modernización como desarrollo unilateral de la productividad, sacrificando valores sociales y culturales, la que infecta al hombre de ambición y una mirada despectiva, surgiendo de este modo las injusticias, desigualdades y autoridad desmedida. Victoria Camps lo dice así: “el sistema económico capitalista, y la incapacidad de corrección política de sus injusticias, han creado una ‘sociedad dual' pero con un tipo humano unificado. Sus valores están modelados por el dinero y por el éxito”.

El poder del dinero hace en el hombre una conducta de competencia por el tener, lo cual deteriora las relaciones interpersonales y, en última instancia, termina por contaminar la sociedad de conductas aversivas, que la perjudican y la inducen aun más a su división. Aquí debe emerger la democracia como moderador de la energía capitalista, distribuyendo el poder y los bienes, distinguiendo los principios éticos de los económicos. La democracia es la luz que guía el sistema económico para que no desfallezca; es la esperanza de la sociedad mayoritaria para hacer cumplir los deberes y derechos que fundamentan el discurso de la sociedad actual, pero muy los pocos practican. Mientras el uso de la democracia esté en los ciudadanos que pretendan igualar su comunidad para hacerla más habitable, se hace posible pensar en la libertad y la autonomía, pero si la democracia es impuesta, se recibe con cierto grado de resistencia y se convierte en un medio de expansión imperialista, que sólo beneficia a uno: el opresor.

“Nos resistimos a reconocer que es la racionalidad económica, y no la impenetrable racionalidad humana, la que nos conduce inexorablemente al abismo” [5]; el dinero es el enemigo de los valores sociales. La individualidad del hombre está en riesgo, pero es más importante aumentar la riqueza que prestar atención a los problemas humanos; el ser ha quedado en el olvido; ya no hay personas, hay objetos con los cuales se puede conseguir un mejor capital. La autonomía individual está determinada, en su totalidad, por las exigencias del sistema. El dinero termina por ser la condición necesaria para el desarrollo de las capacidades humanas.

La reforma del sistema se hace necesaria; hay que reconstruir los fundamentos sociales para esclarecer el camino que la comunidad debe seguir.

“El desarrollo de una sociedad significa no sólo progresar en la cultura científica, sino también afinar la sensibilidad estética y moral. El gran reto de la modernidad es no sólo el desarrollo material del mundo de la vida gracias a la ciencia y la tecnología, sino también el fortalecimiento de sus dimensiones simbólicas: en ellas se articula la autenticidad personal y cultural con todo lo que ello implica de reconocimiento de las diferencias, capacidad de apertura y competencia comunicativa” [6].

El establecimiento de la justicia como equidad, posibilita la igualdad de las libertades civiles y las oportunidades sociales. El uso de la solidaridad como modelo social, busca promover el reconocimiento y el entendimiento. La educación cívica intenta hacer de la política algo pedagógico, que sea asequible al pueblo, para que existan mejores condiciones de debate. Hay que tener en cuenta la cultura como fuente primordial de ideas auténticas, para huir del monopolio ideológico del sistema económico. Todo ello proporciona una base para la construcción de un sistema sociopolítico que contemple los verdaderos valores modernos, e intentar así crear una sociedad sana.

Sin embargo, los obstáculos son grandes y como afirma Octavio Paz: “El mercado es un mecanismo eficaz pero, como todos los mecanismos, no tiene conciencia y tampoco misericordia. Hay que encontrar la manera de insertarlo en la sociedad para que sea la expresión del pacto social y un instrumento de justicia y equidad”.

[1] Historia del dinero. Robert, Jozsef. página 89.

[2] Discurso de Franklin Roosevelt con motivo de su tercer mandato. Tomado de: Psicología Humanista. Quitmann, Helmut. página 24.

[3] Paradojas del individualismo. Camps, Victoria. página 186.

[4] Elogio de la locura. Erasmo de Rótterdam. página 45.

[5] Paradojas del individualismo. Camps, Victoria. página 194.

[6] Modernidad y Posmodernidad: hacia la autenticidad. Hoyos , Guillermo. página 57.

 
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