| Para no estar tan ausente en el debate planteado por Antonio Vélez [1] en su artículo « Gay, ¿flaqueza o naturaleza ?» , publicado en la revista La Hoja de Medellín -en su edición 657, página 34-, debate que por lo demás se puede hacer tedioso y eterno, en la medida en que el discurso del psicoanálisis (en el que yo creo y defiendo), es el reverso del discurso de la ciencia (en el que Vélez cree y defiende), he decidido escribir algunas observaciones sobre el artículo en mención, en el cual Vélez cita una de las frases que hacen parte de una de las columnas de la misma revista, de la cual soy el autor, titulada «Ciencia y sexualidad» (No. 223, noviembre de 2000), [2] y, además, en el que plantea que el medio ambiente hormonal del embrión -y de los genes en los cromosomas- son los responsables de la masculinización o feminización del cerebro, y que el psicoanálisis es una teoría ambientalista. Las observaciones son las siguientes, las cuales me parecen pertinentes para cualquier otro debate que se plantee entre el discurso científico -como, por ejemplo, el de las neurociencias y la genética-, y el discurso del psicoanálisis:
1 . El psicoanálisis no es una teoría ambientalista en el sentido de la ciencia positivista, como lo sugiere el autor del artículo citado. El psicoanálisis sería una teoría “ambientalista”, si se considera que el medio «natural» del ser humano es el lenguaje, y ya no más, el medio ambiente natural. Así, por ejemplo, si el psicoanálisis tiene en cuenta la relación del sujeto con sus padres, es en la medida en que ellos le transmiten, gracias al lenguaje, con sus enunciados y sus enunciaciones, con sus dichos y sus decires, cuál es el lugar que él ocupa en el deseo de aquellos, lo cual determina, en gran medida, su posición subjetiva en el mundo; entre otras cosas, si se siente como un hombre o como una mujer, independientemente de que tenga un pene o una vagina. Esto significa, en términos sencillos, que la posición subjetiva de los hijos, se corresponde con el tipo de padres que la persona ha tenido. Hay aquí una determinación, ya no genética o ambiental, sino psíquica.
2 . Vélez me malinterpreta cuando dice en su artículo que: «Bernal acepta que ser gay es una falta que requiere disculpas, como si hubiese culpas, y tilda al homosexual de irresponsable». Para el psicoanálisis, todo sujeto es responsable de su posición subjetiva, por esta razón, es tan irresponsable el homosexual que diga que no tiene la culpa de ser así, como el heterosexual que diga que no tiene la culpa de ser así. La culpa es la enfermedad de la responsabilidad, es decir, sólo se siente culpable aquel que se siente responsable de lo que hace o dice, y responder por las consecuencias de nuestros actos y por nuestra posición en la vida, es lo mínimo que se le exige a un ser humano en tanto que es un ser moral. Y, justamente, la conciencia moral de los seres humanos introduce una dimensión que lo separa de las determinaciones de la naturaleza. La ciencia lo sabe bastante bien, por esta razón los científicos positivistas no se han puesto a buscar el gen o la encima que en el cerebro, determina la «conciencia moral» o «conciencia de culpa». Aunque no falta mucho para que esto suceda y la ciencia especule diciendo que ya lo ha encontrado.
3 . Si hay una teoría ambientalista sobre el origen natural de la homosexualidad, esa es la que nos propone Vélez, ya que nos habla –lo cito- del «medio ambiente hormonal del embrión» - y de los genes en los cromosomas - como responsables de la masculinización o feminización del cerebro. Es decir, el responsable de la posición subjetiva es un gen o una hormona, y no el sujeto. Es por lo mismo que el psicoanálisis argumenta que estas y otras teorías, que buscan la causa de los comportamientos del ser humano en el organismo, sólo sirven para reforzar una posición irresponsable del sujeto homosexual, ya que encuentra en ellas la disculpa «fácil» para explicar su condición: «yo soy así porque mi cerebro fue feminizado por las hormonas que me rodeaban cuando era tan solo un embrión». Y es en este sentido que se dice que la ciencia des-responsabiliza al sujeto de su posición subjetiva, de tal manera que el sujeto homosexual podrá decir que él no tiene la culpa de ser como es.
4 . Para el discurso psicoanalítico, la ciencia, en su afán de explicar las conductas humanas recurriendo a la realidad natural, reduce al ser humano al organismo y al cerebro, es decir, que sólo somos células y reacciones químicas. Por esto se dice que la ciencia desestima al sujeto humano, como si en él no hubiese otra realidad más que la biológica. Esta es la razón por la que la ciencia, para el psicoanálisis, termina «delirando», es decir, tomando como verdades absolutas y definitivas –subrayo esto-, lo que son simples hipótesis de trabajo. [3] Un buen ejemplo de este «delirar» de la ciencia es, precisamente, la «masculinización» y la «feminización» del cerebro por causa del ambiente hormonal del embrión humano, en la medida en que «masculino» y «femenino» son categorías subjetivas, que dependen del tipo de cultura que impera en una sociedad. Así, un comportamiento que es considerado masculino en una cultura determinada, puede ser considerado femenino en otra. ¿Cómo saben, entonces, las hormonas, cómo «masculinizar» o «feminizar» el cerebro de un sujeto? Además, ¿cómo lo hacen?
5 . Vélez también dice que «por ser el hombre una especie zoológica más, debe tener aún programadas en su material genético las instrucciones que lo llevan espontáneamente a una correcta orientación sexual» - y más adelante dice «orientación sexual apropiada» - . Me pregunto, ¿Cuál es esa «correcta» y «apropiada» orientación sexual en la que está pensando Vélez? Este es evidentemente un juicio moral - o prejuicio, si se quiere - sobre el comportamiento humano apoyado en una hipótesis genética. El psicoanálisis es un discurso que no hace juicios morales sobre las conductas de los sujetos - eso se lo deja, por ejemplo, a la religión - , en la medida en que sabe que el ser humano, por hablar, por habitar el lenguaje, por hacer de lo simbólico su «medio ambiente natural», se ha desnaturalizado, es decir, se ha separado de la naturaleza y por lo tanto ha perdido sus instintos. El ser humano no obedece más, por hablar, a las leyes de la naturaleza, sino a las leyes del lenguaje. Y si hay una dimensión en donde esto se observa claramente, es en la dimensión sexual. Si el hombre respondiera instintivamente –o espontáneamente, como lo sugiere Vélez- en su sexualidad, se comportaría como su especie zoológica, es decir, como los mamíferos, a los cuales se les ve desencadenar la respuesta sexual natural, «espontánea y correcta», ante un estímulo proveniente de la hembra - generalmente un olor - de su misma especie. Esto sucede instintivamente - el instinto es un saber que viene programado en los genes de los animales, y que les ayuda a orientarse en el medio ambiente natural - , y en el ser humano, nada demuestra que sea así - por ejemplo, no se observa a los hombres perseguir a las mujeres cuando éstas están en su período de fertilidad-. Por esta razón, en el psicoanálisis no se habla de instinto, sino de pulsiones sexuales. La pulsión sexual es lo que viene a reemplazar el instinto en el ser humano, en la medida en que él se ha separado de la naturaleza por hablar. Además, Si fuese verdad que el material genético tiene las instrucciones para llevar al sujeto, espontáneamente, a una correcta orientación sexual, no habrían, entonces, desviaciones sexuales: no existiría la homosexualidad, ni ninguna otra perversión sexual.
6 . Precisamente, por hablar, por habitar el lenguaje, se introduce en el ser humano otra realidad: el psicoanálisis la denomina «realidad psíquica». Por esta razón se hace muy complicado comparar la conducta y los experimentos hechos en animales - aplicación de determinadas hormonas en hembras preñadas para obtener crías homosexuales - con el comportamiento y experimentos hechos con seres humanos, ya que ambos habitan dos realidades diferentes. Así pues, cómo explicar que un sujeto de doce años - noticia divulgada hace aproximadamente cuatro años aquí en Colombia - ponga una acción de tutela para que le devuelvan su «identidad sexual masculina», ya que él se sentía un niño y no una niña. A los seis años él perdió sus genitales por la mordedura de un perro, y los médicos decidieron reconstruirle una vagina y hacerlo una niña. Empezaron un tratamiento con hormonas femeninas para convertirlo en una mujer, tratamiento que duró aproximadamente seis años. ¿Cómo explicar, entonces, que su cerebro no se haya «feminizado», si estaba siendo bombardeado por hormonas femeninas?
En Estados Unidos, país de las agrupaciones de toda clase, existe una de hermafroditas que se dedican a defender sus derechos como personas masculinas o femeninas, contra la decisión de sus padres o de los médicos en convertirlos en hombres y mujeres, a punta de bisturí y hormonas. Esto nos enseña, claramente, cómo ser hombre o ser mujer es una conquista psicológica, y no un dato natural del sujeto. Tener un pene o una vagina, o unas hormonas o un cerebro supuestamente masculino o femenino, no garantiza que se va a llegar a ser hombre o mujer. Ser un hombre o una mujer es una elección del sujeto, determinada en gran medida por el deseo inconsciente de los padres, lo que se transmite con la herramienta del lenguaje, y no precisamente, con lo que dicen los padres, sino con lo que dejan de decir, con lo que callan, con lo que piensan y no dicen, o con lo que dicen de más sin quererlo. Esto es precisamente lo que define el concepto de «inconsciente», pieza fundamental del psicoanálisis: el inconsciente - que es un saber no sabido por el sujeto - aparece allí donde una persona dice más de lo que debe, o dice menos de lo que puede.
7 . Para terminar con estas observaciones - se podrían hacer otras más - , vuelvo a donde empecé: el discurso del psicoanálisis es el reverso del discurso de la ciencia, en la medida en que el psicoanálisis no reduce el ser humano al organismo, sino que cuenta con que su «realidad psíquica» está ordenada, organizada y establecida, por el lenguaje. El ser humano es un ser de lenguaje; el lenguaje es el que determina su existencia como sujeto y su realidad. Por eso, mientras la ciencia lo desprecia, el psicoanálisis le da lugar a su palabra. Mientras que la ciencia opera al hermafrodita y lo inyecta con hormonas para decidir su sexo, el psicoanálisis lo escucha para saber cuál va a ser la posición subjetiva y sexual por la que va a responder. Para el psicoanálisis la homosexualidad, ni es una flaqueza, ni está determinada por la naturaleza, así existan sujetos que se sientan débiles y culpables por se homosexuales, y así existan teorías naturistas y positivistas que ubican su causa en los genes o las hormonas. Para el psicoanálisis es muy importante que existan y se divulguen todas estas teorías «científicas», ya que, mientras más trata la ciencia de explicar el comportamiento humano recurriendo al organismo y a la naturaleza, más adquiere el psicoanálisis un lugar específico en el discurso de la ciencia. Mientras que la ciencia forcluye al sujeto, rechazando su subjetividad, el psicoanálisis le da un lugar a su palabra –lo que piensa, lo que siente, lo que dice, por lo que responde- y a sus deseos –sus determinantes psíquicos-. |