| A través de la historia de la humanidad y desde tiempos muy remotos, el suicidio ha sido un asunto que ha generado diversos cuestionamientos, ha motivado profundos análisis y ha inquietado tanto a médicos, como a religiosos, filósofos, psicólogos y en general, a un sinnúmero de personas de diversas profesiones, quienes de una u otra manera, han tratado de comprender no sólo las causas, sino también, todo lo que compete al suicidio como una forma particular de morir. Sin embargo, todavía hoy, en los albores del siglo veintiuno, siguen presentes muchos de estos interrogantes, y las diversas teorías que al respecto se formulan, si bien, ofrecen variadas perspectivas y maneras de comprender una realidad que agobia y preocupa a un número cada vez mayor de personas, por el aumento en las estadísticas que sobre suicidio se presentan, no permiten establecer conclusiones que sean determinantes, al respecto.
Esta reflexión se orienta hacia una comprensión más profunda del suicidio, en particular y de la muerte, en general. Para ello, se realiza un análisis tanto de la muerte como del suicidio desde una perspectiva antropológica, bioética y logoterapéutica; en éste, se resalta el valor y la dignidad de la vida humana, señalando la importancia que tiene el sentido de la vida como aspecto fundamental para afrontar las crisis existenciales y para enfrentar el suicidio. Se establece una postura concreta y clara frente a la muerte, permitiendo entender ésta realidad como una parte esencial y sumamente importante, de ese continuo que denominamos Vida; la cual tiene un valor y un sentido en muchos casos poco claro, pero que sin embargo, está en estrecha relación con la trascendencia de la existencia humana. Finalmente, se plantean algunas consideraciones de tipo bioético, frente al papel que cumple el psicoterapeuta y más concretamente el logoterapéuta, ante aquellas personas que llegan a consulta por intento de suicidio, con ideación suicida o de muerte, y frente a aquellas que no le encuentran sentido a su vida.
La muerte ha inquietado al hombre a través del tiempo; hoy al igual que en el pasado, para muchas personas y en muchas circunstancias, la muerte sigue estando rodeada de un halo de misterio, de temor, de incertidumbre; también de esperanza y del anhelo de una vida mejor, a la que comúnmente nos referimos como eternidad, al menos desde la religión católica. La vida y la muerte son dos caras o dos aspectos de una misma realidad ontológica, la “Existencia”. La persona humana, puede considerar la vida como don de Dios, como una tarea o una misión, que se debe realizar y que la compromete profundamente con su sentido de trascendencia; pero también, en algunos casos, la vida puede ser - y de hecho- es percibida, por diversas personas como la más grande de las tragedias, colmada de sufrimientos y angustias, sin sentido alguno, y frente a la cual, “lo único que vale la pena”, según lo expresan unos cuantos, es extinguirla.
Para Víktor Frankl, “lo que el hombre busca realmente o, al menos, originariamente, es el cumplimiento del sentido y la realización de valores, en una palabra, su plenitud existencial (pues de existencial puede calificarse, a nuestro juicio, lo relacionado con la existencia humana y con el sentido de esta existencia). Lo contrario de la plenitud existencial sería el vacío existencial”[1]. Frente a esto, es posible considerar que toda persona al menos potencialmente, está orientada hacia la realización de unos valores que le permitan descubrir el sentido de su existencia. Esto implica, no solo, que el hombre en cualquier circunstancia de la vida, por adversa que ésta sea, tiene la posibilidad de encontrar el sentido que subyace ante dicha situación, sino que además tiene la responsabilidad de hacerse conciente de ello y encararlo con dignidad; cuando esto no se logra, la persona experimenta una sensación de vacío, una crisis existencial que en situaciones particulares y extremas, pueden llevarla incluso hasta el suicidio.
Ante esto, surgen entonces diversas preguntas, algunas de las cuales han inquietado a psiquiatras y psicólogos durante mucho tiempo: ¿Cuál es el valor y el sentido que tiene para la persona, la vida humana?, ¿Es ética y bioéticamente aceptable el suicidio?, ¿Cuáles son las motivaciones que subyacen conciente o inconscientemente en el acto suicida?, ¿Qué papel juega el Sentido de la Vida frente al suicidio?, ¿Qué perspectivas psicoterapéuticas pueden plantearse acordes con la bioética frente al suicidio?. La manera como sean respondidos estos interrogantes, permite apreciar claramente, la visión que la persona tiene frente a la vida en general, frente a la realidad de la existencia humana en particular.
Con respecto al primer interrogante, puede afirmarse que toda vida humana desde el comienzo mismo de su existencia posee un valor y un sentido, en sí misma; no solo por su condición holística, por su carácter único y peculiar, sino por el sentido de trascendencia que lleva implícita. Es por esto, que cada vida humana requiere, y más aún, exige para sí misma, que ante cualquier situación o circunstancia, sea considerada como digna, sea respetada y defendida en todo momento. Por ello, es importante que el hombre se haga conciente de sí mismo, de su realidad ontológica, de su condición de persona, puesto que es ésta conciencia de sí, la que lo diferencia de los demás seres de la creación. Este aspecto lo resalta De Sahagun Lucas cuando al hacer referencia al Ser personal del hombre, afirma “... que la conciencia de unidad y mismidad, efecto de su autoposesión, es la nota característica por la que el hombre se distingue del resto de los seres.”[2]; de igual modo, es también la que le permite dignificar su existencia, ya que a través de ésta, la persona se percata y se autopercibe no solo como diferenciada de otros, sino también en relación con otros, lo cual nos lleva a considerar que la existencia del hombre, es además una co-existencia. En este sentido, Heidegger citado por Bräutigam afirma: “la coexistencia es un constituyente existencial del “estar-en-el mundo”.”[3], es algo inherente al hombre, a su realidad ontológica.
De acuerdo con lo planteado hasta este momento, es posible considerar que la vida humana tiene sentido en tanto se realiza como tarea; en la medida en que cada persona descubre y lleva a cabo su misión, bien sea a través de la realización de algo o del encuentro con alguien. Según Frankl “La autotrascendencia señala el hecho antropológico fundamental de que el existir humano siempre hace referencia a algo que no es ese mismo existir, a algo o a alguien, a un sentido que hay que cumplir o a la existencia de un ser humano solidario con el que se efectúa un encuentro. Por tanto, el hombre no llega a ser realmente hombre y no llega a ser realmente él mismo sino cuando se entrega a una tarea, cuando no hace caso de sí mismo o se olvida de sí mismo al ponerse al servicio de una causa o entregarse al amor de otra persona”[4]. Por eso, es posible considerar que la existencia humana tiene sentido sólo en la medida en que ésta se realiza, se construye conjuntamente con otros; pues como diría Buber: “El hecho fundamental de la existencia humana es el hombre con el hombre”[5]. Esto apunta primordialmente, a que ninguna persona alcanza su realización personal sola; a que la vida no es algo terminado sino algo que tiene que irse construyendo poco a poco, día a día y conjuntamente con otros. Cada ser humano tiene entonces el compromiso de asumir su propia tarea y llevarla a cabo con total responsabilidad, con profundo compromiso y con la convicción de que en la medida en que orienta su existencia hacia la realización de unos valores que le permitan alcanzar la trascendencia, también esta contribuyendo a que otros realicen su tarea vital.
Por otro lado, sí la vida es un proyecto, sí es algo que no esta realizado sino que hay que realizarlo a cada instante y en cada circunstancia de la vida, es necesario tener presente que cada persona esta llamada a orientar su vida de acuerdo con unos valores y unos principios éticos y morales. Estos son, por así decirlo, “la columna vertebral”, el eje en el que se fundamentan y se apoyan cada uno de los comportamientos y actitudes que se manifiestan ante cada una de las situaciones en las que la vida nos confronta día a día. Sin embargo, hay aquí, dos aspectos de gran relevancia; dos valores que cumplen un papel preponderante dentro de nuestro proyecto vital, y que están estrechamente relacionados con la capacidad que poseemos como personas, para elegir y decidir frente a cada situación que surge, frente a cada experiencia que se presenta en nuestra existencia; se trata de la libertad y la responsabilidad con que afrontamos las cosas. Ante esto, de Sahagun Lucas afirma: “Eso que experimenta el hombre cuando se siente responsable es lo que comúnmente se entiende por libertad humana. Tener conciencia de hacer la vida en nombre propio y de dotar de sentido a la propia actividad es la credencial de nuestro ser libre. “Obrar libremente, escribe A. Dondeyne, es obrar sabiendo lo que se hace y por qué se hace; es decir, dar un sentido a la vida y asumir personalmente este sentido".”[6].
Teniendo en cuenta todo lo anterior, y comprendiendo claramente con ello, que la existencia humana tiene un valor y un sentido profundo por su condición de proyecto vital y por su carácter trascendente, es importante responder ante el segundo interrogante que se ha planteado, afirmando, que desde una perspectiva ética y bioética, orientada hacia el respeto por el valor de la vida y la dignidad de la persona humana, no es posible que el suicidio sea considerado como un acto ético, y menos aún, que sea bioéticamente aceptable. Este aspecto esta fundamentado en el hecho antropológico de que la existencia humana es una realidad ontológica, y como tal, requiere ser asumida y desarrollada potencialmente; es decir, que la vida le es otorgada o entregada al ser humano para que sea realizada por éste, pero en ningún momento, puede él constituirse en absoluto y único dueño, con exclusiva potestad para decidir sobre su existencia, sin importar las consecuencias que de sus actos se deriven; y en especial, cuando estos actos están encaminados a atentar contra su vida, o más aún, a extinguirla.
En relación con esto, encontramos dentro de la reflexión ética que sobre el suicidio se hace, desde la moral clásica, autores que como Tomás de Aquino, citado por Gafo, señalan que “El suicidio va contra la inclinación natural y la caridad hacia uno mismo”[7], puesto que acabar con la propia vida es, entre otras cosas, no sólo, ir en contra del llamado “instinto de autoconservación”, sino también, de la autoestima; es decir, de la capacidad que cada ser humano posee de amarse y valorarse a sí mismo como persona única e irrepetible. El suicidio, es pues, la acción mediante la cual una persona le pone fin a su existencia, y con ella, a todas las posibilidades de realización de la misma. Con ello además, genera un impacto psicológico que ordinariamente afecta de manera negativa a aquellas personas que se encuentran alrededor de quien comete dicho acto. En este sentido, Gafo citando nuevamente a Santo Tomás señala que “El suicidio atenta contra las obligaciones que el ser humano tiene para con la sociedad” [8]. Esta situación, obedece a que la persona que se suicida no solo acaba con su existencia particular, sino que su muerte tiene una incidencia, una serie de repercusiones en la vida de otras personas que por diversos motivos están vinculadas a ella; tal es el caso por ejemplo, de su familia, de su jefe, empleados o compañeros de trabajo, e incluso, de sus amigos cercanos, quienes se sienten afectados, en ocasiones, no solo emocionalmente sino también, en otros sentidos. Es así, como Frankl al referirse en una de sus obras al problema del suicidio, manifiesta claramente “... podemos afirmar, por tanto, que el suicidio no tiene nunca una justificación moral. Ni siquiera el suicidio expiatorio.”[9], y más adelante añade: “... en vez de borrar del mundo una desventura ocurrida o un desafuero perpetrado; lo que borra del mundo es el yo.”[10].
Ante la pregunta por las motivaciones que subyacen en el acto suicida, puede afirmarse tanto desde la psiquiatría como desde la psicología, que son de diversa índole; es posible que situaciones conflictivas presentadas en el ámbito familiar, puedan conducir a una persona a realizar un “intento de suicidio” o a cometer un acto suicida como tal. También las dificultades económicas profundas llevan a algunas personas, en medio de la desesperación a asumir dichos comportamientos; más aún, con relativa frecuencia los problemas que a nivel afectivo tienen algunas parejas, también pueden conducir a este desenlace. Frankl[11], llama la atención en el sentido de que sí bien es cierto, que existen algunos trastornos psicopatológicos que pueden llevar a la persona al suicidio, éste puede presentarse por resentimientos frente a la vida, por situaciones desesperadas ante las que no se encuentra aparentemente un salida apropiada, o de igual manera por fatiga o cansancio ante las dificultades que se presentan en la vida. Sin embargo, plantea frente a esta situación, que es necesario hacerle ver ante todo, a aquellas personas que cansadas de la vida optan por este camino, que su cansancio de la vida no es más que un sentimiento y que los sentimientos no pueden hacerse pasar nunca, en ninguna circunstancia, por argumentos. Hace énfasis, en que ha quien muestre intenciones de suicidarse, hay que hacerle ver y comprender, sobre todo, que el suicidio no resuelve problema alguno.
Teniendo en cuenta lo aquí planteado, puede afirmarse que el “Sentido de la Vida” juega un papel fundamental a la hora de contrarrestar, por así decirlo, el suicidio. Desde la concepción Logoterapéutica, ampliamente desarrollada por éste autor en todas sus obras, queda claramente demostrado, como él mismo lo señala que “No cabe duda de que la conciencia de una misión en la vida posee un extraordinario valor psicoterapéutico y psicohigiénico. No tenemos reparo en afirmar que no hay nada que más ayude al hombre a vencer o, por lo menos, a soportar las dificultades objetivas y las penalidades subjetivas que la conciencia de tener una misión que cumplir.”[12]. Finalmente, Frankl[13] termina manifestando de manera clara y precisa, que cuando esa tarea, esa misión se la concibe como algo personal, hace a su portador, es decir, a aquel que la realiza, alguien insustituible, irremplazable; y le confiere a su vida el valor de algo único. En otras palabras, le otorga a su existencia un sentido profundo y trascendente.
Ahora bien, situados desde una perspectiva bioética, que como se planteó inicialmente, se apoya en una concepción antropológica, en la cual, la dignidad y el respeto por la vida de la persona humana tienen un papel preponderante; es posible considerar que la logoterapia, como modelo de intervención clínica en psicoterapia, presenta una fundamentación antropológica y epistemológica, que no solo es acorde con ésta, sino que además permite el enriquecimiento de ambas; ya que tanto la una como la otra, se ocupan de resaltar la dignidad, el valor, el sentido y la trascendencia de la existencia humana. La manera como la logoterapia se acerca a la persona humana, a través de la persona del logoterapéuta, refleja el profundo respeto que éste siente por aquella, al tener presente en todo momento, que se trata de un ser humano que siente, que es poseedor de pensamientos e ideas valiosas, con capacidad para desarrollar las potencialidades que posee; con el deseo y la voluntad para esforzarse a cada momento por superar las dificultades que limitan su existencia, pero ante todo, con la firme intención de realizarse, de alcanzar sus metas, y de trascender a través del encuentro y la relación profunda con los otros.
Finalmente, es importante resaltar que el psicólogo, ya sea psicoterapeuta, logoterapéuta, o de otra orientación teórica diferente; sí es congruente con estos planteamientos, al igual que el médico, el sacerdote, la enfermera y el maestro, entre otros; tiene el enorme compromiso y la inmensa responsabilidad, de defender y preservar con su desempeño, con su testimonio de vida, al igual que con cada una de las actuaciones que realiza a lo largo de toda su existencia, la dignidad, el respeto y el valor de la persona humana; así mismo, el deber de velar permanentemente para que otros colegas, o incluso otras personas no atenten en contra de esa vida. |