| Desarrollaré este ensayo que he titulado "Un cuento de Transformación” en cuatro momentos: el primero, una ubicación de los contextos y los escenarios en los que se desenvuelve esta historia; la identificación de la protagonista de esta historia es una mujer x, que se autonombró Paulina Cote; el segundo momento lo presento como un movimiento entre la muerte y el amor, como dos experiencias que Paulina toca y, que si bien retomamos la postura de la psicología existencial, mas precisamente en Jaspers, se confronta entre aquellos limites existenciales que ayudaron a Paulina a perderse, abandonarse en el vicio, la droga, el sexo y los parches, y que la hicieron buscar ciegamente… como ella lo manifestaba: “...a mis doce años empecé a enamorarme de esos imposibles, empecé muy apresurada en lo afectivo, buscando ese afecto que no encontraba por parte de mi padre; era buscarlo afuera…”; el tercer momento es, el cómo perderse, abandonarse, le permite a Paulina Cote tocar sus limites, tocar, como dice Kierkegaard, su condición finita; aquí aparece la muerte como un límite que la lleva a debatirse entre “pases” y asesinatos, y a casi el suyo… que tocó su corazón y casi lo para. Esto nos lleva al cuarto momento de esta experiencia puesta en conferencia, el toque delicado, finito y paradójicamente infinito[2], del amor, que la llevó a la transformación, a pasar a ser princesa, un estado de transparencia, o como dice Carlos Castañeda, de impecabilidad[3].
En este primer momento ubicare los contextos en los que se mueve nuestra protagonista Paulina Cote. Trasegando por turbios caminos, de haber vivido y sufrido las miserias de la vida, de haber tocado con sus manos los hilos de la violencia y el conflicto, de haber deambulado por las calles en noches cerradas y turbias, de haberse enfrentado una y otra vez con el peligro y la muerte.
A muy corta edad, sentimientos encontrados tocaron a su puerta; Paulina Cote tenía apenas 12 años cuando ingreso al mundo de las drogas alucinógenas y las bebidas alcohólicas. Primero fue la curiosidad, y luego esa agradable sensación que se siente después de fumar marihuana, la que hizo que esta jovencita se quedara a vivir un tiempo en ese mundo de vuelos y sobrevuelos que van más allá de la realidad. Después vinieron otras drogas mas fuertes, el perico, el cacao sabanero, la coco, los roches, el alcohol y todo lo que implica ese falso mundo de fantasías inimaginables, de ciertos peligros, de sueños inconclusos y también grandes pesadillas de un futuro incierto, por que su presente esta constantemente amenazado por el dolor, los peligros y la muerte.
Era la hermana menor de 7 hermanos (3 mujeres y 4 hombres); Paulina Cote tuvo que abandonar la casa de sus padres a muy temprana edad, luego que descubrieran su adicción a las drogas, al alcohol y al mundo que la rodeaba; por periodos de tiempo vivió en otros lugares con otras personas extrañas, oscuras y experimentaba otras cosas: prostituta, adicción al sexo, jíbara, amores y apegos pasajeros, robos y otros.
Ella como jíbara en un tráfico de alucinógenos que evitaba encontrarse con sus vacíos y oscuridades, no le permitían reconocerlos, enfrentarlos, pero si padecerlos; caminó por las calles de Medellín, conoció muchos parches, probo de todo, bebió, y dejo que muchos penes la penetraran dejando el vacío de una muerte asegurada, de desprecio, inquietud y resentimiento, que la emborracharon, una y otra vez, “no recuerdo cuantos, la pena me enceguece”[4]. Su vida desperdiciada en medio de la tragedia, la violencia, los sicarios y la ausencia de una esperanza para su vida.
Afortunadamente, ella no terminó como muchos jóvenes, niños y adultos en nuestras ciudades, en nuestro país, con una bala atravesándole el corazón. Un diciembre la iluminó tanto una luz que le quemó sus pasos antes dados; esa fue la señal de la vida en medio de las luces navideñas. Fue tocar un límite, en pleno período de recuperación, la joven Cote sufrió un preinfarto por una sobredosis de marihuana y perico; ese fue otro anuncio, este sí, definitivo. A partir de ese día dejó todo atrás, se alejó de todo aquello que estaba infectando su vida y ocultando su ser; reemprendió el camino; hoy todo lo de ayer es solo el pasado que quiere y ve transformarse, hoy quiere seguirle apostando a la existencia, a la reconciliación, ese religaré esa opción, religarse, de volverse a si misma, sus pesadillas la han abandonado, por fortuna hoy sueña y sus sueños se reflejan en sus hermosos y brillantes ojos.
Este segundo momento, que he llamado experiencia de alucinación, es una fase que vive Paulina de entrega al consumo, al caos de una sociedad paradójica exigente y ausente; en ella Paulina vive la experiencia buscando desesperadamente el afecto ausente que no encuentra en ella y menos en su familia; accede a la división de su existencia, a la dependencia, y se entrega a una existencia inauténtica subjetiva[5], se abandona, al placer desmedido que la desborda en la dependencia del canabis y la cópula, pero cada vez que despierta, la embarga y se llena de un intenso, sentimiento de culpa[6], una miseria que le dice y se dice: “ya no quiero más”.
Los asesinatos le recuerdan su límite y su deseo de abandonarse también a la muerte, pero su dependencia no le permite ni eso; la voluntad la ha perdido, la ha desplazado al parche, a los tantos parceros, a los tantos vuelos, a los tantos penes que tocan y entran en su puerta. En esta fase solo le queda la traba de su existencia, la manipulación desde su vagina, que le da el valor que ella ha perdido; se convierte en una vengadora de muerte, sí la muerte que ella busca para su realidad, para su existencia inauténtica, de abandono, culpa y resentimiento, es una fase de alucinación en la que el vuelo no le permite encontrarse con su propia angustia; no la ve, no la quiere ver, solo se queda con los fantasmas[7] que la hacen olvidarse de su cuerpo, de su valor; pero, paradójicamente, son estos la que la tocan en su agotamiento. La toma de conciencia emerge en ella cuando el toque doloroso de su cuerpo, del quemón de su experiencia, la lleva ha encontrarse con la “nada”[8]: “no soy, no vivo lo que quiero vivir”; “me quiero morir”; su pierna le dice de su angustia que levanta su Dasein[9], que le ayuda a diferenciarse de su parche e identificar la nada que emerge en ella, la desesperación que la llevó a elegir entre prostitución y drogas, para un ocultamiento de su real desesperación. El encuentro del amor propio y familiar se evidencia cuando ella, no creyendo que era en serio, el vicio de su naturaleza, la enfrento con su corazón,[10] y a la edad de 20 años tiene un preinfarto; como dice Lowen: “la ausencia del amor desempeña un papel crítico en la salud del corazón”[11]; vemos en Paulina que se embarcó en una lancha hostil y continua en un intento incesante de realizar o alcanzar el afecto, pero desplazándolo por el abandono y la tensión por el placer; esto hizo que se alejará cada vez más el afecto.
Sin embargo, es esta confrontación finita la que la llevo a encontrarse con la angustia de su limite, con la nausea[12] que hizo que la joven Cote, descubriera la responsabilidad que ella tenía en su existencia; le permitió enfrentar lo que ella evitaba en su temporalidad, el miedo a la libertad; quedó pues Paulina, arrojada a su miseria, que le permitió darse cuenta de su responsabilidad y comenzar a levantar su voluntad al enfrentar su angustia, descubrir el camino del sentido, aunque dolorosamente intenso. A partir de ese instante su cuerpo le recordará con una sobre-activación fisiológica, sudoración, temblor y aumento del ritmo cardiaco que esta viva, pero que en cualquier descuido podrá fácilmente dejar de estarlo, su corazón se convirtió en la antena existencial de un autentico camino, extraño angustiante y satisfactorio de volver a sí, como plantea Caetano Veloso: “cada uno sabe el dolor y la delicia de ser lo es.”[13]
Es aquí donde comienza el tercer momento de esta conferencia, que la he denominado: la fase de iluminación; es aquí donde la toma de conciencia, da claridad e ilumina los senderos; los recovecos de una existencia que le debatió en los limites en los extremos, posibilitó iluminar las experiencias pico, en que la muerte y la conciencia se entrecruzan y encuentran fluidez en la “muerte del vecino”, en la que se muere constantemente Cote; en la ignorancia, en la indiferencia y en el oscuro orgullo del resentimiento de un joven que hizo de su herencia una maldición; en la muerte de su hermano que iluminó la responsabilidad de la compinchería y el enredo del trafico de violencia, que fue el toque delicado en su corazón, en el chamberlay, una dulce bebida amarga y caliente que entre el “pase y pase “ del marihuano y el bazuco, hizo que su cuerpo tocará el limite; en este terrible quemón, toma conciencia Cote, sintiendo la finitud de su cuerpo, y en ella queda la marca de la desesperación, el preinfarto: en un corazón hostil habido de amor, ansioso por un mensaje existencial, ilumina Cote estos instantes, con conciencia, aunque develar su inauténtica vida cubierta en droga y sexo, como vicio o mal de su naturaleza[14], descubre que ya no es bien recibida la cópula maldita, que sólo deja el vacío infernal de una posesión fantasmal de aquello que no es. Esta iluminación le permite comprenderse en el sendero oscuro por el que transitaba y así, ampliar su percepción a nuevas formas, a dejarse tocar por su corazón delicado y dolido, la angustiosa pena que movía ese papel fingido de la puta y la jíbara, del que nos habla Perls, es trascendido; en ella se descubre el vacío que la lleva a encontrar, a buscar desesperadamente el afecto que no le he fue entregado, y por ende su no valor que lo compensaba con el pago de aquellos masculinos que entraban a su cuerpo. Iluminar estas experiencias y la responsabilidad que se gesto en ella, además del límite que su cuerpo le puso, lleva a la joven Paulina Cote a elegir por la trasformación y este es el cuarto momento de esta experiencia hecha conferencia.
Un escrito de Patrarca ilumina lo que experimentó: “Quiero recordar mis inmundicias pasadas y la corrupción carnal de mi espíritu, no porque las ame, sino para amarte a ti, Dios mío’’. En cuanto a mí, ciertamente toda vía me quedan muchos asuntos ambiguos y penosos. Lo que solía amar, ya no lo amo, miento, lo amo pero menos. He aquí que he vuelto a mentir: lo amo, pero más vergonzosamente, con mayor tristeza; finalmente ya he dicho la verdad. Pues así es como es: amo, más lo querría en otros tiempos no amar, lo que desearía odiar; no obstante, amo, pero contra mi voluntad, forzada, coaccionada con pesar y deplorándolo. Y reconozco en mí el sentido de aquel famosísimo verso: “odiare, si puedo; sino amaré a mi pesar”. No han transcurrido aun tres años desde que aquella voluntad disoluta y perversa, que me dominaba del todo y reinaba en el castillo de mi corazón, sin que nada se le opusiera, comenzó a verse reemplazada por otra, rebelde y reluctante. Entre ambas se ha entablado, desde entonces, una lucha agotadora, que tiene como campo de batalla mi cuerpo, por el dominio de la hombre (mujer) dividida que hay en mí”[15]
En este instante es donde Paulina trasciende esa fase de iluminación que, en términos de Ken Wilber,[16] pasa de un movimiento de traslación, que se refiere a su manera de percibir el mundo, a un movimiento de transformación, que toca sus esferas profundas; el propium como lo llama Allport[17], toca a su ser, y le permite pasar de jíbara a princesa, como cualquier cuento urbano colombiano; princesa porque la experiencia la ha llevado, a pesar de su dolor, a pasar por la transparencia de la conciencia de su ser, ese asunto de la impecabilidad, verse a sí misma como es, ha sido y será contando son sus oscuridades un encuentro religioso, es decir, una ligazón con su ser, ese religaré que le permite a Paulina estar tranquila, con sus angustias y sufrimientos, lo que nos lleva a comprender que el conflicto no se resuelve, sino que se transforma, por conciencia no podrá abandonar la responsabilidad de ser, de relacionarse con una sociedad, que le da la espalda, después de exigirle, la deja sola, realmente como es, esto mismo le permite reivindicar la mujer guerrera y princesa a la vez, de una honestidad que lleva en su cuerpo la intensidad infinita, religiosa así como dice ella ” He aprendido un poquito más del amor, de amar la vida a cada instante, de abrirme a otros espacios, antes estaba cerrada, he aprendido a arriesgarme con sentido, día a día, amar a la gente con la que estoy, sacarle mucho al instante, siento de toda esta experiencia que hay otros medios para conseguir lo económico, me pueden querer, amar también, me he vuelto más observadora, cuando me tocan el cuerpo, ya siento que me tocan el ser, mi alma; sin embargo también tengo caídas, aunque me duelan, ya no me dan tanto miedo, solo queda en ese instante levantar la cabeza y pararme de nuevo... “[18].
En esta fase de transformación, Paulina conciente de su facticidad y temporalidad,[19] asume la responsabilidad de existir auténticamente, que no es más que verse en el espejos de los otros Dasein, se proyecta en ellos y se encuentra en ellos, su cuerpo limite natural de la existencia, le recuerda lo frágil que es, que somos, sus cicatrices le descubren las oportunidades dadas por la existencia de ser lo que es, Kierkegaard plantea que este descubrir es un alcanzar un estadio superior. Es el momento en el cual una persona adquiere, no solo la sensación, sino la vivencia, la certeza de estar unido al todo por una fuerza intangible y superior a sí mismo. Dolor, fuerza, esperanza, tristeza, deseos, ansiedad, alegría, todo hace parte de uno, todo esta unido por lazos invisibles[20].
La vida de Paulina ha consistido en encontrar esos lazos y asimilarlos, que la han hecho una princesita, amorosa, tierna y dura, de tal suerte que no hay diferencia radical y distante en el yo y su mundo, el yo y el otro, sino que todo hace parte de una relación que amarra todas las experiencias vitales, profundas y otras pos estéticas que sean.
Paulina Cote hoy respira otros aires, y por su mente joven transitan plácidos sueños de vida; hoy ella es una integrante de ese inmenso comunidad de personas e instituciones que todavía cree en la esperanza cierta de que otro mundo es posible, más cuando conoció de cerca el otro lado, el de la desesperación, la pobreza, la guerra urbana. Y confirmar que “Lo mejor que puede hacer un hombre o una mujer es transformar su vida en conciencia” (Malreux).
|