| El ejercicio intertextual que vamos a emprender en torno al fenómeno del enamoramiento, podemos denominarlo una lectura de Yela con Freud. Se tratará, efectivamente, de un recorrido por el apartado denominado “El enamoramiento” que hace parte de la sección dedicada a “El curso Temporal del amor”, en el capítulo titulado “El amor, el individuo y las relaciones interpersonales” del texto El amor desde la Psicología social,del Autor Carlos Yela García, a la luz de la teorización freudiana sobre el fenómeno del enamoramiento. Hay que decir, antes de iniciar este camino, que el autor de la investigación psicosociológica mencionada ya ha incluido a Freud como una de las fuentes de su texto. Con lo cual este artículo lo único que hará será desarrollar de una manera un poco más extensa y detallada el camino iniciado por Yela. Digamos desde ya que en esencia el aporte del psicoanálisis en este artículo no estará en la vía de agregar nuevos descubrimientos, sino de aportar explicaciones de los mecanismos que permitan entender algunos de los hallazgos de las investigaciones psicosociológicas, visualizar algunas expresiones extremas y patológicas de algunos fenómenos, y aportar elementos para entender algunos casos que no se ajustan a las tendencias mayoritarias.
Carlos Yela inicia su sección titulada El enamoramiento, con un epígrafe de Chretienne de Troyes (s. XII) que dice “Nada afirma mi voluntad con mayor empeño que ese afecto que hace a mi voluntad cautiva”. Quizá no sea gratuito que el autor acuda a una fuente literaria y quizá tampoco sea gratuito que sea justamente una paradoja la expresión literaria elegida para este epígrafe. Detengámonos brevemente en su contenido, que promete ser rico en significación.
La paradoja consiste en que hay un afecto que hace a la voluntad cautiva, -es decir que se apodera de ella-, y en vez de debilitarla, como podría esperarse -ya que ha perdido su libertad-, por el contrario la afirma con mayor empeño. El valor de esta paradoja es tanto mayor, cuanto que la voluntad designa una de las llamadas facultades psíquicas superiores relacionada con capacidad del individuo para decidir por si mismo.
La paradoja se ilumina cuando se piensa en función del fenómeno del enamoramiento. Recordemos que la expresión cautivar se usa habitualmente en un sentido muy próximo al de enamorar, cuando alguien dice que una persona lo tiene “cautivado”, quiere decir se siente arrobado por ella. Lo más interesante es que, a la vez, cautivar remite a cautiverio, es decir a prisión. El enamorado que dice a su amada, como Don Quijote, “tuyo hasta la muerte” está admitiendo su condición de siervo de su “soberana” y la vez está afirmando su voluntad de pertenecerle.
Carlos Yela inicia su reflexión sobre el enamoramiento como un debate contra lo que llama una creencia generalizada, a saber, que el enamoramiento es un fenómeno impredecible y aleatorio; para ello apela a investigaciones psicosociológicas que desde hace varias décadas vienen trabajando con relación a tres aspectos del enamoramiento: sus rasgos característicos, los factores involucrados en su surgimiento y las causas últimas por las que aparece.
Empecemos por el último factor, que el autor ya había abordado en un apartado anterior del texto. Freud estaría del lado Yela y de los científicos sociales en el área de la psicosociología, en los que el autor se apoya. Desde varios costados el psicoanálisis objetaría la idea del carácter azaroso del enamoramiento o de la elección del objeto y la imposibilidad de determinar de antemano algunos de sus rasgos. Una de las premisas básicas del psicoanálisis es la sobredeterminación de los actos psíquicos, es decir la idea según la cual no existe la casualidad en la vida psíquica, sino una rigurosa causalidad, que no siempre es fácil de esclarecer, y en algunos casos no se logra; pero que no por ello deja de suponerse para todos los casos.
El mismo Yela, cuando hace referencia a las teorías centradas en el origen del amor (lo cual en este caso vale también para el enamoramiento en tanto que primera fase), sitúa las teorías freudianas del lado de lo que llama Las teorías clínicas o del déficit y menciona dos argumentos que apoyan la tesis de los factores que contribuyen a la predictibilidad y la determinación de la elección amorosa, uno de ellos es “la proyección”, en el sentido de colocar a la otra persona en el lugar de nuestro ideal del yo, y el otro factor es el efecto determinante del “modelo interior” en la elección del objeto de amor[1].
Vamos mencionar, de paso, dos argumentos más a favor de esta idea, que se derivan del recorrido realizado por la obra de Freud. Uno de los dos últimos artículos revisados de la producción freudiana se titula justamente Sobre un tipo particular de elección de objeto en el hombre (1910). Se trata de un condicionamiento patológico que determina uno de dos rasgos particulares en la mujer como requisito para convertirse en objeto de amor, en un caso la condición es que esté casada o tenga una pareja; y el otro caso es que sea una mujer de dudosa conducta. Mas allá de que se trate de casos patológicos, que remiten a deseos incestuosos, este artículo nos muestra que la elección amorosa puede ser condicionada desde lo inconsciente. El otro artículo se titula Sobre la más generalizada degradación de la vida amorosa (1912). En este texto Freud examina una escisión que se produce en la vida amorosa de los seres humanos en la cultura occidental, que permite predecir algunos de los rasgos de las mujeres que serán objeto de enamoramiento tierno y de aquellas que serán objeto de deseo sensual. En este caso se hace referencia a un cuadro clínico y a la vez a un rasgo estructural de la sexualidad masculina en nuestra cultura, que permite predecir ciertos rasgos del tipo de mujeres que suelen ser privilegiadamente objeto de enamoramiento por parte de los hombres.
El segundo aspecto del enamoramiento que el autor aborda para apoyar su argumentación opuesta a la creencia de que el enamoramiento es un fenómeno impredecible y aleatorio, está referido a sus características. Vamos a mencionar una a una las características del enamoramiento que Carlos Yela menciona en su texto y trataremos de hacer un comentario de lo que la investigación psicoanalítica puede aportar al respecto.
-“Grandilocuencia (entendida como un estado emocional extraordinariamente intenso, al que uno confiere una enorme importancia)”[2]; y para ejemplificarlo cita la única Carta Que le envía Don Quijote a Dulcinea. El ejemplo es particularmente valioso porque la Cervantes se vale de una hipérbole para mostrar con una nitidez extraordinaria una de las características de una de las formas históricas del enamoramiento que fue el amor cortés. Quizá lo que se podría agregar desde el psicoanálisis en torno a este punto es que el enamoramiento tiene la virtud de hacer emerger la dimensión literaria de la subjetividad que reposa en el inconsciente de cada sujeto. Uno de los hallazgos fundamentales del psicoanálisis es que el inconsciente tiene estructura literaria, está organizado como un conjunto de fantasías que determinan nuestra vida consciente. A las fantasías fundamentales Freud les llama “fantasmas originarios” y uno de ellos tiene que ver justamente con el tema de la pertenencia del sujeto a una familia real, es decir que es una suerte de princesa o príncipe. Dicho de otra manera, el enamoramiento permite introducir una dimensión literaria caballeresca en la vida de los enamorados que enriquece la experiencia vital, aliviando el peso de la tiranía de la razón, y que necesariamente tiene efectos en su lenguaje como los que señala Carlos Yela.
-“Intenso deseo de intimidad y unión con el otro (estar con él físicamente, tocarlo, abrazarlo, compartir experiencias, secretos, relaciones sensuales…)[3]. Esta característica coincide de una manera sorprendente con la definición del fin de la pulsión amorosa que Freud propone en su último modelo pulsional. En este modelo todas las pulsiones existentes en el ser humano se derivan de dos pulsiones básicas que son “Eros” y “pulsión de destrucción”. El fin de la primera es la ligazón o la unión: “Eros quiere reunir a los individuos aislados”[4]. El fin de la pulsión de destrucción es, por el contrario, “disolver los nexos y así destruir las cosas del mundo”[5]. Veamos la definición que el Freud propone sobre el acto sexual “una agresión con el propósito de la unión más íntima”[6]. Veamos otro comentario freudiano sobre el comportamiento de las parejas de enamorados que corrobora lo anterior: “En el ápice de la relación amorosa, no subsiste interés alguno por el mundo circundante; la pareja se basta a si misma, y ni siquiera precisa del hijo común para ser dichosa. En ningún otro caso el Eros deja traslucir tan nítidamente el núcleo de su esencia: El propósito de convertir lo múltiple en uno”[7]
-“Aparición súbita (el famoso “flechazo”)”[8]. Quizá este factor se derive del papel fundamental que juegan los procesos inconscientes en el fenómeno del enamoramiento, lo cual facilita que con frecuencia el sujeto solamente se percate del resultado y no del proceso inconsciente que lo produjo, con lo cual es entendible que lo registre a nivel de su autopercepción consciente como si hubiera aparecido de golpe. La expresión “enamoramiento a primera vista” es una hipérbole que nos puede ayudar a entender el fenómeno del enamoramiento si sabemos tomarla en su justo sentido. Estrictamente hablando, “a primera vista” escasamente podemos admirar la belleza física de otra persona y por más fuerte que sea esta impresión difícilmente podemos decir que equivale a un enamoramiento; pero, si entendemos la expresión en el sentido de “enamoramiento en premier encuentro”, es decir una situación en la que además de la vista intervienen otros lenguajes no visuales como el verbal, incluso el táctil, así sea mínimo; entonces sí podemos suponer que se pongan en marcha, en un tiempo inusitadamente breve, los procesos inconscientes que desembocan en el enamoramiento.
-“Intenso deseo de reciprocidad (que el otro también esté enamorado de nosotros) e intenso temor al rechazo”[9]. El autor se apoya en una cita de Tomas Hobbes para ilustrar esta característica “Llamamos amor por una persona al intenso deseo de ser deseados por ella”. En un artículo titulado Tipos Libidinales, Freud postula tres tipos básicos de carácter en función de la distribución de la energía de la pulsión amorosa en la vida psíquica. De acuerdo con el autor, si hay una proporción relativamente mayor de libido en el yo, tendremos un tipo libidinal fundamentalmente narcisista; si la proporción mayor de libido está en el superyó, tendremos un tipo libidinal compulsivo u obsesivo; y si tenemos una mayor proporción en el ello, tendremos un tipo libidinal erótico: “amar, pero en particular ser-amado es lo más importante para ellos. Los gobierna la angustia ante la pérdida de amor”[10] Esto que el autor plantea para el amor lo podemos admitir para el caso del enamoramiento. Mientras que en el tipo libidinal narcisista ocurre lo contrario “En la vida amorosa se prefiere el amar al ser-amado”[11]. Sin embargo esta preferencia no implica la ausencia del deseo de reciprocidad. En algunos autores psicoanalíticos, posteriores a Freud, especialmente en Jacques Lacan, este sesgo se acentúa, no solamente en relación con el enamoramiento y el amor sino también con respecto al deseo. Una de las definiciones del deseo que propone este autor, siguiendo a Heggel es el “deseo de reconocimiento”, en el mismo sentido de deseo de ser deseado al que se refiere Hobbes. Para Lacan no solamente el amante desea reciprocidad del objeto y teme el rechazo sino que “amar es, esencialmente, desear ser amado”[12]. Con respecto al temor del enamorado a no ser correspondido, Freud menciona este factor como el costado débil de la técnica de vida que sitúa el amor en el punto central de la existencia. Al respecto dice: “El lado débil de esta técnica de vida es manifiesto; si no fuera por él, a ningún ser humano se le habría ocurrido cambiar por otro este camino hacia la dicha. Nunca estamos menos protegidos contra las cuitas que cuando amamos; nunca más desdichados y desvalidos que cuando hemos perdido al objeto amado o a su amor”[13]
-“Pensamientos frecuentes e intrusivos sobre el otro (que resultan incontrolables e interfieren la actividad normal de la persona)”. Desde el psicoanálisis se puede contribuir a la explicación de esta característica en virtud de la determinación fundamentalmente inconsciente del enamoramiento. Los pensamientos frecuentes se explican por la naturaleza misma del fenómeno, en virtud del cual la cantidad principal de las investiduras libidinales son desplazadas sobre la representación del objeto amado y el carácter intrusivo de los pensamientos está en relación con la imposibilidad que tiene la vida psíquica consciente de gobernar lo fundamental de la vida amorosa. En la medida en que el objeto opera desde el inconsciente del enamorado, de manera similar a como el hipnotizador se coloca en el lugar del inconsciente del hipnotizado, su representación irrumpirá de manera involuntaria en la ilación de los procesos conscientes a la manera de una ocurrencia insistente, sin que el sujeto pueda evitarlo.
-“Pérdida de la concentración (para el resto de las conductas cotidianas)”[14]. Está muy relacionada con la anterior. Esta característica tiene que ver con el fenómeno de la atención y su descripción psicológica es realizada con mayor lucidez por Ortega y Gasset[15] que por el mismo Freud. Quizá el acento freudiano recae más sobre la dimensión económica del fenómeno. La sobrecarga libidinal de una representación tiene como correlato el retiro o el debilitamiento de las investiduras libidinales de otras representaciones.
-“Fuerte activación fisiológica ante la presencia (real o imaginada) del otro (excitación, nerviosismo, sudoración de las manos, aceleración cardiaca, euforia…). A esto podríamos agregar la activación sexual, y lo más significativo es que dicha activación pueda producirse aún en ausencia del objeto por obra de la imaginación, por lo cual se dice que el cerebro es la zona erógena más importante del ser humano. Hablar de presencia (real o imaginada) es hablar de representación consciente (percepción en el primer caso y activación de la huella psíquica de la imagen visual, en el segundo). El poder que ciertas representaciones, especialmente la de los objetos de amor, adquieren sobre el cuerpo, son corroboradas por la investigación psicoanalítica, no solamente en el campo de la experiencia cotidiana, sino también en función de su influencia en el desarrollo o curación de importantes cuadros patológicos.
-“Hipersensibilidad ante los deseos y necesidades del otro”[16]. Lo que empieza como un juego de adivinar el deseo del otro puede llegar mucho más lejos, como lo corrobora la clínica psicoanalítica, puede ocurrir que el enamorado pueda anticiparse a los deseos de su objeto de amor, por estar vinculado de manera directa a su inconsciente, es decir que se entere de lo que éste desea antes de que él mismo se haga consciente de ello. En el caso del enamoramiento extremo se llega a un estado de no diferenciación entre los deseos propios y los del otro, con lo cual los deseos del otro pueden llegar a ser vivenciados como propios en un grado mayor de intensidad que en él mismo y que los propios deseos que del sujeto. El campo del deseo es quizá donde mejor se logra, así sea de manera temporal, esa aspiración a la fusión en una sola unidad, propia de los enamorados. Esta hipersensibilidad a los deseos y necesidades del otro también tiene otro costado que se puede examinar a la luz del psicoanálisis: la aspiración de ser único en el deseo de la persona amada se traduce en un esmero por capturar toda la atención de ella y esto, a su vez, en el intento de que la satisfacción de todos sus deseos y necesidades se sacien a través del sujeto amante.
-“vulnerabilidad psicológica”. Esta vulnerabilidad tiene varias dimensiones, la primera de ella tiene que ver con el trastorno de la economía libidinal que ocasiona el enamoramiento, ya que acarrea un empobrecimiento del yo y una crisis narcisista que entraña muchos riesgos para el sujeto. La segunda dimensión tiene que ver con el campo de la significación: en la medida en que el objeto amado es colocado en el lugar del ideal del yo, desde allí va a tener el poder de sancionar cada acción del sujeto como una especie de juez absoluto. Este poder sobre las significaciones del enamorado puede ser usado, en el peor de los casos, para conducir a éste a la autodevaluación más radical, a deshacer vínculos profundamente significativos, a abandonar proyectos que han sido fundamentales para su vida etc. También puede ocurrir, afortunadamente, lo contrario: que la valoración por parte del objeto amado se convierta para el enamorado en ocasión de afirmación personal y de conquistas significativas en diversos campos.
-“Cierta timidez ante el otro”. La timidez se explica por la magnificación del otro gracias al exceso de investiduras libidinales que se depositan en la representación del mismo. No se trata de una impostura, sino de la expresión de la desproporción de libido que se ha depositado en el objeto que lo sobredimensiona y correlativamente empequeñece al yo. Es decir, la timidez del enamorado es justificada ya que, en virtud de esta distribución libidinal, su posición es la de un fiel ante su divinidad, o la de un humilde siervo ante sus reyes. Por ello la fórmula empleada por don Quijote para encabezar la carta en la que se dirige a su amada Dulcinea, es la justa para un amante en la cima del enamoramiento: “Soberana y alta señora”.
-“Sentimientos ambivalentes (el famoso dulce tormento)”. Tanto el concepto de ambivalencia, como la descripción y la teorización del fenómeno tienen su origen en el psicoanálisis, aunque luego este concepto haya tenido desarrollos en otros campos de la reflexión psicológica. En su sentido más amplio el concepto se define como la “Presencia simultánea, en relación con un mismo objeto, de tendencias, actitudes y sentimientos opuestos, especialmente amor y odio”[17]. Desde el punto de vista clínico la dimensión de la ambivalencia más significativa y más estudiada es la coexistencia simultánea del amor y el odio. Este fenómeno que en su origen era interpretado más en la vía de una contingencia clínica, poco a poco fue revelando su dimensión de fenómeno estructural, es decir su condición de fenómeno universal de la vida amorosa, que alcanza sus cimas más elevadas en el enamoramiento. Pero una formulación así no era posible sin contar con el concepto de “inconsciente” ya que desde el punto de vista fenomenológico regularmente en los casos de un importante conflicto manifiesto se vuelven visibles sus signos; mientras que ordinariamente ocurre más bien lo contrario, que uno de sus dos polos deviene consciente mientras que el otro se mantiene a nivel latente.
La proliferación de expresiones contradictorias, en apariencia, en el discurso amoroso, como la que cita Yela y las otras que mencionamos en la primera parte de este trabajo, de los más diversos autores, nos permite orientarnos respecto de una dimensión del fenómeno del enamoramiento que lo vuelve refractario a la comprensión del sentido común racional apegada a la lógica formal que excluye la posibilidad de la coexistencia de los contrarios. Uno de los rasgos del fenómeno del enamoramiento tiene que ver justamente con que se rige más por las leyes del inconsciente que por las leyes de la lógica que rigen los procesos conscientes, gracias a ello los contrarios pueden coexistir sin que necesariamente deban articularse en una síntesis. Quizá por ello los poetas pudieron incursionar mucho antes que las ciencias sociales en el estudio de este complejo fenómeno psicológico.
Ya mencionamos en la primera parte de este trabajo las expresiones que han acuñado algunos autores para subrayar la naturaleza de este fenómeno vg, “odioamoramiento” o “amorodiamiento”, quizá a esta serie podríamos agregar un neologismo propuesto por Ortega y Gasset, “enodiamiento” para señalar en el enamoramiento la íntima coopertenencia del amor y el odio, que él llama “gemelos enemigos idénticos y contrarios”[18]
En la psicología social analítica del enamoramiento, la noción de ambivalencia aparece hacia el año 1910, pero habrá que esperar al menos diez años más, para que la noción de pulsión de destrucción permita articular su lugar definitivo en el edificio teórico freudiano.
Efectivamente el tercero y último de los modelos pulsionales de Freud, propone que todas las pulsiones y los sentimientos que se derivan de ellas son producto de la acción conjugada y contraria de las dos pulsiones primordiales que son Eros y Pulsión de Destrucción[19]. Es decir que la noción de pulsión en Freud es una construcción dialéctica que incluye en su interior el conflicto de fuerzas, así la pulsión sexual y la pulsión amorosa (en el sentido restringido, vinculado al enamoramiento) ya implican la presencia simultánea de componentes eróticos y destructivos.
Desde este punto de vista resulta fascinante esa dialéctica que mencionamos en la primera parte, en relación con la dinámica canibalística de la relación del yo enamorado con el objeto amado: el yo procura apoderarse del objeto, devorarlo por así decir, mediante su introyección y ubicación en el lugar del ideal del yo; pero una vez instalado allí, el objeto se apodera de la mayor cantidad de libido disponible y puede llegar a devorarse al yo que lo devoró. Hay una dimensión bélica en esta dinámica, en la que el objeto termina victorioso y el yo sucumbe radicalmente, en el interior de la subjetividad del enamorado. De todos modos, sea cual fuere el resultado, una vez que se atraviesa la fase del enamoramiento hay un enriquecimiento psíquico, que son los precipitados identificatorios del objeto que quedan en el yo de quien estuvo enamorado que, como el ave fénix, renace de las cenizas después de morir de amor.
Este es un argumento importante a favor de la experiencia del enamoramiento, en función del papel que juega en el proceso de transformación y enriquecimiento de la vida psíquica de un sujeto. Estamos hablando de los enamoramientos profundos que conmocionan las bases de la subjetividad. Los sujetos profundamente narcisistas que difícilmente se enamoran de manera profunda, aunque tengan mucho éxito en cuanto a su poder seductor y al número de sus conquistas amorosas, tienden a permanecer muy semejantes a si mismos a lo largo del tiempo, lo cual en términos psicológicos termina constituyendo una forma de pobreza psíquica, en la medida en que no hay una renovación de su acerbo identificatorio.
-“Atención selectiva (centrada en el otro)”. Esta característica está muy vinculada con otra que ya mencionamos: la pérdida de la concentración para el resto de las tareas cotidianas. En realidad es la causa de ella. Ahora bien, esta atención selectiva puede jugarse en distintos estratos de la vida psíquica. En los casos más evidentes y típicos esa atención selectiva inunda la conciencia. Como dice Ortega y Gasset “La conciencia se angosta y contiene sólo un objeto. La atención queda paralítica: no avanza de una cosa a otra. Esta fija, rígida, presa de un solo ser”[20].
Cuando se trata de un enamoramiento al que se oponen violentas resistencias, por chocar con los reparos morales del sujeto, o resulta amenazante por diversas razones, puede ocurrir que el sujeto logre mantener la representación del objeto ausente de la conciencia y que el proceso de enamoramiento se desarrolle de una manera fundamentalmente inconsciente. En estos casos, la desconcentración aparece como síntoma, sin que necesariamente aparezca todavía la representación del objeto amado, y también puede ocurrir que valiéndose de cualquier vínculo asociativo, o de cualquier descuido de las resistencias se imponga a la conciencia bajo la forma de un pensamiento intrusivo. Nuevamente la explicación económica es fundamental para entender este fenómeno. En la medida en que la representación del objeto se apodera de una magnitud importante de la energía psíquica de la pulsión amorosa el sujeto, la atención no puede despegarse de ella. Ortega acude a una metáfora del argot popular: “sorber los sesos”, que ilustra muy bien la vivencia de este fenómeno.
-“Idealización del otro (Percepción de características positivas en la otra persona, mediante una visión positivamente sesgada)”[21]. Yela ilustra esta característica con un comentario de Sancho, en la obra de Cervantes. El personaje advierte, refiriéndose al enamoramiento, que “mira con unos anteojos que hacen parecer oro el cobre, a la pobreza riqueza, y a las legañas, perlas”[22]. El concepto idealización tiene dos dimensiones que comentaremos brevemente.
La primera y más conocida se refiere a elevar a un objeto a la condición del ideal y colocarlo en el lugar del el “ideal del yo” que es una instancia que hace parte del “yo” pero ocupa un lugar relativamente independiente dentro de la organización yoica. En este caso se entendería como aquello que el yo aspira “ser”. El ideal tiene su origen en el deseo del yo de ocupar el lugar de otro; y este deseo del yo de ocupar ese lugar responde al hecho de que ese “otro” es amado o deseado por el objeto de deseo del yo. Entonces el deseo de ocupar el lugar de ese “otro” que tiene una fuerte carga de envidia y hostilidad se transforma, gracias a la identificación, en el deseo de ser como ese “otro”. Este proceso acontece mediante una interiorización de la representación de ese “otro”, así se forma originariamente “ideal del yo”. Con el paso del tiempo esta instancia “ideal” pierde su carácter “personal” digámoslo así, se vuelve más impersonal, más abstracta, más ideativa. Señalemos de paso que, desde su origen mismo la relación del yo con el ideal del yo, tiene en su base, la antigua tensión hostil entre el yo el objeto que se interioriza -más exactamente una relación de una profunda ambivalencia-. Esta ambivalencia marcará la relación del yo con su ideal, y después marcará la relación del yo enamorado con el objeto amado, que se es colocado en el lugar del ideal.
La segunda dimensión del término idealizar se refiere a una transformación cualitativa que ocurre en la representación del objeto, y es que pierde poco a poco la condición de representación de cosa (imagen) y adquiere la dimensión de representación de palabra (idea). En este sentido idealizar es convertir al objeto en una idea.
Vamos a ver ahora los efectos que tienen para la idealización del objeto amado estas dos dimensiones de la idealización. Con respecto a la primera dimensión de la definición, podemos decir que al ser colocado el objeto en el lugar del ideal le son conferidos los atributos que en el sujeto tiene esta instancia de acuerdo con las perfecciones reales o fantaseadas del modelo sobre el que se haya edificado. El objeto disfruta así de la más alta consideración, pero también está expuesto a ser objeto del odio feroz y devastador del amante desilusionado, si no se sostiene en ese lugar que le ha sido asignado. La dimensión tremendamente agresiva que hay detrás de todo proceso de idealización se puede constatar en otros campos, en los que este rasgo está presente. En el comportamiento de ciertos fanáticos del fútbol podemos observar la facilidad con la que un amor por su equipo o por una de sus estrellas pasa súbitamente a un odio feroz, cuando son decepcionados en un momento crucial.
Con respecto a la segunda dimensión de la definición, nos referiremos a los efectos de lo que podríamos llamar una “desmaterialización” del objeto, en virtud de su idealización (incluso en algunos casos podría hablarse de una deshumanización, en el sentido de una deificación del mismo, el objeto se vuelve una especie de religión privada para el sujeto). Decimos entonces que, con la idealización del objeto amado, empieza a primar sobre la representación de este su condición ideativa. Esto tiene consecuencias radicales, que llevadas al extremo pueden llevar a una transformación cualitativa del vínculo, en virtud de la cual se convierte en otra cosa, diferente al amor. Esto ocurre porque en la misma medida que el objeto es idealizado es des-sensualizado, y una vez des-sensualizada la representación del objeto, pierde la propiedad de atraer sobre sí el deseo, en el sentido de deseo erótico, y entonces el afecto que recae sobre el objeto toma la forma de una ternura, que puede llegar a ser muy intensa, y que garantiza un lazo muy firme, pero que carece de la dimensión agresiva y posesiva, que está más del lado de la dimensión sensual del amor. La idealización, cuando sobrepasa ciertos límites, inhibe radicalmente la agresividad del enamorado para ir en pos del objeto y procurar conquistarlo, y toma la forma de la servidumbre humillada de un admirador incondicional que está dispuesto a compartir su objeto con una multitud, a la manera como el adolescente comparte su ternura hacia una estrella del espectáculo con la multitud de fanáticos. Se trata ciertamente de una experiencia psicológica vinculada con el fenómeno del enamoramiento, pero que tiende a alejarse de la experiencia del amor romántico y a acercarse más a la psicología experiencia del amor cortés, tal como es descrito por Denise de Rougemont. En el límite del amor cortesano la amada es una idea pura que no requiere de un referente objetivo para sustentarse, como lo corrobora el autor citando a Godofredo Rudel, un poeta de las primeras generaciones de trovadores provenzales: “Tengo una amiga pero no se quien es, pues jamás fue mía ni la vi…y mucho la amo…ninguna alegría me place tanto como la posesión de este amor lejano”[23].
-“Ausencia de control voluntario sobre tales sentimientos”[24]. Sobre este aspecto ya hicimos referencia a propósito de la paradoja que cita el autor en el epígrafe con el que inicia el capítulo.
Vamos a pasar ahora al tercer aspecto del enamoramiento que aborda Carlos Yela en su texto. Este trata sobre los factores que precipitan el enamoramiento. Procederemos de la misma manera, haciendo primero la referencia al texto de Yela y luego aportando un comentario desde la psicología social analítica, en aquellos casos que sea pertinente.
Vamos a citar en su extensión un párrafo en el que Carlos Yela logra en una síntesis admirable -tanto por su capacidad de condensar una gran cantidad de teorías, como por su claridad-, aportar una imagen de los factores fundamentales cuya combinación da lugar al surgimiento del enamoramiento: “Podríamos decir que el enamoramiento (en nuestra cultura actual, insisto) se produce fundamentalmente por la combinación de tres factores: suele comenzar con una atracción física hacia otra persona, se acrecienta con una atracción personal hacia ella, y se dispara definitivamente cuando existe un conocimiento o una sospecha fundada de que existe reciprocidad e atracción (que esa persona también se siente atraída física y personalmente hacia nosotros)”[25]
El autor agrega, apoyándose en otros autores, que “a modo de condición necesaria se requiere de una cierta proximidad (propincuidad), no sólo espacial, sino también interpersonal”[26]. Antes de empezar a comentar el primero de estos tres factores, haremos un breve comentario a propósito del elemento de la propincuidad. La vecindad y la afinidad son dimensiones objetivas de la proximidad, una dimensión subjetiva fundamental de la proximidad es la semejanza. En nuestra vida psíquica, las representaciones que tienen aspectos semejantes tienden a vincularse asociativamente, por esos puntos de semejanza, con lo cual devienen próximas entre sí. En esa perspectiva la máxima proximidad psíquica sería la identidad de dos representaciones entre sí. Esto nos pone de cara con un aspecto profundamente narcisista del fenómeno del enamoramiento. Una de las afirmaciones que se pueden derivar de la investigación psicoanalítica es que en el enamoramiento nos enamoramos de nosotros mismos por medio del otro. Si bien esto es cierto, lo es sólo parcialmente, es decir en un sentido. Desafortunadamente estas afirmaciones suelen enunciarse sin sus respectivas precisiones y matices, con propósitos de escandalizar y provocan malentendidos que no contribuyen para nada al desarrollo del conocimiento y, por el contrario, desorientan más de lo que pretenden iluminar.
Es menester que el sujeto pueda reencontrar algo suyo en el objeto para que pueda enamorarse de él. Ese “algo suyo” no necesariamente habrá de ser en el sentido objetivo, puede ser algo que está en su historia, aunque ya no exista, o algo suyo en el ámbito desiderativo, es decir como un ideal, o un deseo no realizado en el campo personal. Por ello es que Freud dice que en el objeto nos enamoramos de algo que somos, que fuimos, o que deseamos ser[27].
En al primer caso el enamoramiento tendría una connotación más narcisista y más susceptible de derivaciones patológicas. Daría lugar a esas parejas de enamorados que parecen gemelos. Para que esto ocurra es condición subjetiva necesaria que haya una gran proximidad entre el “yo” y el “ideal del yo”, de suerte que se pueda hablar de lo que Freud llama un “yo ideal”. Así la exigencia para el objeto será que se comporte como una suerte de espejo. Este tipo de vínculos, justamente por el exceso de semejanza, tienden a entrar con mucha facilidad en la dinámica de las rivalidades especulares, las cuales pueden llegar a límites de una alta tensión agresiva.
En el segundo caso es condición de enamoramiento que el objeto amado posea un rasgo de un objeto que haya sido significativo para el sujeto en su historia y que en virtud del mecanismo de la identificación se ha interiorizado en el sujeto (y en ese sentido puede decirse que hace parte de él). Se trata de los casos típicos en los que el vínculo del enamorado con su objeto es una especie de homenaje a su historia, que en muchos casos contrasta e incluso riñe de una manera muy llamativa con las circunstancias y los ideales presentes del sujeto, dando lugar a cuadros un poco exóticos de personas que cuando se enamoran, su vida amorosa aparece disociada de las restantes esferas de su vida y exhibe un rasgo particularmente arcaico. Esto que puede sonar un poco extraño aparece con una cierta regularidad en la experiencia clínica, especialmente en mujeres que en la mayoría de los ámbitos de sus vidas son autónomas e incluso despliegan cierto liderazgo y cuando se enamoran asumen una posición infantil frente a su pareja, frente a la cual manifiestan una sumisión extrema que las hace objeto de diversas clases de abusos. Pero también pueden encontrarse relaciones que se fundan en este patrón, que no presentan rasgos patológicos. En este caso la proximidad física y que el objeto de amor proceda del mismo complejo cultural favorece el enamoramiento ya que aumenta significativamente las probabilidades de encontrar un objeto con rasgos semejantes a los objetos significativos de la historia del enamorado.
El tercer caso, en el cual el sujeto encuentra en el otro lo que desea ser, en sus expresiones más exacerbadas da lugar a esos cuadros, típicos de los jóvenes que se enamoran de sus maestros. En este caso el sujeto intenta conquistar su ideal por la vía de apropiarse de él en la realidad objetiva. Esta vía, como las anteriores tiene expresiones patológicas y expresiones saludables, estas últimas son la mayoría. Una vez que el estado del enamoramiento cede o se ha perdido el objeto por alguna razón, quedan como herencia en el sujeto rasgos de aquél. Es por ello que con alguna frecuencia encontramos que las parejas de grandes personalidades, que no necesariamente eran figuras destacadas en su campo, tras la separación o desaparición de su objeto de amor, devienen ellas mismas personalidades en ese mismo campo con una producción propia de gran valor. Esto no se explica exclusivamente por los efectos del enamoramiento, se requieren por supuesto otras condiciones como el talento, la formación y la capacidad de trabajo, entre otros elementos. La proximidad, en el sentido de la afinidad, es decir compartir un mismo ámbito de intereses y, en consecuencia, un mismo círculo interpersonal con el objeto, es fundamental en este caso.
Pasemos ahora al comentario del primero de los tres factores que, de acuerdo con Yela, se combinan para producir el enamoramiento en nuestra cultura: la atracción Física. El autor descompone este factor en otros tres. Veamos: “En la atracción física hacia una persona intervienen varios factores, entre los que la literatura especializada ha destacado el propio atractivo físico del percibido, la activación fisiológica del perceptor, y las pautas de seducción entre ambos.
Según Carlos Yela, decenas de autores ponen de manifiesto, teórica y empíricamente, la importancia del atractivo físico en el enamoramiento. Agrega que “algunos autores han descubierto que, como regla general, los estímulos desencadenantes de la atracción física se centran principalmente en las características que, bien de forma natural o bien por costumbres socioculturales, diferencian a uno y otro sexo”[28]. El autor hace una interesante enumeración algunos rasgos diferenciales y otros comunes que efectivamente son universales en los patrones de belleza de nuestra cultura occidental: “los hombres tienden a sentirse atraídos por mujeres sin vello, con pechos prominentes y turgentes, cinturas estrechas, caderas moderadamente anchas, cejas finas, piel suave, complexión sinuosa, y piernas esbeltas (entre los rasgos definidos culturalmente que tienden a reforzar esas diferencias, están la depilación, el uso de escotes, el maquillaje, las uñas y pelo largos, el uso de tacones, la ropa ceñida, y las faldas cortas). Por su parte, las mujeres se sentirían atraídas, en general, por hombres con espaldas y pecho amplios, caderas no anchas, cejas pobladas, complexión robusta (altura, fuerza…) manos grandes, nalgas pequeñas, ausencia de tripa, rasgos faciales moderadamente grandes –ojos, boca, labios, nariz- (pero no exagerados) piel dura y mandíbula fuerte. Ambos géneros compartirían la atracción por los signos de salud y juventud (y consecuentemente, el rechazo de los signos de enfermedad y/o vejez)”[29]
Pero el autor también tiene en cuenta mencionar que existe otra serie de rasgos externos que dependen de los valores personales y grupales del perceptor y también menciona que existen las preferencias particulares de cada persona que no dejan de estar influenciadas por sus redes interpersonales y los criterios socioculturales.
Podría decirse que hay un acuerdo tácito entre los planteamientos de Freud y la tesis de Yela, a este respecto. Quizá este punto sea particularmente apropiado para mencionar uno de los rasgos del enfoque de la psicología social analítica que se inaugura con la producción freudiana. Este tiene que ver con el abordaje los casos particulares en los que aparentemente contradicen las leyes generales; y no precisamente para impugnar la capacidad explicativa de los saberes establecidos y promover una especie de anarquismo epistemológico; sino, por el contrario, para indagar esas otras leyes que ayudan a entender la emergencia de esas particularidades, en un afán en un todo congruente con la tarea de la comunidad científica en el sentido más general.
Aparte de constatar que efectivamente en el plano de la experiencia cotidiana existen seres de una belleza que produce efectos de encantamiento en los perceptores; uno de los aportes originales que el psicoanálisis puede hacer a la reflexión de la relación de la belleza con el enamoramiento, radica en lo que podríamos llamar la psicología del placer estético. Es decir la indagación sobre los mecanismos psicológicos que intervienen para que algo llegue a ser percibido como bello. La investigación psicoanalítica en esta dirección ha arrojado resultados sorprendentes. Se trata de un campo complejo que puede llevarnos muy lejos de los propósitos de este artículo, pero mencionaremos, así sea de paso, dos comentarios. El primero de ellos, una breve reflexión de Freud sobre la belleza que orientará al lector en la vía de las consecuencias teóricas que después se desprenderán de la misma: “Por desdicha, también el psicoanálisis sabe decir poquísimo sobre la belleza. Al parecer, lo único seguro es que deriva del ámbito de la sensibilidad sexual; sería un ejemplo arquetípico de una moción de meta inhibida. “la Belleza” y el “encanto” son originariamente propiedades del objeto sexual. Digno es de notarse que los genitales mismos, cuya visión tiene siempre efecto excitador, casi nunca se aprecian como bellos; en cambio, el carácter de la belleza parece adherir a ciertos rasgos sexuales secundarios”[30]. Esta observación, unida a la constatación clínica del horror que suscitan para muchos hombres los genitales del sexo opuesto, permite la construcción de una concepción psicoanalítica de la belleza que llevará a Lacan a una formulación, estrictamente freudiana, que resulta a la vez escandalosa y enigmática para el sentido común: “la belleza es el velo del horror”[31]. Podríamos decir, para concluir con este comentario, que el fundamento del enamoramiento coincide con el placer de lo estético en que ambos tienen que ver con mociones de meta inhibida, y que otro aspecto en que coinciden es que ambos hacen soportables, incluso dignas, dimensiones de la experiencia humana que de otra manera serían objeto de horror, tal como lo mostramos en la relación del amor con las pulsiones parciales en la primera parte de este trabajo.
Con respecto al papel del atractivo físico, Carlos Yela menciona en su texto que “ha sido verificada empíricamente de manera sistemática la vigencia del “efecto de halo” sobre la atracción, por el cual tendemos a atribuir rasgos personales positivos a personas físicamente atractivas”[32]. También en este caso la corroboración de la psicología social analítica viene anudada al aporte de elementos explicativos que permitan entender los mecanismos psíquicos inconscientes gracias a los cuales se produce: “La estima psíquica de que se hace partícipe al objeto sexual como meta deseada de la pulsión sexual, sólo en los casos más raros se circunscribe a los genitales. Más bien abarca todo su cuerpo y tiende a incluir todas las sensaciones que parten del objeto sexual. La misma sobrestimación irradia al campo psíquico y se manifiesta como ceguera lógica (debilidad de juicio) respecto de los productos anímicos y de las perfecciones del objeto sexual, y también como crédula obediencia a los juicios que parten de este último”[33]. Esto que Freud llama transferencia de la sobreestimación, ocurre gracias al desplazamiento del valor psíquico de una representación a otra, propio de las leyes que rigen para lo inconsciente. Esta misma explicación es válida para la referencia que hace Yela a la asociación “bello-bueno”, sobre la que incide José Luis Sangrador.
Finalmente con respecto al papel que juega el atractivo del perceptor en el fenómeno de la atracción y esta a su vez en el enamoramiento, Yela plantea que “Otro efecto constatado por la investigación es que a pesar de desear que nuestra pareja tenga el mayor atractivo posible, tendemos a sentirnos atraídos, a enamorarnos y a emparejarnos con personas de similar atractivo físico, posiblemente en función de una evaluación previa- seguramente inconsciente- de la posibilidad de reciprocidad. Es el fenómeno conocido como la “hipótesis del matching”[34]. Quizá lo único que se me ocurriría agregar al respecto, desde el psicoanálisis, es que esto prueba que en la mayoría de las personas funciona de manera más o menos adecuada lo que Freud llama el “principio de realidad”.
El segundo factor que menciona Yela a propósito del fenómeno de la atracción física, es la activación fisiológica. El autor afirma que este “es un factor fundamental en la atracción sentida hacia una persona”[35]. A momento seguido hace una advertencia importante para la adecuada consideración de este factor: “aunque (como casi siempre que hablamos de factores biológicos –fisiológicos, neuroquímicos, hormonales…-) no está del todo claro si son parte de las causas de esa atracción física, si son parte de sus efectos, o si son el correlato conductual, a nivel fisiológico del fenómeno global de la atracción (como ya hemos sugerido anteriormente)”[36]. La posición de Freud frente a este tema, contrariamente a lo que podría suponerse, no es abogar por la omnipresencia del determinismo psíquico sobre los factores orgánicos. Si bien el trabajo de la investigación psicoanalítica aporta mucho en esta vía, no deja de reconocer la influencia que tiene por ejemplo el refuerzo fisiológico de la pulsión sexual después del período de latencia para que la vida amorosa del muchacho adquiera otras dimensiones, dentro de las cuales está la búsqueda de objetos de amor por fuera del ámbito familiar y se apreste para las primeras experiencias de enamoramiento. Incluso desde antes, en su teorización sobre la sexualidad infantil el autor muestra como la primera experiencia de profundo enamoramiento hacia el final del Complejo de Edipo, coincide con el momento en que el desarrollo del primer florecimiento de la vida sexual ha llegado a su máximo auge. Incluso podríamos agregar que el apaciguamiento de la vida amorosa que sobreviene en la fase de latencia está en relación con esa interdependencia e interacción recíproca de lo somático y lo psíquico.
En el contexto del tema de la activación fisiológica, Yela hace referencia a que “El estrecho vínculo entre “arousal” y el enamoramiento nos remite a la gran importancia del contexto situacional en el surgimiento del enamoramiento”[37]. A continuación menciona algunas situaciones como: lugares ruidosos, novedosos, placenteros y distintos de la rutina, y situaciones peligrosas o amenazantes. Desde la psicología social analítica quizá se podría aportar la pregunta sobre otros factores de índole psicológica que se ponen en juego en estos contextos situacionales, además de la actividad física, que podrían contribuir al desarrollo de la tesis de una retroalimentación recíproca de lo somático y lo psíquico en estos casos. Algunos de estos factores serían: la distracción de la conciencia y la confusión de la percepción que favorece un contexto como el de las discotecas; el sustraer al objeto del seducción de los objetos que ordinariamente capturan su atención para lo cual son propicios los lugares novedosos; asociar la representación propia a experiencias gratas compartiendo experiencias placenteras; ofrecerle al otro protección contra un peligro puede despertar fantasmas arcaicos poderosos que favorecen el enamoramiento, la complicidad en la trasgresión puede ser descodificado por el otro como un signo de confianza, etc.
El tercero de los factores que interviene en el fenómeno de la atracción física, según la literatura especializada revisada por Yela, se refiere a Las pautas de Seducción. El autor hace referencia a trece pautas, basadas en los factores principales que conducen directa o indirectamente al enamoramiento. Teniendo en cuenta que están relacionadas con los factores que venimos tratando, para evitar redundar en ideas ya expuestas, solamente comentaremos aquellas que se relacionen con un aspecto no tratado:
-“Propiciar la proximidad espacio-temporal: condición previa, tratando de provocar un aumento en la frecuencia de encuentros con esa persona”[38].
-“Buscar contextos de alta activación fisiológica: compartir situaciones intensas, novedosas, placenteras, emocionantes, arriesgadas, peligrosas, distintas de la rutina, etc.”[39]
-Potenciar el atractivo físico propio: peso, aspecto facial, aseo, vestuario, peinado, etc., teniendo en cuenta los gustos del otro sexo[40].
-“Mostrar una adecuada comunicación no verbal: sonrisas, miradas, proximidad paulatina, postura sociópeta, tono de voz suave, movimientos seductores, etc.”[41]. Ortega y Gasset nos advierte de la similitud de los gestos, los movimientos y el tono de voz del hipnotizador con quien está en plan de seducción: “los suaves pases de la mano como caricias; el hablar sugestivo y a la par tranquilizador; la “mirada fascinante””[42]
-“Emplear un lenguaje un tanto ambiguo y lúdico: resulta activador para el otro, y reduce el sentimiento de fracaso ante un eventual rechazo”[43]. El lenguaje ambiguo y lúdico (propio del chiste y la poesía) tiene varias particularidades que lo hacen más propicio para suscitar el deseo, que el lenguaje unívoco y frío de la ciencia y la filosofía, una de ellas es justamente su propiedad de provocar desprendimientos de placer, aprovechando los juegos de lenguaje que conducen a la polisemia y al equívoco, el placer de la risa opera como un elemento que soborna, por así decirlo, la capacidad crítica del oyente sobre lo dicho y lo predispone a favor del decir de su interlocutor. El lenguaje ambiguo también tiene la propiedad de operar, mejor que el lenguaje directo, como una pantalla sobre la que el otro puede proyectar con mayor facilidad sus propias fantasías. Es uno de los Principios que se tienen en cuenta (en el campo visual) en la elaboración de las láminas de las pruebas proyectivas, lo cual favorece la puesta en juego de su deseo.
-“Mostrarse especial para el otro, lo que hace sentirse al otro como especial; según la hipótesis de hard to get (but) de Wasler y otros (1973), cuyas explicaciones se basan procesos psicológicos como la “disonancia” (Festinger, 1957) y la “reactancia” (Brehm, 1966)2[44]. Uno de los hallazgos de la investigación clínica del psicoanálisis es que una fantasía fundamental que reposa en el inconsciente de todo ser humano, tiene que ver con temas principescos, esto lo podemos constatar en los cuentos de hadas, en ciertos rituales como las bodas, que todavía hacen un remedo de la semiótica de las cortes medievales etc. La experiencia del enamoramiento, y en particular los “rituales de cortejo” (por algo se llaman así) son quizá el único escenario en el que este tipo de fantasías pueden alcanzar algún grado de realización, lo cual no es despreciable en absoluto, desde el punto de vista de la vida psíquica. Hay seres humanos que se gastan el ahorro de años de trabajo para sentirse como príncipes o princesas por una noche o por unos días. Pues bien, el trato especial está en esa vía y llegado al extremo coincide con lo que en el lenguaje amoroso se suele decir: “hacer sentir al otro como a un príncipe o como a una princesa”, según el caso.
-“Mostrar características socialmente deseables: simpatía, sentido del humor, generosidad, etc.; ello tenderá a elicitar atracción personal del otro hacia nosotros”[45]. Uno de los conceptos fundamentales para entender el nacimiento del yo, el deseo y el enamoramiento es “la identificación”. Aprendemos a ser, a desear y a enamorarnos a partir de nuestros vínculos con los otros significativos. La diferencia entre la imitación y la identificación es que la primera puede ser voluntaria o al menos consciente, mientras que la segunda es fundamentalmente inconsciente; incluso, aunque el sujeto se percate de ella, ello no garantiza necesariamente que pueda neutralizar sus efectos. Es importante señalar que a lo largo de la vida la identificación sigue determinando las vicisitudes del yo, el deseo y el amor, en virtud de lo cual deviene un mecanismo importante para la psicología social, porque nos permite entender como lo vincular se vuelve efectivo en lo subjetivo. Una fórmula ya clásica en el psicoanálisis propone que “el deseo es el deseo del otro”, en las tres acepciones del genitivo: deseamos al otro, deseamos ser deseados por el otro, y deseamos lo que desea el otro[46]. La identificación es la que explica a esta tercera acepción de la fórmula.
El que un objeto sea deseado por otros lo vuelve más atractivo para el sujeto. En los casos patológicos que señalamos en la primera parte de este trabajo pudimos ver cómo para algunos sujetos esto se convierte en una condición absoluta, de tal modo que el sujeto no puede desear a una mujer si no es la mujer de otro. Ya no solamente deseada por otro sino directamente comprometida con ese semejante. De tal suerte que mostrar características socialmente deseables puede incrementar el atractivo de un sujeto en un cortejo de seducción.
-“Mostrar características personalmente deseables por el otro: naturalmente, previa evaluación subjetiva de las mismas, durante el tiempo en que transcurren los pasos anteriores”[47].
-“Mostrar similaridad de actitudes, gustos, opiniones, intereses, etc., con el otro”[48]. La similitud, como ya lo hemos señalado, refuerza el componente narcisista que tiene un importante papel en el proceso de enamoramiento.
-“Sugerir que sentimos atracción por el otro: ello tiende a favorecer la reciprocidad de atracción, siempre que no se haga en forma muy explícita ni insistente”[49]. La definición “el deseo es el deseo del otro”, en su segunda acepción, es decir “desear ser deseado”, se puede aplicar en este caso, siempre que haya una cierta reciprocidad en la atracción. Si la hay, el otro deseará nuestro deseo y sugerírselo de una manera discreta puede favorecer que se permita exteriorizarlo.
-“Mostrar que los deseos y necesidades de uno y otro son complementarios: p. ej. Hablador-escuchador, asertivo-acatador, protector-desvalido, ofrendoso- receptivo”[50]. Más allá de los efectos persuasivos, esta pauta puede recibir un refuerzo de las resonancias inconscientes en las que se apoya el mito de la media naranja: esa mitad simétrica gracias a la cual recuperaremos la completad que algún día tuvimos, es decir en la ilusión inconsciente de reencontrar el “objeto perdido” que colmará nuestra “falta de ser”[51]
-“Hacer progresivas autorrevelaciones personales: de forma paulatinamente creciente tanto en frecuencia como en profundidad, pues de lo contrario no habrá reciprocidad”[52]. La autorrevelación crea un contexto semejante en algunos aspectos al dispositivo confesional y al dispositivo psicoanalítico, con la diferencia de que es recíproco. Una autorrevelación invita a ser correspondida con otra autorrevelación. Y si bien el psicoanálisis no nos dice mucho de los efectos del primer movimiento, si nos ofrece mucha información sobre el segundo: la teoría de la transferencia, nos anoticia del efecto de enamoramiento que produce la escucha de las autorrevelaciones más íntimas. En virtud de ello creo importante subrayar la advertencia de Yela en el sentido de que estas autorrevelaciones deben ser graduales, para facilitar que haya reciprocidad.
-“Mostrar similaridad de valores: tanto de medios como de fines”[53]. Los valores corresponden al campo de los ideales y la similitud en este aspecto preciso nos remite a una facilidad mayor para la identificación a nivel del ideal del yo. En este caso no estamos hablando de una identificación narcisista, sino de una identificación a nivel del superyó, lo cual garantiza una amplia concordancia psíquica.
Después de esta enumeración y comentario de las pautas de seducción, pasemos al segundo de los tres factores que se combinan en el enamoramiento, de acuerdo con el texto de Yela: nos referimos a la atracción personal. Recordemos que el primero es la atracción física y el tercero es el conocimiento o la sospecha fundada de que existe reciprocidad de atracción.
Dos factores fundamentales productores de atracción interpersonal, que destaca Carlos Yela (además de la atracción física, que ya abordamos) son: la posesión de características deseables (ya sean características socialmente consideradas como positivas, o específicamente positivas para el atraído), y la similaridad (de características socio-demográficas, y de intereses y opiniones).
Para el abordaje de las características social y personalmente deseables, Yela se apoya en diversas investigaciones, la mayoría de las cuales se realizaron con muestras compuestas por estudiantes universitarios, las cuales revelan algunos datos de interés:
-Características preferidas por los hombres en el sexo opuesto: “atractivo físico, erotismo, afectividad y habilidades sociales”[54].
-Características preferidas por las mujeres en el sexo opuesto: “realización, liderazgo, competencia laboral, y estatus socioeconómico-cultural”[55].
-Características preferidas por ambos sexos: “Inteligencia, sentido del humor, similaridad de actitudes, y disponibilidad (que la persona que nos atrae sea una opción realista puede incrementar la atracción sentida hacia esa persona poseedora de las características mencionadas –u otras-)”[56].
Sobre el papel de la similaridad, y su relación con la atracción personal, Yela nos trae una interesante análisis comparativo de los resultados de diversas investigaciones, que en algunos casos confirman que “la similitud es uno de los motores de la atracción” y en otros señalan “que el factor fundamental que genera la atracción es que las necesidades de uno y otro sean complementarias”. Este análisis nos permite establecer los distintos componentes que intervienen en este aspecto, vg, el socio-demográfico, las actitudes, las opiniones, los valores, los intereses, las variables de personalidad etc. Los investigadores que apoyan la idea del mayor peso relativo de la similitud son mayoría, sin embargo aquellos que apoyan la teoría de la complementariedad de necesidades, no necesariamente estarían equivocados si se considera su propuesta a la luz de la teoría de los filtros, como un segundo momento posterior a la actuación de la similitud de actitudes y valores, de acuerdo con Yela[57].
Los comentarios que se podrían hacer desde la psicología social analítica a las características deseables y a la similaridad, se abordaron a propósito de las pautas de seducción. Quizá podríamos agregar que Freud corrobora la apreciación de Yela respecto de las resonancias inconscientes que suscitan las diferencias etnográficas: “parece ser que tendemos (si bien inconscientemente) a atribuir rasgos negativos y valores diferentes a las personas con características demográficas distintas a las nuestras (en ausencia de información contraria obtenida personalmente)”[58]. En la misma dirección Freud señala el hecho de que en varias culturas antiguas se emplea la misma palabra para los significados “extranjero” y “enemigo”[59].
Arribamos al tercero de los factores que se combinan en el enamoramiento en nuestra cultura de acuerdo con el texto de Yela: la reciprocidad de atracción. Habrían cuatro condiciones bajo las cuales este factor es eficaz, dos de ellos son mencionados por Yela en su texto, a saber, el conocimiento o la sospecha fundada o incluso una mínima e incierta sospecha, cuando la atracción es muy intensa; los otros dos podemos derivarlos de la psicopatología de la vida cotidiana y de la experiencia clínica, son la fantasía infundada y la certeza delirante. El caso de la fantasía infundada es de frecuente ocurrencia; precipita enamoramientos no correspondidos que se suelen alimentar de los más insignificantes gestos de gentileza y que pueden perdurar durante mucho tiempo, -a pesar de que el objeto amado no esté interesado en estimularlo de una manera deliberada-. Estos enamoramientos se pueden sostener, bajo la forma de enamoramientos platónicos de manera indefinida, con una fidelidad y una incondicionalidad de una firmeza extraordinaria, que para los objetivos ciertos proyectos colectivos suelen rendir frutos que no son despreciables. Es relativamente frecuente encontrar este tipo de vínculos en grupos humanos más o menos estables a lo largo del tiempo, que son dirigidos por líderes carismáticos, que se prestan bien para funcionar como soportes de este tipo de enamoramientos y que, en no pocos casos, saben aprovecharlos en función del proyecto grupal o institucional, o en función de su propio beneficio. El segundo caso, de la certeza delirante, corresponde a un cuadro psicótico definido como la “erotomanía”. Se trata de un delirio de mayor incidencia en la población femenina que en la masculina, se caracteriza por un enamoramiento apasionado de una figura de relevancia pública, un alto personaje, un artista, un príncipe o una princesa. El enfermo fantasea que tiene un romance secreto con este personaje y que cuando aparece públicamente le envía mensajes en clave, que el romance de alguna manera es conocido y del agrado de todos (a pesar de ser secreto). En estos dos últimos casos que permite dilucidar la psicología social analítica, aunque la reciprocidad no sea efectiva, y el enamoramiento pueda ser más o menos patológico, no por ello deja de ser enamoramiento en el sentido fuerte de la palabra.
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