Fundación Universitaria Luis Amigó
 
    NÚmero 8 • DICIEMBRE 2004
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Ängela Marcela Gómez                

Estudiante tercer semestre de Psicología

FUNLAM
LA LLAVE
1963.  Óleo sobre lienzo,  92 x 86 cms.
Enrique Grau 

Estimulación prenatal, protovínculo e inteligencia artificial

Como es bien sabido, el hombre es un ser que se encuentra fuertemente dividido y alienado al sentirse obligado a adoptar pautas culturales para su supervivencia y bienestar; pero a la vez, se ve sometido a renunciar a la satisfacción de sus impulsos, ya sean éstos buenos o malos pero que le proporcionan de cualquier manera un goce a costa de todo, siendo ésta una de las vías para alcanzar la felicidad.

A partir de esto, se desarrollará este ensayo, el cual está orientado hacia algunos de los tópicos de la vida humana: las ilusiones del hombre, dentro del cual esta la iglesia; la influencia de la cultura proporcionando una renuncia a los impulsos pulsionales y todo lo concerniente a la guerra, fenómeno inacabable en las sociedades. De ésta manera es muy pertinente decir que todo ser humano esta determinado desde que nace por una cultura la cual lo hace partícipe de un sin número de factores que lo identifican como miembro de dicho contexto. Además, es en ésta donde se lleva a cabo la distribución de los bienes naturales y la idea es “mantenerla y defenderla contra los impulsos hostiles de los hombres”[1], es decir, todos estos bienes, como lo es por ejemplo el patrimonio cultural, se ven amenazados y afectados por los mismos miembros de esa cultura de una manera consciente; pero a la vez y predominantemente de forma inconsciente ya que, como es entendido, el hombre posee una pulsión tanática que lo dirige hacia la destrucción de si mismo y de los demás, ya que desde su conciencia estos bienes naturales están hechos y vistos para el progreso del individuo y por lo tanto de la sociedad. Sin embargo, se dice que la idea es cuidar de ella “puesto que se halla amenazado por la rebeldía y el ansia de destrucción de los participantes de la misma”[2], lo cual implica una renuncia a los deseos instintivos debido a que se debe cumplir con las exigencias morales que la misma cultura nos da; jugando aquí un papel muy importante las representaciones religiosas quienes exigen al hombre abandonar sus impulsos para así poder considerarlo parte de ésta, sin dejar de reconocer su objetivo que es proteger al ser humano contra las inclemencias no sólo producidas por éstos mismos, sino también contra las inclemencias de la naturaleza.

Esas renuncias traen consigo una recompensa en el más allá, lo cual es un discurso fantasioso, pero que resulta verídico para aquellos que creen y piensan que por medio de la iglesia y sus enseñanzas se puede hacer más llevadero el destino humano siguiendo un ser omnipotente y protector, creado por y para el bien de la humanidad. Pero éste planteamiento no es valido para aquellos que piensan que esta “institución” tiene el verdadero camino para la felicidad de la humanidad porque en realidad lo que hace es imponer reglas y mandatos poco o nada objetivos que van en contra de las necesidades y la satisfacción de esos impulsos innatos del hombre al generar temor por violar los mandatos de ese dios supremo ante nosotros.

Asimismo, resulta poco convincente y contradictorio todo lo que nos da a entender la religión al verla como una ilusión que lleva al hombre a creer en los pensamientos y en la ideas más antiguas de la humanidad, relegando de alguna manera todas aquellas incógnitas que le surgen al hombre a cerca de la creación del mundo y de Dios. Debido a esto, es difícil continuar con la aceptación religiosa desde el enfoque que hacían los antepasados ya que se pretende observar ésta de una manera más objetiva, lógica y verificable, implicando entonces una renuncia a nuestra herencia, una herencia que si es analizada y puesta a prueba es una simple ilusión al introducirle a la vida humana ideas delirantes e indemostrables pero que de alguna manera llenan de paz, tranquilidad y esperanza a aquellos sujetos sociales que afirman que ha sido creada para la conservación de los mismos.

Igualmente, está el mundo exterior del cual hacen parte la institución social nombrada anteriormente; ese mundo ofrece pautas para hacer de la vida del hombre una estructura organizada regulando las relaciones de los individuos; sin embargo, proporciona pero a la vez priva, poniendo al sujeto entre la satisfacción de los impulsos y la prohibición de los mismos.

Es ese mundo exterior quien dará lugar a la formación de los hombres en aspectos como el lenguaje, las costumbres, las normas, leyes, etc. haciéndolos sentir propios de dicha comunidad, la que a su vez es generadora de la insatisfacción a sus pulsiones, y por consiguiente, el desvío de su felicidad y meta inicial, viéndose profundamente afectada al generar en ellos sufrimientos y angustias, interviniendo de forma arbitraria al negarles la consumación de la meta pulsional, convirtiéndose esto en un intenso martirio y sufrimiento; un claro ejemplo se devela en la vida del homosexual, quien sufre por no poder actuar libremente debido al hecho de vivir en una sociedad prejuiciosa y juzgadora ante tal situación.

Por consiguiente, el hombre se siente sujeto a un mundo que aniquila cualquier posibilidad de ser feliz, al deber cumplir las exigencias dadas por el principio de realidad actuando el super yo quien es la conciencia moral de todo sujeto y que tortura todo pensamiento que le propicie a éste la satisfacción inmediata de sus impulsos provenientes del ello y regulados por el principio de placer al parecer un poco irracional para muchos. No podemos olvidar entonces, que al cumplir con lo pautado por la norma , la ley y por el principio de realidad, el super yo produce un inmenso sentimiento de culpabilidad al hacernos un pequeño examen de conciencia y al mostrarnos que nuestra actitud no es la correcta, debido a que se está violando la ley que de una u otra forma rige la conducta humana; pues no se puede negar que por la cultura y todo lo concerniente a ella este mundo no es un completo caos, teniendo en cuenta que el hombre es por naturaleza agresivo al ser poseedor de la pulsión tanática o de muerte; por esto es necesario y primordial esa influencia ejercida por el mundo de lo simbólico aunque haga del hombre un ser un poco insatisfecho e infeliz por un lado, pero organizado y protegido por el otro.

Ese individuo violento, gobernado por la pulsión de muerte, satisface sus impulsos en el acto de la guerra mediante el recurso de la fuerza y por la búsqueda del poder; incluso se puede ver claramente cómo la agresividad de los sujetos ha estado acompañada por herramientas que lo convierten en un ser aún más mutilador y peligroso al emplearlas en contra de aquellos que pueden violar su objetivo final de lucha y que de manera inmediata satisface una tendencia instintiva que desea la muerte de su enemigo pero sin llegar al extremo de matarlo, es decir, “la fuerza en lugar de matarlo, se limita a subrayarlo”[3], demostrando arbitrariamente el respeto por la vida del enemigo puesto que lo único que interesa es obtener mucha más fuerza y dominar mediante ésta; de hecho es muy evidente que en nuestro país este método se corrobora cada vez más siendo más fuerte y poderoso aquel que viola la norma y domina a los miembros de esta sociedad, como por ejemplo: la guerrilla, las autodefensas, el gobierno, la delincuencia común, etc. haciendo de los individuos seres dominados y sujetos sujetados a mandatos y medios abruptos que desorganizan y van en contra de cada contexto social, la cual debe ser conservada constantemente, debe organizarse y crear preceptos que prevengan las temidas insubordinaciones como también debe designar organismos que vigilen el cumplimiento de esos preceptos por medio de la fuerza legal, que aunque sea muy licita no deja de ser violencia, más aún violencia simbólica pese a que se escucha como buena y positiva para un mundo mejor en el que se reconocen los intereses e ideales de sus habitantes generando en ellos sufrimientos afectivos provenientes de la pulsión de amor para salvar y asegurar una vida en común, llevadera y tranquila renunciando a lo que los impulsos individuales les exige no dejando de ser un acto muy difícil de cumplir, debido al interés que el hombre tiene por obtener ese poder por más insignificante e ignorado que este sujeto sea; pues lamentablemente las guerras nunca terminaran por su condición infinita de existencia, llenando este mundo de vencedores y también de vencidos que no podrán prescindir nunca de sus sentimientos ambivalentes de amor y odio. “Hemos visto que una comunidad humana se mantiene unida merced a dos factores: El imperio de la violencia y los lazos afectivos los cuales ligan a sus miembros.”[4].

Cabe decir, entonces, que el hombre es un ser que necesita de la satisfacción tanto de su pulsión tanática como erótica que se ven opacadas por el mundo exterior que lo que pretende es evitar el acabose total de las sociedades al organizarla y regularla; sin embargo, por más estructurado que ese mundo parezca, es inútil creer en la eliminación de las tendencias agresivas de las personas, lo que nos genera una duda constante y un cuestionamiento sobre la lucha por la paz, ¿será ésta una simple ilusión?.

Pareciera que sí, ya que actualmente se viven épocas en las que la ciencia nos proporciona herramientas que afianzan la agresividad humana suministrando en los hombres ideas tan absurdas como la obtención de paz por medio de la guerra; ¿es esto lógico?; no parece, pues sería más objetivo apelar por el impulso de amor para actuar contra la guerra ya sea por lazos análogos o por identificación; éste sería el medio perfecto para formar una excelente estructura de la sociedad humana donde se pueda cumplir con el principio de realidad, pero a la vez se satisfaga de alguna manera la pulsión. Esto suena fácil pero presenta su dificultad al momento del hecho, debido a nuestra condición de sujetos castrados y reprimidos, pues el yo se ve fuertemente dividido al querer cumplir con las demandas de su ello, pero al mismo tiempo al no querer violar todo aquello que el principio de realidad le impone; sintiéndose el yo perturbado por el super yo quien es la conciencia moral y el culpabilizador del ello deliberado e irracional, limitando todo lo que busca el principio de placer. En consecuencia, es muy evidente que en la cultura se da tanto “el fortalecimiento del intelecto, que comienza a dominar la vida instintiva, y la interiorización de las tendencias agresivas con todas sus consecuencias ventajosas y peligrosas”[5], es decir, el mundo exterior trata de educar al sujeto proyectando en éste una serie de factores que regulan su conducta y le marcará un limite a las pulsiones, disminuyendo de algún modo la agresividad que lleva a los individuos a la destrucción de sus vidas por la vía de la guerra incesante que invade al mundo, pues, aunque queramos satisfacer plenamente las pulsiones para lograr un goce total, no podemos dejar de reconocer que gracias a la influencia de la cultura podemos obrar contra la guerra; y si analizamos detalladamente este planteamiento se puede inferir que ésta cultura proporciona de alguna manera al sujeto algo de goce al evitar un poco el sufrimiento que propicia esa guerra violenta causada por la agresividad proveniente de la pulsión más destructiva y amenazante comandada por el ello; lo cual genera un interrogante difícil de responder ¿qué es lo mejor para la vida del ser humano, vivir por sus impulsos o morir para ellos?; ante esto se genera una propuesta con miras a solución: la guerra es solo acabable cuando se subliman todos aquellos impulsos agresivos en actividades que guíen al sujeto por un camino menos hostil y degradante como lo es el arte, la ética, la poesía, entre otros; pues se piensa que la guerra si tiene solución siempre y cuando el hombre adopte una posición menos mediocre e ignorante, actitudes que ha venido presentado hasta hoy; incluyendo a aquellos que dicen luchar por nuestro país y que hacen parte de un gobierno que se contradice, puesto que no piensa en los miembros de las sociedad si no más bien en la obtención de bienes económicos y monetarios para la clase más favorecida y nada para la menos favorecida.

Por último, cabe preguntarnos: ¿qué sería del mundo sin nada que organice y haga entender que no a todo se tiene acceso?, es decir, ¿qué sería de nosotros sin la ley, la norma y el límite?

[1] FREUD, Sigmund. El porvenir de una ilusión.TOMADO DE: Psicología De Las Masas Alianza Editorial. Págs.

[2] Ídem. Págs. 147

[3] FREUD, Sigmund. OBRAS COMPLETAS. El Por qué de la guerra (tomo 8). Biblioteca nueva. Págs. 3208

[4] Ídem, págs. 3211

[5] Ídem, págs. 3215


BIBLIOGRAFIA

FREUD, Sigmund. El porvenir de una ilusión. Tomado de: Psicología De Las Masas. Alianza Editorial. Madrid. Págs. 139 – 193.

FREUD, Sigmund. OBRAS COMPLETAS. El Por qué de la guerra (tomo 8). Biblioteca nueva. Págs. 3208 – 3211 – 3215.

FREUD, Sigmund. Ensayo: el malestar de la cultura. El malestar de la cultura. Alianza editorial. Págs. 7- 88

 
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