| “El tiempo es nuestro invento más característico, más determinante y también más intimidatorio. Los animales no necesitan el tiempo porque no saben que van a morir; la panorámica temporal es el contrapeso de nuestra conciencia de la muerte inexorable que nos aísla aterradoramente entre los seres vivos. Es a través del tiempo que los seres humanos ampliamos los márgenes de una existencia que conocemos efímera y precedemos nuestro presente de mitos que lo hipotecan o enfatizan y de un más allá –terreno o ultraterreno- que nos consuela. El manejo del tiempo es la fuente de nuestra grandeza y el origen de nuestras miserias, y es un componente esencial de nuestros modelos mentales.” (Savater, 1991: 38-39).
Elegí este fragmento como elemento motivador para desarrollar una reflexión acerca del tiempo y sus vicisitudes en la modernidad; para tal efecto, me remitiré a varios pensadores que a lo largo de sus escritos han hecho alusión al tiempo, enmarcado este, ya sea como acontecimiento científico o como reflexión filosófica.
Son consabidos los grandes descubrimientos introducidos en la noción del tiempo desde Newton, quien formulaba que el tiempo transcurría en forma uniforme, siempre a la misma velocidad, siendo universal y absoluto. En este sentido, el pasado y el futuro eran idénticos. Con la moderna teoría de la relatividad, formulada por Einstein, la noción del tiempo se modifica profundamente. Se impuso el concepto de espacio-tiempo, que sustituyó sus nociones separadas. El tiempo perdió entonces su identidad física Newtoniana.
Las implicaciones de dichas revoluciones son considerables e importantes, tanto para las “ciencias duras”, como para las ciencias humanas, y nos ubican frente a un escenario nuevo: El fin de las certezas.
Citando a Ilya Prigonine, químico y epistemólogo (Premio Nóbel de Química, 1997), en su articulo Las certidumbres socavadas, enuncia, cómo desde la época donde reinaban los mitos, hasta la época del conocimiento científico, siempre se ha oscilado entre los conceptos de armonía, organización, estabilidad, determinismo versus desorden, destrucción, caos, inestabilidad. Diferentes formas de mirar, pensar y conocer el mundo según el imaginario social de cada época. La ciencia moderna veía al mundo como un gran mecanismo de relojería: conociendo sus leyes se podía determinar el presente y predecir el futuro, ideal de poder absoluto, por suerte irrealizable.
Estas respuestas definitivas e irreversibles que brindaban los campos del conocimiento frente a los diferentes fenómenos de estudio, están sufriendo transformaciones. Podríamos decir que del “blanco” o “negro”, estamos pasando al “gris”, a los contrastes, donde no pueden ser excluidas las heterogeneidades y significaciones culturales en esta era de la globalización.
Verbigracia, el investigador como agente social y cultural participa buscando múltiples vías de solución, reconociendo la interacción entre sujeto y cultura, donde se hace pertinente que la ciencia dialogue con otras formas de conocimiento enriqueciendo la relación con el mundo y abandonando el interés por el resultado. ¿Será por tanto necesario, nuevos métodos y nuevas categorías, que habían sido excluidos del ámbito de la ciencia como son la incertidumbre y el azar?
Dicha pregunta lleva a replantearse otras maneras de pensar y operar en nuestra realidad. Como diría Deepak Chopra, dialogar con la incertidumbre nos permite ir hacia lo desconocido, examinar el campo de todas las posibilidades y entregarnos a una mente creativa. Sin embargo, como veremos a lo largo del texto, el asunto no es tan simple.
La historia de la evolución nos muestra como la incertidumbre está vinculada con el carácter intrínsicamente caótico de la existencia humana. La aventura de la vida comenzó hace más de 10.000 años y estuvo marcada por creaciones fabulosas y destrucciones irremediables. (Morin, 1999:63). Este acontecimiento a veces ignorado, inaugura el carácter aleatorio de los diferentes acontecimientos en los que se mueve el individuo.
¿Qué consecuencias habrían de esperarse en la subjetividad, a raíz de las transformaciones en la concepción del tiempo? Frente a fenómenos como la globalización, podríamos pensar que se avizora un panorama más incierto, de valores mobiliarios, en la medida en que actualmente no hay un patrón fijo de los valores que sirvan de marco de referencia al sujeto, sino en cambio un vasto mercado de oferta, donde la veleidad o lo mudable son el común denominador. Estos fenómenos afectan de manera considerable los aspectos ético-sociales del mundo contemporáneo.
Adam Smith, economista y filósofo, enuncia como en el capitalismo avanzado asistimos a una crisis del tiempo social y cultural, cuyo eje central es la contracción del tiempo. Pensemos en los 500 años que se necesitaron para pasar del fuego al arma de fuego, y luego muy poco tiempo para pasar del auto al avión. La teoría del marketing intenta persuadirnos de que la duración máxima de un mensaje audible por los espectadores es de siete segundos (dato obtenido de Readers Digest. Selecciones. 1995). Y así podríamos continuar con muchos ejemplos.
La aceleración del tiempo suscita, en el mismo seno de la vida humana, una desaparición de los objetos que en muchos casos son reemplazados por otros en una tendencia narcisista de consumo, hedonismo y satisfacción a corto plazo. Así mismo asistimos a una miopía temporaria en donde existe una tendencia a olvidar y menospreciar el pasado, incluso el más cercano, y a la vez una incapacidad de inscribirnos dentro de un futuro sensato.
Como consecuencia de estas nuevas transformaciones, la identidad del sujeto se ve amenazada, afectando la esfera laboral, donde el trabajo es cada vez menos un polo de referencia y lazo social – en tanto se ha vuelto precario, frágil y volátil- y cada vez más un factor de malestar social que ya no estabiliza la identidad debido a una sucesión indefinida de asociaciones efímeras y de alianzas necesariamente provisorias.
Desde esta perspectiva, vivimos una revolución silenciosa del tiempo que afecta a las relaciones que éste mantiene con el sujeto y lo ubican en la tiranía de la inmediatez y la urgencia y que sirve de excusa al “después de mi el diluvio”. Todo ello viene acompañado por la carencia en el individuo de puntos de referencias sobre los cuales orientarse y más aún, al “aflojamiento” de los vínculos afectivos marcados por veleidad y la brevedad.
“La máquina del tiempo” nos lleva la delantera en la modernidad. No es gratuito cuando los historiadores se refieren a la Edad Media como una época en la cual, pareciera que el tiempo se detuvo… La concepción del tiempo en el individuo sufre sus transformaciones a lo largo de las diferentes épocas y ello lleva consigo implicaciones en la vida afectiva, social y cultural de los sujetos, los cuales apenas empezamos a avizorar.
Sin embargo habría que agregar que la manera como el sujeto simboliza el tiempo depende de factores de índole particular, emocional, por ejemplo es sabido como algunas drogas alucinógenas alteran la noción del tiempo. Cada sujeto busca arreglárselas con el ineludible pasar del tiempo, donde este elige si hacer del tiempo su aliado de complicidades o por el contrario victima de su tiranía.
Finalizo haciendo referencia a Milán Kundera, quien hace una reflexión filosófica bien interesante, respecto a la tiranía de la “levedad” y las vicisitudes del “peso” en nuestra existencia, planteamientos que obviamente rebasa la intención del texto. En su majestuosa obra La insoportable levedad del ser, muestra como la fugacidad inaugura lo que el denomina la inexistencia del retorno en la cual la circunstancia atenuante de la fugacidad nos impide pronunciar condena alguna “¿Cómo es posible condenar algo fugaz? Sería un mundo en donde todo está perdonado de antemano y por lo tanto cínicamente permitido”. (Kundera, 1993: 7-9).
En contraste con lo anterior, Milán Kundera citando a Nietzsche, enuncia un interrogante que no deja de ser dilemático al sujeto y es lo referente al mito del eterno retorno, “pensar que alguna vez haya de repetirse todo tal como lo hemos vivido ya, y que incluso esa repetición haya de repetirse hasta el infinitivo” (Kundera, 1993:1). La respuesta por supuesto no puede ser contundente, ni absoluta, sino que se ubicaría en la más misteriosa de todas las contradicciones del devenir existencial que atraviesa el sujeto. Respecto a este mito del eterno retorno, Nietzsche lo llamó la carga más pesada en tanto que descansa en el peso de una insoportable responsabilidad.
La carga más pesada, como lo enuncia Milán Kundera, es una carga que nos destroza, somos derribados por ella, nos aplasta. En su sentido contrario enuncia el autor, la ausencia absoluta de carga hace nuestra vida más banal, hace que el hombre se vuelva más ligero, se distancie de su ser terreno y sus movimientos sean tan ligeros como insignificantes. ¿Qué hemos entonces de elegir? ¿El peso o la levedad? ¿Cómo se les va arreglar el individuo para hacer frente a la incertidumbre en su vida? ¿Podríamos pronosticar que se van a crear nuevos valores? ¿Avanzamos acaso hacia una deslegitimación de la utopía? ¿Qué tipo de malestares individuales y colectivos se van a despertar a raíz de estos desarreglos en relación al tiempo? ¿Qué puesto debe ocupar un aspecto tan esencial como la educación, en un mundo fluctuante y flexible caracterizado por la influencia emocional e intelectual de imágenes efímeras? Son por tanto interrogantes que merecen ser abordados desde la psicología social o ciencias afines. |