Fundación Universitaria Luis Amigó
 
    NÚmero 8 • DICIEMBRE 2004
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Hernando Bernal                

Psicólogo USB. Psicoanalista. Mag. en Ciencias Sociales y Humanas. Docente del Programa de Psicología

FUNLAM
LA ALACENA OLVIDADA
1981.  Óleo sobre lienzo,  140 x 200 cms.
Enrique Grau 

La caída de los ideales o el Otro que no existe

 

El Otro que no existe es una tesis que Jacques-Alain Miller y Eric Laurent presentaron en su seminario de 1997[1], en donde demuestran cómo la inexistencia del Otro abre la época de los comités, época caracterizada por la falta de una seguridad sobre las ideas, la tradición o el sentido común. La inexistencia del Otro, dice Miller, «abre verdaderamente la época lacaniana del psicoanálisis», época en la que el Otro se revela como siendo no más que un semblante; se podría decir inclusive que «todo no es más que semblante». Esto hace que la pregunta por lo que es verdaderamente lo real se exacerbe en la contemporaneidad: ¿Qué es lo real? Pregunta que no tiene más que respuestas contradictorias, inconsistentes y, en todo caso, inciertas. De tal modo que la inexistencia del Otro no es antinómica de lo real. Al contrario, ella le es correlativa.

A medida que el imperio de los semblantes se extiende, al psicoanálisis se le hace de suma importancia mantener su orientación hacia lo real. La ultima tentativa de Lacan consistió precisamente en presentar lo real propio del psicoanálisis, volviéndolo presente, visible, palpable, manipulable. La orientación lacaniana es la orientación hacia lo real; lo que importa en el psicoanálisis es mantener la orientación hacia lo real. ¿Para qué? Para poder enfrentar el malestar en la civilización.

Desde el Informe de Roma en 1953, Lacan se preguntaba por el papel que el psicoanálisis puede sostener en “la dirección de la subjetividad moderna”. Sobretodo porque, ante los impases crecientes de la civilización, en donde ni siquiera la ciencia ya no parece poder garantizar un real indudable que sirva como punto de referencia, el psicoanálisis puede llegar a fallar y entregar sus armas, preocupación que desvelaba a Lacan desde el presentimiento freudiano del malestar en la civilización. ¿Qué puede entonces aportar el psicoanálisis, para entender la época actual y sus síntomas?

El llamado de lo real es la tarea con la que el psicoanálisis debe cumplir. De hecho, el privilegio del psicoanálisis, dice Miller, es la relación unívoca que él sostiene con lo real. Lo real es lo que en la clínica analítica se evidencia como lo imposible de soportar, por eso la clínica es el sitio propio de lo real. Es en la práctica analítica donde el sujeto puede llegar a establecer una relación con lo real, y este sería el aporte más importante del psicoanálisis al hombre contemporáneo: la experiencia de que sí hay un real que puede funcionar como referencia segura, aunque no haya ningún Otro que sirva de garante. Es que ni siquiera la ciencia parece poder garantizar un real indudable, que sirva como punto de referencia. No sólo se ha visto el fin de grandes sistemas de pensamiento, sino que lo real mismo es lo que es puesto en duda contemporáneamente; ya no hay nada seguro que se pueda decir ni sobre cómo son, ni sobre cómo deberían ser las cosas.

Hoy en día, nos dice Miller, el Otro se nos revela en su ruina. La Idea mayúscula, la tradición y hasta el sentido común han dejado de brindarnos seguridad. El Otro ha dejado de existir, abriendo la época de los comités de todo tipo, comités donde hay debate, conflicto, disensión, parcialidad, escepticismo sobre lo real. El Otro es sólo un semblante. Estamos en la época en donde hay un movimiento acelerado de desmaterialización vertiginosa, que hace de la pregunta por lo real una pregunta angustiosa. Es la época donde la pregunta por el ser de las cosas ya no tiene una respuesta segura, presentándose una crisis de interpretación del mensaje divino, una crisis de saber generalizado. Si hoy hay crisis, es precisamente la crisis de lo real.

Esto hace que el sujeto contemporáneo se sumerja en todo tipo de semblantes, de apariencias, haciendo, para todos, del real, una pregunta, una pregunta que se dibuja sobre un fondo de angustia. Es lo que se llama desde los años ´30 con Freud, el malestar en la civilización. La civilización anuncia desde ya para este siglo, una historia hecha del impacto, de la rivalidad, de guerra entre civilizaciones. Lo que es un efecto de la llamada globalización, que arrastra, atraviesa, fisura y hasta fusiona a las civilizaciones, por esa hegemonía científica y capitalista, de la cual la empresa totalitaria es hoy vuelta patente, con su imperativo de rentabilidad. Los ideales universales establecidos sobre certidumbres identificatorias milenarias son entonces desmentidas por la actual globalización.

La subjetividad contemporánea es por tanto arrasada, cautivada, engañada, en un movimiento poco resistible –dice Miller-, que la sumerge industrialmente en semblantes, movimiento en le cual la producción siempre acelerada constituye actualmente un mundo que sólo deja a la idea de la naturaleza una función de nostalgia, un avenir de conservación, de especies protegidas, de zoológicos y museos. Se trata decididamente de la bancarrota del humanismo.

Quien gobierna actualmente los destinos del planeta es más bien el capitalismo; no hay un solo rincón del mundo que no escape a sus efectos. La relación establecida entre el mercado y el capitalismo permite y facilita la explotación del deseo humano. El mercado promete toda una serie de objetos que colmarían el deseo. Pero el deseo no tiene un objeto que lo colme; si dicho objeto existiera, en cuanto el sujeto lo obtuviera, su deseo moriría.

Con el mercado se desencadena un consumismo alocado. Cada vez que se promete al individuo el último objeto de deseo -el carro más lujoso, el equipo de sonido más potente, la computadora con más memoria, etc.- el deseo es relanzado, precisamente porque no hay el objeto que lo colme; pero el mercado hace creer con su propaganda que lo que falta está en el mercado, que se debe comprar ese nuevo objeto para satisfacer el deseo.

De la relación capitalismo-mercado, que con ayuda de la ciencia hace posible la distribución de los mismos productos en todo el mundo, resultan cinco consecuencias: 1. Las toxicomanías, las cuales aportan muchísimo dinero al capitalismo. El tráfico de drogas es hoy por hoy uno de los negocios más rentables en el mundo, y principal financiador de las guerras y el terrorismo. En la drogadicción hayamos a un sujeto pegado a su objeto de deseo: la droga, aislándose de todo lazo social. 2. El segregacionismo: El poder segregacionista de la ciencia explota el racismo cuando, por ejemplo, saca a la luz investigaciones que dicen que los blancos son más inteligentes que los latinos y los negros, o que la gente de color tiene más probabilidades de padecer algún tipo de cáncer, etc. 3. El cuerpo es mercadeado: hay una oferta del cuerpo humano en el mercado, lo que se observa en el tráfico de infantes para su adopción y explotación sexual, la trata de blancas y de esclavos, las madres que “alquilan” su útero para tener un niño, el tráfico de órganos, la cosmética, la cual promete a las personas un cuerpo perfecto: más o menos senos, más «derriere», nada de grasa, etc. 5. El saber se ha convertido en un objeto capitalizable, por esta razón las investigaciones científicas ya no obedecen a un espíritu de exploración, sino a un interés de lucro. 6. La ciencia no se detiene, por esta razón se han tenido que crear comités de ética, para ponerle un límite a las investigaciones científicas, como por ejemplo, en la manipulación genética.

A la cultura se la puede definir como el conjunto de acciones y normas que han distanciado la vida moderna de la primitiva animalidad del hombre. Son reconocidas como “culturales” todas las actividades y valores que son útiles para poner la tierra al servicio del hombre, protegerse contra las fuerzas de la naturaleza y establecer vínculos sociales firmes y duraderos con sus semejantes.

Pero sucede que el ser humano suele responsabilizar a la cultura de gran parte de su miseria e infelicidad; Freud dice que existe en aquel una hostilidad casi natural hacia aquella. Se piensa que la vida sería más plena si se suprimieran o disminuyeran sus exigencias y se regresara a una vida rudimentaria que contribuyera al retorno de las posibilidades de dicha. Si bien la humanidad no se suele sentir del todo bien dentro de la cultura, es muy difícil formarse un juicio acerca de épocas anteriores para saber si las condiciones de vida ayudaban a que ella fuera más feliz y en qué medida.

Al ser humano le es difícil soportar las muchas frustraciones que se le imponen viviendo en sociedad en aras de sus ideales culturales. Es verdad que el ser humano ha hecho extraordinarios progresos a nivel científico y tecnológico, logrando en gran medida un gobierno sobre la naturaleza que antes ni se imaginaba. Pero este sometimiento de las fuerzas naturales no ha promovido, como se pensó en algún momento, el cumplimiento de una vida más completa y llena de prosperidad; la tecnociencia no ha hecho a los hombres más felices, por el contrario, ella trae consigo otras exigencias aún mayores.

Antiguamente el hombre se había formado una representación ideal de omnipotencia y omnisciencia que encarnó en sus dioses, los cuales, a su vez, representaban los ideales de cultura. Con la ciencia y la tecnología el hombre ha cumplido gran parte de sus deseos y se ha acercado tanto a aquel ideal que casi ha llegado a ser él mismo un dios. Y, aún así, el ser humano no se siente pleno con su semejanza con un dios. Más bien, esta nueva posición lo carga con más y nuevos interrogantes que lo angustian.

Los ideales son componentes de una cultura y están en estrecha relación con los sujetos. El infante entra en contacto con ellos a través de la familia. En esta institución social, el padre tendría la función de representar y transmitir los ideales de una sociedad a sus miembros, de tal manera que éstos, gracias a esa transmisión, lograrían inscribirse como personas de bien en su comunidad. La unificación de las identificaciones a determinados ideales, se hace entonces alrededor de la figura paterna. Pero, ¿acaso los padres de hoy siguen sosteniendo esta función? Al parecer, el Otro que no existe o la caída de los ideales que se observa hoy en día, es precisamente la caída de esa función que sostenía el padre en la familia, y que ahora no cumple más. La función del padre está ligada a la prevalencia de la familia paternalista en la determinación social. La gran neurosis contemporánea designa esta carencia del padre, y la determinación principal de esta gran neurosis contemporánea es la inexistencia del Otro.

La crisis de autoridad del padre, llamada corrientemente «crisis de valores», se observa, por ejemplo, en la corrupción de los Estados modernos y en la política en general, en la promoción de dioses oscuros -sectas satánicas, nueva era, crecimiento del esoterismo, líneas psíquicas, etc.-, y en los efectos renovados de la segregación en todo el mundo. Los ideales universales, establecidos milenariamente como certezas, son derrotados por la actual globalización de la empresa y la economía totalitaria. Esta globalización arrastra, atraviesa, fisura y acaba con esos ideales. Por eso nuestra época se caracteriza principalmente por esta «carencia del padre», cuya personalidad está ausente, humillada o dividida.

La familia moderna, con un padre así, está muy bien ejemplificada en la serie de dibujos animados llamada “Los Simpson”. Esta familia es la versión mordaz de la familia de hoy, es decir, la familia que vive en un mundo en el que los ideales de la ciencia han ido desplazando, unos detrás de otros, todos los valores e ideales culturales, sociales y religiosos que habían antes de su llegada.

El pobre padre Simpson, Homero, es un esclavo de los tiempos modernos: trabaja para hacer subsistir su familia, familia donde además no se vislumbra tragedia alguna; hay más bien un deslizamiento hacia lo ridículo, hacia la comedia. Al ridículo de un padre que es en verdad la caricatura del padre moderno: degradado en su autoridad y en su función de transmitir un respeto por la ley; un ser en verdad patético.

Los ideales tienen, pues, una función fundamental en la constitución psicológica de los individuos; ellos han servido para orientar la existencia de una persona y su desenvolvimiento en la sociedad. El psiquismo de un ser humano se estructura a partir de «identificaciones» que tienen como referencia los ideales que hacen parte de su entorno cultural. Lo paradójico es que dichos ideales, a los que un sujeto se identifica, son los que desencadenan en él sufrimiento, son los que enferman al sujeto, en la medida en que dichos ideales entran en conflicto con sus pulsiones sexuales y agresivas. Los síntomas son la forma como se manifiesta este conflicto en ella, por eso Freud los definió como una «formación de compromiso».

Muchos de estos «síntomas», que son absolutamente contemporáneos, se han exacerbado en nuestra época: toxicomanías -a la que llamamos corrientemente drogadicción-, ataques de pánico -que no es otra cosa que una angustia muy grave-, depresión -la cual fue definida por Lacan como cobardía moral-, estrés -que es el nombre que hoy en día se le da a la «neurosis»-, anorexia, bulimia, fenómenos psicosomáticos, etc. La exacerbación de estos y otros síntomas tiene que ver justamente con esa caída de los ideales -lo que también se denomina, como ya dijimos, «crisis de valores»-, con una característica particular: dichos síntomas suelen ser refractarios a cualquier tipo de intervención terapéutica, es decir, son muy difíciles de curar, como si el sufrimiento que ellos le acarrean a la persona que los padece, fuese un sufrimiento «autístico», solitario, que rechaza la intervención de los demás.

Así pues, los cambios en la civilización contemporánea conllevan lo que podría denominarse la serie de las patologías contemporáneas de la identificación. Sin la garantía de una figura del Otro privilegiada, la identificación se encuentra sometida a una pluralización, a una fragmentación. Esto se traduce, en le terreno del pensamiento filosófico, ético y político, en el desprestigio de todo universal y la promoción, correlativa, de la noción de «comunidad», como único punto de referencia posible para el sujeto. Es decir que cuando las identidades se fragmentan, tienden a reagruparse en torno a una serie de rasgos identificatorios mínimos, cuya consistencia proviene de alguna forma de satisfacción o de goce que se tiene en común, con un grupo posible de individuos. El espectro de las comunidades es amplísimo y cambiante, y abarca desde la nacionalidad, hasta la elección sexual, sin excluir determinados síntomas privilegiados por su posible función socializadora.

Estas comunidades se suelen unir en el amor con tal de que otros queden por fuera de dicho conjunto para manifestarles sus impulsos agresivos. A este fenómeno de la psicología de las masas, Freud lo llamó «narcisismo de las pequeñas diferencias». En él se discierne una satisfacción relativamente cómoda de la humana inclinación agresiva, por cuyo intermedio se facilita la cohesión de los miembros de una comunidad. No hay nada que una más a los palestinos que su agresión hacia los israelitas, y viceversa. Y así como sucede entre estos pueblos, también sucede con otra gran cantidad de masas humanas, donde naciones, religiones, etnias, políticos y fanáticos se unen en el amor a sí mismos con tal de ir en contra de otro grupo, y donde lo que está en juego es ese mecanismo que hace posible la intolerancia y la segregación en el mundo. Se constata entonces el aumento de los particularismos debido a la crisis de los universales.

Hemos dicho que la sociedad contemporánea atraviesa desde mediados del siglo XX, por una serie de cambios intempestivos, sin precedentes, y para los cuales, al parecer, no esta aún preparada, y que, además, no tienen reversa. El cambio es profundo e irreversible. Los avances de la ciencia y la tecnología van a gran velocidad, en respuesta, a su vez, a las exigencias de una economía de mercado que se ha impuesto en todo el mundo, sin medir sus consecuencias, entre las cuales encontramos, por ejemplo, el hecho de que haya cada vez más y en todo el planeta, mayor pobreza e injusticia social.

Los ideales tradicionales, los grandes ideales universales, que aseguraban una mayor continuidad en los estilos de vida, ya no sirven para guiar y coartar a los seres humanos, sino que más bien, estos parecen encontrarse más libres que nunca para elegir sus propios valores y estilos de vida y hacer, en última instancia, lo que les venga en gana, bajo la égida de un individualismo rampante y un empuje a los goces más extravagantes.

No se puede afirmar que los cambios producidos por el desarrollo de la ciencia y la tecnología, hayan aportado una mayor felicidad, ni que hayan liberado al hombre de sus «patologías», sobretodo aquellas que afectan a las comunidades y a la convivencia; al contrario, la segregación, el terrorismo, el secuestro, el sectarismo y el fanatismo, parecen haberse exacerbado en todo el mundo. Ha surgido un nuevo malestar en la cultura, que se manifiesta también en la aparición, a gran escala, de epidemias globales, tales como las toxicomanías, en su diversidad y gradación; la anorexia y extrañas formas compulsivas del comportamiento; los maltratos y la violencia intra y extrafamiliar, la trata de blancas y el abuso sexual infantil, etc.

Todo esto debe ser motivo de alarma para todos, al convertirse, dicho malestar, en una amenaza para los vínculos sociales. Las respuestas a la proliferación de este tipo de problemas oscilan entre la represión y criminalización, haciendo de los Estados entes cada vez más policivos, a la vez que una comprensión alcahueta o irresponsabilización de las personas concernidas en dicho malestar, conduce a una insensatez generalizada que hace caótica la vida en comunidad. ¿Son estas respuestas valederas? ¿Cómo responden los analistas a ellos? Es para meditarlo.

W. Erb, neurólogo de comienzos de siglo, citado por S. Freud en su texto La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna (1908), decía:

«...las extraordinarias conquistas de la Edad Moderna, los descubrimientos e invenciones en todos los sectores y la conservación del terreno conquistado contra la competencia cada vez mayor, no se han alcanzado sino mediante una enorme labor intelectual, y sólo mediante ella pueden ser mantenidos. Las exigencias planteadas a nuestra capacidad funcional en la lucha por la existencia son cada vez más altas, y sólo podemos satisfacerlas poniendo en el empeño la totalidad de nuestras energías anímicas. Al mismo tiempo, las necesidades individuales y el ansia de goces han crecido en todos los sectores; un lujo inaudito se ha extendido hasta penetrar en capas sociales a las que jamás había llegado antes; la irreligiosidad, el descontento y la ambición han aumentado en amplios sectores del pueblo; el extraordinario incremento del comercio y las redes de telégrafos y teléfonos que envuelven el mundo han modificado totalmente el ritmo de la vida; todo es prisa y agitación; (...) hasta los 'viajes de recreo' exigen un esfuerzo al sistema nervioso. (...) La vida de las grandes ciudades es cada vez más refinada e intranquila. Los nervios agotados, buscan fuerzas en excitantes cada vez más fuertes, en placeres intensamente especiados, fatigándose aún más en ellos. La literatura moderna se ocupa preferentemente de problemas sospechosos, que hacen fermentar todas las pasiones y fomentar sensualidad, (...) las artes plásticas se orientan con preferencia hacia lo feo, repugnante o excitante, sin espantarse de presentar a nuestros ojos, con un repugnante realismo, lo más horrible que la realidad puede ofrecernos.»

Es sorprendente cómo describe el neurólogo Erb la vida de los seres humanos a comienzos del siglo XX, descripción que coincide con el tipo de vida que lleva el hombre a comienzos de este siglo, sólo que duplicada o triplicada. Nada indica que halla en el futuro cercano un cambio en ese ritmo de vida, ni tampoco esa tan anhelada permutación en la «conciencia» del hombre, tan anhelada por el humanismo, sino más bien una exacerbación de sus conflictos y problemas.

La humanidad ha dado comienzo al siglo XXI. El siglo anterior contribuyó a que el ser humano disfrutara de la comodidad brindada por la tecnología y los avances de la ciencia, pero fueron también cien años donde surgieron nuevas formas de sufrimiento para el hombre. Paradójicamente, tal y como Freud nos lo enseña claramente, el malestar del hombre moderno es causado por las mismas formas de organización social que la humanidad ha establecido para sí y por los exigentes modos de vida que la cultura ha producido.

El siglo pasado le ofreció a la humanidad una serie de sorprendentes inventos que han sido decisivos en su vida diaria, inventos que han mejorado su vida pero que también sirven para destruirla. Es seguro que en el ser humano existe un elemento, que hace parte de su estructura psíquica, y que lo lleva no solamente a crear cosas maravillosas, sino también las más sofisticadas armas para el aniquilamiento de otros seres humanos. Esta contradicción es la que lleva a preguntar ¿qué es lo verdaderamente novedoso que la modernidad aporta a la cultura? ¿Por qué llamar «progreso» a las formas de vida contemporánea, donde es evidente que el malestar del hombre es una respuesta a exigencias que le impone la cultura por él creada? Los peligros para la propia humanidad y sus malestares en el presente siglo no parecen ser distintos a los proporcionados por el siglo pasado, y aún pueden exacerbarse todavía más debido, sobretodo, a un peligro que recién se empieza a dilucidar.

Así pues, los riesgos para la humanidad no solamente están del lado del mismo hombre, sino también del lado de la cultura. Hay en ella un peligro que conlleva un peligro mayor que el riesgo que entrañan sus impulsos destructivos, es decir, su pulsión de muerte; es un peligro que se constituye en el mayor obstáculo para el progreso de la cultura. Freud lo denominó «miseria psicológica de las masas», y se hizo evidente en el siglo XX desde el momento en que los dirigentes del mundo empezaron a resultar impotentes frente a la tarea de dirigir y congregar a las masas, dejando reposar su cohesión en las relaciones de los semejantes entre sí. La «miseria psicológica de la masa» se presenta cuando el vínculo social se establece por identificación recíproca entre los integrantes de un grupo, al par que la individualidad conductora o líder no alcanza la categoría que le correspondería en la formación de dicha masa.

¿Qué queda, entonces, cuando nada de aquello que hacía creer, esperar, y que era soporte de ideales, de identificaciones, de valores, esos que un padre transmitía a su hijo, día a día se van derrumbando? Se puede decir desde el psicoanálisis que lo que queda es un imperativo, una exigencia que diría: “Obra de tal modo que tu acción te procure por cualquier medio y a cualquier precio, un acceso cada vez más amplio y extendido, al mundo de los objetos de consumo”. ¡De aquí el éxito de la actual sociedad!. Si bien es verdad que la familia es la célula de la sociedad, hoy se diría, es la célula de la sociedad de consumo.

La promesa del capitalismo, en unión con el mercado, tal y como lo señalamos más arriba, es la de que hay objetos que pueden satisfacer a las personas, y al nivel de la salud, que hay objetos que pueden terminar con el sufrimiento del ser humano. Pero, es un hecho de la psicología de los hombres, que para él los objetos son perecederos y por lo tanto, generadores de insatisfacción.

En esta dialéctica de la sociedad de consumo, incluido el consumo de salud física y mental, queda borrada la dimensión subjetiva de las personas y su deseo, deseo que se constituiría en la mejor terapia para los seres humanos en la medida en que él se pueda liberar de esa maquinaria impuesta por la sociedad de consumo y su ilusión de proveer a los hombres de objetos que los harán felices. Por esta razón se puede pensar que lo que los seres humanos necesitan es de una «terapéutica del deseo» que los libere de las ilusiones que imprime la sociedad de consumo.
 

[1] Laurent, E.; Miller, J. A. "El Otro que no existe y sus comités de ética". Curso inédito dictado en París en 1996-1997.

 
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