Abstract
No es mi propósito en este ensayo dar cuenta de algo nuevo o ser el creador de una teoría propia, por el contrario, me dispongo a jugar entre las interpretaciones hechas por Milagros Palma en su texto
La Mujer es Puro Cuento, mis saberes previos y los de aquellos, quienes a través de preguntas surgidas del mismo texto, me permiten responder, no desde mis propios imaginarios, sino desde sus voces femeninas y masculinas, entrelazadas a los conceptos teóricos sobre las construcciones sociales de la mujer y su relación con el miedo obsesivo del hombre hacía ella.
I. La creación
Al principio la tierra era informe y vacía, así mismo, el cerebro de hombres y mujeres parece informe y vacío y en casos de una mayor gravedad patológica, cubiertos por tinieblas que fabrican todavía hoy un universo de modelos e ideales, prescripciones y prohibiciones, de opuestos y exclusiones.
Hablar de lo femenino implica jugarse los propios imaginarios y responder con vos de macho a la pregunta sobre la mujer, arriesgar la propia condición de varón al declararse de una forma u otra pro-feminista, por entrar en defensa de aquellas que, según la creación, han sido el origen de la tentación, el pecado y, por ende, la culpa y la desgracia, no sólo del hombre, sino de la humanidad, ya que por atender a lo pulsional, perdimos los deleites del paraíso y nos pusieron a trabajar la tierra de la cual fuimos formados.
Es la religión un referente mítico inmediato, por así decirlo, sobre el cual se fundamenta un pensamiento que establece la relación de hombres y mujeres y que, a su vez, asigna roles a ambos géneros para un funcionamiento de la relación social entre los dos sexos.
Eva, la mujer que no nació sino que fue hecha de una costilla de Adán, hueso de su hueso, carne de su carne; motivo por el cual había de llamarse varona, revela el carácter de artificialidad que encierra la feminidad, la mujer creada y definida por el hombre y para el hombre y la maldición proferida por Dios:
“Multiplicaré tus dolores en tus preñeces; con dolor parirás los hijos, y estarás bajo la potestad de tu marido, y él te dominará”2, dan cuenta del despojo del cual ha sido, y sigue siendo, objeto la mujer, así como del rol impuesto que marcaría su desgracia, pues el hombre en total obediencia y en Nombre del Padre ha seguido al pie de la letra toda su sentencia.
Aquí es pertinente pensar como es contradictoria la supuesta creación de la mujer, ya que si de varón viene, al varón a de parecerse y su condición ha de ser la misma, pero como Milagros Palma menciona en su libro,
la figura femenina en el constructo imaginario del hombre y por ende del mundo, aparece petrificada en un paisaje desolador. Ella fue cercada para asegurar la reproducción de la especie humana, mientras el hombre reivindica el principio de la vida que le usurpó 3. ¿Por qué es la mujer la fuente de pecado, debilidad y vulnerabilidad y no el hombre? ¿Por qué es Eva quien da el fruto prohibido al hombre y no viceversa? ¿Es la religión -y la pregunta tal vez es tonta- una de las columnas sociales sobre la cual reposa lo simbólico que alimenta el poder masculino?
II. Representaciones Imaginarias
Cuando escudriñamos en los imaginarios sociales y atendemos no sólo a la palabra como evidencia de la memoria oral, sino a los actos que acompañan el comportamiento de hombres y mujeres, encontramos que hay un vacío que impide dar respuesta a lo real de la mujer y marca una supuesta ausencia de ésta en el nacimiento de la cultura, y sobre la cual podría pensarse una relación directa con la construcción del mito masculino y el miedo obsesivo del hombre frente a su propia castración.
Según los mitos aborígenes del Amazonas,
la reducción de la mujer y su sometimiento es el resultado de grandes enfrentamientos, siendo unas veces la presa, la comida del cazador y en otras, ella misma la depredadora del hombre 4, no gratuita es aquella expresión popular: “me la comí” que rebaja a la condición de objeto-alimento a la mujer. Pero, aquí cabría preguntarse: ¿quién se come a quién, cual es la cavidad anatómica que recibe o que se devora a la otra? Es lo simbólico que refleja el antagonismo primigenio entre los sexos, la vagina dentada en los mitos aborígenes que es destruida por el hombre para asegurar su supremacía.
Desde la clínica psicoanalítica, el obsesivo se ve intentando satisfacer sexualmente a todas las mujeres como el gran falo, dirigiéndose al Otro que demanda; es un ser de fachada y de engaño; un sujeto en busca de ese deseo primero en el que quedo alienado y que no encuentra; un ser con miedo obsesivo a que se descubra que él también está en falta, que su omnipotencia es la máscara que le protege; tener el falo o correlacionar este con el pene le permite adquirir una máxima valoración y, por ende, el desprecio a quién no lo tiene, es decir, la mujer.
Es ese “tener” lo que completa al hombre, lo que le posibilita mantenerse como el Yo Ideal, es decir, ser para la madre, tener un narcisismo satisfecho que le proporciona sentimiento de superioridad frente a la mujer respondiendo a las exigencias de la cultura, representando un papel tipificante y, con este aniquilamiento a la posición femenina y la mutilación de su imagen, alza los símbolos de su supremacía desde el tiempo de los Dioses, el Padre de la horda primitiva y el sistema totémico, temas sobre los cuales se refiere María Paulina Mejía en su texto
Entre la Oscuridad y el Silencio: La mujer y la madre, y en el que concluye: Existe un silencio relativo a lo que desean las mujeres, que tiene consecuencias, la construcción de un mito masculino y el borramiento de la función de la madre y la mujer en la construcción de la cultura 5.
Pero la mujer no sólo tiene el cabello largo, sino también las ideas, y se revela frente a ese silencio; es su propia voz la que manifiesta que la condición de mujer es innata. Se nace como mujer y se muere como mujer, aún cuando se ame a otra mujer, es decir, independientemente de la opción sexual. Decir que la mujer se hace, sería renunciar a esa condición innata y llenarse de estereotipos culturales para poder definirla. El decir que la mujer se hace, está en estrecha relación con el cuento de que la mujer se hace “verdadera mujer” cuando alcanza su realización sexual: “la hice mujer”, expresan los hombres.
Los procesos de formación de la feminidad no responden, según ellas, a la artificialidad que impone lo social; ésta hace parte de la condición del género (femenino). La estética de sus formas, la inclinación materna, la sensibilidad, brotan de la mujer, casi sin saberlo o quererlo. Con esta afirmación no desconoce que la sociedad pretende encasillarla en rígidos márgenes, destinándola a una condición de inferioridad dada su feminidad, belleza o sensibilidad, y sometiéndola dada su estética a una explotación del cuerpo. La feminidad es natural, pero el grado en que ésta se asuma si puede ser artificial.
Las representaciones imaginarias son múltiples desde tiempo atrás, evidencia de esto es el pensamiento Kogui:
La mujer es un invento demencial del hombre porque es muy costoso el precio que él paga por su sometimiento 6. El poder masculino se consolida con la reproducción y la paternidad, y aún hoy la mujer es objeto de explotación y, en algunas culturas, es reducida al lugar de la cosa (musulmanes, chiítas); es objeto de deseo, de comercio, de mercado, de compra-venta; la mujer ideal debe ser joven y mansa, dulce y sumisa, con una sonrisa de condescendencia en los labios, que no discuta, que sea simpática y diga frases amables, es decir, un objeto que se limita a respirar y actuar como se le demande. La religión cristiana argumenta que la mujer fue creada para sufrir, porque el sufrimiento le asegura su salvación social; la santifica y el dolor es necesario para su propia redención.
Aquí valdría la pena interrogarse si las mujeres son conscientes de la manipulación de la cual son objeto, si ellas son responsables de su supuesta condición de inferioridad, y si el hombre aún sigue pensando en perpetuar su posición de macho que le posibilita imponer la ley divina y prolongar la imposición del patriarcado. O como expresa Dora, el personaje central de la obra del Teatro Nacional:
...Que curioso: los hombres y las mujeres se casan enamorados, pero cinco años después los hombres son hombres de mundo, con su casa, y las mujeres son amas de casa, sin mundo 7
El llamado manifiesto masculino argumenta en su numeral 23 que la simpleza del hombre radica en que es un animal instintivo y la mujer es un ente emocional y, por esta razón, la mujer no le debe pedir peras a un manzano, pero recordemos que no fue pera, sino una manzana la que le dio Eva a Adán.
Es hora de resolver nuestra angustia frente a la castración y dejar de pensar que la mujer siente envidia por el pene, dejar de
creer que la mujer es un hombre menor o fallido, el resultado lamentable de una claudicación de la potencia plena de su padre o el castigo al que los dioses sometían a los guerreros cobardes 8.
Los tiempos han cambiado y no podemos, ni debemos, seguir atendiendo a nuestro autoritarismo masculino sustentado por las fantasías sociales y sostenido por mitologías y religiones, para abandonar la idea de que tanto hombres como mujeres somos puro cuento.
Bibliografia
- PALMA, Milagros. La Mujer es Puro Cuento. Tercer Mundo Editores, 1992. p. 9, 15.
- MEJÍA, María Paulina. “Entre la Oscuridad y el Silencio: La Mujer y La Madre”. EN: Affectio Societatis, No.1. Medellín, Colombia. Junio 1998. Revista Electrónica del Departamento de Psicoanálisis Universidad de Antioquia. p. 4.
- MELER, Irene. Acerca de los Nuevos Acuerdos Vinculares y Políticos entre los géneros. El sordo antagonismo de mujeres y varones. EN: Foro de psicoanálisis y género de la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA). Pag. 1.
- SAGRADA BIBLIA. Génesis 2, 23 (Ef 5, 28-30). Barcelona. Editorial Herder, 1974. p.20.
- SAGRADA BIBLIA. Génesis 2, 23 (Ef 5, 28-30). Barcelona. Editorial Herder, 1974. p.22.