Fundación Universitaria Luis Amigó
 
    Número 7 • Febrero 2004
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Jaime Carmona                
Asesor internacional de la FUNLAM
Estudiante de Doctorado en Psicología Social
Universidad Complutense de Madrid
Alejandro Obregón
Retrato de un pintor, 1943
Oleo sobre lienzo 76 x 102 cms
Alejandro Obregón
Cuatro posiciones epistemológicas examinadas a la luz de la psicología social
 
Uno de los campos más fecundos y legítimos de la psicología, desde su nacimiento hasta nuestros días es, sin duda, el de los procesos cognitivos individuales; y uno de los objetos de investigación privilegiados en este campo, es la relación recíproca entre los procesos afectivos y los procesos de pensamiento. De la misma manera un objeto pertinente para la psicología social es el examen de ciertos fenómenos que se pueden explicar por una actitud común de los integrantes de un determinado grupo o de una fracción al interior del mismo, verbigracia, la necesidad psicológica de verdades únicas que se traduce en el dogmatismo; y su correlato, a saber, la impugnación a ultranza de cualquier principio o ley de validez general, que podríamos denominar de una manera genérica el “relativismo radical”1 . Estas dos actitudes psicológicas, así como sus manifestaciones colectivas, las podemos encontrar, con distintas denominaciones, a lo largo de la historia, en diversos campos de la producción cultural: la religión, la política, la filosofía, el arte y la ciencia.

En este artículo nos ocuparemos de estas dos actitudes en el ámbito de la producción científica. Para entender el dogmatismo como actitud, es inevitable remitirnos al campo de lo religioso, no sólo porque la palabra “dogma” viene de allí, sino porque los seres piadosos son los que la exhiben sin pudor, incluso como un atributo. Lo que caracteriza la actitud dogmática es una fuerte carga afectiva de los procesos de pensamiento, lo cual tiene dos efectos fundamentales: uno de ellos es el apasionamiento que puede convertir una idea en una “causa” y potenciar de una manera extraordinaria la capacidad productiva de un individuo y de una comunidad; y el otro, es el debilitamiento de la función racional de la autocrítica, que favorece la idealización de la propia idea y la desvalorización de todo lo ajeno a ella. Estos dos efectos pueden combinarse y dar lugar a que el amor a la propia causa se vuelva un fanatismo ciego, y la desvalorización hacia lo ajeno se convierta en un odio apasionado.

El correlato del dogmatismo, que llamamos “el relativismo radical”, es la otra cara de la misma moneda. En esta actitud psicológica que puede pretender presentarse como lo opuesto al dogmatismo; encontramos el mismo fenómeno psicológico: un pensamiento fuertemente cargado de afecto. El afecto en este caso no es ya el amor-odio del dogmático, sino el cinismo agresivo del escéptico. Mientras que el paradigma del dogmático es el devoto, el paradigma del “relativista radical” es el blasfemo, aquél que define su lugar en el mundo en función de su rebelión contra un dogma. Evidentemente, el detractor está tanto o más determinado por el dogma, que su defensor. Por ello es que decimos que se trata de dos caras de la misma moneda. El relativismo radical es la otra cara del dogmatismo, no su opuesto.

No tiene porque escandalizarnos el hecho de constatar la presencia de actitudes religiosas, como las dos mencionadas, en el mundo de la ciencia; por el contrario, puede servirnos como una invitación a indagar por la forma en que las pasiones humanas se hacen presentes en la actividad científica y para avanzar en la construcción de un nuevo campo de conocimiento que podríamos denominar «la psicología social de la ciencia».

En lo que sigue vamos a hacer un paralelismo entre estas dos actitudes psicológicas en el campo de la religión y en el campo de la ciencia, para poder entender ciertos fenómenos propios de las comunidades científicas, que de otra manera quizá no se pueden observar tan claramente. Consideramos fundamental subrayar que la ciencia y la religión son dos producciones cuya significación cultural es enteramente diversa y que se oponen en muchos aspectos fundamentales, aunque en ambas pueda presentarse una analogía en un aspecto puntual como el que vamos a apreciar.

Hay al menos dos tipos de creyentes -en esta categoría incluimos tanto a aquellos que tienen fe en una Divinidad, causa última de todas las cosas- y quienes que no profesan ninguna confesión religiosa, pero conservan lo que llamaremos la “disposición a creer” y trasladan su “fe” a un discurso laico, como puede ser una ciencia. Los creyentes –los religiosos y los laicos- pueden ser apacibles o fanáticos.

Así como existe el fanatismo religioso, existe lo que podríamos llamar el “fundamentalismo epistemológico”: sujetos y grupos que se relacionan con sus respectivas disciplinas, métodos o paradigmas, como con verdades últimas que hay que defender en su pureza contra la amenaza de los infieles. Si estos dogmáticos, además, están amparados en un paradigma legitimado oficialmente, pueden funcionar en el mundo académico con la ferocidad de un verdadero tribunal de la inquisición cognoscitiva, como la que ejercen sin pudor algunos positivistas en las instituciones universitarias, cuando tienen el poder para ello.

También existen creyentes de todas las religiones –tanto seglares como ministros- que pueden convivir apaciblemente con devotos de otros credos, sin empecinarse en convertirlos o eliminarlos y, a la vez, sin que la existencia de los “otros” les signifique motivo de profunda inquietud o la ocasión de una interrogación profunda de su propia fe. De la misma manera existen hombres de ciencia, cuya relación con su respectivo paradigma es análoga a la de estos creyentes apacibles; son aquellos que trabajan de manera disciplinada y rigurosa en el interior de su respectivo campo, sin interesarse demasiado por la discusión sobre su fundamentación epistemológica, y menos aún por los desarrollos que otros investigadores realizan en su propio campo desde paradigmas diferentes. Estos pueden, incluso, participar en congresos, foros o debates y allí exponer sus hallazgos, sus teorías y sus métodos, al lado de otros investigadores ubicados en los otros paradigmas; y, al cabo del evento pueden volver a sus estudios o sus laboratorios, imperturbables, como si cada investigador hubiera hablado en un idioma diferente. Este sería el caso más frecuente de la mayoría de los investigadores que, según Thomas Khun, realizan el trabajo de las “operaciones de limpieza de los paradigmas” 2.

Hemos situado dos variantes de la actitud básica de la devoción en la religión y en la ciencia: la del devoto fanático y la del devoto apacible. La actitud psicológica opuesta a la devoción no es el ateismo sino la actitud crítica. La devoción se define por su disposición a la creencia, mientras que la crítica se define por la disposición a dudar de los dogmas. Un ateo se define de manera negativa, a saber, niega la divinidad; un crítico, en el sentido que le estamos dando a este término, se define de manera afirmativa por su exigencia de pertinencia y consistencia a cualquier enunciado que se presente a título de verdad, saber o conocimiento. Un cuestionamiento de un dogma no puede hacerse de una manera genuina desde otro dogma, o desde su mera negación. Por principio, todo cuestionamiento crítico se hace desde la racionalidad, entendida ésta en el mejor sentido, como la verificación de las condiciones de producción y los criterios de validez de un conocimiento determinado.

También en el campo de la crítica racional podemos encontrar dos posiciones opuestas, según la magnitud de la carga afectiva que acompañe a los procesos de pensamiento del individuo o el grupo. La posición de aquellos en los que la carga afectiva es moderada, podríamos denominarla con el mismo nombre, posición de “crítica racional” o “racionalistas críticos”, y la posición de aquellos sujetos o grupos en los que hay una cierta desmesura en la carga afectiva podríamos llamarla de “crítica i-racional”. Paradójicamente la irracionalidad en este caso se puede producir por un uso abusivo de las mismas herramientas del pensamiento racional.

Si nos atenemos al sentido tradicional de los términos “razón” y “crítica”, en la historia de la ciencia, tenemos que admitir que, en un sentido estricto, hablar de “crítica racional” es una redundancia y hablar de “crítica irracional” es un contrasentido. Valga esta aclaración para circunscribir el ámbito de estos dos sintagmas exclusivamente a la descripción de actitudes psicológicas, para efectos de esta reflexión. La actitud del “crítico racional” nos sirve para describir la disposición psicológica de espíritu científico, que apela a su razón como medio para someter a prueba sus ideas y, en consecuencia, no admite por principio ningún dogma. La actitud del “crítico irracional” sería la del “relativista radical”, que se vale de un uso abusivo -podríamos decir sofístico- de los instrumentos de la razón, para hacer un cuestionamiento sistemático y sintomático de cualquier forma de saber posible, afirmando implícitamente –casi siempre omitiendo explicitarlo, de manera deliberada- un agnosticismo a ultranza, un nihilismo radical. Esta es fundamentalmente la posición de los autores denominados –no gratuitamente-, con una expresión más propia del mundo de la moda que del ámbito académico, como “postmodernos”.

Vamos a detenernos un poco en cada una de las dos posiciones para tratar de llegar a su significación psicológica y sus implicaciones. Empecemos por el segundo: el “crítico irracional”. Su voluntad demoledora, de quien quiere arrasar con cualquier principio más o menos general, en el campo del saber, es insostenible en sí misma, como posición epistemológica, y más bien permite sospechar que está al servicio de otra finalidad. Nos recuerda la posición de rebeldía con un acusado sesgo de infantilismo psicológico, de quien ha sido un sumiso creyente y, de manera súbita, por alguna circunstancia, se vuelca a la posición opuesta de un ateo con un anticlericalismo furibundo. Esta posición puede estar acompañada de una voluntad de disfrutar sin límite de alguna libertad que antes le estaba negada, pero también puede prescindir de este rasgo.

Repitámoslo sin rodeos: los anticlericalismos en el campo de lo religioso y los discursos “contra el método”3 en el campo de la epistemología, delatan con su insistencia –como ya lo dijimos- una dificultad particular para desprenderse de lo que pretenden combatir. El disfrute de ciertas libertades, que mencionamos como rasgo complementario, puede desempeñar un papel importante: tanto en el piadoso adolescente liberado del fantasma del pecado, que cree poder abandonarse sin culpa a los placeres de la carne, como en el académico ingenuo, para quien una crisis necesaria y saludable de un paradigma científico, significa la invitación a la relativización absoluta de los criterios de validez y el anuncio del retorno del festival de la sofística, en el que el único criterio es la habilidad del orador para imponerse a su interlocutor. En uno y otro caso vemos claramente dos ganancias que apuntan en una mismo sentido: el derrumbamiento de cualquier referente de autoridad y la reivindicación de la libertad individual. Este discurso, por más aderezado que se encuentre con toda clase de artilugios eruditos, conduce al inevitable callejón sin salida de un pobre “dejar hacer, dejar pasar”. Por supuesto nunca faltan en el mundo académico, quienes tienen la habilidad para hacer de la necesidad virtud, y tampoco faltan públicos ávidos de la seducción de los malabarismos lingüísticos y poco amigos de las exigencias de rigor.

La posición del “crítico racional” es más modesta, menos placentera y menos seductora que la anterior; corresponde a aquellos trabajadores del conocimiento que pueden soportar vivir en un mundo abandonado por los dioses, es decir, sin respuestas definitivas para todas las preguntas y sin un sentido garantizado para sus existencias, pero apoyados en un conjunto de ciencias jóvenes, en permanente revisión, que brindan algunas respuestas parciales a algunos problemas -pero pertinentes y en no pocos casos duraderas-, con las cuales se puede hacer más llevadera la vida. Esta posición madura y sobria, necesaria para la actividad científica, supone, de un lado, la capacidad de vivir sin dogmas y, del otro, haber superado la desilusión provocada por la caída de los ideales absolutos que alguna vez se depositaron en algún discurso particular. Es una posición compleja que implica la capacidad de apasionarse suficientemente por un campo del saber, para poder volcar su capacidad de trabajo hacia la actividad científica, a la vez que la capacidad autocrítica para no caer en dogmatismos; y, simultáneamente, la capacidad de escapar a la tentación de quedarse en la posición de la rebeldía cándida.

El lector informado habrá advertido ya la coincidencia, quizá no gratuita, de esta reflexión, con la primera parábola de Zaratustra, acerca de las tres trasformaciones en formación del espíritu filosófico, en la conocida obra de Federico Nietszche .4

Jaime Alberto Carmona P.
Madrid, diciembre de 2003
 

1 Esta denominación, así como el conjunto de esta reflexión parte del trabajo del curso de Doctorado “Racionalidad científica, psicología social y relativismo”, impartido por el Doctor D. Florencio Jiménez Burillo, en la Universidad Complutense de Madrid. La responsabilidad de su contenido es exclusiva del autor.
2 Khun Thomas. La estructura de las revoluciones científicas. Fondo de Cultura Económica. México 1978
3 Alusión al texto que lleva este título de Paul Feyerabend.
4 Cf. Nietzscche F, Así hablaba Zaratustra. Editorial Altaya, Barcelona 1993.
 
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