Lacan define al discurso del amo moderno situando al significante de saber (S2) en el lugar del agente. Esto funda al discurso universitario. Pero Lacan advierte que el saber del amo no es el mismo saber que el saber del esclavo -el cual está situado en el lugar del otro en le discurso del amo-. No se trata en este caso de un saber hacer, sino de la acumulación de saberes, de la enciclopedia del saber en el lugar del agente. Así pues, el discurso del amo moderno es el discurso universitario, donde el saber constituido por la ciencia comanda los destinos de la humanidad.
El saber del esclavo en el discurso del amo, era el saber organizado como saber hacer; en el discurso del amo moderno, se tiene un nuevo saber, un saber que recoge un sin número de S1, de significantes amos, acumulados enciclopédicamente, y que determinan el modo de pensar y de actuar de los sujetos modernos.
Lacan va a definir a la ciencia, al discurso de la ciencia, como un discurso en el que el saber está articulado por “necesidades puramente formales, necesidades de la escritura, lo que en nuestros días conduce a un cierto tipo de lógica.”
2 Lacan insistirá en que el discurso de la modernidad se inaugura en el momento en el que el discurso de la ciencia transforma al discurso del amo. Con la ciencia el amo antiguo pasa a ser moderno.
Así pues, el saber de la ciencia es un saber formal, un saber escrito, un saber de lógica formal que implica un manejo de la escritura. El saber científico se expone todo en fórmulas, que además hacen posible su transmisión. Esta es la razón por la que es un saber universal; todos los químicos, los biólogos o los físicos del mundo hablan el mismo idioma: el idioma de las matemáticas, de las fórmulas matemáticas. La matemática es el lenguaje de la ciencia, un lenguaje que es lógico y formal, y que implica siempre una escritura. Que sea fundamentalmente un lenguaje escrito hace que haya una pérdida de goce. Este es un primer efecto del discurso de la ciencia: que por ser su lenguaje un lenguaje escrito, hay pérdida de goce.
Lacan dice que todo formalismo implica una pérdida de goce, es decir, que el saber reducido a una escritura, reduce, a su vez, las ocurrencias de lo real a la repetición. Esto significa que el discurso científico se vuelve un discurso repetitivo. Por todo el mundo se repiten las fórmulas de la ciencia. Por esta razón Lacan dirá que este saber, el saber científico, produce una entropía
3 , es decir, un desorden. La entropía en la física es la que mide el desorden dentro de un sistema, lo cual suena bastante paradójico si se piensa que el lenguaje formal y matemático de la ciencia, es un lenguaje extremadamente lógico y organizado.
Si Lacan habla aquí de entropía, es porque “La entropía tiene que ver con la falta de sentido”
4, es decir, con la reducción de la verdad. La verdad queda, en el discurso de la ciencia, reducida a una escritura formal, de tal manera que la verdad se convierte en atributo del saber. Esto significa, en términos más sencillos, que el discurso de la ciencia es el que hoy determina si una cosa, si un asunto de nuestra existencia como sujetos, es verdadero o falso. Si la ciencia dice que es verdadero, entonces lo será, y si dice que es falso, también habrá que creerle. Se trata en todo caso de un saber reducido a la verdad de la ciencia.
Esto tiene un efecto sobre el sujeto, y es que el sujeto queda forcluído del discurso de la ciencia, es decir, que el sujeto, con su subjetividad y su deseo, es rechazado radicalmente del discurso científico, ya no importa más. El sujeto queda reducido a lo orgánico, a no ser más que cerebro, células, genes y hormonas. Así pues, la moderna neurociencia busca el origen de la enfermedad mental en el organismo. La neuropsicología y la neuropsiquiatría han auscultado cada rincón del cerebro en la búsqueda del origen del autismo, la esquizofrenia, la enfermedad mental, etc. No han dejado ni un centímetro de la materia gris sin estudiar y tienen a un grupo de neuronas comprometidas en lesiones, pero estas supuestas lesiones, que además no se ven, que no dejan ninguna huella en el cerebro, son catalogadas como disfunciones, daño cerebral mínimo, hiperactividad con déficit de atención, trastorno bipolar, etc.
También la neurociencia ha llevado a establecer como origen de la homosexualidad a un gen de la madre, como si fuese posible la existencia de un “gen gay”; igual enfermedades mentales como la esquizofrenia tendrían como origen un “gen loco”, y así sucesivamente para un buen número de patologías, de tal manera que el hombre se agota en lo natural. Hay que advertir que si se revisan objetivamente los procedimientos para establecer los resultados de esas investigaciones “científicas”, se encontrarán grandes fallas en el método y en los procedimientos, y aún así, ellos nunca aparecen como definitivos; pero como estos resultados se dan en nombre de la ciencia, entonces deben ser tomados como verdaderos.
El psicoanálisis pone en evidencia que hay una inadecuación de la ciencia para dar cuenta del sujeto. Él busca el origen de lo humano a otro nivel: a nivel del lenguaje, de lo simbólico, en tanto que lo que diferencia de manera radical al ser humano de los animales es el hecho de que éste habla y piensa, cosas que solo son posibles gracias a la existencia del símbolo. La ciencia fracasa al prescindir de esta dimensión cuando intenta explicar muchas de las conductas del hombre. Lo anterior no significa que el organismo es abolido por el psicoanálisis; él siempre lo tiene en cuenta, pero no reduce al sujeto a su organismo.
Se puede decir entonces que contemporáneamente se encuentran dos corrientes respecto del sujeto: los que insisten en introducirlo en las ciencias humanas, identificado a sus ideales y valores -es el caso, por ejemplo, de la psicología humanista-, y los que lo introducen en lo biológico, reduciéndolo a ser un puro organismo: un cerebro, unos genes, un quimismo, etc. -es el caso de la moderna psicología cognitiva, la cual se basa, en una de sus corrientes, en las investigaciones de punta de las neurociencias, la genética y la farmacología-. Ninguno de los dos caminos ha sido el del psicoanálisis. El psicoanálisis, se puede decir que es a-biológico, escrito de esta manera, con la letra minúscula “a” separada de “biológico”, aludiendo así al objeto a, como aquel objeto que introduce al concepto de pulsión.
La pulsión es lo que hace que el psicoanálisis quede situado por fuera del discurso científico. Si el psicoanálisis está del lado de las ciencias naturales, es porque las ideas del psicoanálisis comportan un grado de indeterminación; su saber es incompleto y por lo tanto modificable, como lo es todo saber científico; si no fuera modificable sería un saber religioso. Freud, entonces, quería hacer entrar al psicoanálisis dentro de las ciencias de la naturaleza; él ubicó allí al psicoanálisis, en contra de las ciencias humanas. Freud tenía una clara aspiración científica al querer hacer del psicoanálisis una ciencia dura, al igual que la física o la biología. Bien que la pulsión no es un concepto biológico, tampoco se trata de un concepto antibiológico. La biología existe: el sujeto es poseedor de un organismo, de un sistema nervioso central y periférico, de unos genes que determinan en gran medida todos sus aspectos físicos, de un quimismo cerebral, etc. Pero la pulsión es más bien un concepto a-biológico, es decir, es un concepto ligado a lo biológico, pero, justamente, el objeto a señala el límite de la determinación biológica sobre el sujeto. El objeto a introduce una causalidad inédita en el sujeto, una causalidad ignorada por la ciencia, y que incluye la causa de la posición sexual del sujeto, el cual debe responder en su existencia por la pregunta: "¿soy hombre o soy mujer?". Para las ciencias que insisten en las bases neurofisiológicas del comportamiento, la posición sexual de un sujeto depende de las hormonas, los genes, el tamaño del cerebro o el tipo de órgano sexual que posee.
Un buen ejemplo de la reducción de la verdad a un elemento de prueba formal en el discurso de la ciencia, es la columna de Walter Rizo
5 aparecida en la revista “Nueva” del sábado 4 de octubre de 2003
6, titulada “La bioquímica del amor”.
7 En ella, el autor explica cómo la psicología del amor se reduce a una sustancia estimulante y adictiva, la feniletinamina, “que cuando se dispara produce euforia y alborozo”
8, y a el papel que cumplen algunos transmisores cerebrales como la dopamina, la serotonina y la noradrenalina. El amor, entonces, se reduce a la presencia o ausencia de estas sustancias: si hay presencia de testosterona, dopamina y noradrenalina, entonces se está enamorado. Y si en lugar de amor hay amistad, se debe a la presencia de componentes químicos como la vasopresina, la oxitocina -de la cual dependen los vínculos: es la teoría del vínculo reducida a una base fisiológica- y las endorfinas. La atracción sexual dependerá de las feromonas y si la testosterona está muy alta, entonces habrá violencia intrafamiliar.
El producto de esta reducción del saber a una verdad científica, es la des-responsabilización del sujeto en un sin número de sus conductas. Es lo que el psicoanálisis denomina «forclusión del sujeto». Así, por ejemplo, un sujeto que golpea a su mujer, dirá que no es responsable de ello, que la responsabilidad se le debe achacar a su alto nivel de testosterona en el cuerpo. Y si es infiel, esto obedece a su herencia genética, ya que sus ancestros primitivos varones, procuraban tener relaciones sexuales con varias mujeres a la vez, para garantizar la supervivencia de la especie, tal y como lo anunció una noticia científica aparecida recientemente en los periódicos del mundo. Ya un esposo infiel le puede decir a su mujer: “no soy yo, son mis genes”.
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Así pues, la verdad sobre la vida, la existencia y el ser, buscada durante siglos por la religión o la filosofía, queda reducida a la lógica formal como atributo del saber, es decir, sin dialectización. Esto es lo que distingue al discurso del amo moderno, al discurso de la ciencia: Es un discurso matematizado y lógico, que reduce lo real a la escritura, produciendo una reducción, un vaciamiento de sentido, en la que también queda excluida la posición subjetiva del científico. “El discurso de la ciencia es una manipulación de cifra que se sostiene de reducir la verdad a un juego de valores, rechazando de cierta manera todo el poder dinámico del saber, es decir, dialéctico. Es un saber tautológico (repetitivo)”.
10 Sólo basta con sentarse a hablar con un neuropsicólogo sobre cualquier aspecto humano, y se podrán dar cuenta que la conversación termina o queda cerrada una vez que se llega a la causalidad fisiológica del comportamiento; es el rechazo de la dialéctica en nombre de la ciencia. Porque la ciencia lo dice, eso debe ser así.
Este saber-escritura del discurso de la ciencia, del cual dice Lacan que rechaza y excluye la dinámica de la verdad, es decir, que excluye la verdad como efecto de los enunciados del sujeto o como resultado del deseo del sujeto, a esta forclusión del sujeto como efecto del discurso de la ciencia, a esta des-responsabilización del sujeto, se opone el discurso del psicoanálisis. Y lo hace de una manera muy sencilla: no le da la palabra a los genes o al cerebro, ya que estos no hablan; se la da al sujeto, el único objeto examinado por la ciencia que se puede preguntar “¿qué o quién soy yo?”, “¿qué deseo?”, “¿soy hombre o soy mujer?”, así los teóricos del cerebro-máquina pretendan en la contemporaneidad transformar a la ciencia en religión y considerar al hombre como un autómata.
El psicoanálisis sabe que el sufrimiento psíquico del sujeto no se cura a punta de medicamentos y terapias adaptativas. La muerte, las pasiones, la sexualidad, la locura, el inconsciente, la relación con el otro, es lo que le da forma a la subjetividad, la cual excede ampliamente la constitución biológica. Así pues, “el psicoanálisis es todavía hoy capaz de aportar una respuesta humanista al salvajismo suave y mortífero de una sociedad depresiva...”:
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“El psicoanálisis muestra una avanzada de la civilización sobre la barbarie. Restaura la idea de que el hombre es libre en lo que respecta a su palabra y de que su destino no está limitado a su ser biológico. Debería también en el futuro ocupar el lugar que le corresponde, al lado de otras ciencias, para luchar contra las pretensiones oscurantistas que apuntan a reducir al pensamiento a una neurona o a confundir el deseo con una secreción química”
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